CAPÍTULO II
La primera vez que se vieron, porque antes Martina nunca había visto a Fernando, fue en el circuito de Jerez.
Intercambiaron miradas y se gustaron.
Él preguntó a los chicos si la conocían, si sabían quién era.
-La Dama.
-¿Qué Dama?
-Le decimos la Dama de la Carretera. Le encantan las motos y es pija, tiene clase. Es de Jaén capital si quieres saberlo. Guapa como ella sola y un cuerpo de escándalo. Inaccesible, independiente y libre, ya sabes…
-Ya.
Fernando se las ingenió para acercarse a ella, ya en la comida.
El circuito de Jerez, rugía incluso cuando las motos descansaban. El olor a gasolina, café y neumático caliente se mezclaban con el sol de Andalucía.
Martina se quitó el casco negro. Una melena negra cogida en una cola alta, cayó sobre la chaqueta de cuero. No tardó ni diez segundos en notar las miradas.
-Ahí está la Dama de la Carretera.
-Ella sonrió sin dar importancia. Estaba acostumbrada. No necesitaba impresionar a nadie. Tenía una buena vida. Y saludaba y charlaba con todos.
-¿Siempre llegas haciendo que todo el mundo deje de hablar?
La voz grave apareció a su espalda.
Martina se giró.
-¿Y tú siempre apareces sin hacer ruido con un metro noventa de altura?
Fernando soltó una carcajada.
-Es un don.
-O un fallo de fábrica.
-Arquitecto. No admito fallos en las estructuras.
-Yo fabrico aceite. Si una estructura falla, la engraso.
Él volvió a reír.
-Llevaba dos concentraciones queriendo hablar contigo.
-Pues es la tercera, vas mejorando.
Fernando negó con la cabeza.
-¿Siempre eres así?
-Solo con los hombres que me miran como si quisieran venderme un seguro.
-Yo iba a invitarte a una cerveza.
-Muchísimo mejor que un seguro.
…
Acabaron sentados en una terraza cercana al circuito.
Hablaron de motos.
De viajes.
De carreteras perdidas.
De que ninguno soportaba a la gente que aceleraba para hacerse notar.
-¿Y pareja?- preguntó Fernando.
-No.
-¿Tan exigente eres?
-No. Tan libre.
Él levantó la botella.
-Brindo por eso.
-¿Y tú?
-Demasiadas relaciones que parecían edificios perfectos… y todos acabaron con grietas.
-Eso ha sido muy arquitecto.
-Lo sé, doy bastante vergüenza.
Martina rio hasta atragantarse.
Cuando cayó la noche, el grupo decidió seguir la fiesta en el hotel.
Entre música, risas y alguna copa, Fernando acompañó a Martina a la puerta de su habitación.
Se quedaron unos segundo mirándose.
-¿Sabes una cosa?- dijo él.
-¿Cuál?
-La Dama de la Carretera da bastante miedo.
-¿Y aún así has venido?
-Precisamente por eso.
Martina dio un paso hacía él.
-Eres valiente… o un inconsciente.
-Las dos cosas.
Ella lo besó primero.
Fue un beso inesperado, divertido, lleno de tensión acumulada de todo el día.
Entraron en la habitación sin dejar de sonreír.
Aquella noche compartieron una intimidad que ninguno habían planeado. Entre bromas, besos, caricias y confesiones que solo nacen de dos desconocidos cuando bajan las defensas, descubrieron una complicidad sorprendente. Sus sexos encajaban a la perfección.
Los orgasmos al unísono.
Los gemidos en silencio absorbidos por las bocas. Los movimientos volátiles, la penetración inconmensurable, los besos…
El olor.
Los cuerpos.
La piel.
Esa forma de acariciar.
Chupar, lamer.
Saltar por el precipicio como nunca antes…
Mordisquear…
No hicieron promesas ni hablaron de futuro; vivían cada uno en un lugar diferente. Simplemente dejaron que la noche fuera suya.
A la mañana siguiente, mientras desayunaban en silencio, Fernando levantó la vista.
-Tengo una duda importante.
-A ver…
-¿Después de esto puedo seguir llamándote Dama de la Carretera?
Martina tomó un sorbo de café.
-Solo si tú aceptas que, desde hoy, eres el arquitecto que necesitó un plano para encontrar mi habitación.
-Fernando sonrió fuerte. Algunos motoristas lo miraron.
Y Martina pensó que quizá aquella historia de una noche solamente, aun no había terminado. Y que por una vez, podía repetir con el mismo.
Cuando acabaron de desayunar, salieron al aparcamiento.
Los dos quedaron en silencio unos segundos.
-Bueno- dijo Fernando- Supongo que aquí termina la aventura.
Martina se colocó la chaqueta de cuero encima del traje y metió en el pequeño maletero, la mochila.
-Las buenas rutas, nunca terminan. Siempre hacen una parada.
Fernando sacó el móvil.
-¿Me vas a hacer recorrer media España para volver a encontrarte o me das tu número
Ella lo miró unos segundo, fingiendo pensarlo.
-Depende, nunca lo doy.
-¿Ah no?, ¿y de qué depende?
-De si prometes no llamarme a las tres de la mañana ni mandarme un mensaje diciendo que has diseñado un edificio con forma de casco.
-Lo prometo.
Martina le quitó el teléfono de las manos y escribió su contacto.
Martina. La Dama de la Carretera.
Fernando soltó una carcajada.
-¿Ese es tu nombre oficial?
-Claro, mi madre me llama Martina. El resto de los moteros ya veremos.
Se guardó el móvil y le dio el suyo.
-Ahora te toca.
Ella escribió:
Fernando. Arquitecto con demasiado pelo para ir en moto.
-¡Oye!
-¿Es mentira?
Fernando se pasó la mano por el flequillo resignado.
-Un poco.
Antes de ponerse el casco, Martina preguntó:
-¿Vas a la concentración de Ciudad Real el mes que viene?
-Tenía pensado ir.
-Pues allí nos veremos.
-¿Es una cita?
Ella arrancó la moto. El bicilíndrico rugió con fuerza.
-No.
Hizo una pausa mientras bajaba la visera.
-Es una carretera compartida. Lo demás… ya veremos.
Le guiñó un ojo y salió del aparcamiento dejando tras de sí el sonido grave del motor.
Fernando permaneció inmóvil, viéndola desaparecer y entrando en la autopista.
Miró la pantalla del móvil.
Sonrió al leer el contacto.
Martina. La Dama de la Carretera.
Creo que esta mujer va a complicarme la vida…
Y por una vez en su vida y en muchos años, aquella idea le pareció una magnífica noticia.
…
Un mes de mensajes con Fernando.
Martina tardó exactamente dos días después en romper su propia norma.
Nunca daba el primer paso. Paró a repostar con su Audi cerca del polígono. Era Martes y mientras llenaba el depósito, sonó el móvil.
No era un mensaje.
Era una foto.
Fernando aparecía delante de un plano enorme con cara de agotamiento y un casco de obra amarillo.
“He sobrevivido al regreso. Aunque echo de menos el desayuno de Cádiz”
Le respondió con otra foto. Ella junto a un mar de olivos, con la moto apoyada sobre la pata de cabra.
“Yo he sobrevivido a cuatrocientos kilómetros. Los olivos siguen en su sitio.”
A partir de ahí empezó una rutina inesperada.
No hablaban todos los días.
Pero cuando uno encontraba una carretera bonita, una terraza perdida o una puesta de sol, enviaba una foto al otro.
Sin obligación.
Sin promesas.
Sin etiquetas.
…
Una tarde, Fernando estaba revisando un proyecto cuando recibió un video.
Martina llevaba el casco puesto.
-Arquitecto… necesito una opinión profesional.
El video enfocó un pequeño puente de piedra en un camino rural.
-¿Crees que aguantará una moto de setecientos kilos… o termino en el arroyo?
Fernando respondió al instante.
-El puente sí. Lo que me preocupa es la piloto.
Cinco minutos después llegó otro video.
Martina ya estaba al otro lado.
-Demasiado tarde.
…
Faltaban tres días para la concentración de Ciudad Real.
Fernando escribió.
-¿Sigues pensando ir?
La respuesta tardó unos segundos.
-Claro.
-¿Nos vemos allí?
-No.
-¿No?
-Prefiero que lleguemos cada uno por nuestra cuenta.
-¿Y eso?
-Porque quiero ver tu cara cuando descubras que la famosa Dama de la Carretera existe de verdad. Y no es una motera que se inventó un arquitecto después de una noche en Cádiz.
Fernando soltó una carcajada.
-Entonces… ¿Quedamos dónde?
En la entrada de la concentración. El que llegue tarde invita al almuerzo.
-Acepto.
Y nada de hacer trampas.
-¿Qué trampas podía hacer?
-Presentarte en coche.
-Eso sería motivo de expulsión inmediata.
-Vas aprendiendo arquitecto.
Fernando sonrió mirando al móvil.
-Tengo ganas de verte.
Esta vez Martina tardó más en responder.
-Yo también… pero no te acostumbres.
Fernando leyó el mensaje dos veces y sonrió.
Aquello no era una historia de amor. Todavía.
Era mucho más divertido: dos personas acostumbradas a ir solas, descubriendo que quizá compartir algunos kilómetros no era tan mala idea. Y coquetear.
El sábado en la concentración de Ciudad Real, por supuesto él llegó primero y la esperaba y cuando la vio aparecer, supo que era ella.
Inconfundible sobre la moto.
Su corazón empezó a galopar, ese que nunca galopaba por nadie y por ella…
Se acercó cuando aparcó y colgó el casco de su brazo.
-Hola, Dama aceitunera.
-Hola, arquitecto madrileño.
-Ven aquí y dame un abrazo.
Ella se acercó y la abrazó más fuerte de los normal y la besó en los labios.
-Vamos a saludar a la gente y luego a comer. Me toca pagar. He llegado antes.
Después de comer, estaban cansados.
-He reservado habitación. Me tocaba.
-Estás muy seguro.
-Siempre lo he sido, pero contigo siempre tengo dudas. Eres muy independiente.
Ella le dio la mano y eso fue un sí rotundo.
-Lo deseaba, él también a ella.
-Necesito antes una ducha, dijo Martina.
-Te acompaño.
Se metieron en la ducha y él tiró de su mano. Ella perdió el equilibrio y se quedó de rodillas delante de él con la boca a centímetros de su pene. Lo rozó sin querer.
Se rieron ambos.
-¿Te has hecho daño Dama?
-En mi dignidad.
-Reconozco que como estoy, así de duro, no esperaba que cayeras a mis pies en esa postura. Pero me pone.
-¡Qué tonto eres!
Y ella se agarró a su miembro.
-Mujer…
Pero ella lo metió en su boca y con la lengua le dio un par de besos.
-Buff, nena por dios ¿Así vamos a empezar?
Y ella lo miró.
-Una buena forma de empezar.
Él se puso los brazos entrelazados en la parte de atrás de la cabeza. Y a Martina le pareció un dios griego.
-Soy todo tuyo, ¡Agg, joder, Martina!
Lo sacó de su boca, y empezó…
A lamerlo.
A chuparlo.
A moverlo.
A mordisquearlo.
-Por dios mujer. Me pones que voy a explotar.
-Métela tu. Mi boca es tuya.
Y el se movió dentro de su boca como haciéndole el amor. Y ella apretaba su miembro una y otra vez, hasta que él soltó todo lo que llevaba en su interior.
Gimiendo.
Hablándole.
Sujetando su cabeza.
Y temblando al final.
-¡Ah dios! te he echado de menos.
-¿Has tenido sexo?
-No, ¿tú?
-Tampoco y eso no es normal en mí.
-Pues me alegro- y la levantó y la pegó a su cuerpo y echó agua entre ellos y jabón y mordía sus pezones y los lamía y tocaba su sexo hasta que ella tuvo un orgasmo casi gritando.
Se secaron y se tumbaron en la cama. Martina ponía su pierna encima de la suya rozando su miembro y él cerraba los ojos boca abajo. Le encantaba y sonreía mientras ella acariciaba su pecho.
-Te he echado de menos este mes Martina, te lo digo en serio.
-Yo también, no hemos dejado de mensajearnos.
-¿Y dónde quieres ir a parar? Porque nos hemos acostado dos veces Fernando.
-No lo sé.
-No te adelantes. No pienses en nada. Incluso si te adelantaras en lo que pienso no podría darse nada.
-¿Por qué Dama?
-Porque tengo una vida que me encanta donde vivo.
Un trabajo que no pienso dejar, una casa que es mía y me gusta, a las afueras, con olivos alrededor, en un recinto cerrado, mi piscina…
mi coche y mi moto. Tengo independencia y libertad.
Si tuviese pareja ahora mismo, no podría.
Sin embargo me gusta coincidir contigo o tontear.
-¿Tonteas con más?
-No, No me da la vida para eso. Me gustas tú. Y tú no creo que quieras cambiarte de ciudad, cambiar tu vida como yo no lo hago, ¿o sí?
-Me gusta mi trabajo y mi casa.
-¿Ves?, pues deja, que solo hemos estado dos veces.
-Está bien Dama, llevas razón. Disfrutaré de tu cuerpo mientras. ¿Perrito?
-Loco…
Pero la dejó como estaba y él se puso encima, la agarró por la cintura y la puso a perrito, se puso un preservativo y la penetró a fondo.
Como con rabia, como cuando algo no se podía.
Como si no fuese ella, sino una mujer más de las que había estado, diciéndole palabras obscenas.
Y ella no se sintió bien. Y no le gustó nada, ni dijo nada, pero sabía que ahí acababan porque se dio cuenta de que esa negativa no le había gustado.
Cuando él acabó llamándole pide leche perr…
Se dio la vuelta y le dio un gran bofetón. Y Fernando supo por qué, no era ni un niño ni un bobo.
Se levantó al baño, se duchó rápida, se puso su ropa mientras él estaba en la cama arrepentido.
-Martina… perdona. De verdad. No quería…
Y ella lo miró.
-No te vayas, pasemos la noche.
Pero ella bajó, tomó un café, lo bloqueó del móvil, cogió su moto y se fue a su casa.
Mientras avanzaba por la carretera, se sintió la mujer más humillada del mundo. Jamás en la vida, nunca. Pero era grande y la tenía agarrada de las caderas y no pudo soltarse.
Pero ella era sincera y nunca perdonaría eso.
Quería llegar a casa y lavarse bien, olvidarse de ese tipo y no iría a las próximas concentraciones, sino que cogería su moto y recorrería los pueblos que tenía en la lista que quería ver, o a concentraciones más pequeñas de Andalucía. Durante un tiempo.
Eso no le hubiese importado si no hubiese pronunciado esas palabras como si ella fuese una prostituta.
Por su parte, Fernando, le dio golpes a la cama, diciendo:
Joder.
Joder.
Joder.
Pero Fernando era un tío bueno, ninguna mujer le había dicho que no. Era caprichoso, pero jamás había hecho lo que le hizo a la mujer que más le había gustado. Intentó enviarle un mensaje.
Lo había bloqueado.
El teléfono también.
-Me cago en la puta…
Bajó y no la vio, pregunto por ella y le dijeron que había salido con la moto.
Se había ido.
Por su culpa.
Se sintió tan culpable…
Pero no peor de lo que se sintió Martina.