La dama de la carretera CAPÍTULO X
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CAPÍTULO X

Las semanas siguientes, fueron un constante ir y venir entre Madrid y Jaén.

Los viernes, al terminar al jornada Fernando cogía la moto o el coche y bajaba a Jaén. Pasaba el fin de semana con Lucas siempre que Martina se lo permitía.

A veces merendaban, otras iban al parque o daban un paseo por el centro o iban al cine al centro comercial. Poco a poco el niño dejo de verlo como el amigo de mamá, y empezó a esperar que llegara el viernes.

Entre semana seguía trabajando, pero cada vez viajaba más a Andalucía. Su padre había tomado una decisión.

-Vamos a abrir el estudio en Jaén.

Buscaron un local céntrico y luminoso. Lo reformaron con calma, sin prisas. Fernando supervisó cada detalle. Al mismo tiempo alquiló un piso a pocos minutos de allí. Era sencillo pero suficiente de momento para empezar una nueva vida. Y vendió el suyo de la Gran Vía, pero guardó ese dinero.

No le dijo nada a Martina.

No quería que se estaba mudando para presionarla o para irrumpir en su día a día. Quería que cuando ella lo supiera, todo estuviera hecho.

Sin promesas.

Sin palabras bonitas.

Solo hechos.

…

Durante casi tres meses siguió viviendo entre dos ciudades, Madrid iba quedando atrás mientras el estudio de Jaén tomaba forma.

El día que colgaron el rótulo en la fachada y las llaves del piso descansaron definitivamente en su bolsillo, respiró hondo.

Aquella vez, durmió por primera vez en Jaén, sabiendo que ya no estaba de paso.

Ahora, solo quedaba contárselo a Martina.

…

El domingo llegó con esa calma rara de los días importantes, como si el tiempo bajara el volumen.

Fernando abrió el estudio un poco antes de la hora acordada. No era un despacho grande no ostentoso, pero estaba cuidado y tenía otros dos para dos arquitectos más que había contratado, una pequeña recepción, una cocinita y una sala de reuniones pequeña en una planta baja.

Tenía luz natural y estaba muy cuidado, reformado y pintado, con grandes ventanales, planos en las mesas, maquetas a medio terminar en la sal de reuniones, litografías en las paredes, café recién hecho que él aun no había tocado todavía.

Querían que lo vieran así.

Vivo.

Real.

A las once en punto sonó el timbre.

Martina apareció primero, con ese paso suyo seguro pero contenido, como si siempre estuviera midiendo lo que siente antes de dejarlo salir.

Y detrás de ella venia su hijo, mirando todo con esa mezcla de curiosidad y respeto que tienen los niños cuando entran en un sitio nuevo importante.

Fernando tardó un segundo en reaccionar. No por sorpresa, sino por ese nudo silencioso que le apretaba cada vez que los tenía delante juntos.

-Este es el estudio- dijo al fin, más bajo de lo habitual.

El niño miro alrededor sin decir nada, deteniéndose en los planos grandes de la pared.

-¿Tú haces esto?- preguntó al final, señalando una maqueta del cortijo entre los olivos.

Fernando asintió.

-Exacto. Yo hago eso.

Martina no habló. Se quedó un paso atrás, observando más a Fernando que al espacio. Como si buscara en él algo que todavía no terminaba de encajar del todo.

El niño avanzó hacia la mesa de trabajo y tocó con cuidado una maqueta.

-Parece un juego.

Fernando sonrió apenas.

-Un juego serio.

Hubo un silencio cómodo durante unos segundos, de esos que no pesan pero tampoco son ligeros.

-Lo has hecho por él, te has mudado…

-Lo he hecho por ti también. Debía hacerlo hace cinco años, pero hace cinco años, había pocos proyectos aquí. Y tengo dos arquitectos más que podré enviarlos a lugares más lejos. De Andalucía.

-Gracias- dijo ella bajando la mirada.

-Te dije que quería conocer a mi hijo, quiero que me diga papá, sé que no soy un hombre de decir, pero hago.

-Ella sonrió.

-Eso no lo dudes- dijo en tono erótico- y él se la quedo mirando.

-He hecho cuanto estaba en mi mano.

-Lo sé de sobra y tu hijo te lo va a gradecer. Porque te quiere. No para de hablar de su padre.

-Pero quiero que me llame papá.

-Si se lo dices, estará encantado. Esto es precioso Fernando. ¿Serás feliz aquí?

-Espero serlo. Recuperaré a mi hijo y…

-Y…

-Y si me dejas, a ti también. Ya no somos críos.

-Nunca lo fuimos.

-No, eso es verdad.

-¿Y dónde vives’

-Al lado es un piso alquilado. Vendí el de la Gran Vía. Si tengo que ir, está la casa de mis padres. Ya veré comprarme aquí uno. Venga vamos a verlo, tiene dos garajes.

Y estuvieron viendo el piso, modesto, de tres dormitorio, uno para el chico, el suyo y el otro un despacho con mesa de dibujo.

-Está bien, Fernando. Es céntrico.

-Más adelante me compraré uno. La empresa la ha puesto mi padre. Una sucursal. Si hay proyectos me los envía y los que tenga aquí, tengo página web.

-Me encanta.

-A mi también me encanta- dijo Lucas.

-Papá.

-¿Puedo llamarte papá?

-Soy tu papá, deberías hijo.

Y se abrazó a su larga pierna y él lo cogió en brazos y lo besó.

-¿Vamos a comer?

-¿Nos vamos al cortijo mamá?

-Tendremos que llevarnos comida. Allí habrá bebidas y fruta. Tus juguetes y tu bici, bandido.- y Lucas se reía.

-Quiero bañarme en la piscina.

-Nos vamos al cortijo venga. Cógete un bañador Fernando.

-Compramos algo de paso.

-Sí.- dijo ella.

Fernando tenía muy buenos recuerdos del cortijo y de esa piscina y ambos lo sabían.

Estuvieron comiendo, bañándose antes de comer. Y él pequeño jugaba con su bici.

Cuando estaba derrotado, ella lo echó en el sofá de la sala.

-Voy a darme un chapuzón. Te ayudo a recoger antes.

-Voy contigo.

Mientras estaban en al agua…

-¿Cómo fue el parto?

-La verdad rápido y bueno. Y es un niño encantador.

-Ya veo. Lo sé. Pide permiso hasta para llamarme papá.

-Impones.

-¿A ti también te impongo?- se atrevió Fernando.

-Y me pones.

-¡Joder Martina, mira donde estamos y cómo estoy! Desde que te he vuelto a ver, no puedo hacer nada con ninguna.

-Lo sé ¿y qué?

Y él se acercó a ella.

-¿Cuánto tiempo sin sexo?

-Cinco años.

-No puedo creerlo.

-Créelo. No hubo otro desde que te conocí.

-¡Joder con mi Dama!

-¿Y tú?

-Cinco años, pero ya sabes que no soy de rollos y soy selectivo.

-No quiero saberlo.

-Con protección, no como contigo. Tienes las tetas más grandes.

-Dale las gracias a tu hijo.

-Se las daré-y se acercó a ella como pidiendo permiso, pero ella se lo dio. Fernando era superior a ella.

El abrazo fue un nuevo comienzo.

Fuerte.

Emotivo.

-Vamos nena. No quiero que llores. Estoy aquí y no pienso irme a ninguna parte. Por los dos. Eres la única mujer de la que me he enamorado en mi vida. Y ya me cuesta decir eso.

-Fernando…

-Es cierto.

Y se besaron.

Lento.

Más rápido.

Apasionado.

Él estaba duro y ella lo sabía. Se quitó el bikini. Lo deseaba dentro de su cuerpo deshabitado por tantos años…

-Buff Martina, no voy a durar nada.

-No te lo he pedido. Quítate eso y no grites demasiado alto.

Y el sonrió. Y todo volvió al pasado. Antes de lo que pensaba. Sin que le costara tanto como creía.

-Porque ella también lo amaba. Siempre fue suya.

Conteniendo los gritos que tendrían algún día.

Más de uno.

Y allí en la piscina donde tantas veces se le venían a mente a Fernando tuvieron el primer orgasmo de su nueva vida.

Ahogando gritos y gemidos. Penetrándola como siempre. Libre.

…

Dos meses después estaba viviendo con ellos. Había visto de nuevo a su familia. Y a veces, dejaba al chico con la abuela y se iban al cortijo.

Eran felices. Ahora Fernando hacía y decía.

Y decía que lo había cambiado.

Con el tiempo, su estudio fue en auge. Porque era bueno.

Volvieron a coger la moto, a ir a concentraciones. No siempre. Por el pequeño.

La gente los reconoció.

-Ey ahí está la Dama de la Carretera.

Y la querían.

A veces llevaban una moto u otra al cortijo y montaban a Lucas encantado con las motos. Despacito.

…

Tres años después de llegar Fernando ya tenían a su hija Alba, se habían casado en una boda en Jaén por todo lo alto. Más por hacer feliz a sus padres. En el Castillo. Una boda preciosa.

Un amor.

Dos hijos.

Dos cruces de caminos.

Un cortijo del que estaban enamorados.

Y una sola Dama.

La Dama de la Carretera.

Eran felices cuando cogían las motos e iban a cualquier rinconcito un día.

Solos.

El viaje corto, la carretera sin fin.

La felicidad al alcance de la mano.

Sin caminos cruzados.

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