La dama del norte (Costa Vasca 2) V. El enlace
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V. El enlace

La oficina de Teresa Vega, en la sede de la SCPJ en Bilbao, era un despacho pequeño con una ventana que daba a un patio de luces, y olía a café recién hecho y a papeles que llevaban años siendo importantes.

Vega, la coordinadora de la Sección de Cooperación Policial y Judicial de la Ertzaintza, la magistrada de enlace que el caso de Bilbao había puesto en el mapa de Irati, la recibió con un apretón de manos firme y una taza de café en la mano, como hacía siempre.

—Sarasola —dijo, señalándole la butaca frente a su mesa—.

He leído el parte de Zumaia. Y he hablado con Jules hace una hora.

Me ha dicho que la pieza del mar y la pieza del catálogo de Madrid son gemelas, y que el certificado que las hace reales lo firma un hombre llamado Óscar Basáñez, ex-guardia civil de Patrimonio.

—Lo sé —dijo Irati—. Acabo de escuchar ese nombre de boca del dueño de una galería de la Parte Vieja de Donostia. El intermediario que encargó la restauración de la pieza es un hombre de Lisboa. Y la dirección que dio es el caserío Alkorta, en Getaria.

Teresa Vega se quedó mirándola un momento, con la taza de café a medio camino de la boca. Luego la dejó en la mesa, con cuidado, y se recostó en la silla.

—La familia Alkorta —dijo, despacio—. Llevo años oyendo ese apellido en el contexto del patrimonio del norte, siempre en conversaciones que nunca llegan a nada.

Son comerciantes de la costa, tres generaciones, con una fundación que financia el Geoparkea y los museos.

Nunca han tenido un expediente abierto. Nunca han tenido una denuncia.

Tienen a todos los abogados de Donostia de su lado, y a todos los notarios de la provincia en su agenda.

Si este caso apunta hacia ellos, no va a ser un caso fácil.

—Lo sé —dijo Irati—. Por eso estoy aquí. Porque necesito que me ayude a mirar por encima de la frontera.

Vega asintió despacio. Había en su mirada esa mezcla de prudencia y de curiosidad profesional que Irati le conocía del caso de Bilbao, la mirada de quien ha aprendido que los puentes entre cuerpos policiales se construyen con paciencia y se pagan con favores.

—¿Qué necesitas?

—La lista de compradores de las piezas de Basáñez —dijo Irati—.

Jules la está consiguiendo por el lado del mercado del arte.

Necesito que por el lado europeo, el de Interpol y Europol, me confirmen si hay un patrón: si las piezas del Cantábrico que salen con certificados de Basáñez terminan siempre en las mismas manos, en las mismas fundaciones, en los mismos países.

Y necesito que me digas si el nombre de la familia Alkorta ha aparecido alguna vez en algún expediente europeo de patrimonio, aunque fuera archivado por falta de pruebas.

Vega se quedó mirándola un momento, y luego asintió.

—Voy a hacer las dos cosas —dijo—. Pero te advierto, Sarasola, de lo que ya sabes: los expedientes de patrimonio se archivan con facilidad, y los nombres que aparecen en ellos suelen desaparecer con la misma facilidad.

La familia Alkorta lleva tres generaciones consiguiendo que su nombre no aparezca en ningún papel.

Si esta vez ha aparecido, será porque alguien ha querido que apareciera.

—Lo sé —dijo Irati—. Y esa es la parte que me da más miedo.

—¿Por qué?

Irati se quedó un momento mirando el café, el patio de luces de la ventana, la luz de la tarde de octubre.

—Porque si alguien ha querido que el nombre de Alkorta apareciera —dijo—, entonces el caso no va solo de una pieza.

Va de alguien que quiere que nosotros vayamos a por ellos.

Y eso significa que alguien está jugando con el mapa.

Que nosotros no somos los que siguen el mapa: somos los que el mapa está usando.

Vega la miró un momento más, y luego hizo lo que Irati había visto hacer a los buenos coordinadores: levantó el teléfono y empezó a mover hilos, con la eficiencia de quien lleva años sabiendo que los hilos, bien movidos, acaban tensando la verdad.

Mientras Vega hablaba por teléfono, Irati se quedó mirando la ventana del despacho, el patio de luces, los tendederos de los edificios vecinos, y pensó en el mapa.

En el mapa que alguien había tendido con una pieza, un cadáver y una frase.

En la Dama del Norte, que quería su pieza de vuelta.

En la subasta del norte, que la tenía. Y en la pregunta que le daba más vueltas en la cabeza: quién había dibujado el mapa, y para qué.

El teléfono de Irati vibró sobre la mesa del despacho de Vega. Era un mensaje de Leire, en el tono seco y urgente que usaba cuando encontraba algo que no se esperaba:

Cruzo el certificado de Basáñez con las subastas de los últimos 5 años.

14 piezas firmadas por él, todas del Cantábrico, todas «colección privada europea», todas a compradores de fuera.

El patrón no es un robo: es una línea de producción.

Y la cuenta que las paga, la de Lisboa, tiene el mismo ancla que la organización de Bilbao. Necesito hablar contigo en persona.

Irati guardó el teléfono y miró a Vega, que colgaba a su vez, con el ceño fruncido.

—Leire ha encontrado algo —dijo Irati—. Catorce piezas firmadas por Basáñez en cinco años, todas de la costa, todas con la misma procedencia genérica.

Y la cuenta que las paga tiene la misma firma contable que la organización de Bilbao.

La cabeza del dinero que nunca apareció. Esa es la que está detrás de esto.

Vega se quedó muy quieta un momento. En el silencio del despacho, el goteo de una cafetera que nadie había apagado marcaba el tiempo con una constancia de reloj.

—Sarasola —dijo al fin—. ¿Sabes lo que significa eso?

—Sé lo que significa —dijo Irati—. Significa que el caso de Bilbao no se cerró.

Significa que la organización que robó los datos de salud de medio País Vasco se ha reconvertido.

Y significa que la pieza que ha aparecido en la bajamar de Zumaia no es un hallazgo de arqueología: es una pieza de una línea de producción que alguien ha querido que viéramos.

—Y que esa pieza —dijo Vega, con la voz baja— lleva dentro la cabeza del dinero.

La que Silva nunca entregó. La que se quedó libre cuando Bilbao cerró el caso.

—La miró con una gravedad que Irati no le había visto antes—.

Si esa cabeza está en esta pieza, Sarasola, entonces no estás investigando un expolio.

Estás investigando la reconversión de una organización criminal internacional. Y eso no se hace sola.

Irati se quedó mirando el patio de luces un momento, con el goteo de la cafetera marcando el silencio.

—No estoy sola —dijo—. Tengo a Jules. Tengo a Leire. Tengo a Maddi. Tengo a Iturriaga, que me ha prometido el primer aviso. Y tengo la certeza de que la pieza que el mar ha entregado no se va a ir sola. —Levantó la vista hacia Vega—. ¿Me ayudas a mirar por encima de la frontera?

Vega asintió, despacio, y por primera vez desde que habían empezado a hablar, Irati le vio en los ojos la misma chispa que la había guiado en el caso de Bilbao: la chispa de los que saben que un caso grande se construye con paciencia y con papeles, y que los papeles, al final, siempre hablan.

—Te ayudo —dijo—. Pero con una condición, igual que Iturriaga: cuando tengas el mapa completo, me lo enseñas antes de enseñárselo a nadie. Porque en esta provincia, y en esta profesión, el que enseña el mapa primero es el que decide quién lo sigue.

* * *

VI. El cuaderno

Eran las diez de la noche cuando Irati volvió a la Jefatura de Donostia.

La lluvia había vuelto a caer sobre la ciudad, y los cristales del despacho de Iturriaga estaban empañados por la humedad.

El comisario estaba de pie ante la ventana, con las manos a la espalda, mirando los tejados mojados, y cuando oyó la puerta se volvió sin sorpresa, como si la hubiera estado esperando.

—¿Algo nuevo? —preguntó.

Irati se sentó ante la mesa, frente al cuaderno del restaurador, que seguía en su bolsa de custodia, con el precinto de la fiscalía intacto. Lo miró un momento, con la fotocopia de la última página en el bolsillo interior del abrigo, y luego habló.

—El dueño de la galería ha hablado —dijo—.

El intermediario es un hombre de Lisboa.

La dirección del encargo es el caserío Alkorta, en Getaria.

Y el certificado de la pieza lo firma un tasador de Madrid llamado Óscar Basáñez, que Jules ha ido a ver esta tarde.

La pieza no es del mar: es de un taller.

Y el restaurador lo sabía. Lo escribió en su cuaderno antes de morir: «La Dama quiere su pieza de vuelta. La subasta del norte la tiene».

Iturriaga se volvió por completo, con los brazos cruzados sobre el pecho, y la miró con una expresión que Irati no supo leer del todo.

—La subasta del norte —dijo, despacio—. la casa de Donostia.

la élite de la provincia. La familia Alkorta es su principal mecenas.

Y la subasta de este año está a tres semanas.

Si la pieza que el mar ha entregado es la pieza que «La Dama quiere de vuelta», y la subasta la tiene. —No terminó la frase.

Irati asintió despacio.

—Y la pregunta —dijo— es por qué alguien ha querido que esta pieza apareciera ahora, en esta bajamar, con este cadáver. Porque la escena estaba preparada. El cuerpo, la pieza, la luna. Alguien quería que la encontráramos. Y quería que la primera impresión fuera la suya.

Iturriaga se quedó mirando la lluvia un momento, con las manos a la espalda.

—Sarasola —dijo al fin—. ¿Sabe qué es lo que más me preocupa de todo esto?

No es la familia Alkorta. No es el certificado de Basáñez.

No es el intermediario de Lisboa. Es que la frase del cuaderno, la Dama, no la escribió el restaurador.

La escribió otra persona, con otra letra, con otra tinta.

Como si alguien le hubiera dado la pieza y la frase juntas.

—Se volvió hacia ella—. Y eso significa que alguien quiere que nosotros leamos esa frase.

Alguien quiere que nosotros sepamos que la pieza tiene un nombre, una leyenda y una subasta.

Alguien nos está tendiendo el mapa. Y la pregunta es: ¿el mapa es de verdad, o es el mapa que alguien quiere que sigamos?

Irati se quedó mirando el cuaderno en la bolsa de custodia, el precinto intacto, la fotocopia en su bolsillo, y sintió que el peso de la noche de octubre se le instalaba en los hombros con la solidez de las losas.

—El mapa —dijo—. Siempre hay un mapa. Y los mapas se hacen para seguirse, o para no seguirse.