La dama del norte (Costa Vasca 2) IV. El norte (Jules)
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IV. El norte (Jules)

El tren llegó a Donostia a las siete de la tarde, con cuarenta minutos de retraso, y Jules salió del andén con la maleta en la mano y el traje azul marino arrugado por la jornada.

El aire de la estación de Donostia olía a lluvia y a mar, un olor que no se parecía a nada de lo que había respirado en Madrid, y que le llegó a los pulmones con la fuerza de una llave que gira en una cerradura que no sabía que tenía.

Había pasado el día en la carretera, con el catálogo de la subasta en el asiento del copiloto y el expediente del Legat en el maletín, llamando a su contacto de Ámsterdam y a la oficina de la embajada, moviendo hilos que se tensaban a su paso.

Había confirmado, con la frialdad de los números, que el patrón de las piezas de Basáñez tenía una firma contable: la misma cuenta de Lisboa que pagaba los certificados, la misma cadena de sociedades, el mismo nombre detrás de todos los papeles.

Y había decidido, con la calma de quien ha dejado de aplazar una decisión, que el norte era el sitio donde iba a estar esa semana.

Caminó desde la estación hasta la Parte Vieja, con la lluvia fina de la tarde en la cara, mirando las calles que Irati le había enseñado en los meses del caso de Bilbao —la plaza de la Constitución, la calle Mayor, los soportales—, y llegó a la puerta del hotel que ella le había recomendado,

un edificio antiguo con el cartel de hotela en euskera y la fachada de piedra oscura.

Dejó la maleta en la habitación sin deshacerla, se cambió la corbata por una chaqueta de cuero que llevaba en el fondo del equipaje, y salió a la calle con el móvil en la mano, marcando el número que llevaba horas queriendo marcar.

—¿Sarasola? —dijo, cuando ella contestó al tercer tono, con la voz que se le suavizaba sin que él pudiera hacer nada por evitarlo—. Estoy en Donostia. En la Parte Vieja. ¿Dónde estás?

Hubo una pausa, y luego la voz de Irati llegó, con ese deje de cansancio y de trabajo que le conocía de los días largos.

—En la Jefatura —dijo—. Acabo de hablar con Iturriaga. El dueño de la galería ha hablado: el intermediario es de Lisboa, la dirección es el caserío Alkorta de Getaria, y el certificado lo firma Basáñez. La pieza no es del mar. Es de un taller. Y el restaurador lo sabía.

Jules se detuvo en mitad de la calle, con la lluvia en la cara y la gente pasando a su lado.

—Lo sé —dijo—. El intermediario de Lisboa.

La misma firma contable que el caso de Bilbao.

Irati, he hablado con mi contacto de Ámsterdam.

Las piezas del Cantábrico que salen con certificados de Basáñez terminan en una fundación del norte de Europa que nunca las exhibe.

No son piezas de coleccionista: son piezas de desaparición. Alguien las compra para que no existan.

—Para que no existan —repitió Irati, con la voz plana—. Es decir: alguien está comprando piezas de la costa para que nunca se sepa que existieron. Y la pieza que ha aparecido en la bajamar, con el cadáver, es la que debería haber desaparecido y no desapareció.

—Exacto —dijo Jules—. El restaurador se salió del guion. Trabajó en la pieza, la conoció, descubrió que no era del mar, y alguien lo silenció antes de que lo contara. Y la pieza, por su muerte, quedó fuera del circuito: el mar la entregó antes de que la fundación la hiciera desaparecer.

La lluvia seguía cayendo, y en la calle de la Parte Vieja las luces de las tiendas empezaban a encenderse una a una.

Jules se quedó mirando la fachada de una casa antigua, con el escudo de piedra desgastado por siglos de lluvia, y sintió que las piezas del mapa empezaban a encajarle con una claridad que le ponía la piel de gallina.

—¿Dónde estás ahora? —preguntó Irati, al fin.

—En la Parte Vieja —dijo Jules—. En la puerta de una sidrería que me dijiste una vez que era la mejor de Donostia. —Hizo una pausa, y su voz bajó un punto, hasta ese tono que solo usaba con ella—. ¿Cenas conmigo? ¿O tienes más mapas que leer esta noche?

Hubo un silencio que Jules llenó con el sonido de la lluvia, y luego oyó la media sonrisa en la voz de Irati, esa que no se veía pero se oía perfectamente.

—Tengo un mapa —dijo—. Pero los mapas se leen mejor con compañía. Espérame en la sidrería. Llego en veinte minutos.

Jules colgó y se quedó un momento en la puerta de la sidrería, con la lluvia en la cara y el olor de la Parte Vieja a su alrededor, sintiendo que el norte, que la costa, que la mujer que estaba a punto de llegar, eran la única respuesta que llevaba diez años buscando.

Y supo, con esa certeza que le venía a los agentes en las horas limpias, que el mapa de la pieza y el mapa de su propia vida se habían cruzado en aquella calle, y que los dos llevaban a la misma dirección.

* * *