III. El plano
La Jefatura de la Ertzaintza de Donostia estaba en un edificio moderno y funcional de cristal oscuro y hormigón, con los ventanales empañados por la lluvia de octubre,
y el despacho del comisario Iturriaga daba a una calle interior por la que solo se veían tejados mojados y una antena de telecomunicaciones.
Mikel Iturriaga, cincuenta y un años, pelo gris corto y peinado con raya, manos grandes apoyadas sobre una mesa de madera clara cubierta de expedientes y de una cafetera de filtro que había dejado un anillo de café sobre una carpeta, la esperaba de pie,
con la chaqueta de paño azul puesta como si acabara de llegar de la calle, aunque llevaba allí desde las seis de la mañana.
—Sarasola —dijo, tendiéndole la mano, con un apretón firme y breve, de hombre que ha dado muchos apretones—.
Me han hablado muy bien de usted. Y no se lo digo por cumplir: la leí en el informe del caso de Bilbao.
Lo del contenedor. Lo de la sal. —Lo dijo como quien menciona una moneda rara, con un respeto que no sonaba forzado—. Impresionante.
—Gracias, comisario.
—Iturriaga. Mikel. Aquí, en el norte, los apellidos van por delante. —Sonrió por primera vez, y la sonrisa era la de un hombre que sabe medir a la gente—. Siéntese. El café aquí es malo, pero la luz es buena. En el norte, la luz buena se paga cara.
Irati se sentó. La mesa era ancha y estaba impecablemente ordenada, con los expedientes en ángulo recto —le recordó a su propia mesa, a la manía de alinear los papeles que no había podido corregir en toda su carrera— y el cuaderno de espiral del buzo estaba sobre la madera,
dentro de una bolsa de custodia transparente, con el plástico que lo envolvía intacto y el precinto de la fiscalía sin romper. No lo tocó.
—¿Qué sabe de la pieza? —preguntó Iturriaga, sirviéndole un café de la cafetera en una taza blanca que llevaba una hora calentándose—. Le advierto que es malo. Es el café de comisaría de toda la vida.
Irati aceptó la taza por cortesía y la dejó sobre la mesa, sin beber.
—Sé que la encontró la arqueóloga de Patrimonio, que el temporal la desenterró, que el hombre que estaba a su lado no se ahogó, que llevaba cuarenta y ocho horas muerto, que sus manos tenían cortes de restaurador y restos de disolvente, y que el mar, cuando se lo devolvió, lo devolvió limpio,
con el saco de herramientas y el cuaderno atados a la muñeca como un equipaje.
—Irati hizo una pausa—. Y sé que usted me ha llamado a mí, que soy de Bilbao, para contármelo todo, y que el cuaderno está sobre su mesa sin abrir, esperándome.
Eso ya es una decisión, y no es la decisión cómoda.
Iturriaga se quedó un momento mirándola. Luego asintió, despacio, como quien confirma una sospecha que le llevaba semanas madurando.
—En el norte —dijo—, el patrimonio es un tema delicado.
¿Sabe por qué? Porque es un tema donde todo el mundo tiene una opinión y nadie tiene papeles.
Hay una industria entera viviendo de las piezas de la costa: anticuarios, casas de subastas, restauradores, coleccionistas privados, abogados que escriben certificados de procedencia que no proceden de nada.
Y todo eso se toca con guantes de seda, porque aquí todos se conocen, todos se han hecho favores, todos han comido en las mismas mesas, todos han firmado en los mismos documentos sin leerlos.
—Bebió un sorbo de su propio café y puso una mueca—.
Y porque detrás de todo eso hay dinero. Mucho dinero, en silencio.
—¿Y el «señor»? —preguntó Irati, sin saber de dónde le salía la palabra.
Iturriaga la miró con una chispa de interés auténtico. Se recostó en la silla, que crujió con su peso, y cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Quién le ha hablado del «señor»?
—Nadie. Es la palabra que usan en el puerto cuando no quieren decir un nombre.
En Bilbao también la usamos, para los que están por encima de los que están por encima.
—Irati hizo una pausa—. La aprendí de niño, en Bermeo, cuando mi padre salía a la mar y los del muelle hablaban de los que no se nombraban.
Y acabo de oírla otra vez en Zumaia, en boca de una arqueóloga que no es de aquí.
Iturriaga la miró largo rato. El reloj de pulsera de cuero le rozó el borde de la mesa cuando se inclinó hacia delante.
—Hay una familia —dijo, bajando la voz, aunque estaban solos, con los cristales empañados y la lluvia afuera—.
De comerciantes de la costa. Llevan tres generaciones comprando y vendiendo patrimonio, parte legal, parte no tanto, siempre con la fachada perfecta.
Donan a los museos. Subvencionan el Geoparkea.
Tienen una fundación con un nombre bonito, con sede en un caserío restaurado de Getaria, con patronato de abogados y de gestores.
Y nunca, jamás, ha habido una prueba de nada.
Siempre hay un abogado entre ellos y la pregunta.
Siempre hay una donación entre ellos y la duda.
Siempre hay una buena obra entre ellos y el expediente.
—Señaló el cuaderno con un movimiento de la barbilla—.
Si lo que hay en ese cuaderno apunta en su dirección, esto se va a volver muy complicado muy rápido. Y no solo para ellos.
—¿Para quién más?
—Para mí —dijo Iturriaga con sencillez—.
Para usted. Para el cuerpo que se la juega aquí.
En el norte, los que investigan el expolio acaban investigados a ellos mismos.
Pregunte en la Unidad de Patrimonio Histórico de la Guardia Civil, pregunte en la fiscalía de Medio Ambiente, si encuentra a alguien que le responda.
Le dirán lo mismo: todo el mundo lo sabe, nadie lo puede probar, y el que lo intenta se queda solo.
Y cuando se queda solo, el expediente muere de muerte natural: falta de pruebas, caducidad, cambio de prioridades.
Es la muerte más limpia que existe, y aquí la conocen muy bien.
Irati se quedó mirando el cuaderno, la bolsa de custodia, el precinto intacto.
—Yo ya estoy sola —dijo—. Estaba sola en Bilbao cuando el contenedor cayó. Estaba sola en el monte cuando desenterramos la cueva. La soledad no me asusta.
—Eso lo dicen todos —murmuró Iturriaga, y esta vez no sonrió—.
Hasta que descubren que el que está solo es el único al que pueden apuntar.
La soledad en un caso de patrimonio no es un estado de ánimo: es una estrategia del adversario.
El que te deja solo te está diciendo algo.
—Se inclinó hacia delante y puso las manos planas sobre la mesa, con los dedos muy abiertos, como quien extiende un mapa—.
Y eso es lo que quiero que entienda antes de abrir ese cuaderno: si me lo trae a mí, si investigamos juntos, tiene un mando de la provincia detrás que la protege mientras dure la verdad.
Si lo abre y se lo guarda, tiene solo la verdad, y la verdad, en este territorio, no ha protegido a nadie nunca.
Hubo un silencio. Fuera, la lluvia golpeaba el cristal con una constancia de metrónomo, y en algún punto de la ciudad un barco hizo sonar su sirena dos veces, con esa voz grave que tienen las sirenas de los puertos del norte.
—¿Puedo abrir el cuaderno? —preguntó Irati.
Iturriaga empujó hacia ella la bolsa de custodia por la mesa, con los dedos.
—Es su caso —dijo—. La pieza es suya, el cuerpo es suyo, el cuaderno es suyo.
Yo solo le pido una cosa. —Se inclinó hacia delante de nuevo, y esta vez su voz bajó hasta casi un susurro—.
Que cuando llegue al fondo de esto, me lo cuente usted a mí primero, antes que a nadie.
Porque en esta provincia hay gente que lleva años esperando a que alguien haga lo que usted va a hacer, y hay gente que lleva años esperando lo contrario.
Yo quiero saber de qué lado va a estar el informe antes de que me lo pidan en Vitoria.
Irati lo miró un segundo. Luego tomó la bolsa con cuidado, la colocó frente a sí sobre la mesa, en ángulo recto con el borde, y se puso los guantes de nitrilo que sacó del bolsillo del abrigo.
—El informe dirá lo que digan los hechos —dijo, y abrió el precinto—. Es lo único que sé hacer.
El cuaderno era de espiral, de tapas de cartón negro, con el plástico interior que lo había protegido del agua.
Las anotaciones estaban a mano, con caligrafía pequeña y apretada de hombre que trabaja con las manos, y estaban fechadas desde el verano.
Irati lo fue pasando con la punta de los dedos enguantados, sin saltarse ninguna página, mientras Iturriaga la observaba sin decir nada, con la cafetera goteando en el silencio.
Las primeras páginas eran listas: nombres de piezas, medidas, lugares de origen, fechas de entrega, números de lote.
«Ánfora tipo B, cuello alto, 52 cm, XVIII, Cádiz, entrega 14/07.»
«Sello de barro, relieve romano, XVII, Mérida, entrega 22/08.»
Todo escrito con la precisión de un profesional que trabaja por encargo y que sabe que los papeles, si no se llevan al día, se vuelven en contra.
No había nombres de clientes, solo iniciales: las direcciones eran calles de Donostia, de Getaria, de San Sebastián y del otro lado de la muga, de Hendaya y de Biarritz, sin números de teléfono.
En las últimas páginas, la caligrafía cambiaba: se volvía más irregular, más apretada, como si quien la escribía hubiera estado escribiendo de prisa, o con miedo.
Había una anotación tachada varias veces, ilegible, y debajo, con un bolígrafo más nuevo, una frase escrita con la letra clara de quien ha decidido dejar constancia:
La Dama quiere su pieza de vuelta. La subasta del norte la tiene.
Irati la leyó dos veces. Luego levantó la vista.
—¿Qué es «la subasta del norte»? —preguntó.
Iturriaga se quedó muy quieto.
—Hay una casa de subastas en Donostia —dijo al fin—.
Pequeña, discreta, de las que venden a coleccionistas que no quieren que se sepa qué compran.
Cada año, en noviembre, organiza una subasta benéfica de piezas del patrimonio vasco, con la élite de la provincia como invitada.
Es el acontecimiento social del otoño del norte.
Y la familia del «señor» es su principal mecenas.
Irati miró el cuaderno, miró a Iturriaga, miró la frase escrita con la letra nueva.
—¿Y «La Dama»? —preguntó.
Iturriaga se quedó pensando un momento, con los ojos en la ventana, donde la lluvia seguía cayendo con su constancia de siempre.
—Aquí, en la costa —dijo—, hay una leyenda antigua.
No el monte, la de Bilbao, la que usted ya conoce.
Es otra. Es la costa, los puertos, los que viven del mar.
Se dice que en los pecios del Cantábrico hay una pieza que el mar no devuelve, y que hay quien la busca desde hace siglos.
Los pescadores viejos la llaman la Dama del Norte: dicen que es la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, y que cuando la encuentra, la encuentra el que está dispuesto a pagar con algo más que dinero.
—Se encogió de hombros—. Es una leyenda de mar, de las que se cuentan en las lonjas cuando no hay pesca.
No sé si vale para algo más que para asustar a los novatos.
Pero —señaló el cuaderno— parece que alguien la ha escrito en un cuaderno de trabajo, junto a una pieza y a una subasta.
Y eso, en mi experiencia, convierte las leyendas en pistas.
Irati cerró el cuaderno y lo guardó en la bolsa de custodia, con el precinto nuevo que le pasó Iturriaga sin decir nada.
—Bien —dijo, levantándose, con la voz plana de quien ha tomado una decisión—.
Entonces empiezo por aquí. Por la leyenda.
Por la subasta. Y por el hombre que escribió la frase antes de morir.
—Se volvió hacia Iturriaga, con la chaqueta ya puesta—.
Y si la pieza que el mar ha entregado es la pieza que «La Dama quiere de vuelta», entonces alguien va a venir a reclamarla. Y yo quiero estar aquí cuando llegue.
Iturriaga asintió, con una media sonrisa que no llegó a serlo del todo.
—Bien —dijo—. Entonces empiece por el cuaderno. Y si quiere un consejo, no lo comparta con nadie del circuito. Ni anticuarios, ni restauradores, ni subastadores, ni abogados. Aquí el silencio es un idioma, y usted acaba de llegar.
* * *