Donde comienza la vida
Epílogo
Phoebe tensó las riendas cuando Calypso se encabritó de nuevo.
—Es culpa tuya. Si la hubieras montado cuando tenía tres años...
Penrose tomó la brida con calma.
—La montaron a los tres años. El problema es que ha perdido la costumbre.
Permanecía junto a ella en la pista de arena, con las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos y el cabello revuelto por el viento.
Había pasado la mañana escribiendo una de sus columnas anónimas.
Aún aparecían en los periódicos de vez en cuando, siempre con alguna frase que Phoebe reconocía como una declaración privada disfrazada de literatura.
—Puedes rendirte —sugirió él.
Phoebe le dirigió una mirada que hizo innecesaria cualquier respuesta.
—Tonterías. Dijiste que era perfecta para mí.
Penrose suspiró.
—Dije que podía serlo. No que debieras arriesgar tu vida para demostrarlo.
Habían retirado a Vulcan apenas unas semanas antes. Había sido una decisión difícil. El viejo semental merecía su descanso, y Phoebe podía permitirse dárselo ahora que era la señora de Wexford Manor. Aún podía visitarlo, cepillarlo y mimarlo cuando quisiera.
Calypso, sin embargo, era otro asunto.
Penrose la ayudó a montar.
—Sujétala con firmeza.
Phoebe acomodó la falda carmesí de su traje de montar.
—Lo haré.
Él no parecía convencido.
El matrimonio le había enseñado muchas cosas, entre ellas que amar a una mujer como Phoebe significaba aceptar que no podía protegerla de todos los peligros.
Ella no era frágil.
Nunca lo había sido.
Y si Penrose quería que su matrimonio siguiera siendo lo que ambos habían elegido construir, tendría que recordar que una esposa no era una posesión que proteger, sino una compañera con voluntad propia.
—Confío en ti —dijo al fin.
Phoebe sonrió.
—Eso espero.
Penrose soltó las riendas.
Calypso salió disparada.
Durante un instante, Phoebe sintió que el suelo desaparecía bajo ella.
La yegua era rápida, nerviosa, impredecible. Nada que ver con el vínculo que había compartido con Vulcan durante años. Pero Phoebe sabía montar. Acortó las riendas, ajustó el peso y comenzó a trabajar con ella.
Primero un círculo.
Luego otro.
Al trote.
Después al galope.
La yegua protestó, pero finalmente respondió.
Penrose observaba desde la valla.
—¡Así se hace!
Phoebe logró hacerla girar a la derecha y a la izquierda, reducir el paso y luego acelerarlo de nuevo. Poco a poco, el animal dejó de luchar contra ella y comenzó a escucharla.
Cuando Phoebe desmontó, llevaba una sonrisa que no podía ocultar.
Penrose la abrazó de inmediato.
—¿Estás bien?
Phoebe soltó una carcajada.
—¿Y tú?
—He envejecido diez años desde que montaste.
—Qué dramático.
—Hubo un momento en que pensé que iba a morir.
—La tenía bajo control.
—Lo sé.
Penrose la miró con esa mezcla de preocupación y admiración que Phoebe conocía demasiado bien.
—Siempre me preocuparé por ti. Pero confío en ti, vieja amiga. Nunca esperaría que fueras menos de lo que eres.
Phoebe deslizó los brazos alrededor de su cintura.
—Esa es una de las razones por las que te amo.
La expresión de Penrose cambió.
La besó.
Fue un beso largo y pausado, de los que ya no necesitaban demostrar nada.
Hasta que Calypso golpeó el suelo con un casco.
Phoebe se apartó riendo.
—Sin duda sabemos elegir el momento adecuado.
—Siempre hay alguien que interrumpe.
A veces eran los caballos.
A veces los criados.
Y con bastante frecuencia Titania, la gata negra, que parecía considerar cualquier momento de intimidad como una invitación personal a participar.
Phoebe lo miró.
—No me quejo.
—Yo tampoco.
Y era cierto.
Se habían casado tras un compromiso tan breve que algunos parientes todavía hablaban de ello como si hubiera sido un acto de imprudencia.
La boda había reunido a sus dos familias y obligado a más de una persona a aceptar que el mundo podía cambiar sin pedir permiso.
Phoebe había llevado un vestido de satén blanco con encaje.
Penrose la había mirado como si todo lo que había vivido lo hubiera conducido a ese momento.
Luego habían comenzado su vida juntos.
Wexford Manor durante los meses más cálidos.
Londres en invierno.
La fábrica, nuevas inversiones, responsabilidades familiares y, sobre todo, una casa que poco a poco dejó de pertenecer al pasado y se convirtió en su hogar.
Lady Quenby se había negado a vivir con ellos, aunque Penrose se lo había propuesto. Prefería la ciudad y había partido a Italia con el Sr. Bellenden y varios amigos espiritistas. Phoebe esperaba volver a verla antes del invierno.
También había aprendido a querer a las hermanas de Penrose.
Gabriel, por su parte, parecía estar convirtiéndose por fin en el hombre que llevaba años intentando ser.
El resto pertenecía al tiempo.
Phoebe ya no necesitaba conocer el final de cada historia.
Había aprendido algo más importante: todos tenían derecho a elegir qué hacer con su propia vida.
Y ella había elegido.
Penrose la rodeó con los brazos.
Phoebe apoyó la cabeza en su pecho.
Su matrimonio no era perfecto.
Discutían.
Se picaban.
A veces se exasperaban mutuamente.
Y sin embargo, funcionaba.
No porque hubieran dejado de ser quienes eran.
Precisamente porque ninguno de los dos se había visto obligado a hacerlo.
Penrose seguía siendo obstinado, ingenioso y peligrosamente protector.
Phoebe seguía siendo independiente, impaciente y bastante incapaz de resistirse a una aventura.
Se amaban sin intentar empequeñecerse mutuamente.
Y quizá eso era la verdadera felicidad.
No vivir sin dificultades.
Sino encontrar a alguien con quien afrontarlas sin miedo.
Phoebe alzó los ojos hacia él.
—¿Vamos a casa?
Penrose sonrió.
—Con mucho gusto.
Caminaron juntos hacia Wexford Manor.
Detrás de ellos, Calypso resopló impaciente.
Phoebe volvió la cabeza.
—Creo que quiere seguir.
—Mañana, entonces.
—¿Mañana?
—Mañana.
Phoebe sonrió.
Tenían tiempo.
Por primera vez, toda una vida.
Toda una vida
Aquella noche, comenzó a llover antes de que terminaran de cenar.
La lluvia golpeaba las ventanas de Wexford Manor con una constancia casi hipnótica. El verano había dejado el aire cálido y húmedo, y la casa parecía replegarse sobre sí misma mientras la tormenta atravesaba los campos.
Después de cenar, Penrose descorchó una botella de vino que un amigo francés les había enviado desde Burdeos.
«Para una ocasión especial», decía la nota.
Penrose alzó la botella y miró a Phoebe.
—¿Crees que esto cuenta?
Phoebe sonrió.
—Creo que nosotros contamos.
Bebieron junto al fuego.
El vino era oscuro, profundo y ligeramente dulce. Phoebe apenas había bebido media copa cuando Penrose desapareció un momento y volvió con una pequeña flor entre los dedos.
—¿De dónde has sacado eso?
—Del jardín.
—Está lloviendo.
—Lo sé.
Le ofreció la flor.
Phoebe la tomó.
Era una pequeña rosa, aún húmeda.
—¿Para mí?
—Para ti.
Se la acercó al rostro.
—Eres un romántico.
—Llevas meses descubriéndolo.
Phoebe dejó la flor sobre la mesa.
Luego lo miró.
Había algo diferente en sus ojos.
Penrose se dio cuenta.
—¿Qué ocurre?
Phoebe negó con la cabeza.
—Nada.
Pero no era cierto.
Se acercó y apoyó la frente en su pecho.
Penrose dejó la copa.
La rodeó con los brazos.
No volvió a preguntar.
Aquella noche, Phoebe no necesitaba respuestas. Necesitaba la certeza de que él estaba allí.
—Quédate conmigo —murmuró.
Penrose bajó la cabeza y le besó el cabello.
—Siempre.
Phoebe alzó el rostro.
El primer beso fue lento.
El segundo, menos contenido.
Después de eso, no hubo necesidad de palabras.
Penrose le acarició la mejilla, el cuello, los hombros, con una ternura que no disminuía el deseo, sino que lo hacía más intenso. Phoebe se aferró a él y sintió que toda la tensión que se había acumulado a lo largo del día abandonaba lentamente su cuerpo.
Fuera, la lluvia arreció.
Dentro, solo estaban ellos dos.
Penrose la condujo al dormitorio.
La tormenta hacía temblar las ventanas cuando cerró la puerta.
Phoebe se volvió hacia él.
—Ven.
Él sonrió.
—No tenía intención de irme.
Se besaron de nuevo.
Esta vez no había prisa.
Sus manos se encontraron como si todavía estuvieran aprendiendo el mapa del otro, aunque llevaban meses recorriéndolo.
Penrose la atrajo hacia sí, y Phoebe sintió el deseo crecer lentamente, profundo y constante, como una marea que al principio parece distante y luego alcanza los pies sin que uno note cuándo empezó a subir.
Cerró los ojos.
Se dejó llevar.
No había nada que demostrar.
Nada que conquistar.
Solo esa intimidad que habían aprendido a construir juntos.
El mundo exterior desapareció.
La lluvia continuó cayendo sobre los tejados mientras se buscaban bajo las sábanas, con besos y caricias, con esa mezcla de ternura y deseo que ya no necesitaba un nombre.
Phoebe se aferró a Penrose cuando la intensidad del momento la abrumó.
Él la sostuvo.
Y durante unos momentos no hubo ni pasado ni futuro.
Solo el ritmo de sus cuerpos, su respiración irregular y el sonido de la tormenta.
Luego llegó la calma.
Penrose siguió abrazándola.
Phoebe apoyó la cabeza sobre su pecho y escuchó los latidos de su corazón.
La lluvia empezaba a alejarse.
—Penrose.
—¿Sí?
Ella levantó ligeramente la cabeza.
—Creo que necesitaba esto esta noche.
Él apartó un mechón de cabello húmedo de su frente.
—Lo sé.
Phoebe sonrió.
—¿Cómo lo sabías?
—Porque te conozco.
Ella se acomodó de nuevo en sus brazos.
Durante mucho tiempo, habían creído que el amor significaba encontrar el momento perfecto.
Ahora sabían que no existía tal cosa.
Había tormentas, errores, familias, secretos, pérdidas y días en los que uno necesitaba al otro más de lo habitual.
Y también estaba esto.
Una cama cálida mientras la lluvia caía afuera.
Una mano que buscaba la suya en la oscuridad.
Un hombre que no tenía intención de marcharse.
Una mujer que, por fin, ya no tenía miedo de necesitarlo.
Phoebe cerró los ojos.
—¿Penrose?
—¿Sí, vieja amiga?
—Mañana continuamos con Calypso.
Él soltó una risa suave.
—Mañana.
Phoebe sonrió contra su pecho.
Y se quedó dormida en sus brazos.
Afuera, la última lluvia del verano se deslizaba por las ventanas.
Dentro, Wexford Manor guardaba el silencio de una casa que ya no esperaba a nadie.
Porque habían llegado.
Y tenían toda una vida por delante.
Fin.