La dama del norte (Costa Vasca 2) II. El asesor
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II. El asesor

La oficina del tasador estaba en el barrio de Salamanca, en un edificio de fachada de piedra con un portal de madera oscura que olía a cera de muebles y a siglos de comodidad.

Jules llamó al portero automático con el dedo enguantado —se ponía guantes de hilo en las entrevistas, una costumbre de su primer jefe de sección, que decía que los agentes que se tocan los bolsillos en una entrevista inspiran desconfianza— y subió en un ascensor antiguo con espejo biselado y

madera de nogal, de los que solo hay en los edificios donde los ascensores no se han tocado desde la posguerra, donde el botón de la tercera planta se aprieta con una suavidad de mecanismo que ha conocido manos de todas las épocas.

Había tardado una hora en conseguir la cita.

Había llamado primero a la casa de subastas, con la cobertura del Legat, y había sido remitido, con la rapidez de los círculos que se protegen, al despacho del tasador.

No era un nombramiento oficial: era una visita de cortesía, de esas que los americanos hacen cuando quieren saber algo sin pedir permiso, y los dos lo sabían.

Jules había preparado la entrevista como preparaba todas las de su oficio: con los datos en la cabeza, con las preguntas en orden, y con la certeza de que las respuestas importantes no se obtienen preguntándolas, sino esperando a que el entrevistado se delate a sí mismo.

El despacho del tasador ocupaba un piso entero, con ventanas altas que daban a un patio arbolado y paredes cubiertas de vitrinas de caoba con piezas de todas las épocas: cerámica, bronce, marfiles, relojes, una pequeña colección de monedas romanas en una bandeja de terciopelo.

La luz entraba en haces dorados de tarde de octubre, y en el centro del despacho, tras una mesa de escritorio de madera clara cubierta de carpetas y de lupas de joyero, estaba sentado el hombre al que Jules había venido a ver.

Se llamaba Óscar Basáñez y tenía sesenta y un años.

Era un hombre delgado, de pelo blanco y fino peinado hacia atrás, con gafas de lectura en la punta de la nariz y una chaqueta de ante color avellana que parecía costar más que el traje entero de Jules.

Tenía las manos largas y cuidadas, con las uñas pulidas, y sobre la mesa, junto a la lupa, una pluma estilográfica de oro que no usaba para firmar, sospechó Jules, sino para que la vieran.

Llevaba cuarenta años tasando patrimonio en Madrid y tenía fama de «consejero», que es el eufemismo que usan las casas de subastas para los que firman los certificados de procedencia.

No había ninguna acusación contra él: era, decían todos, un hombre correcto.

Era exactamente el tipo de hombre correcto que Jules había aprendido a interrogar con una sonrisa.

—Señor Whitfield —dijo Basáñez, levantándose y tendiendo la mano, con un apretón firme y breve, de hombre que ha dado muchos apretones y no ha soltado nunca nada que no quisiera soltar—. La embajada me dijo que tenía interés en piezas del Cantábrico. Supuse que sería usted. Pase, pase.

—Gracias por recibirme con tan poca antelación —dijo Jules, sentándose en la butaca que le señaló, frente a la mesa, con la luz de la tarde a su espalda, que era exactamente donde quería estar: de cara a la ventana, con el sol a sus espaldas y el entrevistado obligado a mirarlo contra la luz.

—Los americanos siempre tienen prisa —dijo Basáñez, con una sonrisa de hombre que ha visto pasar a muchos americanos por esa butaca, a lo largo de cuarenta años de ventas, de certificados y de visitas que no eran lo que parecían—. Y las piezas buenas no esperan. ¿Qué le interesa?

Jules sacó del maletín el catálogo de la subasta, abierto en la página del lote 47, y lo deslizó por la mesa.

—Esta —dijo.

Basáñez se ajustó las gafas y miró la fotografía durante un momento.

No hizo ningún gesto de sorpresa, y eso fue lo primero que Jules anotó en su cabeza: un tasador que ve una ánfora sellada del XVIII en un catálogo no la mira con la neutralidad de quien ve una pieza cualquiera.

O la ha visto antes, o sabe exactamente lo que significa.

La ausencia de sorpresa, en un hombre que vivía de vender piezas, era una pista en sí misma: aquella pieza, para él, no era una novedad.

—Es una pieza bonita —dijo Basáñez—. Ánfora tipo B, cantábrico, siglo XVIII.

Hay pocas en el mercado con el sello intacto.

La estimación del catálogo me parece razonable, incluso conservadora: en una subasta con el público adecuado, esta pieza puede llegar a los cien mil.

El coleccionismo del patrimonio marítimo está en alza; los compradores del norte de Europa pagan bien por estas piezas, y los americanos, si me permite, están empezando a descubrirlas.

—¿Y el certificado?

Basáñez levantó la vista, con las gafas bajadas, y miró a Jules con una mezcla de paciencia y de advertencia que los entrevistadores conocen bien, la mirada del que ha aprendido a contestar preguntas sin dar respuestas.

—El certificado es mío —dijo—. Yo soy el tasador que firma el lote 47. ¿Le sorprende?

Jules sostuvo su mirada sin parpadear.

—No me sorprende —dijo—. Me alegra. Porque necesito que me explique de dónde sale la pieza, y no hay nadie mejor que el hombre que la ha certificado para contarlo.

Basáñez se recostó en la silla y cruzó las manos sobre el vientre, con una calma de hombre que ha dado muchas respuestas en su vida y sabe cuáles son las que no comprometen. La pluma estilográfica brilló en la mesa, entre los dos, como un testigo dorado del poder de la firma.

—La pieza procede de una colección privada europea —dijo—.

Un coleccionista que lleva cuarenta años comprando piezas del patrimonio marítimo del Cantábrico y que ha decidido vender una parte.

La colección es conocida en el circuito: no es la primera vez que sale algo de ella.

Las piezas tienen su documentación, su historia de compra, su certificado de la casa de subastas donde se adquirieron originalmente.

Yo las he examinado una a una, como hago con todas las que firman mi nombre.

Esta ánfora es una pieza de calidad, con una procedencia impecable.

—¿Y quién es el coleccionista?

Basáñez sonrió, con esa sonrisa de los que llevan cuarenta años protegiendo el nombre de sus clientes, la sonrisa de los que han aprendido que la discreción es el precio de la confianza.

—El coleccionista es un cliente —dijo—. Y mi oficio me obliga a la discreción. Puedo decirle que es un europeo, que reside fuera de España y que su colección está reconocida en el circuito internacional. No puedo decirle más. Los nombres, en este oficio, son la única moneda que no se gasta.

Jules asintió despacio, como si aceptara la respuesta.

Luego sacó del maletín una segunda fotografía y la colocó sobre la mesa, junto al catálogo: era la fotografía de la ánfora de Zumaia, la que Irati le había enviado la noche anterior, tomada en el laboratorio de San Telmo con la luz de la lámpara de aumento.

—¿Y qué me dice de esta? —preguntó—. Es una ánfora que ha aparecido esta semana en la costa de Zumaia, en una bajamar, junto a un cadáver. ¿Reconoce que es la misma pieza del lote 47?

Basáñez se quedó mirando las dos fotografías.

Jules observó con atención su cara, sus ojos, el movimiento de su mano cuando se ajustó las gafas: buscaba la señal, la décima de segundo en la que la sorpresa se le escaparía.

No la vio. Basáñez miró las dos piezas con la misma neutralidad con que había mirado la primera, y durante un instante Jules pensó que había entrenado aquella mirada durante décadas, la mirada de los que han aprendido a no delatarse ni con un parpadeo.

Era, en el fondo, la misma mirada que Jules se entrenaba a sí mismo para tener en los interrogatorios: la mirada de quien ha aprendido que las caras se controlan y que solo el cuerpo, a veces, dice la verdad.

—¿Ha oído usted alguna vez la historia de la Dama del Norte? —preguntó de pronto Basáñez, sin responder a su pregunta, y la pregunta lo tomó por sorpresa, porque no era una pregunta de entrevista sino una pregunta de hombre que quiere comprobar hasta dónde sabe el otro.

—He oído muchas historias —dijo Jules, manteniendo la voz neutra, aunque por dentro el nombre le había sonado como una campana—. la costa. La que guarda los nombres de los que el mar no devuelve.

—Esa —dijo Basáñez, y por primera vez su sonrisa pareció más auténtica, la sonrisa de un hombre que disfruta con las leyendas aunque se gane la vida con los papeles—.

Los pescadores viejos dicen que la Dama no guarda solo los nombres: guarda las piezas.

Las que el mar se llevó y no devuelve. Dicen que cada generación hay uno que se empeña en encontrarlas, y que el mar le deja sacar una para que no se olvide de las demás.

—Se encogió de hombros—. Es solo una historia.

Pero las historias, señor Whitfield, son las que hacen que las piezas valgan lo que valen.

Sin historia, una ánfora es un cacharro.

Con la historia de la Dama, es una leyenda.

Y las leyendas se venden muy bien en el mercado del patrimonio.

—¿Y usted cree en las leyendas? —preguntó Jules.

Basáñez lo miró un momento, con una expresión que ya no era de entrevistador sino de coleccionista de historias.

—Creo en el papel —dijo—. Las leyendas son para los que buscan. Los que compran y venden, compramos y vendemos papel. Y el papel de esta pieza —señaló el catálogo— está en orden. Eso es lo único que sé.

Jules se quedó mirando las dos fotografías, el catálogo y el laboratorio, que la luz de la tarde de Madrid hacía brillar de manera idéntica.

La idea de Basáñez era limpia, casi elegante: si el papel es lo que da realidad a una pieza, entonces el que controla los papeles controla lo que existe y lo que no.

Y en un circuito donde las piezas no se pueden verificar porque los compradores no las muestran, el papel se convertía en la única prueba de que una pieza había existido alguna vez.

—Señor Basáñez —dijo, levantándose, con el maletín en la mano, y con la fotografía del mar de vuelta en su interior, como quien guarda la prueba de algo que todavía no sabe nombrar—.

¿Le importaría decirme si el coleccionista que le trajo la pieza del lote 47 tiene alguna relación con una fundación que conozco, la que tiene sede en un caserío de Getaria?

Basáñez lo miró un momento, y por primera vez, en el fondo de sus ojos, Jules creyó ver la señal que estaba buscando: un parpadeo que no era de cansancio, un instante de cálculo que se le escapó a su entrenamiento.

Era una décima de segundo, pero en una entrevista bien hecha las décimas de segundo son los únicos testigos que no mienten.

—No conozco ninguna fundación de Getaria —dijo, con la voz plana, y esta vez la voz era demasiado plana, demasiado ensayada—.

Y mi oficio me obliga a no hablar de mis clientes.

Le agradezco la visita, señor Whitfield.

Y le recomiendo, si quiere, que mire bien la pieza del mar: porque las piezas que salen del mar sin certificado suelen tener una historia que no se puede contar en papel, y esa historia suele ser la de alguien que no quería que se contara.

Jules salió del despacho y bajó en el ascensor de madera de nogal, con el maletín en la mano y la sensación, que conocía bien, de que acababa de hablar con un hombre que le había dado la respuesta sin decirla.

La fundación de Getaria, el caserío restaurado, los certificados que no procedían de nada: Basáñez no la conocía, y sin embargo, al nombrarla, el silencio del despacho se había vuelto más denso, como cuando se nombra a alguien que no se debe nombrar.

En la calle, con la tarde de Madrid a su espalda y el olor de la meseta seca en la nariz, sacó el móvil y marcó el número de Vitoria, porque en su oficio las piezas de un rompecabezas se encajan juntas antes de preguntar a nadie qué dibujo forman.

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