III. La galería
La Parte Vieja de Donostia, a las seis de la tarde, era una red de calles estrechas y empedradas con el olor a sidrería y a lluvia reciente en el aire.
Irati caminaba por la calle de la Trinidad con las manos en los bolsillos del abrigo, siguiendo las indicaciones de Maddi, cuando encontró el taller del restaurador: una puerta de madera oscura entre una tienda de antigüedades y una taberna, con una placa de latón que decía I.
Olazabal — Restauración de piezas y una ventana alta con los cristales empañados por la humedad.
La policía local había precintado la puerta, pero el precinto era nuevo, de esta mañana, y Irati lo levantó con cuidado y entró.
El taller era pequeño y ordenado, con una mesa de trabajo central cubierta de herramientas, una lámpara de aumento, frascos de disolvente con etiquetas escritas a mano y una pared de estanterías con piezas a medio restaurar: cerámica, madera, pequeños bronces.
Olía a cola animal, a barniz y a tabaco frío, el olor de un hombre que trabajaba solo.
Irati se movió por el taller con una atención de forense, mirando sin tocar.
Había algo en la manera en que estaba ordenado que le hablaba de la persona que lo usaba: las herramientas colgadas en un panel con la forma exacta de cada una, los frascos alineados por tamaño, la luz de la lámpara de aumento apagada pero limpia, lista para encenderse.
Un hombre metódico. Un hombre que había aprendido que el orden es la forma de controlar el caos de las piezas que llegan rotas y se van enteras.
La mesa de trabajo estaba impecable —el hombre era un profesional, lo había confirmado Maddi—, pero en un rincón, bajo la ventana, había una caja de cartón con restos de embalaje y una hoja de papel arrugada que no parecía encajar con el orden del resto. Irati la recogió y la desdobló.
Era una factura. Una factura de una casa de subastas de Donostia, con un membrete elegante y una línea escrita a mano al final: Por servicios de restauración y acondicionamiento de pieza para su salida a mercado. Importe: 3.200 €. Fecha: dentro de dos semanas.
El nombre del cliente no aparecía en la factura. Solo la dirección de una galería de la Parte Vieja, con un nombre que Irati no conocía y que sin embargo le sonó como una campana: Galería Ondartxo — Arte y antigüedades.
Irati guardó la factura en el bolsillo y salió a la calle.
La galería estaba a tres calles del taller, en un local estrecho con el escaparate iluminado de piezas: cerámica, pequeños bronces, una vitrina con monedas.
Dentro, tras un mostrador de madera, un hombre de unos cincuenta años, con el pelo gris y las gafas de media luna, levantó la vista cuando Irati empujó la puerta.
En el fondo del local, una escalera de caracol bajaba a un sótano, y en la pared trasera, junto a la caja registradora, había una fotografía enmarcada de un puerto de noche.
—Buenas tardes —dijo, con una sonrisa de comercio que no llegó a los ojos—. ¿Busca algo?
—No —dijo Irati—. Busco a alguien. Soy la inspectora Sarasola, de la Ertzaintza. ¿Es usted el dueño?
El hombre se quedó un instante con la sonrisa congelada, y luego la retiró con un movimiento de la cabeza, como quien guarda un objeto que ya no necesita.
—Soy el dueño —dijo—. ¿Qué se le ofrece?
—El taller de Iñaki Olazabal, el restaurador, está a tres calles de aquí —dijo Irati, con la voz plana—.
Y en su mesa había una factura de esta galería por servicios de restauración de una pieza para su salida a mercado.
Iñaki Olazabal ha aparecido muerto esta semana en la costa de Zumaia.
Y me gustaría saber qué pieza le había encargado usted.
El hombre se quedó muy quieto. La luz del escaparate le daba de frente, y a esa luz, Irati pudo ver que la noticia no le sorprendía: el dueño de la galería no se enteraba de la muerte de su restaurador. Ya lo sabía.
—Yo no le encargué nada —dijo el hombre, con la voz que intentaba no temblar—. La factura que usted ha visto. debía de ser de otra cosa. De una pieza menor, una restauración de rutina. No recuerdo los detalles.
—¿No recuerda haber encargado la restauración de una ánfora sellada del siglo XVIII, con destino a una casa de subastas de Madrid?
—preguntó Irati, sin levantar la voz—. Porque esa es la pieza que ha aparecido en el laboratorio de San Telmo, junto al cadáver del hombre que la restauraba.
Y la factura que he encontrado en su mesa dice exactamente eso.
El dueño de la galería miró hacia la puerta, hacia la calle, hacia el escaparate, como si buscara una salida que no existía.
Luego miró a Irati, y en sus ojos hubo algo que Irati reconoció: el miedo de los que saben que han llegado demasiado lejos para retroceder, pero que todavía no han decidido si van a seguir.
—No sé nada de ninguna ánfora —dijo, con la voz que se le quebraba—. Y no sé nada de ninguna muerte. La factura es un error. Un error de facturación.
—Los errores de facturación no llevan membrete de casa de subastas —dijo Irati, con la voz plana—.
Ni fechas de entrega. Ni el nombre de una pieza que no debería existir.
—Hizo una pausa, y bajó la voz un punto—.
Se llama Iñaki Olazabal. Tenía cuarenta y siete años.
Trabajaba con las manos, como usted. Y alguien lo estranguló y lo puso en el agua con la pieza al lado.
Si usted sabe algo de eso, y no me lo cuenta, la siguiente visita no será de cortesía.
El dueño de la galería se quedó mirando el mostrador un momento, con las manos temblorosas, y luego habló con una voz que Irati tuvo que acercarse para oír.
—Yo solo le encargaba piezas menores —dijo—.
Cerámica, bronce, cosas pequeñas. Iñaki era el mejor de la costa, y era discreto.
No hacía preguntas. Pero hace tres meses llegó una pieza grande, de un coleccionista que no quiso dar nombre.
Iñaki la restauró en su taller, con un registro aparte, y me pidió que no la mencionara a nadie.
—Levantó la vista, con los ojos húmedos—.
Me dijo que era la pieza más hermosa que había tocado en su vida.
Y que le daba miedo. Me dijo: «esta pieza no es del mar. Esta pieza es de alguien que quiere que parezca del mar». Y dos semanas después, apareció muerto.
Irati se quedó muy quieta. El sonido de la calle, afuera, se hizo más claro en el silencio del escaparate.
—¿Quién le encargó la pieza? —preguntó.
—Un intermediario —dijo el dueño de la galería, con la voz que ya no le temblaba, solo le pesaba—.
Un hombre de Lisboa que hablaba buen castellano y que pagaba en efectivo.
No me dio nombre. Me dio una dirección y una instrucción: que la pieza saliera del taller sin preguntas y que el resto de la historia la contara el papel.
Y el papel, inspectora, ya está escrito.
La pieza tiene un certificado que la hace real.
Y el certificado lo ha firmado un tasador de Madrid llamado Óscar Basáñez.
Irati se quedó mirando el escaparate, las piezas iluminadas, la vitrina con las monedas, y sintió que el hilo que llevaba desde Zumaia, desde el cadáver del restaurador, desde la pieza del laboratorio, empezaba a tensarse con un nombre: Lisboa.
Un intermediario de Lisboa. Un certificado firmado por un tasador de Madrid.
Y una pieza que no era del mar, hecha para parecerlo.
—La dirección —dijo—. La dirección que le dio el intermediario. ¿La recuerda?
El dueño de la galería negó con la cabeza, despacio.
—No la escribí. Me la dijo de viva voz, y me advirtió de que no la anotara.
Pero la recuerdo bien, inspectora. Porque era una dirección que no encajaba con nada de lo que había visto en mi vida: caserío Alkorta, carretera de Getaria.
—Levantó la vista hacia Irati, con los ojos que ya no podían esconder nada—.
Y el caserío de Getaria, en esta costa, es de una sola familia.
La familia de la que todo el mundo habla y nadie nombra.
Irati se quedó mirando la luz del escaparate, la calle de la Parte Vieja, el olor a sidrería y a lluvia reciente, y sintió que el nombre de la familia Alkorta se le instalaba en la memoria con la solidez de una losa.
Era la primera vez que un nombre entraba en el caso con una cara y un territorio, y el territorio era el que llevaba tres generaciones construyendo su blindaje: el mecenazgo, los museos, el Geoparkea, los abogados.
—¿Sabe algo más? —preguntó—. ¿Algo que no le hayan pedido que callara?
El dueño de la galería se quedó un momento mirando la fotografía del puerto de noche, y luego habló con una voz que parecía venir de muy lejos.
—Sé que Iñaki no era el único que trabajaba para ellos —dijo—.
En la costa, hay una red de restauradores y de buceadores que trabajan para los coleccionistas sin hacer preguntas.
Iñaki era el mejor, pero no era el único.
Y sé que cuando una pieza entra en esa red, ya no sale nunca.
—Levantó la vista hacia Irati—. La pieza del mar, inspectora, ya estaba vendida antes de que usted la encontrara.
La subasta de Madrid era solo la ceremonia. El comprador ya estaba esperando.
Irati salió de la galería y se quedó en la calle, con el olor de la Parte Vieja alrededor, pensando en la frase del cuaderno, en la Dama, en la subasta, en el comprador que ya estaba esperando.
Y supo que el caso, a partir de aquel momento, tenía un nombre de familia, un nombre de tasador, un nombre de ciudad y una pieza que ya estaba vendida antes de salir del mar.
* * *