CAPÍTULO 3 — EL BUZO
* * *
I. La inmersión
El mar, a las nueve de la mañana, era un plano de plomo gris que no terminaba de decidir su color.
La costa de Zumaia, vista desde el mar, tenía esa cualidad de los lugares que llevan mucho tiempo sin cambiar: los estratos del flysch se alzaban como un acordeón de piedra, con las capas de doscientos millones de años dobladas sobre sí mismas, y la luz de octubre, baja y oblicua,
las hacía brillar con una palidez de hueso.
Sobre la superficie, dos barcas de la asociación de buceo de Getaria mantenían la posición con el motor al ralentí, y en una de ellas, con el traje de neopreno puesto y las aletas en la mano, Ainhoa Zubiri terminaba de repasar el equipo por tercera vez,
con la meticulosidad de quien ha aprendido que el mar no perdona las prisas.
Irati la observaba desde la borda de la segunda barca, con el abrigo impermeable puesto y el viento de la mañana moviéndole el pelo que escapaba del moño.
No había buceado nunca. Había pasado la vida odiando el mar con la pasión de quien lo perdió todo en él, y la idea de meterse en el agua la había acompañado durante años como una de esas puertas que se saben cerradas sin necesidad de probarlas.
Pero aquella mañana, cuando Ainhoa le había propuesto bajar al pecio para localizar el punto exacto de donde el temporal había sacado la pieza, Irati había dicho que sí con una voz que no reconocía del todo como suya.
Había pasado la noche despierta, con la fotocopia de la frase del cuaderno sobre la mesilla de noche —La Dama quiere su pieza de vuelta—, pensando en el padre, en la trainera que salió con la galerna y no volvió, en el mar que se lo había llevado sin devolverle nada.
Y a las seis de la mañana, cuando Ainhoa la había llamado para confirmar la inmersión, Irati se había dado cuenta de que había estado esperando esa llamada desde hacía veinte años: la llamada que la obligara a mirar el mar de frente.
—¿Seguro que quiere bajar? —le había preguntado Ainhoa, mirándola con una mezcla de respeto y de duda—. No es obligatorio. Yo puedo bajar sola, sacar las coordenadas y subirle el informe.
—Bajo —había dicho Irati—. Necesito verlo con mis propios ojos. Y necesito aprender a no tenerle miedo.
No había dicho que aquello era lo más parecido que había hecho en veinte años a reconciliarse con su padre. No había dicho que el mar, para ella, era la única ausencia que no se podía nombrar. Ainhoa no lo había preguntado, y las dos habían dejado que el agua hablara por sí sola.
La inmersión fue breve y técnica. Ainhoa le enseñó a Irati los signos básicos, le ajustó el chaleco y el lastre, y las dos bajaron juntas por la pared del flysch, siguiendo la línea de la corriente que el temporal había dejado marcada en la arena.
A tres metros de profundidad, el agua cambió de color y de temperatura, y Irati sintió, con una claridad que le llegó hasta los huesos, el silencio del fondo: un silencio denso, poblado de pequeños crujidos de arena y de piedra,
en el que los sonidos del mundo de arriba se apagaban como se apagan las luces de una casa al cerrar la puerta.
El pecio estaba a nueve metros. Era poco profundo para el Cantábrico, pero el temporal de octubre lo había movido, y la arena alrededor estaba removida en un radio de varios metros, como si alguien hubiera trabajado en el fondo durante semanas.
Ainhoa nadó hasta el objeto principal —una estructura de madera y chapa que el mar llevaba siglos desgastando— y se quedó flotando ante él, con las manos extendidas, sin tocarlo.
Irati se acercó con cuidado. La luz del mediodía, filtrada por el agua, dibujaba sobre el fondo unas formas movedizas, y en el centro de esas formas, la estructura del pecio se alzaba como un animal dormido.
La madera estaba casi negra, con las vetas hinchadas por siglos de agua, y en algunos puntos se veía la chapa moderna que alguien había añadido: refuerzos, cabos, un pequeño cabrestante de mano.
El corazón de Irati dio un golpe contra las costillas, aunque en el fondo, bajo el agua, solo se oyó el sonido de su propia respiración en el regulador.
No se roban piezas del fondo, pensó, con una claridad que no necesitaba palabras. Se fabrican piezas en el fondo. Con el pecio de testigo.
Ainhoa nadó hacia un lateral y señaló con la linterna un punto donde la arena estaba más blanca, más limpia, como si algo hubiera estado reposado allí durante mucho tiempo y acabara de ser retirado: una impronta rectangular, de unos treinta por cuarenta centímetros,
con los bordes definidos en la arena.
Era el hueco que había dejado la caja. La caja de la que el temporal había sacado la pieza, o la caja que alguien había colocado allí para que el temporal la sacara.
Irati se quedó flotando ante el hueco, con la luz de la linterna iluminando la arena limpia, y por un momento el silencio del fondo le pareció más denso que nunca, como si el agua entera estuviera conteniendo la respiración.
El hueco tenía la forma exacta de la caja que había visto en el informe de Maddi, la que llevaba el buzo atada a la muñeca.
No era un hueco de extracción: era un hueco de colocación.
Alguien había puesto la caja allí, en el fondo, la había dejado reposar el tiempo justo para que la arena se asentara a su alrededor, y luego el temporal la había sacado con la pieza dentro.
El mar había sido usado como herramienta.
Subieron a la superficie sin hablar. Cuando Irati se quitó la máscara y aspiró el aire de la mañana, con el pelo pegado a la cara y el corazón aún acelerado, sintió dos cosas a la vez: la primera, que el mar había dejado de serle del todo ajeno; la segunda,
que el hueco en la arena del fondo era exactamente del tamaño de un secreto.
Ainhoa subió a la barca detrás de ella y se quitó las aletas con movimientos rápidos, con el agua del Cantábrico goteándole de la coleta.
—Hay que volver a bajar —dijo, sin aliento—.
Con un equipo de arqueología subacuática completo, con sedimentadores y con registro fotográfico.
Si el hueco es de esta semana, el sedimento que lo rodea lo va a decir.
Y si el sedimento lo dice —levantó la vista hacia Irati, con los ojos verdes brillando de una emoción que no era del todo alegre—, entonces esta pieza no la ha sacado el mar.
La ha sacado un hombre, y ha usado el mar para que pareciera que la sacaba él.
Irati se quedó mirando la línea de costa, el flysch como un acordeón de piedra, y sintió que las piezas empezaban a encajar con una claridad que le ponía los pelos de punta.
—¿Quién más sabe de este pecio? —preguntó.
—La asociación de buceo de Getaria —dijo Ainhoa—. Los pescadores de la zona. Y, probablemente, todos los que buscan piezas en esta costa desde hace cincuenta años. Un pecio no se esconde, inspectora. Se esconde lo que hay en él.
—¿Y quién lo conoce bien? —preguntó Irati, con la voz baja—. ¿Quién sabe dónde está, qué hay dentro, cómo se llega?
Ainhoa se quedó pensando un momento, con la mano en la coleta, apretando el agua.
—Los buscadores —dijo—. Los que rascan el fondo con sus linternas en las bajamares de octubre.
Y los que trabajan para los coleccionistas: los restauradores, los buceadores de encargo.
El pecio de Zumaia es conocido en ese mundo desde hace años.
Lo que no es conocido —hizo una pausa— es lo que había dentro.
Y eso, inspectora, es lo que ha costado la vida a un hombre.
Irati miró la costa, la línea de acantilados, el mar que acababa de ver por debajo de su superficie por primera vez en su vida.
La sensación de la profundidad aún le latía en el pecho: el silencio del fondo, la luz verde que se apagaba hacia abajo, el peso del agua sobre el cuerpo.
Había tenido miedo, un miedo de niña que le llegó desde muy dentro, y lo había atravesado nadando, siguiendo a Ainhoa, confiando en que el mar, aquella mañana, no quería llevarse nada más.
—¿Te ha dado miedo ahí abajo? —preguntó Ainhoa, con una delicadeza que no le había mostrado antes—. Se te notaba en la respiración, al principio.
—Sí —dijo Irati, con sencillez—. Me ha dado miedo.
Llevo veinte años teniéndole miedo a este mar.
—Hizo una pausa, mirando la línea de costa—.
Mi padre salió con la trainera en una galerna, cuando yo tenía dieciséis años.
No volvió. Nunca hubo cuerpo. Y yo, desde entonces, le he tenido miedo al agua como se le tiene miedo a una cosa que se sabe capaz de llevarse lo que más quieres.
Ainhoa la miró un momento, con el agua goteándole de la coleta, y en sus ojos verdes hubo algo que se ablandó.
—Yo crecí en Mutriku, en un puerto de pescadores —dijo—.
Mi padre salía a la mar y volvía con la cara del color de las tormentas.
Sé lo que es esperar a alguien que sale al agua.
—Señaló con la barbilla la costa—. Pero también sé lo que es que el mar devuelva cosas.
No solo cuerpos. A veces devuelve piezas.
A veces devuelve historias. Y a veces —levantó la vista hacia Irati— devuelve lo que alguien necesitaba encontrar para poder seguir.
Irati se quedó mirando el mar un momento, con el viento de octubre en la cara, y sintió que algo se le aflojaba en el pecho, algo que llevaba veinte años atado con un nudo que no sabía cómo se desataba.
—Bien —dijo, con la voz plana de quien toma una decisión—. Volvemos a bajar. Y esta vez bajamos con todo el equipo que haga falta. Porque si alguien ha usado el pecio como fábrica, el pecio lo va a contar. Y yo quiero escucharlo.
* * *