CAPÍTULO V
El tercer día de la exposición, Madrid amaneció envuelta en un cielo que amenazaba lluvia. Martina llegó temprano al recinto. Como siempre impecable: traje color azul marino, blusa blanca y un pañuelo de seda anudado al cuello.
Desde primera hora, atendió a distribuidores y compradores con la seguridad que la caracterizaba de quien lleva media vida entre olivos.
Fernando la vio desde el otro extremo del pabellón.
No se acercó.
Había entendido que insistir demasiado solo conseguiría que ella volviera a levantar un muro. Así que se limitó a pasar cerca del stand cuando el trabajo lo llevaba por allí.
A mediodía Martina salió unos minutos a tomar el aire. Necesitaba despejarse.
-¿Qué tal las ventas?- preguntó a su espalda una voz.
Se giró.
Fernando sostenía dos cafés.
-No te preocupes, este no es un soborno. El otro es para mí.
Martina lo miró unos segundos.
-Entonces puedes quedarte con los dos.
Él sonrió.
-Ya imaginaba esa respuesta.
Dio un sorbo al suyo y se quedó a su lado, apoyado en la barandilla, mirando el ir y venir de la gente.
-Hoy no voy a pedirte que comamos juntos.
-No importa.
-Despacio, pero aprendo.
Ella no pudo evitar sonreír de lado.
Fue apenas un instante, pero Fernado lo vio.
-Eso ha sido una sonrisa.
-No te emociones. Igual me estaba acordando de otra cosa.
-Déjame vivir de ilusión, mujer.
Martina negó con la cabeza.
-Eres imposible.
-Eso dicen en el bufete.
Durante unos minutos, hablaron de aceite, de arquitectura y de motos. Nada personal.
Ni una palabra sobre teléfonos.
Ni sobre Ciudad Real.
Cuando regresaban al pabellón, una señora mayor, tropezó con el borde de una alfombra. Martina enseguida reaccionó, pero Fernando llegó un segundo antes y la sujetó para evitar que cayera.
La mujer les dio las gracias con una sonrisa.
-¡Qué bonita pareja hacéis!
Los dos se quedaron completamente inmóviles.
Marina fue la primera en reaccionar.
-No somos pareja
-Todavía no…- murmuró la mujer comuna sonrisa pícara antes de alejarse.
-Como digas una sola palabra…
Él levantó las manos.
-Ni se me ocurriría.
Pero mientras entraban a la feria, ambos llevaban una sonrisa que ya no pudieron esconder.
Y algo dejó de ser incómodo entre ellos. Empezaba a parecerse a lo que hay ente dos personas que aún tienen muchas cosas por descubrir.
La tarde del tercer día fue aún más intensa que la mañana.
El stand de la almazara de Martina era tan atrayente que no dejó de recibir visitas. Un importador alemán quería exclusividad para uno de sus aceites premium. Una cadena de tiendas gourmet francesa pidió una cata privada para el día siguiente.
Martina se movía con soltura entre reuniones, cifras y degustaciones. Era evidente que no estaba allí por ser la hija del dueño.
Dominaba el negocio.
Desde un pasillo cercano, Fernando la observó unos segundos.
-Así que esa era la famosa Martina… comento uno de los expositores madrileños, en concreto su amigo el arquitecto al que le estaba haciendo un favor esa semana.
-Sí.
-Tiene carácter.
Fernando sonrió.
-Más del que imaginas.
Al terminar al jornada, los altavoces anunciaron el cierre.
Martina guardó los últimos catálogos y cerró el ordenador portátil. Soltó un suspiro largo.
-Día terminado
-¿Seguro?- pregunto una voz conocida.
-Levantó la vista
Fernado esperaba a unos metros con las manos en los bolsillos. No invadía su espacio. Solo la esperaba.
-¿Qué pasa ahora?
-Nada voy hacía la Gran Vía.
-¿Quieres que le acerque como ayer?
-Si puede ser, si no tomo un taxi.
-Puede ser, claro.
Salieron juntos del recinto y él hizo alusión a su coche.
-Me gusta.
-¿Qué tienes tú?
-¿Un BMW.
-¿Te pega?
-Sí, es un coche de hombres...
-¡Qué tonto eres…! Y él se rio.
En el corto viaje, hablaron de todo un poco, de lo que hacía él en el stand, de ayudar a un amigo.
Y cuando lo dejó antes de meterlo en el parquin del hotel, le dijo:
-Fernando…
Él se volvió.
-Gracias…por no insistir.
Él sonrió con serenidad.
-Creo que empiezo a entender como funciona la Dama de la Carretera.
Al subir en le ascensor, tras aparcar el coche, Martina se sorprendió pensando que, si él seguía así, quizá llegaría el día en que lo desbloquearía.
No hoy.
Ni mañana.
Pero por primera vez, la idea ya no le parecía imposible.
…
La semana pasó deprisa.
Entre reuniones, catas, contratos, Martina cerró dos acuerdos importantes para la fábrica familiar.
Sus hermanos la llamaban cada noche y su padre.
-Sabíamos que ibas a hacerlo muy bien- decía su hermano mayor Luis.
Ella sonrió.
-Ahora dejadme descansar cuando vuelva.
Durante esos días Fernando no volvió a pedirle un café.
Ni una cena.
Ni siquiera que lo desbloqueara.
Coincidían por los pasillos, hablaban diez minutos cuando podían y, alguna tarde, ella lo acercaba al hotel.
Sin prisas.
Sin expectativas.
Algo estaba cambiando.
No era confianza todavía.
Pero ya no había desconfianza.
El domingo a las doce y media, los altavoces anunciaron el cierre de la exposición.
Los expositores comenzaron a desmontar los stands.
Las cajas sustituían a las botellas perfectamente alineadas.
Los pasillos iban quedándose vacíos.
Martina cerró el último embalaje mientras los chicos lo llevaban todo a la furgonetas y ella firmó la recogida de la mercancía.
-Se acabó.
-Se acabó- repitió Fernando que había aparecido con dos botellas de agua.
Ella acepto una.
-Gracias.
-Se quedaron mirando el pabellón casi vacío.
-¿Cuándo vuelves a Jaén?
-Esta tarde. En cuando pase por el hotel, me doy una ducha, descanso media hora y comeré por el camino cuando salga de Madrid.
-Buen viaje.
Parecía que todo iba a terminar así.
-Tengo un regalo para ti. Por los cafés.- dijo ella
-¿Ah sí?
Y le regaló una garrafa de aceite de cinco litros.
-¿En serio?
-No voy a arruinarme Fernando.
-Muchas gracias. Ninguna mujer me ha regalado aceite.
Todo acaba.
Sin grandes declaraciones.
Sin besos.
Sin promesas.
Entonces Fernando dejó el aceite en el suelo y metió la mano en el bolsillo de la americana.
Ella lo miró con cierta prevención.
Él sacó una pequeña tarjeta.
-No es mi teléfono.
Martina levantó una ceja.
-Es la dirección de mi estudio de arquitectura… y mi correo profesional. Como sigues teniendo e bloqueado, si algún día necesitas algo… o simplemente te apetece hablar, ya sabes dónde encontrarme.
No hizo ademán de acercarse más.
Simplemente dejo la tarjeta sobre una de las cajas de cartón de aceite.
-No tienes que cogerla.
Y se marchó.
Sin esperar respuesta.
Martina permaneció inmóvil unos segundos.
Miro la tarjeta.
Después el pasillo por el que Fernando acababa de desaparecer.
La cogió despacio y la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
No significaba que fuera a escribirle.
Solo significaba que por primera vez, desde lo que pasó en Ciudad Real, ya no quería perder la posibilidad de hacerlo.
Y, sin saberlo ninguno de los dos, ese pequeño gesto valía mucho más que un número de teléfono desbloqueado.
…
El bullicio de la feria de Madrid, ya era un recuerdo.
Martina había regresado a Jaén. El lunes directamente a la fábrica. Apenas cruzó la puerta, sus dos hermanos la recibieron con una sonrisa.
-Lo has bordado.
Los números hablaban solos. Habían cerrado acuerdos con nuevas cadenas de gourmet, conseguido varios distribuidores en el norte de España, algunas importaciones de gran calado y vendido más aceite del previsto.
Su padre orgulloso, levantó una botella de la mejor cosecha.
-Esta vez el mérito es tuyo.
Ella sonrió con esa mezcla de satisfacción y modestia que la caracterizaba.
Durante las siguientes semanas volvió a su rutina: reuniones, nóminas, contabilidad, pagos, compras que les pasaban su hermanos, visitas a olivares para salir a airarse, catas de aceite…
y, cuando llegaba el viernes, ponerse al día de esa semana, desaparecía con su moto por alguna carretera de Andalucía.
No volvió a pensar demasiado en Fernando.
O, al menos eso intentó..
Su número seguía bloqueado.
Más de una noche abrió su lista de contactos, dejó el dedo sobre su nombre y estuvo a un segundo de pulsar “desbloquear”.
Nunca lo hizo.
…
En Madrid, Fernando tampoco encontraba paz.
Trabajaba en el estudio de arquitectura de su familia en un proyecto nuevo, visitaba obras, firmaba otros proyectos… pero cada vez que veía una moto blanca y verde parecida a la de Martina, giraba la cabeza.
Había escrito decenas de mensajes que nunca puso enviar.
“Perdón”
“¿Cómo estás?”
“Solo quiero tomar café”
Todos acababan borrados.
Una tarde incluso abrió el contacto de Martina.
Su dedo quedó suspendido en la pantalla.
-Vamos, hazlo…
Pero recordó la frialdad con la que ella se había marchado de la feria.
Cerró el móvil.
Si quiere volver a verme… será ella.
Mentía.
Sabía perfectamente era él el quien deseaba verla.
…
Un viernes por la tarde, uno de sus amigos moteros, llamó al grupo.
-¡Sevilla! Concentración en el polígono Industrial La Negrilla este fin de semana. Música, ruta, exhibiciones y más de mil motos. Hay dos restaurantes a tope al lado, terrazas.
Fernando respondió casi sin pensar.
-Voy.
Mientras tanto, en Jaén…
Uno de los trabajadores de la almazara dejó un cartel sobre la mesa de Martina.
-¿No vas a esta?- le dijo.
-¿Cuál?
La concentración de Sevilla.
Martina cogió el cartel.
Sonrió.
Hacía exactamente un mes que ni veía a Fernando.
No tenía ni la más mínima idea de que él también había decidido ir.
-Hace tiempo que no salgo a concentraciones- murmuró.
Miró por la ventana
Su Kawasaki descansaba esa mañana bajo el sol.
-Creo que ya toca saludar a todos.
La carretera , una vez más, estaba a punto de cruzar los caminos de la Dama de la Carretera y del arquitecto madrileño.
Pero ninguno de los dos imaginaba que el destino iba a ponerlos frente a frente de nuevo cuando menos preparados estaban. Y esta vez, no habría café de cinco minutos para esconder lo que sentían.
…
El sábado por la mañana, el rugido de miles de motores llenaban el recinto.
Harleys, BMW, Ducati, Honda, Yamaha, Triumph.
El olor de gasolina llenaba el aire.
Fernando acaba de aparcar con sus amigos.
Casi al mismo tiempo por la otra entrada, Martina apagó el motor de su Kawasaki y se quitó el casco.
Los dos estaban allí.
A menos de trescientos metros.
Sin saberlo.
El destino, paciente, parecía sonreír.
Porque esta vez no habría una feria, ni un café ni cinco minutos.
Solo una multitud… y una segunda oportunidad esperando el instante adecuado.
El sol de Sevilla ya calentaba el asfalto cuando la concentración alcanzó su punto álgido. El recinto era un hervidero de motores, chaquetas de cuero y conversaciones entre viejos conocidos.
Martina caminaba despacio entre los puestos de accesorios. Vaqueros, botas, camiseta blanca y una cazadora ligera sobre el brazo. Saludaba a la gente de otras concentraciones; la conocían como la Dama de la Carretera y la saludaban como:
-¡!Ey Dama, ¿Qué tal?, hace que no te vemos…
Ella saludaba y decía…
-Mucho trabajo ahora…
Y siempre charlaban o encontraba alguna sonrisa o saludo entre los moteros y se preguntaban entre ellos.
-¡Martina! ¿La ruta de Sierra Nevada la final la hiciste sola?
-Claro. ¿Con quién sino?- respondió riendo.
Al otro lado del recinto, Fernando observaba una Harley clásica restaurada. Sus amigos discutí cobre escapes y suspensiones, pero él estaba distraído.
Tenía una extraña sensación.
Como si aquél lugar escondiera algo más que motos.
En ese mismo instante, Martina se detuvo frente a un expositor de cascos.
Levantó un negro mate y se lo probó delante de un espejo.
Apenas unos metros más allá, Fernando salió del puesto de al lado con un café en la mano.
Los separaban menos de diez metros.
Ella dejó el casco.
Él dio dos pasos.
Un grupo de moteros pasó entre ellos riéndose y haciéndose fotos.
Cuando el grupo de apartó, ya Martina caminaba en otra dirección.
Fernando frunció el ceño. Había jurado ver esa cola de callo negra y larga que le resultaba demasiado familiar.
Giró la cabeza.
Nada.
-¿Vienes o qué?- gritó uno de sus amigos.
-Sí…ya voy.
Pero por primera vez en semanas, sintió que el corazón le latía demasiado deprisa.
Mientras tanto, Martina, ajena a todo, se sentó en una terraza del recinto con una botella de agua.
Observó el ir y venir de cientos de motos y sonrió.
-Qué paz… entre tanto ruido.
No sabía que, a apenas cincuenta metros, Fernando acababa de sentarse en otra mesa, de espaldas a ella.
El destino seguía jugando con ellos.
Pero no durante mucho más tiempo.
Porque esa misma tarde comenzaría la ruta organizada por los alrededores de Sevilla… y por un simple sorteo de salida, sus motores acabarían uno de tras de otro.