La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 1
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La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4)

La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4)

Por Clea Revalys

© inepub.com

Capítulo 1

El hombre detrás de la puerta

Lady Phoebe Valewood poseía muchas cualidades, aunque solo había una de la que se sentía verdaderamente orgullosa: haría cualquier cosa por una amiga.

Cecily Mordaunt había sido su amiga más cercana desde la primera Temporada que habían compartido.

Dos jóvenes tímidas e inexpertas condenadas a languidecer pegadas a las paredes de los salones mientras Londres se divertía a su alrededor.

Tres Temporadas después, ya no eran aquellas muchachas inseguras. Eran compañeras. Hermanas.

Guerreras amazonas, las llamaba Lucian Penrose.

Por Cecily, Phoebe estaba dispuesta a enfrentarse incluso al diablo.

Por eso subió los escalones de la mansión del Conde de Alderwick en Cavendish Street con un ejemplar doblado de The Spiritual Review bajo el brazo.

Necesitaba encontrar a Lucian Penrose.

No porque fuera el hombre que, seis años antes, la había besado bajo el muérdago y luego se había declarado. Esa era una historia que Phoebe prefería mantener enterrada.

Lo buscaba porque Lucian escribía.

Escribía para varias publicaciones londinenses bajo diferentes seudónimos. Phoebe conocía su estilo demasiado bien como para dejarse engañar por ellos. Si quería publicar algo, él era el hombre al que debía recurrir.

Y esta vez, necesitaba su ayuda.

Cecily estaba en Derbyshire.

Phoebe no sabía exactamente qué le había sucedido, pero sí sabía que no podía quedarse en Londres esperando noticias. Quería ir a buscarla. El problema era que no tenía a nadie que pudiera acompañarla.

Así que había acudido a Lucian.

Un joven lacayo abrió la puerta.

—Buenos días. Tenga la amabilidad de informar a Su Señoría de que Lady Phoebe Valewood ha venido a verlo.

El joven la escoltó hasta la biblioteca.

Phoebe esperó allí, de pie frente a la chimenea, con los guantes negros de ante entrelazados entre los dedos.

Llevaba años vistiendo de negro. Su madre, viuda desde hacía mucho tiempo, aún observaba un luto que parecía no tener fin, y Phoebe lo había hecho suyo. Ya nadie se sorprendía de verla vestida así.

Esperar, sin embargo, nunca había sido una de sus virtudes.

Entonces oyó una voz a su espalda.

—Hola, milady.

Phoebe se volvió.

Lucian Penrose estaba apoyado en el marco de la puerta.

Por un instante, el pasado regresó con irritante precisión.

Seis años.

Seis años y cinco meses, para ser exactos.

Lucian seguía siendo alto, de hombros anchos y demasiado apuesto para resultar tranquilizador. Llevaba pantalones de tartán y un abrigo negro abierto sobre un chaleco oscuro. Su cabello castaño, ligeramente despeinado, sugería que acababa de llegar de algún lugar o estaba a punto de marcharse.

Se miraron en silencio.

Por una vez, ninguno de los dos tuvo una respuesta.

Lucian fue el primero en recuperar la compostura.

—Sabía que algún día volverías a cruzar esa puerta. Solo has tardado...

Sacó el reloj del bolsillo.

—Siete años.

—No han sido siete años.

—¿Seis?

—Seis años y cinco meses.

Él sonrió.

—Has estado contando.

Phoebe ignoró el comentario.

El recuerdo era demasiado nítido.

Diciembre de 1855. La fiesta de Navidad del Conde de Alderwick. Acababa de cumplir diecisiete años y aún no había sido presentada en sociedad. Lucian la había besado bajo el muérdago y luego se había declarado.

Phoebe había hecho todo lo posible por no pensar en ello.

—¿A qué debo el honor de tu visita?

Ella le sostuvo la mirada.

—He venido a pedirte un favor.

La sonrisa de Lucian cambió.

—Esto se pone interesante.

Phoebe se sentó y colocó el ejemplar de The Spiritual Review sobre el regazo.

—Habrás oído hablar del Capitán Farringdon y la Srta. Mordaunt.

La expresión de Lucian cambió.

—¿Cecily?

—Se casó con él.

—Lo sé.

—Y se ha ido a vivir a Derbyshire. A una casa de la que dicen que está embrujada.

Lucian enarcó una ceja.

—Una elección poco convencional.

—No me preocupa que sea poco convencional. Me preocupa que Cecily prácticamente haya desaparecido del mundo.

—¿Desaparecido?

—Desde que se marchó, apenas hemos sabido nada de ella. Está aislada en una casa perdida en los páramos, lejos de Londres y de todos los que la conocen.

Lucian la observó en silencio.

—¿Y crees que es infeliz?

Phoebe bajó la mirada un instante.

—No lo sé.

Precisamente por eso necesitaba ir.

—Quiero verla con mis propios ojos. Quiero saber que está bien.

—¿Y su madre?

Phoebe suspiró.

—No me permitirá viajar a Derbyshire solo por eso.

Lucian lo comprendió entonces.

—Así que viniste a mí.

—Sí.

—¿Para qué?

Phoebe levantó el periódico de su regazo.

—Para ayudarme a convencerla.

Lucian echó un vistazo al ejemplar de The Spiritual Review y luego la miró a ella.

—Ya veo.

—Escribes sobre estas cosas. Y tu madre...

Phoebe hizo una pausa.

—Mi madre prestará atención si cree que hay algo digno de investigar.

Lucian esbozó una lenta sonrisa.

—Así que pretendes utilizarme.

—Exactamente.

—Creo que empiezo a entender por qué os llaman las guerreras amazonas.

Phoebe alzó la barbilla.

—Las guerreras amazonas.

—Primero fue la Srta. Mordaunt. Luego se os unieron algunas amigas más.

—Ahora somos cuatro.

—Un pequeño ejército.

Phoebe casi sonrió.

—¿Vas a ayudarme o no?

Lucian posó la mirada en ella.

—Me pregunto por qué necesitas protección.

—No la necesito.

Y sin embargo, estaba allí sola.

No tenía carabina. Sus amigas no podían acompañarla, y Phoebe no tenía intención de esperar más.

—Fue imprudente por tu parte —dijo él—. Deberías haber traído a alguien.

—No tenía a nadie.

Lucian guardó silencio.

Entonces Phoebe abrió el periódico.

—Quiero que escribas algo en tu próxima columna.

Él pareció quedarse inmóvil.

—No escribo ninguna columna para The Spiritual Review.

—No me hagas perder el tiempo.

Phoebe levantó el periódico.

—Escribes para varias publicaciones. The Spiritual Review, The Weekly Astral, Glendale Botany... Podría seguir.

—Estás equivocada.

—No lo estoy.

Lo miró directamente.

—Eres el Sr. Blackwater. También eres el Sr. Blackwell y el Sr. Blackthorn. Deberías cambiar tus seudónimos de vez en cuando. Resultas demasiado fácil de reconocer.

La expresión de Lucian perdió toda diversión.

—¿Y me conoces, entonces?

Phoebe le sostuvo la mirada.

—Por desgracia.

Hizo una pausa.

—Sí. Te conozco.

Y esa era precisamente la razón por la que había acudido a él.