CAPÍTULO IX
Era la hora de la merienda y el pabellón estaba medio vacío. Fernando se llevó al pequeño Lucas a la cafetería y se sentaron a tomar la merienda. Él apenas un café. El chico un dulce y un a taza de cola cao.
Martina lo dejo con él, con naturalidad contenida, como si no quisiera que el momento pesara demasiado.
-Vuelvo en un rato- dijo ella, -mirando a Fernando. -Hasta luego cariño- le dijo al pequeño y lo besó.
Y se fue.
Fernando se quedó quieto. Lucas tenía una mochila demasiado grande para su espalda y un paquete de galletas abierto a medias. Lo miró como se mira algo que no encaja del todo, pero que ya es imposible ignorar. Le quitó la mochila y la dejó en la silla de al lado.
-Hola- dice Fernando al final, agachándose un poco- ¿Te gustan las galletas o te peleas con ellas?
Lucas sonrió con timidez.
-Me las estoy comiendo.
Eso rompió el hielo lo suficiente.
Fernando le ofreció una botellita de agua mientras traían la merienda y Lucas la aceptó.
-¿Vienes mucho por aquí?- le preguntó Fernando.
-Es la primera vez y mamá me ha dejado porque tengo vacaciones en el cole.
“Mamá”
La palabra quedó suspendida en el aire algo más de lo normal.
Fernando asintió despacio como si ese detalle le acabara de ajustar algo por dentro.
-Tu madre trabaja mucho.
-Y monta en moto- añade el niño orgulloso- cuando sea mayor también tendré una moto grande.
-Fernando sonrió de verdad, aunque breve.
-Eso lo sé.
Lucas lo mira ahora con más atención, como si lo estuviera evaluando sin saberlo.
-¿Tú eres el amigo de mamá?
La pregunta cayó directa, sin filtro. Fernando tardó en responder.
-He sido alguien importante para ella. Hace tiempo.
El niño asintió como si esa respuesta le sirviera a medias.
Fernando bajo la mirada a las manos del pequeño, pequeñas, reales. Y decidió no rodearlo más.
-Lucas, ¿sabes quién soy?
El chiquillo encogió los hombros.
-Mamá dice que no hay que preguntar mucho.
Eso le dolió más de lo que esperaba. Fernando tragó saliva.
-A veces los adultos complicamos las cosas.- le dijo- Pero yo te voy a decir la verdad ¿vale?
Lucas se quedó quieto.
Fernando respiró hondo.
-Creo que soy tu padre.
El silencio esta vez fue distinto.
El niño no lloró, no se asustó. Solo parpadeaba lento, como intentando encajar cada pieza que no sabia que existía.
-¿De verdad?
Fernando asiente.
-Creo que sí.
Lucas mira al suelo, luego a él otra vez.
-¿Y por qué no estabas antes?
-Porque me equivoqué. Porque a veces los adultos creen que pueden arreglar las cosas solos y… no pueden.
Lucas se quedó pensando. Apretó la botella de agua con las dos manos.
-¿Mamá lo sabe?
Fernando dudó apenas un segundo.
-Sí.
La cara del niño cambió. No de miedo sino de algo distinto en su mundo.
Desde la puerta del pabellón, Martina apareció otra vez. No entró del todo. Solo miró.
Sabía que ya está hecho y en qué punto de la conversación estaban.
Fernando levantó la vista hacia ella.
No pidió permiso.
No desafió.
Solo esperaba.
Y Lucas, sin mirar a su madre todavía, dijo en voz baja:
-Entonces ahora ¿qué pasa?
Martina siguió en la puerta.
No entraba.
No interrumpe .
Solo estaba ahí, como si se negara a inclinar la escena hacía un lado u otro.
Fernando se agachó un poco más, para quedar a la altura del niño-
-Ahora no pasa nada de golpe-dice despacio- No tienes que decidir nada hoy. Ni mañana.
Lucas frunció el ceño, como lo hacía él.
-Pero has dicho que eres mi padre.
-Lo he dicho porque creo que es verdad- responde Fernando- pero ser padre no es una palabra. Es tiempo.
El niño, mira sus manos otra vez, como si pudiera encontrar una explicación más clara.
-¿Y eso cuánto es?
Fernando suelta una respiración corta.
-Eso no lo sé ni yo.
Martina, desde la puerta, por fin entra un paso.
Solo uno.
No más.
-Lucas, ven un momento.- dice con calma.
El niño no se levantó, mira con calma a Fernando primero. Eso ya dice algo que ninguno de los dos comenta.
Fernando asiente despacio, dándole permiso.
-Ve con tu madre.
Lucas obedece a medias, arrastrando la mochila. Cuando pasa junto a Martina, ella le acaricia el pelo con naturalidad, intentando sujetar su mundo.
Se alejan unos metros. Hablan en voz baja. No se oyen palabras, solo el tono: el de alguien que intenta no romper nada más de lo necesario.
Fernando se quedó sentado en la mesa.
Martina volvió sola dejando con la Nani a Lucas.
-No tenías que decirlo así- dice ella.
Fernando no se defiende.
-¿Cómo entonces?
Martina apretó un segundo la mandíbula.
-Primero conmigo.
-Lo sé.
-Se lo has soltado como si fuera una certeza.
-Porque para él no podía ser una duda eterna.- respondió Fernando.- y porque ya no podía seguir siéndolo para mí.
Eso la frenó al instante.
Martina bajo la mirada hacia donde estaba Lucas, jugando con el cierre de la mochila.
-Es pequeño- dice ella, más bajo ahora.- no entiende lo que implica.
Fernando la mira.
-No. Pero entiende lo suficiente como para hacerse una pregunta que ya no se le va a ir.
Martina no respondió enseguida.
-Y tú, ¿qué quieres hacer?- pregunta al fin ella.
Fernando tardó un segundo.
-No quiero entrar en su vida a golpes ni desaparecer otra vez.
La miró directamente a los ojos.
-Quiero hacerlo bien. Aunque llegue tarde.
-Martina soltó una risa mínima, sin humor.
-Llegas tarde.
-Lo sé, pero recuerda que nunca lo supe.
Desde donde estaba Lucas, se oyó una pelota botar contra el suelo. Un sonido pequeño, insistente, como si el mundo estuviese igual aunque ya no lo estaba.
Martina respiro hondo.
-No lo voy a romper por tu culpa, pero tampoco voy a dejar que lo confundas.
-No quiero confundirlo.
-Entonces, vas a tener que ganarte cada paso.
…
La feria llegó a su fin sin que ninguno de los tres se diera cuenta.
Durante esa semana, se creó una rutina que parecía llevar años existiendo.
Cada tarde, cuando el bullicio empezaba a bajar en los pabellones, Fernando aparecía puntual. Recogía al pequeño, salían a merendar, daban un paseo por los jardines de IFEMA, jugaban un rato y, cuando Martina terminaba la jornada, ya los encontraba juntos, riendo como si siempre hubiera sido así.
Nunca preguntó si podía llamarlo hijo.
Nunca le dijo a Martina lo que sentía.
Simplemente estaba.
El niño, empezó a esperarlo cada tarde con ilusión de quien sabe que alguien no va a fallarle.
El ultimo día, mientras desmontaban el stand, Fernando ayudó a cargar algunas cajas en las furgonetas que llevaban. Apenas cruzaron unas palabras.
-Buen viaje.
-Gracias.
Martina cerró el maletero y el niño bajo la ventanilla. Iba detrás con su Nani.
-¿Vendrás a verme?
Fernando sonrió con esa serenidad que tanto le caracterizaba.
-Sí.
Solo una palabra.
Pero dicha por él valía más que cualquier promesa.
El Audi se perdió entre el tráfico de Madrid camino de Jaén.
Fernando permaneció unos segundos inmóvil.
Después se dio la vuelta y regresó a su coche.
Al día siguiente volvió al estudio de arquitectura como si nada hubiera cambiado.
Pero todo había cambiado.
Sin hacer ruido, comenzó a reorganizar su agenda. Preguntó por futuros proyectos en Andalucía. Rechazó un encargo que lo habría llevado varios meses al norte. Empezó a calcular cuántos fines de semana podía bajar a Jaén sin descuidar el trabajo.
No se lo conto a nadie.
Ni siquiera a Martina.
No quería convencerla con palabras.
Prefería que, algún día, ella descubriera por sí sola que llevaba meses construyendo una vida más cerca de ellos.
Era arquitecto.
Sabía que los cimientos nunca se levantan deprisa.
Y esta vez estaba decidido por empezar ahí.
Y por ello reunió a su familia en casa de sus padres. Una reunión familiar el domingo siguiente.
Nadie puso sacarle una palabra de por qué quería esa reunión y qué tenía que decirles.
El domingo, después de comer, ya estaban todos nerviosos, su padre, su hermano, su madre, su cuñada…
-Tengo que contaros una cosa.
-Ya era hora, estamos de los nervios, ¿qué te pasa?- le dijo su hermano.
El silencio fue inmediato. Todos sabían que Fernando no hablaba así si no era importante.
-Hace casi siete años, conocí a una mujer, motera en una de las concentraciones. Es de Jaén y se llama Martina.
Su madre sonrió al recordar ese nombre. Alguna vez se lo había oído mencionar.
-No salió bien, después de casi dos años contando los proyectos de Jaén y Granada. Nos separamos y seguí con mi vida… o eso intenté.
Hizo una pausa.
-La semana pasada la vi en la feria del aceite de Madrid, después de cinco años.
Su padre lo miró con atención.
-Y no fue solo eso. Tiene un hijo.
Nadie dijo una palabra.
Fernando respiró hondo.
-Es mi hijo. Tiene cuatro años y medio.
El silencio fue aún mayor.
-Se llama Lucas. Yo no sabía que existía.
Su madre se llevó una mano a la boca emocionada.
-Por eso llevo una semana diciendo que solo quiero proyectos en Andalucía. No es un capricho. Quiero recuperar el tiempo perdido. Quiero conocer a mi hijo. Y…si algún día Martina me deja, intentar recuperar también a la única mujer de la que he estado enamorado de verdad.
Su padre permaneció unos segundos pensativo.
-¿Y qué piensas hacer?
-Ir poco a poco. Sin presionar a Martina. Estar con Lucas, los fines de semana. Lo demás ya no depende de mí.
Su padre sonrió.
-Pues voy a decirte una cosa. Llevamos años pensando abrir un estudio, en Andalucía, por supuesto más pequeño que este. Una sucursal, pero siempre lo hemos ido dejando.
Fernando levantó la vista.
-Ábrelo en Jaén- dio el padre.
-¿En Jaén?
-Sí. Seguirás llevando proyectos donde salgan, Córdoba, Granada, Málaga o Sevilla si hace falta. Pero tu base, estará allí. Tu hijo crecerá allí. Y si el destino te ha dado una segunda oportunidad, no la desaproveches por vivir muchos más kilómetros al norte.
Fernando no respondió enseguida.
Solo asintió.
Así descubrió que era padre y sintió que el camino empezaba a dibujarse ante él.
También les contó por qué ella no podía mudarse…y si ella no podía, él tenia una oportunidad.