II. El resto del cadáver
La sala de autopsias del IML de Donostia olía a desinfectante y a luz fría.
Irati entró detrás de Maddi, que la esperaba junto a la mesa con las manos cruzadas sobre la bata, y por un momento las dos se quedaron mirando el cuerpo del restaurador, cubierto hasta el pecho con la sábana de tela, con la cara expuesta y la expresión que el agua no había conseguido borrar:
una calma de hombre que había terminado algo.
Irati había visto esa calma muchas veces en los muertos que no han muerto por violencia sorpresa, los que han tenido tiempo de dejar que el miedo se les apagara antes de la última cosa.
No era la calma de los que se van en paz: era la calma de los que se han ido con una certeza.
El restaurador, pensó, murió sabiendo algo que no quería llevarse.
—He terminado con él —dijo Maddi, con la voz de los que han pasado la mañana entre órganos y papeles—. Y tengo respuestas, aunque no todas las que quería.
Irati se acercó a la mesa. Le había costado toda la vida aprender a mirar los cuerpos sin dejar de verlos, y aún le costaba cada vez.
—¿Quién era? —preguntó.
—Se llamaba Iñaki Olazabal —dijo Maddi, abriendo la carpeta que tenía en las manos—.
Cuarenta y siete años, Donostia. Restaurador freelance, con un pequeño taller en la Parte Vieja y una furgoneta que aparcaba en la calle de al lado.
Trabajaba por encargo para galerías y coleccionistas del norte: cerámica, madera, metal, un poco de todo.
Hemos confirmado la identidad por las huellas dactilares: estaba fichado.
No por delitos graves —una pelea de juventud, un impago de hace años—, pero su ficha tiene una cosa interesante.
—¿Qué?
—Una anotación de la Unidad de Patrimonio de la Guardia Civil.
—Maddi levantó la vista de la carpeta—. Hace cinco años, Iñaki Olazabal fue interrogado como testigo en una investigación sobre piezas procedentes de la costa.
Nunca llegó a ser detenido, nunca llegó a declarar en juicio, y el caso se archivó por falta de pruebas.
Pero su nombre quedó en el expediente, con una anotación que dice que trabajaba para «coleccionistas que no quieren que se sepa qué compran».
Irati se quedó muy quieta. La palabra «archivado» le sonó como una campana de las que conoce bien: los casos que se archivan por falta de pruebas no se archivan siempre por falta de pruebas.
A veces se archivan porque hay alguien que se encarga de que las pruebas no lleguen.
Y el nombre de un restaurador que trabajaba para coleccionistas discretos, archivado hace cinco años, tenía todas las señales de una de esas piezas que el sistema suelta para no tener que sostenerlas.
—¿Y las manos? —preguntó—. ¿Los cortes?
—Los cortes son de bisturí, hechos en vida, entre veinte y veinticuatro horas antes de la muerte.
Restos de disolvente orgánico en la primera falange, del tipo que se usa para limpiar cerámica.
Y en las uñas, bajo el primer estrato de suciedad, hay restos de una arcilla que no es de ninguna playa de esta costa: es una arcilla de taller, de alfarería, con una composición que no coincide con el barro del Cantábrico.
—Maddi hizo una pausa—. El hombre trabajó con una pieza hecha de arcilla de taller, no con una pieza sacada del mar, en las veinticuatro horas antes de morir.
Irati cerró los ojos un segundo. La pieza del laboratorio de San Telmo, la que Ainhoa había encontrado junto al cadáver, era de arcilla oscura, con estrías de torno demasiado regulares y una patina que no se dejaba leer.
La pieza que el buzo había estado limpiando antes de morir no era del mar: era de un taller.
—¿Y la causa de la muerte? —preguntó.
Maddi se quedó mirando la carpeta, y luego levantó la vista hacia Irati con una expresión que no le había visto antes, una mezcla de incomodidad y de certeza.
—La congestión cervical que te dije. Al final ha sido un estrangulamiento manual.
—Lo dijo con la voz plana, las conclusiones que se han resistido y han terminado imponiéndose—.
No hay marcas de dedos externas, porque la presión se aplicó sobre un tejido protegido: llevaba el cuello del neopreno subido.
Pero la zona cervical tiene las petequias internas de una compresión mantenida durante un tiempo suficiente.
El hombre fue estrangulado con las manos, con el neopreno puesto, y luego colocado en el agua.
El que lo hizo sabía que el mar borraría las marcas.
Y el que lo hizo tenía que ser fuerte: estrangular a un hombre de cuarenta y siete años, en buen estado, con el cuello del traje puesto, requiere una fuerza que no es de un solo golpe.
—¿Y el agua? —preguntó Irati—. ¿Cuándo entró en el agua?
—Entre veinte y veinticuatro horas después de la muerte.
El cuerpo se enfrió en tierra, en un lugar frío, probablemente una cámara o un vehículo.
Luego lo trasladaron a la costa y lo colocaron en la poza, con la pieza al lado, en la noche de la bajamar de octubre.
—Maddi cerró la carpeta—. La escena estaba preparada.
El cadáver, la pieza, la bajamar, la luna.
Todo encaja. Y todo encaja demasiado bien para ser una casualidad.
Irati se quedó mirando el cuerpo del restaurador, la cara de calma que el mar no había borrado, las manos que habían trabajado con una arcilla de taller veinticuatro horas antes de morir.
—El cuaderno —dijo—. El cuaderno de entregas. ¿Está completo?
—Completo y legible —dijo Maddi—. Está en la custodia de la Jefatura, con el resto de las evidencias.
Pero si quieres saber quién era el hombre que lo escribía, yo te puedo decir algo más: era un profesional.
El tipo de profesional que hace bien su trabajo y que no hace preguntas.
El tipo de profesional que, cuando las preguntas se le meten en el cuerpo, se convierte en un peligro.
Y hay una cosa más, Irati. En la furgoneta del restaurador, que la policía local ha encontrado esta mañana aparcada en la Parte Vieja de Donostia, había una pieza más: un fragmento de cerámica, envuelto en un paño, con el mismo tipo de arcilla de taller que tiene en las uñas.
Y junto al fragmento, un cuaderno de trabajo distinto, más nuevo, con anotaciones sobre una sola pieza.
—¿Qué pieza?
—Una ánfora sellada —dijo Maddi—. La misma ánfora, inspectora. El restaurador estaba trabajando en una pieza de la que llevaba un registro aparte, con fecha de entrega a un coleccionista del norte de Europa, y con una anotación que me ha parecido que te iba a interesar.
Maddi sacó del bolsillo de la bata una fotocopia, la última página del cuaderno nuevo, y se la tendió a Irati.
La página tenía la caligrafía apretada de siempre, pero la última línea estaba escrita con otra letra, más clara, como si la hubiera escrito otra persona:
La Dama quiere su pieza de vuelta. La subasta del norte la tiene.
La misma frase. La misma letra nueva. La misma advertencia.
Irati se quedó mirando la fotocopia un largo rato, con el olor del desinfectante y de la luz fría del laboratorio rodeándola.
—¿Quién escribió esto? —preguntó.
—No lo sé —dijo Maddi—. Pero la tinta es distinta a el resto del cuaderno.
Y la letra es distinta. Es como si el restaurador hubiera copiado una frase que le habían dictado.
Como si alguien le hubiera dado la pieza y la frase juntas.
Como si el restaurador fuera el mensajero, y el mensaje no fuera suyo.
Irati se quedó muy quieta un momento, con el laboratorio en silencio alrededor. Le dio la vuelta a la fotocopia en las manos, la leyó una vez más, y luego levantó la vista hacia Maddi con esa mirada de quien ya no pregunta porque ha entendido.
—¿La policía local ha registrado el taller? —preguntó.
—Lo han precintado a primera hora, con orden de la Jefatura —dijo Maddi—.
Pero no hay nadie en el interior desde esta mañana.
He preguntado. El taller está intacto, con las herramientas en su sitio, una mesa de trabajo con la luz encendida, un bote de disolvente abierto.
Como si el restaurador hubiera salido a comprar el pan y no hubiera vuelto.
Y hay una cosa más, Irati. En la mesa de trabajo, al lado del bote de disolvente, hay un molde de escayola.
Un molde de ánfora, hecho a mano, con el negativo del relieve todavía marcado.
Alguien ha estado copiando la pieza en ese taller. No una vez. Varias veces.
Irati cerró los ojos un momento. La pieza del laboratorio de San Telmo era una réplica. Y en el taller de un restaurador que había trabajado en ella hasta veinticuatro horas antes de morir había un molde de escayola de la misma pieza.
—El molde —dijo, con la voz plana—. Eso significa que la réplica no salió de un estudio de diseño.
Salió del taller del restaurador. Él hacía las copias.
Él era el que reproducía la pieza madre, encargada por un coleccionista que no quería que se supiera qué compraba.
Y alguien lo mató para que no hiciera la última copia.
O para que no hablara de la que ya había hecho.
—Eso —dijo Maddi—. O para que nadie supiera que la pieza que iba a salir a subasta en Madrid era una copia de una pieza que aún no había salido del mar.
Irati dobló la fotocopia con cuidado y la guardó en el bolsillo interior del abrigo, junto al corazón.
—El mensajero —repitió, con la voz plana—. Entonces el mensaje va para nosotros. Y la pregunta es quién lo escribió, y quién quiere que llegue.
—Esa —dijo Maddi, con la voz baja— es la pregunta que hace que un caso deje de ser un caso y se convierta en una partida. Y las partidas, Irati, se juegan con cuidado.
* * *