CAPÍTULO IV
Martina atravesó el pabellón con el teléfono en la mano, fingiendo leer algo que no le importaba. Lo hacía bien: lo de parecer concentrada cuando en realidad la cabeza estaba en otra parte.
Había sido breve. Café, charla, una disculpa.
Ella había escuchado sin interrumpir. Y no había respondido salvo que las palabras no se olvida
Ni reproche, ni perdón, ni alivio.
Solo un silencio largo, de esos que pesan más que cualquier frase.
Dijo lo que tenía que decir, claro y sincero. Porque si abría más la boca, se le escaparía algo que no quería nombrar.
Y ella no venia a Madrid a complicarse.
Venía a cerrar tratos.
A sobrevivir a ferias.
A no desviarse.
El stand la reclamó antes de que pudiera seguir pensando.
-Martina, los de la exportación están esperando- le avisó, uno de los chicos.
-Voy- dijo ella, automáticamente.
Y siguieron caminos diferentes.
Fernando, al stand de su compañero arquitecto.
El café ya estaba frío.
Su compañero lo miro de reojo.
-No te ha salido muy bien lo de “te invito y te conquisto”, ¿no?
Fernando soltó una risa breve, sin humor.
-No era eso.
-Claro que no.
-Se ha ido sin decir nada.
-Eso también es una respuesta.
Él no contestó.
Porque lo peor no era el silencio. Era la sensación de que ese silencio no era vacío… sino decisión.
…
Horas después, el palacio de Congresos empezaba a vaciarse.
Martina firmaba documentos, sonreía a clientes, respondía preguntas técnicas. Todo perfecto. Todo controlado.
Pero cada vez que levantaba la vista, sin querer buscaba algo.
O a alguien.
Y no estaba.
Ni una segunda mirada.
Ni una casualidad.
Ni una excusa.
Solo la feria cerrando, luces bajando, ruido apagándose.
…
En el aparcamiento, ya al final del día, Fernando salió con la carpeta bajo el brazo. Se detuvo antes de llegar a su BMW.
Miró hacia atrás.
El pabellón seguía iluminado
Y entonces lo entendió comuna claridad incómoda:
Martina no se había ido enfadada.
Se había ido igual que había llegado al café.
Sin dejarse agarrar.
Arrancó el coche.
Y mientras salía del recinto, no pudo evitar sonreír con ironía.
-Vale…- murmuró- Esto no ha terminado.
…
El segundo día de la feria del aceite, amaneció con el mismo bullicio de la inauguración.
El pabellón olía a aceite recién servido, café y trajes recién planchados.
Martina llegó antes de las nueve. Llevaba un traje color verde aceituna, el pelo recogido y una pequeña aceituna de plata prendida en la solapa.
Saludó a su gente, revisó la botellas de la nueva cosecha, repusieron los chicos las que faltaban y se habían vendido el día anterior y se dispuso a recibir las visitas del día.
Había decidido una cosa: si veía a Fernando, que era lo más probable, lo trataría con la misma educación que a cualquier otro visitante. Ni más. Ni menos.
A las once y media apareció.
No llevaba casco ni chaqueta e cuero, evidentemente. Llevaba un traje azul marino que le hacia parecer más arquitecto que motero.
Martina lo vio acercarse por el rabillo del ojo.
-Buenos días.
-Buenos días, Fernando.
Aquella distancia dolía más que cualquier reproche.
Él cogió un botella del expositor.
-¿Puedo probar el picual temprano?
Ella misma le sirvió, mirando a las chicas, como diciendo, yo le sirvo.
Ella eligió unas gotas y una rebanadita de pan, lo roció y con una servilleta, se lo dio a probar.
Fernando lo observó como si supiera realmente distinguir aromas.
-Sigue oliéndome a aceite.
Martina levantó una ceja.
-Menos mal. Me habría preocupado de que oliera a gasolina.
Él soltó una carcajada.
-Eso ha sido un golpe bajo.
Los arquitectos sois resistentes.
Por primera vez desde lo de Ciudad Real, los dos sonrieron al mismo tiempo.
En ese momento llegó un importador italiano.
-¿Señorita Moreno?
Martina cambio de registro al instante.
-Encantada. Pasen, por favor.
Durante casi veinte minutos, explicó variedades, cosechas, premios y exportaciones con una seguridad que dejo a Fernando impresionado.
No era la chica divertida que recorría España en moto.
Era una empresaria brillante.
Cuando terminó la reunión, él seguía allí a cierta distancia.
-No sabía que hacías todo eso tú.
-Hay muchas cosas que no sabes de mí.
La frase no sonó borde.
Sonó triste.
Fernando bajó la mirada.
-Lo sé.
Hubo un silencio incómodo.
-¿Comes aquí?- preguntó él.
Martina dudó apenas un instante.
-Sí… cuando puedo.
-Pues si coincidimos en la cafetería, prometo hablar solo de aceite. Estoy en un stand con un compañero. Donde están las herramientas y demás.
Ella lo observó unos segundo.
-¿Y de motos hablas?
-Solo si tú empiezas.
-Martina sonrió apenas lo suficiente para que él lo notara.
-Ya veremos arquitecto.
Se dio la vuelta para atender a otro cliente.
Fernando se marchó sin insistir.
Desde aquella discusión en Ciudad Real, ninguno de los dos sintió que el otro se alejaba.
Sino que, muy despacio, empezaban a recorrer el mismo camino otra vez.
…
A mediodía, la cafetería del recinto estaba llena. Ejecutivos con acreditaciones al cuello, periodistas, productores y compradores ocupaban todas las mesas.
Martina entró con la intención de comer algo rápido. Llevaba toda la mañana de pie y apenas había tenido un minuto libre ni había podido sentarse un minuto en su pequeño despacho. Abierto en el stand.
Miró alrededor.
Solo quedaba una silla libre.
Frente a Fernando.
Él levantó al vista al verla y sonrió con cautela y se la señaló.
Martina se sentó frente a él.
-Prometí hablar solo de aceite.
Martina dejó la bandeja sobre la mesa.
-Y yo prometí que ya veríamos.
Durante unos segundos los dos se concentraron en la comida, como si ninguno quisiera ser el primero en romper el silencio.
Al final fue Fernando.
-Ayer te pedí perdón… pero creo que me quedé corto.
Ella dejó el tenedor sobre el plato.
-No quiero pasarme la semana hablando de Ciudad Real.
Él la miró sorprendido.
-¿Eso significa…?
-Significa que estoy para trabajar. Y que no pienso estropear una buena feria por una concentración de motos.
Fernando respiró con alivio.
-Me conformo con eso.
La conversación cambio de rumbo.
Hablaron de la feria, de los visitantes extranjeros y de las ocurrencias de algunos compradores.
-Un señor me ha preguntado si el aceite de oliva se hace prensando aceitunas verdes o rellenando botellas con aceite de girasol y colorante.
Fernando soltó una carajada tan sonora que varias personas se giraron.
-No te rías, lo decía completamente en serio.
-¿Y qué le has contestado?
-Que si encontraba un olivo que diera botellas, le compraba toda la cosecha.
Esta vez se rieron los dos.
Era una risa limpia, sin tensión.
Cuando terminaron de comer, salieron juntos hacía el pabellón.
En la puerta, un periodista, los confundió con una pareja.
-Perdón, ¿una foto para la feria?
Los dos respondieron la mismo tiempo.
-No.
-Sí.
Se miraron.
Martina empezó a reír.
Nos hemos coordinado fatal.
El fotógrafo sonrió.
-Pues ahora sí que parecen una pareja.
Fernando levantó las manos.
-No le haga caso. Esta señorita solo me soporta cinco minutos al día.
Martina lo miro de reojo.
-Diez. Hoy has batido tu récord.
-¿Mañana puedo intentar llegar a quince?
Ella echó a andar hacía su stand sin responder.
Pero antes de perderse en los expositores, giró ligeramente la cabeza.
-No llegues tarde a comer, arquitecto.
Fernando se quedó inmóvil unos segundos.
Aquello no era una cita.
Pero tampoco era una casualidad.
Pero siguió hacía su stand con la sensación de que la semana de la feria podría cambiar muchas más cosas que un contrato de aceite.
Aquella tarde transcurrió entre reuniones, catas y tarjetas de visita. Todos ponían su grano de arena. No paraban.
Martina apenas tuvo tiempo para beber un vaso de agua. Cada vez que levantaba la vista, veía para a Fernando por algún pasillo del pabellón con algún cliente.
Él tampoco parecía buscarla de forma descarada. Cuando coincidían, bastaba con un gesto con la cabeza o una sonrisa breve.
Al cerrar al jornada, cerca de las siete, los expositores empezaron a recoger.
Martina guardaba unos folletos cuando escuchó una voz conocida.
-¿Necesitas ayuda?
Era Fernando.
La recogen los chicos, yo solo las carpetas y nada más. Toma estas.
Él las cogió sin protestar.
Mientras caminaban a la salida, la conversación volvió a ser ligera.
-¿Qué haces cuando no estás recorriendo media España en moto?- preguntó Fernando.
-Trabajar. Mi padre dice que los olivos no entienden de vacaciones.
-El mío decía que los planos tampoco.
Martina sonrió.
-Entonces hemos tenido infancias parecidas.
Al llegar a la puerta principal, el aire de la tarde, les dio un respiro después de tantas horas bajo la iluminación del recinto.
-¿Vas al hotel?- preguntó él.
-Sí.
-¿Taxi?
-He traído mi coche y ¿tú?
-Taxi.
-Venga te llevo, mi hotel está en la Gran Vía.
-¿En serio?
-Sí, en serio, vamos. Tardo diez minutos en dejarte. No tengo malas intenciones, solo te hago un favor.
Y le sonrió.
Martina lo observó unos segundos.
Como conduzcas igual que me dijiste en Ciudad Real, me bajo en el primer semáforo.
-Desconfiado- y sonrió.
Subieron al Audi de Martina.
Durante el trayecto, hablaron de Madrid, del tráfico y de las diferencias con las carreteras de Jaén.
Cuando llegaron al hotel, ella detuvo el coche frente a la entrada. Una calle más abajo vivía él.
Ninguno hizo ademán de bajarse.
-Gracias por traerme Martina.
-De nada. Mañana no esperes a que quede solo una mesa libre.
Fernando arqueó una ceja.
-¿Eso ha sido una invitación?
-No te emociones. Ha sido una sugerencia..
-Las sugerencias de la Dama de la Carretera no se discuten.
Ella negó con la cabeza divertida.
-Buenas noches arquitecto.
-Buenas noches, motera.
Martina metió el coche en el garaje del hotel y subió a su habitación con una sonrisa que llevaba demasiado tiempo sin aparecer.
Y Fernando mientras caminaba la Avenida abajo para volver a casa, comprendió que el verdadero viaje de aquella semana no estaba sobre dos ruedas, sino en recuperar la confianza de la única mujer que le había hecho desear bajarse de la moto para caminar a su lado.