La dama del norte (Costa Vasca 2) III. El cruce de cuentas
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III. El cruce de cuentas

El Legat, a las seis de la tarde, olía a café recalentado y a papel de fax y a esa luz artificial que las embajadas usan para no olvidar que hay horas de trabajo que no se acaban nunca.

Jules estaba ante su mesa, con el expediente de arte robado abierto y el catálogo de la subasta a un lado, cuando la pantalla se iluminó con la llamada de Leire Agirre, que se conectaba desde Vitoria con el fondo de servidores de Cyberzaintza,

la Jefatura de Coordinación de Ciberseguridad de la Ertzaintza.

Leire llevaba una camiseta negra de una banda que Jules no reconocía, el pelo corto recogido de cualquier manera, y una taza de café en la mano que ya tenía tres marcas de labios en el borde.

Detrás de ella, en la pared, se veían dos monitores con gráficos de líneas que subían y bajaban como en las películas, y una pila de manuales de ciberseguridad que parecía tener más años que ella.

Jules había aprendido, en los meses del caso de Bilbao, que Leire Agirre era la persona que más rápido leía un sistema en toda la península, y que su manera de trabajar consistía en ir dos pasos por delante de la conversación.

—Ya tengo el certificado del catálogo —dijo Leire, sin saludar—.

Me lo ha pasado la SCPJ con el expediente del lote 47.

Está firmado por un tasador de Madrid llamado Óscar Basáñez.

—Hizo una pausa, y su voz cambió de marcha—.

Y ahí está el problema, Jules. Porque conozco esa firma. No de este caso: de otros.

Jules se quedó mirando la pantalla.

—¿Otros?

—Otros. Desde hace tres años, en las subastas de la costa cantábrica, hay una serie de piezas con certificados firmados por Basáñez que tienen un patrón común: proceden de colecciones privadas europeas, no tienen historia de exposición, y se venden a compradores que no las vuelven a mostrar jamás.

Yo he estado cruzándolas con las bases de datos de Interpol y de la Guardia Civil de Patrimonio, con las que tenemos acceso desde Cyberzaintza, y hay algo que no encaja: las piezas aparecen en los catálogos con certificados impecables, pero en las bases de datos de piezas robadas o desaparecidas,

no hay ninguna coincidencia.

Es decir: no se puede probar que sean robadas, porque nunca han estado en ningún registro.

Son piezas que no existían antes de aparecer en un catálogo.

Jules sintió que algo se le ajustaba en el pecho, el mismo encaje de piezas que había sentido por la mañana.

—Piezas que no existían —repitió—. Es decir: piezas que alguien fabrica, o que alguien saca de un fondo que no está registrado, y que llegan al mercado con un certificado que les da existencia legal.

—Exacto —dijo Leire—. El certificado es lo que las hace reales.

La firma de Basáñez es el acta de nacimiento de una pieza que no tenía historia.

Y ese es un negocio que no se sostiene con una pieza cada dos años: se sostiene con un flujo constante.

—Se giró hacia uno de los monitores, y la cámara siguió su movimiento con un chirrido—.

He trazado el patrón de las subastas de la costa en los últimos cinco años.

Hay una casa de subastas en Donostia que celebra una subasta anual en noviembre, y en todas las ediciones, desde hace cinco años, ha habido al menos una pieza firmada por Basáñez.

Siempre piezas marítimas del Cantábrico.

Siempre con la misma procedencia genérica: colección privada europea.

Siempre con estimaciones que no llaman la atención.

—Se volvió hacia la cámara—. Y este año, el lote 47 es esa pieza.

Jules se quedó mirando la pantalla, el catálogo, el expediente.

La casa de subastas de Donostia, la subasta anual de noviembre, la élite del norte: la que Irati le había mencionado por teléfono, la que Iturriaga le había descrito como el acontecimiento social del otoño.

Y ahora el lote 47, la pieza gemela de la que había aparecido con un cadáver, era su pieza estrella de este año.

—¿Y el flujo? —preguntó—. ¿Has podido seguir el dinero?

Leire sonrió, con esa sonrisa de los que llevan años mirando números que no quieren que nadie mire.

—El dinero es lo que más me gusta —dijo—.

He trazado la cuenta que paga la tasación de Basáñez.

No la paga el coleccionista: la paga un intermediario financiero con sede en Lisboa, con la misma estructura de capas que la organización del caso de Bilbao.

No es la misma cuenta, pero es la misma firma contable: la misma manera de mover dinero por terceros, la misma cadena de sociedades con nombres neutros, la misma firma de un gestor que aparece al final de todos los papeles.

—Hizo una pausa, y su voz bajó—. Jules, el caso de Bilbao no se cerró del todo.

Se cerró la parte visible: la organización, el testaferro, el operador de Lisboa.

Pero la cabeza del dinero, la que estaba por encima de Silva, nunca apareció.

Y ahora esta cuenta de Lisboa que paga certificados de piezas que no existían tiene la misma firma que esa cabeza. Estoy casi segura.

Jules se quedó muy quieto, con el teléfono en la mano, la tarde de Madrid entrando por la ventana en haces oblicuos y rojos.

La cabeza del dinero. La que estaba por encima de Silva.

La que el caso de Bilbao había dejado libre, con la organización derrumbada pero el dinero intacto, con el testaferro en prisión pero el nombre sin escribir.

Y ahora esa misma firma aparecía en el circuito de las piezas de la costa, como si el dinero, que no conoce de nada, hubiera encontrado un escaparate nuevo: el patrimonio, la memoria, las piezas que no existían.

—¿Segura?

—Casi —dijo Leire—. Casi es lo que me sale del trabajo, no lo que me sale del instinto.

Lo que me sale del instinto es que alguien está reconvirtiendo una organización que robaba datos de salud en una organización que roba piezas del patrimonio.

Y que el puente entre las dos es un certificado firmado por un tasador de Madrid que dice que una pieza que no existía, existe.

Necesito que me consigas una cosa más, Jules.

La lista de compradores de las piezas de Basáñez.

Las fundaciones, los coleccionistas, los testaferros.

Porque si el comprador de las piezas falsas es siempre el mismo, entonces hay un mercado, y si hay un mercado, hay un destino, y si hay un destino, hay un nombre.

Jules colgó. Se quedó mirando la pantalla vacía un momento, con el olor del café recalentado y de la meseta seca entrando por la ventana, y luego hizo la llamada que llevaba toda la tarde aplazando: la que pondría en marcha la maquinaria del Legat para conseguir la lista de compradores.

Era una llamada que iba a abrir expedientes, a mover papeles entre dos países, a tocar nombres que nadie había querido tocar, y la hacía con la conciencia de que, a partir de ese momento, el caso de la pieza de Zumaia dejaba de ser un caso de la Ertzaintza y se convertía en algo más grande,

algo que cruzaba fronteras y que iba a pedir favores que se pagan caros.

Mientras el teléfono marcaba, miró el catálogo, el lote 47, la ánfora sellada con su vientre perfecto, y pensó en la pieza del laboratorio de San Telmo, en el cadáver del restaurador en la morgue de Donostia, y en la frase del cuaderno que Irati le había leído por teléfono:

La Dama quiere su pieza de vuelta.

La Dama, pensó, no era una leyenda. La Dama era una firma.

Y las firmas, al final, siempre llevan a un nombre.

Había aprendido, en sus años en la División de Delitos Financieros de Nueva York, que el mercado del arte es uno de los últimos lugares donde el dinero puede viajar sin papeles que lo delaten.

Las piezas cambian de manos sin bancos, los certificados de procedencia se compran y se venden como acciones, y un coleccionista que quiere ocultar una compra puede hacerlo con una discreción que ninguna cuenta bancaria puede ofrecer.

Por eso las organizaciones criminales modernas no lavan dinero en contenedores: lo lavan en vitrinas.

Y la pieza de la costa, con su certificado impecable y su coleccionista invisible, tenía todas las señales de ser exactamente eso: una pieza de vitrina.

La llamada a Ámsterdam —el contacto del FBI que llevaba años siguiendo el mercado del arte del norte de Europa— se respondió al tercer tono, y Jules habló con él durante diez minutos,

en ese inglés funcional y directo que se usa entre colegas de dos países que saben que las palabras largas no hacen falta.

El contacto le confirmó lo que sospechaba: había un patrón en las piezas del Cantábrico que llegaban al norte de Europa, un coleccionista que nunca aparecía en las listas de las ferias, una fundación que compraba patrimonio y no lo exhibía jamás.

Era un hilo, pero un hilo grueso, y Jules lo anotó en la libreta con la caligrafía apretada de quien toma nota de algo que no quiere olvidar.

Al colgar, se quedó mirando el lote 47 en la pantalla, la fotografía de la ánfora con su vientre perfecto y su cera intacta, y por primera vez en meses sintió que el caso de la costa y el expediente del Legat eran la misma cosa, dos mitades de un mismo animal que acababa de abrir los ojos.

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