IV. La conversación
Eran las diez de la noche en Madrid, las once en la costa, y Jules llevaba una hora en el hotel, con la camisa desabrochada y las gafas sobre la mesilla, sin poder dormir, cuando el móvil vibró en la mesilla con la llamada que llevaba esperando toda la tarde.
Había cenado solo en un bar de la calle de las Huertas, un bocadillo de calamares y una cerveza que había pedido sin pensar, y había vuelto al hotel caminando por la Gran Vía, mirando las luces sin verlas, con la cabeza en el catálogo, en el tasador, en la cuenta de Lisboa, en la costa.
La habitación del hotel era pequeña y neutra, de esas habitaciones de hotel que no se recuerdan al salir, pero esa noche tenía la ventana abierta a la noche de Madrid, y el ruido de la ciudad entraba con el aire, y en ese ruido, de vez en cuando, Jules creía oír, si cerraba los ojos,
un rumor que no era de tráfico sino de agua.
—¿Sarasola? —dijo, con la voz que se le suavizaba sin darse cuenta, la voz que solo usaba con ella, la que no tenía que mantener en el tono neutro de las entrevistas.
—Soy yo —dijo Irati, y su voz, a través del auricular, tenía esa cualidad de las llamadas de noche, cuando la costa y la ciudad se tocan en el mismo silencio, cuando las dos personas que hablan están en los dos extremos de una distancia que se ha vuelto costumbre—.
He leído el catálogo. Leire me ha pasado la fotografía del lote 47.
Es la misma pieza, Jules. La misma forma, las mismas marcas, el mismo sello.
Dos ánforas selladas del Cantábrico, gemelas, una en un laboratorio de San Telmo con un cadáver al lado y otra en una subasta de Madrid con un certificado impecable. Eso no es casualidad.
—No lo es —confirmó Jules, sentándose en el borde de la cama, con el pie en la alfombra del hotel y la ventana abierta a la noche de Madrid—.
Y tengo algo más. He hablado con el tasador que firma el certificado del lote 47.
Se llama Óscar Basáñez, es un ex-policía de la Unidad de Patrimonio de la Guardia Civil, jubilado, que lleva años firmando certificados de piezas de la costa.
No me ha confirmado nada, pero he visto lo que quería ver: conoce la pieza.
Y Leire ha trazado la cuenta que paga sus tasaciones: sale de un intermediario de Lisboa con la misma firma contable que la organización de tu caso de Bilbao.
Irati guardó silencio un momento. En el fondo de la llamada, Jules oyó el mar: la había llamado desde la costa, como hacía cuando necesitaba pensar, cuando la ciudad de Bilbao se le quedaba pequeña y el mar le devolvía la escala de las cosas.
—La cabeza del dinero —dijo al fin—. La que estaba por encima de Silva.
La que nunca apareció. —Su voz sonó más baja, más pensativa, y Jules supo que estaba haciendo con las palabras lo que hacía siempre: alineándolas en ángulo recto sobre una mesa que solo ella veía—.
Si esa cabeza se ha reconvertido al patrimonio, entonces la pieza de Zumaia no es un hallazgo: es un hilo.
Un hilo que alguien ha tendido para que lo sigamos, o para que miremos hacia un lado.
—Esas son las dos posibilidades —dijo Jules—.
Y hay una tercera que no me deja dormir.
—Se levantó y fue a la ventana, mirando las luces de Madrid, la ciudad seca donde vivía, a seiscientas millas de la costa—.
Que la pieza que el mar ha entregado sea la pieza que tenían que ocultar, y que el cadáver del restaurador sea el aviso de que alguien se ha salido del guion.
El restaurador tenía cortes de bisturí en las manos y disolvente en los dedos: trabajaba con la pieza.
Y en su cuaderno, la última anotación dice que «la Dama quiere su pieza de vuelta» y que «la subasta del norte la tiene».
La Dama. En tu caso de Bilbao, la Dama era la leyenda que cubría la cueva.
Aquí, la Dama es lo que cubre la subasta.
La pieza de Zumaia y la pieza del catálogo son gemelas, y las gemelas siempre se hacen para que una tape a la otra.
Irati guardó silencio otra vez. El mar, al fondo, rompía contra algo con un ritmo sordo, y Jules se quedó escuchando ese ritmo, pensando en que el mar era la única cosa que los dos compartían en ese momento, el único sonido que estaba en las dos ciudades a la vez.
—Entonces —dijo, con la voz que usaba cuando unía los hilos en su cabeza, la voz de las conclusiones que todavía no se atrevía a llamar conclusiones—, hay una pieza original y hay una copia.
Una está en la subasta de Madrid, con certificado, y otra está en el laboratorio de San Telmo, sin certificado, con un cadáver al lado.
Y si alguien ha fabricado una copia, ha fabricado la copia para venderla como original, o para tapar el original.
¿Cuál de las dos es la que quieren que veamos?
—Esa es la pregunta —dijo Jules—. Y la respuesta está en el certificado.
Si la pieza de Madrid es la copia, entonces el certificado de Basáñez es falso, y la copia se venderá como original a un coleccionista que nunca la exhibirá.
Si la pieza de Madrid es la original, entonces la copia es la que ha aparecido en Zumaia con el cadáver, y alguien ha querido que creyéramos que la original ha salido del mar.
En los dos casos, el cadáver es el mensajero.
Y el mensaje es que hay alguien que no quiere que sepamos cuál es cuál.
—Y que el restaurador sabía cuál era cuál —añadió Irati, con la voz de las conclusiones que se endurecen—.
Por eso tiene las manos cortadas de bisturí y por eso está muerto.
El que trabaja con una pieza llega a conocerla: la toca, la huele, la siente.
Si alguien le encargó que limpiara una ánfora que no debía existir, él habría sabido ver si era una copia.
Y habría sabido verlo antes que ningún certificado.
—Exacto —dijo Jules—. El restaurador es el único que ha tocado la pieza con las manos limpias de papel.
Y lo mataron antes de que pudiera decir cuál de las dos ánforas era la que llevaba siglos en el fondo del mar, y cuál era la que acababa de salir de un taller.
—Se pasó la mano por la cara, sintiendo el cansancio de la noche en los ojos—.
Irati, cuando le hagan las pruebas a la pieza, pide que comparen la cera del sello con la fotografía del catálogo.
La cera no se puede falsificar igual que la arcilla: es un material vivo, se altera con el tiempo, se le puede leer la edad como a un árbol.
Si las dos ceras tienen la misma edad, la fábrica es de este siglo.
Si la cera de la pieza del mar es del XVIII, entonces la pieza del mar es la original, y el catálogo es la copia que va a salir a subasta con un certificado mintiendo por ella.
Irati guardó silencio durante un tiempo que a Jules le pareció largo, un silencio en el que el mar y el tráfico de Madrid se mezclaron en un solo rumor de fondo.
Luego habló, con la voz de siempre, los casos, la que no admitía grietas, y Jules supo que había estado pensando en lo mismo que él, en la misma pregunta, en la misma pieza.
—Mañana voy a Donostia a ver a la arqueóloga —dijo—.
Vamos a hacerle las pruebas no invasivas a la pieza: radiografía, tomografía, análisis de la cera del sello.
Si la pieza del mar lleva algo dentro, lo vamos a saber.
Y si lleva algo dentro, va a ser la pieza que alguien no quería que nadie encontrara.
—Y yo —dijo Jules— voy a conseguir la lista de compradores de las piezas de Basáñez.
Voy a descubrir quién se lleva las piezas de la costa y dónde las guarda.
Y voy a mirar el expediente del Legat con una luz nueva, porque si la cabeza del dinero se ha reconvertido al patrimonio, entonces el circuito de las subastas del norte es su nuevo escondite.
—Hizo una pausa, y su voz bajó un punto, hasta ese tono que solo usaba con ella, el tono que no usaba con nadie más en el mundo—.
Irati, esto puede ser grande. Y no quiero que lo hagas sola.
—No estoy sola —dijo ella, y Jules oyó el mar otra vez, y supo que le sonreía aunque no pudiera verla, porque en los meses que llevaban juntos había aprendido a oírle la sonrisa en la voz—. Tengo un americano en Madrid que mira catálogos de subastas por mí.
—Y una inspectora en la costa que saca piezas del mar con cadáveres al lado —dijo Jules, y por un momento, con la ventana abierta a la noche de Madrid, se sintió más cerca de ella que en los meses que llevaban juntos, más cerca de esa costa que no conocía de noche,
más cerca de la mujer que dormía con la ventana abierta para oler la ría—.
Mañana cojo el tren. Y la próxima vez que hables con el mar, dile que la pieza no se va a ir sola.
Colgaron. Jules se quedó un momento con el móvil en la mano, mirando las luces de Madrid, la ciudad seca, y pensó en la costa de Zumaia, en la mujer que dormía con la ventana abierta para oler la ría, y en la pieza que el mar había entregado con una carta de presentación de cadáver.
Y supo, con esa certeza que le venía a los agentes en las horas muertas, que la pieza de la subasta y la pieza del mar eran las dos mitades de una misma mentira, y que alguien, en algún lugar de esa costa, estaba esperando a que alguien las juntara.
* * *