IV. La llamada
Eran las ocho de la noche cuando Irati salió de la Jefatura de Donostia.
La lluvia había amainado y el cielo se había abierto en una franja limpia sobre la bahía, de ese azul frío de octubre que parece sacado de una fotografía antigua, con la luna nueva colgando sobre el agua con una nitidez que no se ve nunca en las ciudades.
No volvió a Bilbao: condujo hasta la costa, hasta un alto desde el que se veía la isla de Santa Clara y la línea del puerto de Donostia, con las luces de la Parte Vieja encendiéndose una a una a lo lejos, y aparcó de cara al mar, con el motor en marcha para el calor de la noche de octubre.
Llevaba el cuaderno en el regazo, dentro de la bolsa de custodia, aunque ya se lo sabía de memoria: lo había leído tres veces en el despacho de Iturriaga, con guantes, y tres veces le había vuelto a pasar delante de los ojos en la carretera de vuelta.
Las anotaciones del buzo eran una mezcla de listas de entregas, direcciones, nombres de piezas con números de lote y una caligrafía pequeña y apretada de hombre que trabaja con las manos y que sabe que los papeles se vuelven en contra si no se llevan al día.
En la última página, escrita con otro bolígrafo, más nuevo, con una letra distinta, más clara, había una sola línea:
La Dama quiere su pieza de vuelta. La subasta del norte la tiene.
Irati la había leído tantas veces que ya la veía al cerrar los ojos.
La Dama. En Bilbao, en el caso anterior, la Dama había sido el nombre que la organización había usado para el mito de la montaña, la cortina de humo que cubría la cueva donde guardaban lo que no debía ver la luz.
La Dama, en el argot del crimen, era siempre la tapadera: la palabra bonita que cubría la fea, la leyenda que daba nombre a la miedo.
Y aquí, en el norte, en una costa que conocía un mito propio —la Dama del Norte, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, las cuevas del litoral y de las piezas que no salen—, la palabra volvía a aparecer como una advertencia, escrita por un muerto en un cuaderno de entregas.
Sacó el móvil y marcó el número de Jules.
Lo dejó sonar dos veces, y cuando colgó y volvió a llamar, lo hizo con una media sonrisa involuntaria: era la manera que tenían, desde hacía meses, de decirse no me pilles a mitad de una reunión.
Se había aprendido su horario como se aprende el horario de alguien con quien quieres desayunar: las tardes las tenía libres los jueves, los viernes volaba a Bilbao cuando podía, y las noches eran de ellos cuando el caso lo permitía.
—¿Sarasola? —La voz de Jules llegó clara, con ese acento americano que arrastraba las erres y que a esas horas, con el coche a oscuras y el mar enfrente, le sonaba más a casa que cualquier otro sonido de la noche—.
Son las ocho y algo de tu tiempo. A esta hora, o estás en una escena o estás pensando en una escena.
—Las dos cosas —dijo Irati—. ¿Estás en Madrid?
—Estoy en Madrid. Acabo de salir de una cena de la embajada en la que he fingido interés durante dos horas.
Estoy en el coche, de camino al hotel, y me alegra oír tu voz.
—Hubo una pausa, y la voz se volvió más baja, más íntima, con esa manera que tenía de bajar el tono cuando quería decir algo solo para ella—. ¿Qué ha pasado?
Irati miró el mar a través del parabrisas.
Las luces de Donostia se reflejaban en el agua en una línea temblorosa y dorada, y el aire que entraba por la ventanilla abierta olía a sal y a lluvia que aún no había caído.
En el asiento del copiloto, el cuaderno seguía dentro de su bolsa de custodia, como un animal dormido.
—Ha aparecido una pieza en la costa de Zumaia —dijo—.
Una ánfora sellada del siglo XVIII, recién salida de la bajamar de octubre, con un cadáver de buzo al lado.
El buzo no se ahogó: llevaba cuarenta y ocho horas muerto antes de entrar en el agua, con las manos cortadas de restaurador y restos de disolvente en los dedos.
Era un restaurador por encargo. Y en su cuaderno hay una frase que me suena a esa música que tú conoces tan bien.
—Dime.
—«La Dama quiere su pieza de vuelta. La subasta del norte la tiene.»
Del otro lado hubo un silencio largo, de los que Jules usaba para pensar con las palabras antes de decir las que de verdad importaban. Luego habló, con la voz distinta, la de cuando su cabeza cambia de marcha, el agente que ya no finge y que ha empezado a conectar puntos en el mapa que solo él ve.
—Esa música la conozco —dijo—. La Dama. Es lo que decía tu caso de Bilbao: la leyenda que cubría la cueva.
Y la subasta del norte. Irati, tengo un expediente abierto sobre arte robado en el Legat.
Lleva meses acumulando polvo porque no hay jurisdicción clara, porque el mercado del arte europeo es un laberinto de países y de papeles y de intenciones, pero conozco el circuito de las subastas de la costa cantábrica mejor de lo que me gustaría.
Si una pieza con esa historia está pasando por una casa de subastas del norte, hay dos posibilidades.
Una: alguien está vendiendo una pieza robada con papeles impecables.
Dos: alguien está intentando que parezca que está vendiendo una pieza robada para que miremos hacia un lado y no hacia otro.
—¿Cuál eliges?
—Todavía no lo sé. —Otra pausa, y el sonido del tráfico de Madrid al fondo—.
Pero hay una tercera posibilidad que no me deja dormir, y es que la pieza que el mar ha entregado no sea la pieza que están vendiendo.
Que sea la pieza que tenían que ocultar.
—Su voz bajó un punto más—. En mi oficio hay una regla no escrita: cuando aparece en público una pieza que no debería existir, es porque alguien quiere que esa pieza exista, para tapar con ella todas las demás.
La pieza que se encuentra siempre es la pieza que conviene encontrar.
Irati se quedó mirando el mar. La luna nueva, delgada como una uña, colgaba sobre el agua con una luz fría y limpia.
—¿Me envías fotos? —preguntó Jules—. ¿Y el cuaderno?
—El cuaderno no sale de custodia —dijo Irati—.
Pero puedo contarte lo que pone. Las anotaciones son listas de piezas, de entregas, de direcciones: Donostia, Getaria, Hendaya, Biarritz.
Y las fotos de la pieza las tienes en cuanto la saquen del laboratorio.
Está en el San Telmo, en manos de la arqueóloga que la encontró.
—Irati —dijo Jules, y el tono se le volvió de pronto más serio, más personal, con esa gravedad que solo usaba para las cosas que de verdad le importaban—.
Este caso puede ser grande. Si lo que sospecho es cierto, esto no es un robo de una pieza: es una operación de mercado.
Alguien ha encontrado una fuente de piezas en la costa y la está canalizando al mercado internacional con papeles impecables.
Y las fuentes de piezas en el Cantábrico son un tema que el FBI lleva años mirando de reojo, porque el flujo del patrimonio vasco hacia colecciones privadas del norte de Europa no se ha cuantificado nunca bien, y porque en ese circuito el dinero no camina solo.
—Se calló un momento—. El expediente del Legat lleva el sello de un nombre que llevo meses intentando encajar, y esta pieza, con esta frase, me lo ha vuelto a poner delante de los ojos.
Me alegro de que me hayas llamado, Sarasola.
Irati miró la línea de luces del puerto, pensando en su padre, que había salido en una noche de octubre como esta y no había vuelto. El mar, que se lo había llevado, estaba ahora entregando piezas. El mar, pensó, no es de los que olvidan: devuelve cuando quiere, y siempre con una cuenta pendiente.
—¿Cuándo vienes? —preguntó.
—Mañana —dijo Jules—. Tengo que pasar por la embajada a recoger una cosa, y cojo el primer tren.
La costa de Zumaia lleva siglos esperando a que alguien lea sus páginas.
—Hizo una pausa, y la voz se le volvió un susurro, de los que usaba cuando el caso y la intimidad se tocaban en el mismo sitio—. Nosotros leemos, Irati. Juntos.
Irati colgó. Se quedó un momento con el móvil en la mano, escuchando el mar contra la escollera del puerto, con el motor del coche al ralentí y el olor de la noche entrando por la ventanilla.
Luego arrancó y se metió en la noche, con el cuaderno en el regazo, sintiendo que la costa del norte acababa de abrir un libro que no iba a poder cerrar hasta el final.
* * *