La dama de la carretera CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

La primavera había dado paso al verano casi sin que Martina se diera cuenta.

Los olivos seguían allí, verdes e inmensos. Ahora los estaban sulfatando.

Y ellos abrazaban las lomas de Jaén como si llevaran siglos esperándola.

Por las mañanas dirigía la fábrica junto con sus padre y sus hermanos, cada uno su propia parcela.

Revisaba pedidos, hablaba con distribuidores y tomaba decisiones con una seguridad que sorprendía a quienes aún pensaban que con veintiocho años, era demasiado joven para dirigir una empresa familiar.

Pero los viernes al terminar la jornada, la directora desparecía.

Entonces, nacía la Dama de la Carretera.

El mono de cuero, el casco negro y verde, o negro o gris, dependiendo del traje que llevase ese día a juego con la mochila, con lo imprescindible y su moto. Sin destino fijo.

Un fin de semana amanecía contemplando el embalse del Tranco, en la Sierra de Cazorla. Otro desayunaba en una venta de la Serranía de Ronda, donde un camarero mayor, le decía:

-Niña, tú sola… tienes más valor que muchos hombres.

-No es valor. Es que me gusta la paz- respondía ella antes de ponerse el casco.

Recorrió la Alpujarra, con sus pueblos blancos, Cabo de Gata, la costa de Huelva, los pueblos blancos de Cádiz y carreteas interminables donde el único ruido era el del motor.

Y cada kilometro la alejaba un poco más el recuerdo de Fernando.

Su teléfono seguía bloqueado. Ni una llamada, ni un mensaje. Como si nunca hubiera existido.

En ese tipo de casos u otros, Martina no se lo pensaba dos veces. Sin Explicaciones sacaba a la gente de su vida.

…

Mientras tanto, en Madrid, Fernando vivía exactamente lo contrario.

Acudió a las concentraciones de motos importantes, convencido de que Martina aparecería.

No apareció.

En la segunda, un motero de barba blanca y barriga generosa, lo vio mirar una y otra vez hacía la entrada.

-¿Buscas a alguien?

-A una amiga.

-¿La Dama de la Carretera?

Fernando levantó al cabeza.

-Sí.

El hombre soltó una carcajada.

-Llegas tarde, hijo. Esa no se deja atrapar.

Los que estaba alrededor comenzaron a contar historias.

-Dicen que está dando la vuelta a España.

-¡Qué va! La ha contratado una marca de motos para probar modelos.

-Pues yo escuché que se enamoró de un pastor de las Alpujarras y ahora vive entre cabras.

Todos estallaron en carcajadas.

Todos menos Fernando.

Sonrió por educación, pero por dentro sintió un vacío que llevaba meses creciendo.

No la había perdido por falta de amor o conexión entre ambos, o química.

La había perdido por falta de respeto.

…

A finales de septiembre, cuando la campaña de aceite comenzaba a preparar la nueva temporada, el padre reunió a los hijos en el despacho.

-Este año quiero que vaya alguien de la familia a la Feria Internacional del Aceite de Madrid.

Los dos hermanos se miraron.

-Yo no puedo- dijo el mayor- Tengo cerrada una exportación. Y unas visitas de unos clientes italianos.

-Yo tampoco, estoy contratando y preparando la casa del cortijo de los aceituneros que van a venir a recoger la cosecha. Hay que darle una mano de pintura y reponiendo fardos y maquinaria, tengo que revisarla entera. Las sopladoras…

El padre miró a Martina.

Ella se encogió de hombros.

-Perfecto, iré dos días, cerraré las reuniones y volveré.

-Dos días no, una semana, lo que dura la feria.

-Está bien, una semana. Tendré que buscar hotel.

-¿No vas a llevarte la moto?.

Martina sonrió.

-Papá eres un bromista de cuidado. No, esta vez me llevo el Audi. Y los trajes de chaqueta. Iré de compras a por algunos con complementos.

-Cárgalos a la cuenta de la fábrica.

-Que no papá. Qué tontería.

Bueno. El hotel y los gastos corren por cuenta de la empresa y la gasolina.

-Bien, ¿dónde vamos a quedarnos?

-Mañana o pasado mañana te doy toda la información, van dos furgonetas y tú.

Quiero que revises el plano del stand esta semana.

Os vais en dos semanas. Tiene que quedar todo puesto magníficamente.

Tu estarás en un pequeño despachito al lado.

Con dos sillones en frente para los pedidos.

Estamos haciendo los dípticos y los libretos.

Dos chicas con pan y aceite. Y uno que vaya llevando.

En el palacio de congresos IFEMA. Abre a las diez toda esa semana. Cierre a las siete.

-Perfecto.

-Otros dos en el stand para las preguntas. Mira Miguel, el informático, qué ha dibujado…

-Me encanta sí.

-Llevas una tablet de pedidos. ¡Ah! y lleváis una etiqueta en el pecho con Aceites Moreno, con una aceituna y el nombre. Una impresora, un datafono del banco para pagar con tarjeta, en metálico nada. Y ya. Espero que atraigamos clientes.

-Eso espero.

Martina no esperaba que ese viaje de trabajo cambiaría de nuevo el rumbo de su vida.

Y a cientos de Kilómetros de allí, Fernando, acababa de recibir una invitación de un cliente arquitecto para asistir y ayudarlo en la misma feria donde presentaría el diseño de un innovador edificio sostenible para la industria del aceite.

El destino empezaba a arrancar el motor una vez más.

Martina llegó a Madrid a media mañana en su Audi. Aparcó en el gran hotel de la Gran Vía madrileña, y se acordó de Fernando que vivía y trabajaba allí.

Vestía un traje color crema, una blusa verde oliva y unos zapatos de tacón bajo. El casco y el mono de cuero, se habían quedado en Jaén, pero seguía caminando con la misma seguridad con la que conducía su moto.

Dejó el equipaje en el hotel, deshizo todo el equipaje, se retocó un poco el maquillaje. Pidió que le subieran el desayuno, se lavó los dientes y se retocó de nuevo. Perfume. Y para el palacio de congresos. Puso el GPS.

La feria era enorme. Decenas de Almazaras, cooperativas y empresas mostraban sus mejores aceites.

-Buenos días, Soy Martina Moreno, de aceites Moreno, se presento estrechando las manos.

Le dijeron dónde estaba su stand, maravilloso, decorado con botellitas, botellas y garrafas, cristal y plástico, diversos tamaños. Regalos…

Saludó a los compañeros que iban a estar con ella en el stand.

En pocas horas, había cerrado varias reuniones y conseguido dos contactos interesantes para explotar.

A mediodía decidió ir a la cafetería a tomar algo y un café antes de continuar.

No levantó la vista del teléfono mientras caminaba.

Al doblar la esquina, chocó con alguien.

Los dos cafés salieron despedidos.

-¡Perdón!- dijeron al mismo tiempo.

Martina, levantó la cabeza

Fernando.

Él se quedó inmóvil.

-Martina…

Ella respiró hondo. No había odio en su mirada. Tampoco ilusión. Solo una tranquilidad que a Fernando le dolió más que cualquier reproche.

-Hola, Fernando.

-¿Cómo estás?

-Muy bien ¿Y tú?

-He estado mejor.

Martina asintió con educación.

-Me alegro de verte bien.

Se agachó para recoger la carpeta que se le había caído al suelo.

Fernando hizo lo mismo y sus manos estuvieron a punto de tocarse. Ella retiró la suya con naturalidad.

-Déjame invitarte a otro café. Ha sido culpa mía.

Martina sonrió levemente.

-No hace falta. Tengo otra reunión en diez minutos.

-Solo necesito cinco.

Ella lo miró durante unos segundos.

-Cinco minutos Fernando, ni uno más.

Entraron en la cafetería de la feria. Se sentaron frente a frente.

Durante unos segundos ninguno habló.

Al final fue él el que rompió el silencio.

-Llevo meses queriendo pedirte perdón.

-Ya.

-No hay un solo día en que no piense lo que te dije aquella tarde y me arrepienta.

Martina removía el café sin mirarlo.

-Las palabras no se olvidan tan fácilmente.

-Lo sé.

-Me hiciste sentir que aquello que habíamos compartido no tenía ningún valor. Ni yo tampoco. Como si acostarme contigo pudieras tratarme de cualquier manera. Como una cualquiera, vamos. Y todo porque no te gustó qué te dije.

-Fernando bajó la cabeza.

-No tengo excusas. Me comporté como un imbécil.

Él continuó.

-Creía que estaba acostumbrado a que las cosas salieron como yo quería. Cuando vi que tú no dependías de mí, reaccioné de la peor forma posible.

Ella levantó la vista.

-Eso ya lo sabía.

Fernando soltó una risa amarga.

-Sigues diciendo las cosas igual de claras.

-Y seguiré haciéndolo.

En ese momento sonó la alarma del móvil de Martina.

Miró la pantalla.

-Mis cinco minutos han terminado.

Se levantó.

Fernando también.

-¿Podemos volver a habar?

Ella se colocó la acreditación de la feria.

-No lo sé.

-¿Ni siquiera como amigos?

Martina lo observó unos segundos.

-Los amigos no se humillan.

Aquellas palabras atravesaron el pecho de Fernando.

Ella se dio la vuelta y se alejó entre los pasillos de la feria sin mirar atrás.

Fernando permaneció inmóvil.

Por primera vez comprendió que pedir perdón era solo el principio. Recuperar la confianza de una mujer como Martina iba a exigir mucho más que unas cuantas palabras.