CAPÍTULO VI
A las cuatro de la tarde, el calor empezaba a dar una tregua, los participantes se reunían junto al arco de salida mientras la organización llamaba a los moteros por grupos.
-Grupo quince… Preparados.
Martina se coloco el casco y arrancó su Kawasaki. El ronroneo del motor le dibujo una sonrisa. Aquello era lo que más le gustaba: la carretera, el viento y la libertad.
Un voluntario levantó al mano.
-¡Grupo dieciséis!
Víctor avanzó con su moto hasta la línea de salida. Miró alrededor sin demasiado interés mientras esperaba la señal.
Entonces, por un ajuste de la organización, un monitor se acercó.
-Vamos a mezclar los grupos para que no haya tanta separación.. Tú, con la moto Negra, ponte detrás de la Kawasaki negra y verde.
Fernando obedeció.
No podía ver el rostro de la motorista. Solo la moto igual que la de Martina y la coleta que le salía debajo del casco. Y sobre todo al pequeña pegatina de la aceituna en la maleta lateral.
Era demasiada coincidencia. Pero ya no pensó más.
El monitor dio la salida.
Las motos comenzaron a rodar.
Martina disfrutaba curva con la suavidad de quien lleva miles de kilómetros sobre dos ruedas. De ve en cuanto miraba el retrovisor. La moto que iba detrás mantenía siempre la misma distancia, sin agobiarla, con una conducción elegante.
-Conduce bien… pensó.
Fernando también la observaba.
Aquella forma de inclinar la moto…
La manera de levantar la mano para saludar a los moteros que venían de frente.
Había visto estos gestos antes.
Su corazón empezó de nuevo a acelerarse.
No podía ser…
La ruta hizo una parada en un mirador sobre el río, las motos fueron aparcando una tras otra.
Martina bajó primero, apagó el motor y comenzó a quitarse los guantes.
Fernando aparcó justo detrás.
Se quitó el casco.
Ella aún estaba de espaldas.
Respiró hondo.
-Martina…
Ella se quedó inmóvil.
Reconocería aquella voz entre miles.
Cerró los ojos un segundo antes de girarse lentamente.
Los dos quedaron frente a frente, rodeados por decenas de moteros que seguían hablando sin prestarles atención.
Había pasado exactamente un mes desde la feria de Madrid.
Y por un instante, ninguno de los dos tenia una multitud que los empujara a seguir caminando. Solo el silencio… y todo lo que aun quedaba por decir.
Martina lo miró unos segundos a los ojos.
No sonrió.
Pero tampoco apartó la vista.
-Hola, Fernando.
Él dejó el casco sobre el asiento de la moto.
-Hola.
El silencio volvió a instalarse entre los dos, alrededor, otros moteros hacían fotos al paisaje o comentaban la ruta ajenos a lo que ocurría.
-No esperaba encontrarte aquí.
-Yo tampoco.
Martina cruzó los brazos.
-Andalucía es grande.
Y aún así, siempre acabamos coincidiendo.
Ella dejó escapar una leve sonrisa, tan breve que casi pasó desapercibida.
-Eso parece.
Fernando dio un paso sin invadir su espacio.
-¿Sigues teniéndome bloqueado?
Martina lo miró directamente.
Sí.
Él asintió.
-Me lo merezco.
No hubo reproche en su voz, solo aceptación.
-No voy a pedirte que me desbloquees. Solo quería saberlo. Porque te juzgué sin conocerte. Creo que te he pedido perdón suficiente, como me lo he pedido a mí.
-No te he perdonado todavía.
-No hace falta, Martina. Espero que te vaya bien.
Fernando dio por concluido, lo que quiera que fuese que tuvieran, apenas dos ratos de sexo.
Y pese a que le doliera en el alma y que esa mujer lo descolocara, no iba a insistir más.
Era orgullosa y su tiempo era oro. Tenía ya treinta y cinco años y no iba a esperar que ella tardara años sin perdonarlo.
Al carajo, como decían en Sevilla. De todas formas, eso no llevaba a ningún lado.
Así que se puso el casco y se retiró de ella que se quedó allí plantada y se fue con su grupo.
Y allí lo vio con algunas chicas, entre ellas una que lo besó en los labios. Se hicieron fotos y Martina se quedó con ganas de llorar a mares.
Arrancó la moto y se fue a Jaén, a su casa.
Llegó de noche. Se dio una ducha y se durmió llorando porque le gustaba tanto… había sido demasiado tiempo.
Demasiado perdón.
Y eso un hombre como Fernando, por muy educado que fuese y paciente. Había llegado a su límite.
Y ella lo había perdido.
Y comprendió que si lo hubiese desbloqueado en la feria. Ahora todo sería diferente.
Le dio al botón de desbloqueo.
Pero él no la llamó.
Ni un mensaje.
Ni un semana.
Ni un mes.
Ni dos meses.
…
Cinco meses.
Cinco meses desde aquella concentración de Sevilla.
Cinco meses desde que Fernando, cansado de pedir perdón, le dijo simplemente:
-Sé feliz Martina. Que te vaya bien la vida.
Ella lo había visto marcharse entre risas con su grupo de amigos. Una chica le dio un beso antes de ponerse el casco.
Martina sintió un nudo en el estómago que aún le dolía cuando lo recordaba como ahora. Pero ya era tarde. Se marcho hacía Jaén Llorando dentro del casco.
Aquella misma noche lo había desbloqueado y había esperado, meses y nada.
Y poco a poco comprendió que había aceptado su despedida.
…
La vida siguió.
La fábrica de aceite atravesaba uno de sus mejores momentos. Los contactos conseguidos en Madrid habían abierto nuevos mercados y Martina estaba completamente volcada en el trabajo. Sus hermanos bromeaban diciendo que vivía más entre olivos que en casa.
Pero algunas noches, antes de dormir, abría el móvil.
El wasap seguía ahí.
Vacío de él.
Sin un solo mensaje nuevo.
…
A más de trescientos kilómetros, en Madrid, Fernando recibió una noticia inesperada.
Su padre se acercó a su despacho.
-Tenemos un proyecto importante en Jaén. Rehabilitación de un antiguo edificio para convertirlo en sede de varias empresas. Durará unos seis meses.
Él sonrió.
-Perfecto, buscaré un piso allí. Cerca del edificio. Si me das todos los datos… y el padre de dejó una gran carpeta encima de la mesa.
-El mes que viene.
-Perfecto. Me queda medio mes. Y medio para acabar el proyecto que tengo entre manos.
-Termínalo antes. Diez días.
-Papá…
-Tú puedes.
-Está bien, trabajaré el fin de semana.
No pensó en Martina.
Bueno… sí pensó durante unos segundos.
Después cerró aquella puerta en su cabeza.
Había iniciado su vida después de Martina. No tenía chica fija pero sí que se había acostado con tres al menos. Como antes de conocerla. Y ninguna era como ella.
…
Dos semanas después…
Sábado. Ya estaba instalado en Jaén.
Centro comercial Jaén Plaza.
-Fernando empujaba un carrito lleno de cosas para el apartamento: una cafetera, sábanas, un juego de platos, una lámpara de pie y varias plantas pequeñas.
Parecía un arquitecto intentando decorar un hogar provisional.
Salió de la tienda mirando el recibo.
Al levantar la cabeza…
El tiempo se detuvo.
A unos veinte metros.
Martina.
Vaqueros claros.
Top blanco sin mangas.
Gafas de sol sobre el pelo.
Varias bolsas en las manos.
Ella también levantó la vista.
Los dos se quedaron completamente quietos.
No esperaban encontrarse ni de lejos.
No allí.
No así.
Martina fue la primera en reaccionar.
Camino despacio hacía él.
-Hola… Fernando.
Él sonrió con una tranquilidad que ella no recordaba.
-Hola, Martina..
Silencio.
-¿Qué haces en Jaén?
Fernando levantó ligeramente unas bolsas.
-Me han destinado aquí unos meses. Un proyecto.
Ella abrió mucho los ojos.
-¿Aquí?
-Sí, he alquilado un piso cerca del centro.
Martina soltó una pequeña risa nerviosa.
-Vaya… pues… bienvenido.
-Gracias.
Otro silencio.
Ninguno sabía cómo despedirse.
Fernando dio un paso para continuar su camino.
Entonces escucho su voz.
-¡Fernando!
Se volvió.
Martina respiró hondo.
-Aquella vez… en Sevilla…
Bajó la mirada.
-Fui muy orgullosa.
Él esperó.
-Debí perdonarte cuando me pediste perdón… no cinco meses después.
Fernando la observó unos segundos.
No había reproche en sus ojos.
Solo calma.
-Ya pasó, Martina.
Aquellas tres palabras le atravesaron el pecho.
Porque entendió algo que hasta ese instante no había querido aceptar.
Él ya no estaba esperándola.
Y por una vez desde que se conocieron, fue ella quién sintió miedo de perderlo para siempre.
Y mientras Fernando retomaba el camino con el carro, Martina se quedó inmóvil, viendo como se alejaba.
Sin embargo, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Esta vez…, no iba a dejar que el orgullo decidiera por ella.
…
Esa misma noche ella le envió un mensaje.
-Hola Fernando. ¿Qué haces mañana?
-Pues pensaba descansar y ver los planos. Empiezo el lunes.
-¿Te apetecería ver una fábrica de aceite de cerca?¿Cortijo y tierras incluidos? Por supuesto te invito a desayunar antes.
Fernando dudó. ¿Era un perdón de su parte que no necesitaba o era en son de paz?
-Está bien, me apetece salir después de estos días de colocar todo. ¿Moto o coche?
-¿Te has traído la moto?
-Son seis meses Martina. No puedo dejar a mi niña seis meses sola. El coche también.
Y ella rio.
-Pues moto entonces. Te mando la ubicación. ¿A las diez te parece bien?
-Perfecto, que descanses.
No le dio tiempo a más.
Y ella colgó ante su respetuosidad.
-Tenía que ganar lo perdido, a no ser que estuviese con otra.
Y entonces envió un último mensaje.
-Si tienes alguna chica olvida la invitación.
-Estaré a las diez- dijo él.
Y no supo por qué, eso le encantó. Aunque sabía que podía haber tenido sexo. Ella no lo tuvo.
A las diez en punto, Fernando estaba en el portal del recinto de casitas dónde ella vivía.
Se quitó Fernando el caso poniendo la moto al lado de la suya.
-¿Vives aquí?
-Sí, me encanta. A la vuelta te enseño mi casa. Es un recinto privado y cerrado. Tenemos piscina individual y pádel comunitario. Son 20 casas independientes. No demasiado grandes, pero me encanta. Dos garajes y en la entrada garajes abiertos para visitantes.
-Me gusta el sitio.
-¿Desayunamos?
Estoy muerto de hambre.
-¿Ves aquella cafetería a la salida?, antes de salir a la carretera. Aparcaremos allí. Las tostadas con jamón y tomate son las mejores.
-Vamos.
Aparcaron las motos y entraron en la cafetería.
-¿Qué hay Paco?
-Buenos días mi niña, ¿a quién me traes? Siempre vienes sola.
-Un motero amigo mío de Madrid. Fernando.
-Bienvenido a Jaén- le dijo Paco mirando ese tipo tan grande.
-Gracias. ¿Por placer o trabajo?
-Lo segundo. Unos meses.
-Es arquitecto.
-¿Lo de todos los días Martinilla?
Y ella se rio.
-Sí.
-¿Y al madrileño qué le ponemos?
-Igual que a ella.
-Vamos a sentarnos.
Y se sentaron frente a frente.
-¿Cómo te ha ido estos meses?
-Bien, Martina, trabajo y salir en moto.
-¿Chicas?
-¿Celosa?
-Quizá.
-¿La Dama de la Carretera?. No lo creo. Ya sabes que relaciones largas no tengo, alguna noche, sí las ha habido.
Y ella sí que sintió celos.
-¿Y tú?
-Nada desde Ciudad Real. No he querido.
-Bueno y ¿qué has venido a hacer?
Y él le explico lo que iban a hacer, el edificio y los locales. Creo que serán cinco meses, si no se retrasa.
Paco les puso el desayuno.
-¿Tú sigues en tu fábrica?
-Sí, claro. Hoy estará el guardia. Y un par de chicos nada más. Por si vienen a comprar.
Espero que te guste.