CAPÍTULO VIII
Fernando volvió a Madrid. Su piso de la Gran Vía ahora le pareció vacío. Dejó el casco sobre la mesa, y por primera vez echó mucho de menos a alguien. Se sentó cansado en el sofá.
Miró las fotos que había en el móvil, decenas de fotos con ella de esos cinco meses, de momentos y lugares que compartieron y visitaron.
La llamó. Había llegado a las dos, iba a llamarla y a pedir comida mientras se daba una gran ducha y descansaba hasta el día siguiente.
Llamó primero a sus padres al estudio y les dijo que al día siguiente allí estaría. La chica le había planchado lavado y colocado la ropa el día anterior y la documentación ordenada en el despacho. Después de la siesta lo organizaría para llevarlo al estudio.
Así que la llamó.
-Estoy en casa.
-¿Has llegado bien?
-Sí ya estoy en Madrid, me doy una ducha, como algo y una buena siesta. Lastima que no sea contigo. Esta casa está muy vacía. ¿Y tú?
-En el despacho, Voy a salir a comer y luego me tocará otro rato hasta las siete.
-Se hace raro, Dama.
-Mucho- dijo con un nudo en la garganta.
Sin te quiero.
Sin promesas.
Porque ambos sabían que en unas semanas volverían a verse.
Durante el mes de octubre, hablaban poco, pero todos los días, y su mensaje de buenos días y buenas noches y era por la noche cuando estaban cada uno en su casa cuando charlaban.
Alguna foto. Un proyecto nuevo que él le enseñaba. Martina una del cortijo o una ruta corta en moto que hizo.
Ninguno invadía la vida del otro.
Y precisamente por ello, su relación se hacía mas fuerte.
…
A final de octubre, Fernando la llamó como cada noche.
-Martina…
-¿Qué pasa?
-Me han ofrecido dirigir otro proyecto. Seis meses. No podré ir en noviembre como teníamos previsto nena. pero es un proyecto importante.
-¿Dónde?
Fernando sonrió al otro al otro lado del teléfono.
-En Granada.
No es Jaén.
No es Madrid.
Está a poco más de una hora de Jaén.
No era una decisión tomada por amor, sino por su carrera. Pero tan cerca, parecía que el destino quería ponerlos a prueba y a darles una oportunidad.
-Me has dado un susto tremendo. Estamos cerca, aunque a primeros de diciembre voy a estar muy ocupada, quizá podamos aprovechar el cortijo algún domingo. Iré con la moto a verte. También. En invierno con el coche, que Granada tiene nieve.
-Eso es lo que me interesa.
-En la cosecha están los caseros.
-Pero los domingos son nuestros. Te voy a tener que regalar un cortijo- y él se reía.
-¿Cuando vienes?
La semana que viene, no sé qué día. Me están buscando piso cerca del centro. Haré igual que en Jaén, me llevo la moto y el coche me lo llevan.
…
Para Martina fue una noticia alegre, porque aunque no fuese en Jaén, Granada estaba a una hora, y al menos los fines de semana podían pasarlos juntos.
Y al igual que el anterior proyecto, intentaban estar lo más tiempo posible juntos. Ella iba a Granada menos, en la cosecha que iba él a Jaen en fin de semana y se quedaba en su casa.
…
El proyecto de Granada termino casi sin que se dieran cuenta.
Durante aquellos meses la vida encontró su propio ritmo. A veces era Fernando quien subía un viernes por la tarde a Jaén.
Otras, Martina cerraba antes de tiempo la fábrica y bajaba con su Audi o la moto.
Cuando el trabajo lo permitía, se escapaban con las motos por las Alpujarras. La sierra de Cazorla, cualquier concentración de motos o cualquier carretera secundaria donde el tiempo parecía detenerse.
No hicieron nunca promesas.
Nunca hablaron de vivir juntos.
Nunca discutieron por la distancia.
Simplemente disfrutaban de cada encuentro como si el siguiente estuviera garantizado.
Pero no lo estaba.
Cuando el proyecto de Granada acabó, Fernando regresó a Madrid. Volvió a su estudio de arquitectura, a sus clientes y a su vida de siempre. Martina por su parte, siguió al frente de la fábrica de aceite de su padre, con la cosecha, los olivos, las ferias y las exportaciones ocupando cada día.
Seguían viéndose.
No pasaron las vacaciones prometidas, él tenía mucho trabajo.
Un fin de semana se veían en Madrid.
Otro en Jaén.
Alguna concentración motera.
Algún viaje improvisado.
Y siempre la misma despedida.
Cada uno regresando a su mundo.
Pasaron varios meses y Martina cumplió los treinta. Más adelante unos meses, él cumpliría treinta y ocho.
Una tarde de domingo, sentados en el porche del cortijo mientras el so, caía sobre le mar de olivos, Fernando rompió el silencio.
-He mirado el calendario. Dentro de dos semanas podía bajar otra vez.
Martina sonrió.
Una sonrisa dulce, tranquila.
-No.
Fernando la miró extrañado.
-¿No qué?
-No hace falta que vengas..
Él dejó la taza de café sobre la mesa.
-¿Ha pasado algo?
Ella negó con la cabeza.
-No. Precisamente ese es el problema. Nunca pasa nada.
Fernando frunció el ceño.
-No te entiendo.
Martina levantó la vista hacia los olivos.
Llevamos mucho tiempo viviendo entre despedidas. Esperando el siguiente fin de semana. El siguiente puente. El siguiente proyecto.
Hizo una pausa.
-Y ya no quiero vivir así.
Él tardó unos segundos en responder.
-Podemos seguir viéndonos.
-Claro que podemos. Pero tú seguirás en Madrid y yo aquí. Ninguno va a cambiar su vida. Y yo tampoco quiero que lo hagas por mí.
Fernando bajo la mirada.
Por una vez no encontró una respuesta fácil, ni adecuada.
-¿Me estás dejando?
Ella sonrió con una tristeza serena.
-Te estoy dejando libre igual que yo quiero ser libre.
Se acercó, le acaricio la mejilla y lo besó despacio.
-Gracias por todo lo que hemos vivido.
Cogió las llaves de su coche y camino hacia la casa sin volver la vista atrás.
Fernando permaneció sentado en el porche mientras el último rayo de sol desaparecía entre los olivos.
Por primera vez desde que la conocía, no tenía una fecha para volver a verla.
Y esa ausencia pesó mucho más de lo que jamás habría imaginado.
Fernando la vio alejarse unos pasos.
Podía haberla llamado.
Podía haber buscado una última excusa para alargar la conversación.
Pero comprendió que hay silencios que también son una forma de querer.
Metió las manos en los bolsillos y sonrió con una tristeza serena.
Todos aquellos meses, de los proyectos y anteriores, todas las despedidas, las rutas, las escapadas las niches juntos, la piscina del cortijo, las áreas de servicio, las promesas solo de volverse a ver pronto sin saber cuándo sería la siguiente…
Lo habían intentado.
De la mejor manera que habían sabido.
Pero la vida seguía empeñada en llevarlos por carreteras distintas.
Ella tenía una fábrica, una familia y una tierra a la que nunca renunciaría.
Él seguía siendo arquitecto, enlazado a proyectos por toda España, sin saber dónde estaría dentro de seis meses.
Ninguno podía pedirle al otro que cambiara su vida.
Y ninguno quería hacerlo.
Fernando esperó a que el Audi desapareciera entre el tráfico.
Entonces se colocó el casco y la cazadora de cuero negro.
-Gracias a ti, Martina- murmuró para sí.
Arrancó la moto y tomo la salida hacía la autovía de Madrid.
Ella condujo en dirección a Jaén.
Dos carreteras.
Dos destinos.
Y un recuerdo compartido que ninguno de los dos permitiría que el tiempo estropeara.
Porque hay historias que no terminan por falta de amor.
Terminan porque sencillamente, la vida pide cosas distintas a personas que se quisieron de verdad.
…
Cinco años después…
XXIII EXPO-OLIVA, MADRID
El recinto estaba lleno de luz blanca, stands de madera clara, olor a aceite recién abierto y conversaciones cruzadas en varios idiomas.
Hacía tiempo que Martina no iba a la exposición. Habían ido sus hermanos, se turnaban cada año. Ella no quiso. Inventaba excusas. Pero sí iba siempre a la EXPO- OLIVA DE JAÉN.
…
Fernando llegó con su equipo un poco antes de la inauguración oficial. No buscaba a nadie en concreto. Había perdido la costumbre de buscar.
Estaba revisando unos planos cuando oyó su nombre, dicho con naturalidad, como si el tiempo no hubiese pasado.
-Fernando
Levantó la mirada.
Martina estaba a unos metros.
No era la misma, pero tampoco era otra. Seguía teniendo esa forma de estar firme sin parecer dura. El pelo más recogido, la ropa más sobria, la mirada más tranquila. Más adulta.
Y a su lado un niño.
Pequeño, de unos cuatro años. Agarrado a su mano.
El golpe en su pecho no fue físico, pero casi.
Martina sonrió nerviosa. Tampoco evitó la mirada de Fernando.
-No sabía que estabas en este proyecto- dice ella.
Fernando asintió despacio.
-No lo sabía yo tampoco hasta hace nada.
Ella se acercó a abrazarlo.
-Me alegro e verte, Fernando.
-Yo, también.
Silencio.
No incomodo del todo.
Peor: reconocible.
El niño se soltó un poco de la mano de Martina y miraba hacía los stands, distraído.
-Es… mío- dijo ella antes de que él preguntara.
No añadió más, no hacía falta.
Fernando bajó la vista un segundo. Asintiendo.
-Ya veo.
Otra pausa.
Todo lo que podría haberse dicho en cinco años cabía ahí, pero no salía.
Martina respiró hondo.
-No funcionó con su padre. Se acabó hace tiempo.
Martina no se estaba justificando si no le contaba.
Fernando, la miró entonces de verdad, sin huir.
-Han pasado muchas cosas- respondió.
Ella asintió.
-Sí.
El niño tiró de su mano.
-Mamá, ¿quién es?
Martina tardó un segundo en contestarle tiernamente.
-Un amigo.
La palabra cayó entre ellos con una precisión quirúrgica.
Fernando no la corrigió.
Pero tampoco sonrió.
Unos minutos más tarde se separaron en medio del evento. Como dos profesionales. Como desconocidos que saben demasiado uno del otro.
Pero cuando él volvió la vista, la vio agachada hablando con el niño, ajustándole la chaqueta.
Fernando entendió en ese preciso instante, algo simple y definitivo.
No es que ella siguiera su vida, es que la vida la llevó lejos de cualquier versión en la que él pudiera encajar.
…
Más tarde, en el pasillo lateral de la exposición, el ruido del pabellón quedó amortiguado detrás de una puerta de cristal, ahí olía menos a aceite y más a café y moqueta, tostadas y desayunos.
Fernando estaba en una mesa sentado desayunando y ella llegó sola. Había dejado a su hijo con su Nani en el stand.
Este encuentro no llevaba niño.
Se miraron un segundo largo y ella se sentó frente a él.
-No quería hacer esto delante de todo el mundo Fernando- dijo ella que le había enviado un mensaje para quedar allí.
Fernando negó suavemente.
-Está bien así.
Un silencio breve quedó entre ambos.
Martina cruzó los brazos, no como defensa, mas bien como forma de sostenerse.
-Se llama Lucas.
Fernando asintió, aunque ya lo sabía.
-Tiene… cuatro.
-Cinco- corrigió ella con una leve sonrisa cansada- Los ha cumplido hace poco.
Ese pequeño detalle lo colocó todo en su sitio.
Cinco años exactos.
El tiempo encajaba demasiado como para ser una casualidad.
Fernando tragó saliva.
-Es tuyo.
Directo. Sin adornos.
Fernando no respondió de inmediato.
Parpadeó una vez.
Lento.
Como si la frase necesitara asentarse.
-¿Mi hijo?- preguntó por fin, no porque no lo hubiese entendido, sino porque necesitaba oírlo salir de su boca otra vez.
Ella asintió.
-Sí.
El silencio esta vez, sí fue incómodo.
La cafetería siguió igual, alrededor, pero para ellos bajó el volumen del mundo.
Fernando tragó saliva.
-Martina…
-Lo siento. En su momento no lo te lo dije.
-¿Cuándo pensabas decírmelo? ¿Nunca?
-No, sabía que algún día tendría que decírtelo. La vida siguió y lo supe dos meses después de despedirnos. Y todo estaba demasiado lejos. Sé que esto no es excusa, pero no quería que cambiaras tu vida.
Él se pasó una mano por la cara, como si necesitara sostenerse.
-Cinco años.
-Cinco- confirmó ella.
-Y Lucas sabe…
Martina niega.
-Sabe que tiene padre. Pero no sabe que eres tú. Era pequeño para entenderlo.
Eso le atravesó el pecho más que el resto, más que el hecho de no saberlo.
Fernando la miró de frente.
-¿Por qué ahora?
Ella le sostuvo la mirada.
-Porque hoy te he visto con él y porque ya no tiene sentido ocultarlo. Y porque me da miedo que lo descubra mal. Mi familia lo sabe.
Fernando asintió como si cada una de las palabras que pronunciaba le pesara.
-Quiero verlo de nuevo.
No era una petición romántica. Era algo más básico.
-Eso no es solo decisión tuya.
-Lo sé .
-El ruido del bar volvió a ocuparlo todo menos su mesa.
Martina respiró hondo.
-No lo voy a poner de golpe en tu vida, pero tampoco voy a negártelo.
Fernando asintió.
Por una vez en cinco años, no había despedida.
Había una consecuencia.