La dama del norte (Costa Vasca 2)
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CAPÍTULO 1 — EL PECIO
* * *
I. La bajamar
El mar amaneció antes que la luz.
Irati Sarasola lo sintió nada más bajar del coche, en la sacudida que le dio el viento al abrir la puerta: un aire de octubre cargado de salitre y de esa humedad mineral que solo tiene la costa abierta cuando el Cantábrico se ha llevado durante la noche una parte del cielo.
El olor le llegó antes que las voces, un olor a yodo, a piedra mojada y a algas muertas que no conocía de Bilbao, donde el agua de la ría huele a diésel y a fábrica.
Aquí el mar era otra cosa: una lengua ancha de agua que no se avergonzaba de ser mar abierto, y que durante cuarenta y ocho horas de temporal había estado trabajando en la costa como quien trabaja una piedra con paciencia de abuela.
Había madrugado tres horas para cruzar la provincia porque la llamada había llegado con el tono urgente de quienes ya han tocado algo que no deberían haber tocado.
En la jefatura de Bilbao habían dicho que la policía local de Zumaia había avisado a las cinco de la mañana, que había un cuerpo en la playa y que en la playa, además del cuerpo, había una pieza que la diputación quería ver antes de que se la llevara la marea.
Irati había colgado, había mirado la cama vacía en el otro lado de la mesilla —Jules dormía en Madrid desde hacía tres noches, entre reuniones del Legat y cenas de embajada—, y se había vestido sin encender la luz, con la costumbre de diecisiete años de madrugadas ajenas.
Zumaia a las cinco y media era un pueblo de tejados mojados y persianas cerradas.
La carretera que bordea el flysch —ese acantilado de estratos verticales que parece un libro de piedra apilado por la mano de un dios impaciente, página tras página de doscientos millones de años de historia de la Tierra— estaba cortada en dos tramos por la policía local,
con los conos reflectantes y los chalecos empapados.
Más allá del desvío, agrupadas en la barandilla de la playa de Itzurun, se veían las siluetas de los vecinos con capuchas y chubasqueros, las manos en los bolsillos, hablando bajo, como se habla delante de una casa a la que le ha caído un rayo.
Nadie miraba el mar con ganas de mirarlo: lo miraban como se mira una mesa puesta de más en una casa donde se sabe que falta alguien.
Irati aparcó detrás de una furgoneta blanca de la diputación con el logotipo de Patrimonio de Gipuzkoa impreso en el lateral y las ruedas llenas de arena.
Se identificó al agente de la Ertzaintza que custodiaba el acceso con la placa del bolsillo interior del pecho, el moño negro apretado contra la nuca, los ojos grises entrecerrados contra el viento, y una chaqueta de goretex azul oscuro que crujía a cada paso.
Caminó hacia la escena sin pedir permiso, con esa manera de andar que tenía cuando iba a una escena: recta, sin vacilar, como si el suelo ya supiera que ella venía.
—¿Quién encontró el cuerpo? —preguntó al primer ertzaina que la vio llegar, un chico joven con la cara enrojecida por el viento y la cremallera subida hasta la barbilla.
—Una arqueóloga —dijo él, señalando con la barbilla hacia el agua, hacia las escaleras de piedra que bajaban a la playa—. Está ahí abajo, en la bajamar. No ha querido subir desde que lo vio. Dijo que si subía, la marea le ganaría.
—¿Le ganaría a qué?
—A la pieza. —El agente se encogió de hombros, con esa mezcla de respeto y desconcierto que producen las mujeres que hablan de piezas con la seriedad de quien habla de personas—. Dice que en dos horas la marea vuelve a cubrirlo todo. Y que no va a dejar que el mar se la lleve otra vez.
La bajamar de Itzurun dejaba al descubierto una extensión de roca viva y arena mojada que en marea alta desaparecía por completo bajo varios metros de agua.
El flysch se alzaba a espaldas de la playa en estratos casi verticales, grises y ocres y pardos, doblados sobre sí mismos como las páginas de un libro aplastado por la historia, con capas de millones de años comprimidas en una pared de treinta metros.
Las formaciones que el mar mordía a esa hora —las olas laminadas, los dobleces de los estratos, las superficies pulidas por milenios de agua— parecían los pliegues de una falda de piedra, y por encima de todo el olor a yodo se hacía más fuerte cuanto más se bajaba hacia el agua,
como si el fondo mismo del mar estuviera exhalando.
Irati bajó por las escaleras de piedra talladas en la roca con la linterna apagada porque el amanecer ya empezaba a teñir el horizonte de un rosa sucio, un color de apósito sobre una herida de mar.
El aire, a esa hora, olía a marisma, a madera podrida, a sal y a ese olor mineral que tienen las rocas cuando las acaricia la marea baja, un olor que no existe en ninguna otra parte del mundo y que los pescadores de la costa reconocen como quien reconoce a un pariente.
La mujer estaba de rodillas a unos cuarenta metros de la pared del acantilado, junto a una poza de agua verde y quieta.
Llevaba un traje de neopreno abierto hasta la cintura, del que asomaba un torso delgado cubierto por una camiseta técnica mojada, el pelo castaño claro recogido en una coleta húmeda que se le escapaba de la capucha, y una mascarilla de buceo colgada del cuello como si fuera una medalla de guerra.
Tenía las manos desnudas, rosadas del frío, con las uñas cortas y la piel arrugada por horas de agua, y las mantenía suspendidas en el aire, a unos centímetros de lo que yacía en la arena, como si tocar aquello fuera a romper el mundo.
Irati se acercó sin ruido, con las botas hundiéndose en la arena mojada.
Cuando estuvo a dos metros, la mujer levantó la cabeza.
Tenía los ojos verdes muy abiertos, con un brillo que no era de lágrimas sino de algo peor: de haber entendido algo demasiado pronto y no saber cómo decirlo sin parecer loca.
—¿Ainhoa Zubiri? —preguntó Irati. Se había aprendido el nombre del aviso: la arqueóloga subacuática de Patrimonio de Gipuzkoa, la que había dado el primer parte a las cinco.
—Sí. —La voz salió ronca, como si llevara horas sin usarla—. ¿Usted es la inspectora?
—Irati Sarasola. Bilbao, Homicidios.
—Bilbao —repitió Ainhoa, y pareció considerar la distancia con un extraño alivio—. Bien. Me alegro de que no sea de aquí.
Irati se agachó, quedando a su altura. El viento le movía los mechones sueltos del moño.
—¿Por qué dice eso?
Ainhoa miró hacia atrás, hacia el pueblo, hacia las siluetas de los vecinos en la barandilla, y luego volvió a mirarla.
—Porque en esta costa todo el mundo conoce a todo el mundo —dijo—. Y las piezas que salen del mar, normalmente no quieren que se les conozca el pedigrí. —Señaló con un movimiento de barbilla lo que yacía en la arena, a un palmo de sus rodillas—. Mire. Mire la pieza antes de que se la lleven.
Irati lo vio entonces, sobre una lona que la mujer había extendido en la arena, el objeto que hasta ese momento había quedado oculto por su propio cuerpo: un recipiente de arcilla oscura, del tamaño de una jarra pequeña,
cubierto en parte por una capa de sedimentos que el agua aún no había soltado del todo.
Era un ánfora. Una ánfora pequeña, de vientre bulboso y cuello grueso, con el borde sellado con cera, de un barro casi negro que brillaba con la humedad bajo la primera luz.
Estaba entera. Irati no era ceramista, no había estudiado arqueología, pero había visto piezas suficientes en vitrinas de museos y en cajas de evidencias para saber que una pieza así, entera, recién salida del fondo de un mar que llevaba siglos sin devolver nada,
era algo que los que sabían de esas cosas llamaban un hallazgo.
—Está entera —dijo Irati.
—Está entera —confirmó Ainhoa, y en su voz había una mezcla de asombro y de pavor que Irati no supo clasificar—. Y está limpia.
—¿Limpia?
—Limpia de marea. Mire la arena a su alrededor: está trabajada, removida, como si alguien hubiera cavado y luego el agua hubiera igualado la superficie.
Y mire la pieza: el sedimento que lleva encima es el de una sola noche de marea baja, no el de dos siglos en el fondo.
—Ainhoa levantó las manos, mostrando las palmas vacías—.
Yo llevo diez años buceando en el golfo.
He sacado piezas de pecios hundidos: salen negras, encostradas, con siglos de caparazón de mar pegado a la piel, y hay que restauradas durante meses antes de que se atrevan a mirarlas a la cara.
Esta pieza sale limpia, con su cera en el sello, con su patina cuidada, como si alguien la hubiera acariciado y luego la hubiera puesto ahí para que la encontráramos. Eso no lo hace el mar.
Irati se quedó mirando la pieza. En el silencio de la playa, el viento se llevó un mechón de su pelo y el olor del yodo se hizo más intenso.
—¿Y el cuerpo? —preguntó.
Ainhoa señaló hacia la poza con un movimiento apenas perceptible de la barbilla, sin apartar las manos del aire.
La poza tenía un metro de agua quieta y fría, de ese verde traslúcido que tiene el mar cuando se queda atrapado entre piedras, y en su superficie flotaba una película de polen de pino que el viento arrastraba desde el monte.
Flotando boca abajo, con los brazos abiertos y las piernas ligeramente flexionadas, como si estuviera haciendo el pino en el vacío, yacía el cuerpo de un hombre.
Vestía un traje de neopreno completo, del tipo de los buceadores técnicos, con las botas de suelo grueso y el cinturón de plomo todavía puesto y la hebilla bien cerrada.
La cabeza estaba sumergida, el pelo oscuro meciéndose lento en el agua con un movimiento de alga, y alrededor de la muñeca derecha, anudado con una brida de plástico, colgaba un pequeño saco de lona empapado, de los que se usan para llevar herramientas.
Irati se levantó y se acercó al borde de la poza.
El agua le devolvió su reflejo y el cuerpo, superpuestos.
Se agachó, sin tocar, y estudió la posición del ahogado con los ojos que le habían enseñado en Arkaute y que luego le habían pulido diecisiete años de escenas: los brazos abiertos, los dedos distendidos, las piernas relajadas,
el cuerpo entero en la postura de quien se ha dejado caer en el agua con la conciencia ya apagada.
Un ahogado de verdad lucha. Se convierte en un nudo de brazos y piernas, en un reflejo de escalada imposible que los forenses conocen de memoria.
Aquel cuerpo no había luchado: estaba en el agua como quien ha sido depositado en ella.
—Lo ha soltado el temporal —dijo Ainhoa, detrás de ella, y su voz tembló justo en la palabra soltado, como si el mar tuviera manos—.
La marea baja de esta madrugada ha sido la más profunda del año.
Cuando el agua retrocedió, el cuerpo estaba ahí, en la poza, con la pieza a su lado en la arena.
Lo he sacado yo. Del agua, quiero decir.
No lo he tocado. Solo lo he vuelto hacia arriba para verle la cara. Para ver si le conocía.
—¿Le conocía?
Ainhoa negó despacio con la cabeza, sin apartar los ojos del cuerpo.
—No. No es de aquí. Lleva el equipo de un buceador técnico, de los que hacen inmersiones profundas, de los que trabajan con restauradores en los pecios.
Y en la mano derecha —levantó la suya, imitando el gesto— tiene un corte limpio, reciente, de herramienta fina.
Del tipo de los que hace un restaurador cuando trabaja con piezas pequeñas.
Yo he visto cortes así en las manos de la gente que limpia cerámica con bisturí.
—Su voz se quebró un poco—. La pieza no la ha sacado el mar.
La ha sacado un hombre. Y ese hombre está muerto al lado de la pieza que sacó.
Irati se volvió y la miró a los ojos. El viento silbaba entre los estratos del flysch, y la luz del amanecer, ya amarilla, se reflejaba en el agua de la poza.
—¿Ha llamado a alguien más? —preguntó.
—A la policía local. A usted. —Ainhoa se pasó la mano por la frente, apartando un mechón mojado—.
No he llamado a nadie del circuito. A nadie de la diputación de patrimonio fuera de mi jefe, que está en Vitoria y tarda dos horas.
No he tocado la pieza, no he tocado el cuerpo, no he movido el saco de la muñeca.
He esperado. —Y por primera vez sonrió, una sonrisa cansada y agradecida—.
Esperé porque sé cómo acaban estas cosas cuando el que llega primero es el que no debería llegar.
Irati asintió despacio. Había escuchado aquella misma frase en la boca de Patxi, en los viejos del puerto de Santurtzi, en la de su propio padre, cuando era niña y pescaba en la costa: aquí el que llega primero decide lo que se ve.
Era una sabiduría de mar, y sonaba igual de verdadera en Zumaia que en la ría de Bilbao.
Se agachó de nuevo junto a la poza, encendió la linterna del cinturón y proyectó el haz sobre el saco de lona de la muñeca del muerto.
A través del agua verde, el plástico del saco devolvía un brillo oscuro, como las herramientas de precisión cuando se guardan juntas.
El cuerpo, balanceándose apenas, parecía mirar el cielo con la nuca.
—Bien —dijo Irati, levantándose, con la voz plana de quien toma una decisión—.
No llamamos a nadie más. No movemos nada.
Voy a pedir que venga un equipo de Bilbao y un forense de confianza, y mientras tanto, usted y yo nos quedamos aquí, sin tocar nada, mirando lo que el mar ha entregado.
—Se volvió hacia Ainhoa—. ¿Puede aguantar dos horas más con las manos quietas?
—Las llevo quietas desde las cinco —dijo Ainhoa, y en su voz había algo de esa dureza que tienen las mujeres del norte cuando han decidido algo—. Puedo aguantar las que haga falta.
Irati asintió. Miró la pieza una vez más, la ánfora sellada con su vientre perfecto y su cera intacta, y pensó en el cuerpo del buzo, y en el corte limpio de su mano derecha, y en la frase que aún no había leído pero que el viento parecía traerle desde el agua.
Luego sacó el móvil y marcó el número de Bilbao, y mientras esperaba la respuesta, se quedó mirando el flysch, el libro de piedra, pensando que aquella costa llevaba doscientos millones de años apilando capas de tiempo, y que acababa de entregar una capa más, hecha de arcilla y de un hombre muerto,
a la inspectora que había madrugado desde Bilbao para leerla.
* * *