II. El cuerpo
El laboratorio del Instituto Vasco de Medicina Legal de Donostia olía a formol, a jabón quirúrgico y a esa luz blanca y dura que no admite matices.
Estaba en la planta baja de un edificio funcional de cristal y hormigón, con pasillos que olían a desinfectante y a folios recién impresos, y a esa hora de la tarde la lluvia de octubre dibujaba cortinas de agua sobre las ventanas altas.
Irati llevaba una hora sentada en el banco del pasillo, con un café frío en la mano que no había probado, esperando a que Maddi Urrutia terminara con el cuerpo del buzo.
Había coordinado el traslado desde Zumaia con una discreción que en Bilbao le habría costado una bronca del jefe y en el norte le estaba costando una negociación lenta con la fiscalía provincial.
El cuerpo había llegado a media mañana, escoltado por dos ertzainas de la Unidad de Investigación, y Maddi, que había madrugado desde Bilbao con el maletín completo, se había encerrado en la sala de autopsias sin decir palabra, con la convicción de siempre de que las respuestas no se buscan:
se esperan.
Maddi apareció al fin, quitándose los guantes con un gesto mecánico, con la bata abierta y el pelo recogido de cualquier manera, como siempre, y con esa expresión de cansancio satisfecho que Irati le conocía de quince años de autopsias compartidas.
Tenía cuarenta y dos años, dos hijos, y la costumbre irritante de dar las malas noticias con una sonrisa de comprensión que Irati llevaba años intentando descifrar.
—No se ahogó —dijo Maddi, sentándose a su lado en el banco del pasillo, sin preámbulos.
Irati dejó el café en el suelo, sobre una baldosa.
—Lo sabía —dijo.
—Claro que lo sabías. Tú siempre lo sabes.
—Maddi suspiró y miró sus propias manos, como si todavía pudiera ver en ellas la imagen del cuerpo, el mapa de sus cortes y de sus órganos—.
El hombre tenía cuarenta y siete años, ciento ochenta y un centímetros, buen estado general, sin cicatrices de operaciones, sin tatuajes, sin enfermedades conocidas.
Llevaba un reloj de buceo en buen estado, el cinturón de plomo puesto y bien abrochado, el traje completo, las botas, la máscara en la nuca.
Es decir: no se cayó al agua sin querer.
Estaba equipado para entrar en el agua y para salir.
Murió hace cuarenta y ocho horas. El mar lo tuvo en su interior un día entero antes de que la bajamar lo soltara. La causa inmediata no es el agua.
—¿Cuál es entonces?
Maddi se quedó mirando el pasillo, hacia el final donde las puertas de las salas de autopsia cerradas se alineaban como lápidas.
—Todavía no la tengo —dijo—. No hay signos de violencia externa, no hay heridas de arma blanca, no hay hematomas defensivos, no hay tóxicos evidentes en la sangre en una primera pasada.
Hay una ligera congestión en la zona cervical que me desagrada profundamente.
—Se tocó la garganta con los dedos, pensativa—.
Tengo que abrir. Pero quiero que sepas que no me cuadra.
La congestión cervical puede ser un estrangulamiento, sí, o puede ser un traumatismo que no he encontrado todavía, o puede ser algo mucho más raro que solo veré cuando tenga el microscopio encima.
—Maddi —dijo Irati, despacio—. ¿Qué más has visto?
Maddi se volvió y la miró. Por un momento pareció más seria de lo que Irati la había visto nunca, más que cuando el contenedor de Bilbao, más que cuando les llegaron los huesos de la cueva del monte.
—Las manos —dijo—. El hombre tiene cortes finos en la palma derecha y en el dorso de la izquierda, de herramienta, limpios, hechos en vida, muy recientes.
No son rasguños de roca ni de coral: son cortes de bisturí, de hoja de precisión, de las que se usan para trabajar piezas pequeñas.
Y tiene restos de un disolvente orgánico en la piel de la primera falange de los dedos índice y corazón de la mano derecha, del tipo que se usa en restauración para limpiar cerámica, mezclado con agua de mar.
El hombre se pasó las últimas horas de su vida trabajando con las manos sobre una pieza. Luego, ese mismo día, murió.
—¿Y el agua? —preguntó Irati—. ¿Qué le hizo el agua?
Maddi se levantó y fue a mirar por la ventana del pasillo, hacia el cielo de Donostia, que se cerraba con nubes bajas y grises.
—Aquí está lo que me tiene despierta —dijo—.
Cuando un cuerpo entra en el agua muerto, el agua hace cosas: la piel se empapa, la sal entra en los tejidos, la presión del agua llena las cavidades, la fauna marina hace su trabajo.
Es un proceso lento y sucio, y deja marcas que se pueden leer.
En este cuerpo, absolutamente nada de eso.
Los pulmones están limpios, con una cantidad mínima de agua que sugiere que entró ya muerto o agónico.
El estómago vacío. La piel intacta de algas y de fauna, sin las quemaduras de sal de un cuerpo que pasa un día flotando en el Cantábrico.
Es como si el mar lo hubiera sostenido con guantes.
Como si lo hubieran puesto en el agua después de muerto y sacado a las cuarenta y ocho horas exactas, para que lo encontrara la primera marea baja de octubre.
El silencio se llenó con el goteo de la lluvia contra el cristal.
—Alguien preparó la escena —dijo Irati.
—Alguien preparó la escena —confirmó Maddi—.
Y la preparó bien. Casi perfecta. Casi. —Se volvió y la miró con esa sonrisa de comprensión que nunca era del todo buena—.
Lo que me desagrada es que la preparara con tanto cuidado.
Una escena de mar se prepara mal: se sabe que el agua borra, que el tiempo borra, que nadie va a poder leer las marcas.
El que preparó esto no confiaba en el agua: confiaba en la ceremonia.
Quería que el cuerpo y la pieza aparecieran juntos, en la bajamar de octubre, con la luna en la fase exacta.
Esa es una escena pensada por alguien que sabe lo que hace y que quiere que lo veamos hacerlo.
Irati se quedó muy quieta.
—¿El saco de la muñeca? —preguntó.
—Lo abrí —dijo Maddi—. Era lo que tenía que ser: una bolsa de plástico con agua, y dentro dos cajas de herramientas de precisión, pequeñas, de las de joyería, y un cuaderno de espiral envuelto en plástico, con anotaciones a mano.
Todo intacto, todo limpio, todo colocado con intención.
El cuaderno está en custodia en la Jefatura de Donostia, con su precinto.
No lo he abierto: he querido que lo abrieras tú, con guantes y con testigos.
Irati cerró los ojos un segundo. En su cabeza, las piezas empezaban a moverse solas, como siempre hacían: el buzo, la pieza, el cuerpo, el cuaderno, la bajamar de octubre, el temporal que había entregado una escena montada.
Y las escenas montadas siempre significan una cosa: que alguien ha querido que la investigación fuera por un camino, y no por otro.
—¿Tienes algo de él? —preguntó—. ¿Algo que sirva para identificarlo?
—Todas las fotos de la autopsia, las huellas dactilares, las muestras de ADN, la carta dental.
El reloj lo he dejado puesto, sin tocar: tiene la hora parada en las doce y cuarenta y tres, que no me fío de que sea la hora de la muerte, porque los relojes de buceo se paran cuando quieren.
—Maddi hizo una pausa—. Y en el bolsillo del traje, dentro de una funda estanca, llevaba esto.
Sacó del bolsillo de la bata una bolsa de custodia pequeña, transparente, con un carné dentro: un carné profesional plastificado, con una foto reciente y un nombre impreso.
Irati lo tomó. La foto mostraba un hombre de unos cuarenta y cinco años, el pelo oscuro, la cara ancha, con una expresión neutra de hombre que se hace fotos para documentos.
Debajo, en letras pequeñas, un nombre y una profesión que no significaban nada para ella todavía, pero que supuso que significarían algo muy pronto.
—Restaurador —leyó en voz alta—. Trabajo por encargo. Donostia. —Levantó la vista hacia Maddi—. El hombre del pecio no era un buscador. Era el que limpiaba lo que otros sacaban.
—Eso es lo que creo —dijo Maddi—. Y los cortes de las manos, y el disolvente, y el cuaderno de entregas.
Lo que no sé es por qué el que limpia lo que otros sacan acaba muerto en la bajamar de octubre, con la pieza al lado, en la escena más limpia que he visto en quince años.
—Se encogió de hombros—. Quizá porque limpiaba demasiado bien.
Quizá porque vio lo que no debía ver en la pieza.
Quizá porque alguien no quiso que entregara el cuaderno.
Irati guardó la bolsa de custodia en el bolsillo interior de la chaqueta, con cuidado, como quien guarda una llave.
—Dame el cuaderno —dijo.
—Está en la Jefatura —dijo Maddi—. El comisario Iturriaga quería hablar contigo antes de que toques nada. Me lo dijo él mismo cuando llegó el cuerpo. Me llamó «señora». No sé si es un cumplido o una advertencia.
—Probablemente ambas —dijo Irati, levantándose, y recogió el café frío del suelo y lo dejó sobre la mesa del mostrador, donde nadie lo recogería—.
Maddi, ¿qué pieza lleva al lado de un cadáver una ánfora sellada del siglo XVIII, recién salida del fondo, limpia como si la hubieran acariciado? ¿Qué se supone que significa eso?
Maddi se volvió con la mano en el pomo de la puerta del laboratorio.
—Significa —dijo—, que alguien quería que la encontraras. Y que quería que la primera impresión fuera la suya. Y si me preguntas a mí, que es una impresión muy cara. Ese tipo de piezas no se dejan al azar de la marea.
* * *