La dama de la carretera CAPÍTULO I
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La dama de la carretera

La dama de la carretera

Por Erina Alcala

© inepub.com

CAPÍTULO I

Los Morenos, era una familia muy conocida en Jaén, aunque el apellido en realidad era Moreno.

Y eran conocidos por la gran fábrica de aceite, espectacular, que tenían en uno de los polígonos de la capital, a las afueras.

Moderna, la que pagaba más caro el aceite, acceso independiente para los tractores, camiones, clientes y otro para ellos solos, la familia.

Y perfectamente organizada. Tampoco debías tener olivos y llevar la aceituna, si no tenías olivos, siempre podías comprar garrafas de cinco litros, de dos, de un litro y algunas botellas tipo regalo, de recuerdo en botellas de cristal, en la pequeña tienda que tenían para ello, convenientemente separada.

Era todo un conglomerado aceitero.

La fábrica tenía el nombre del padre:

FAbrICA DE ACEITE MORENO

Aunque quien la fundó fue el abuelo, empezando por una pequeña fabrica, pero el padre y posteriormente los hijos la convirtieron en lo que era.

No solo tenían la fábrica, también un cortijo de descanso rodeado de doscientas fanegas de olivos de la mejor calidad entre Jaén y Torre del Campo.

La familia Moreno, estaba compuesta por el padre, Francisco Moreno, de cincuenta y ocho años que estaba al tanto de la fábrica y tierras.

Un hombre alto y fuerte que aparentaba menos edad de la que tenía en realidad.

Con andares activos, y una blanca sonrisa.

Tenía un trato excelente con la gente y el personal.

Porque entre la fábrica, las tierras y el cortijo tenían a más de veinte personas trabajando para ellos.

Luego pasada la cosecha y limpiado de la fábrica, disminuía a más de la mitad.

Después estaba Rosa Miranda, la madre y mujer de Francisco, que se encargaba de la casa.

Nunca bajaba a la fábrica, a no ser por echar un vistazo y llevarse aceite.

Al cortijo iba de vez en cuando, algunos fines de semana con Francisco y se quedaban allí esos dos días o parte de las vacaciones de verano.

Cuando los chicos eran pequeños, disfrutaban más, pero ahora, eran mayores e independientes y tenían sus propias vidas.

Pero se reunían una vez al mes a comer, y en las fechas señaladas, cumpleaños, Navidades…

A Rosa le gustaba la cocina. Tenían una gran casa cerca de la catedral y garaje para cinco coches. Habitaciones para cada uno de sus hijos y un despacho abajo para el Francisco y una salita más recogida para el invierno.

Era una casa grande en mitad de la ciudad y en el patio tenían una piscina y parras de uvas, un limonero y un naranjo.

Y ahora estaban solos y era demasiada casa.

Pero siempre había tenido una mujer para la limpieza y comida, compra, y ella hacia recados, a veces se metía en la cocina, iba con amigas a tomar café, a la iglesia dado que era una mujer religiosa, iba todos los domingos.

Y cuando había que hacer limpieza general, metía a dos chicas para ello.

Sobre todo en septiembre, antes de la feria de San Lucas.

El resto de la familia estaba formada por José de 31 años y Luís de 32. Ambos Ingenieros agrónomos. Y trabajaban en la fábrica evidentemente con un buen sueldo.

Tenían de jovencitos amor por las motos y tuvieron una, pero se les pasó. Y ahora tenían un BMW negro cada uno. Y un pisazo en medio de Jaén.

Por supuesto se lo había comprado todo su padre al acabar los estudios. Eran solteros, salían con chicas y vivían la vida. Y como su padre, eran altos fuertes, morenos cotizados y muy atractivos.

Y luego estaba Martina, la princesa de la casa, que estudió Administración de Empresas, que se encargaba de la contabilidad y Nóminas de las propiedades y tenía su despacho en la fábrica.

No se encargaba de compras o ventas, solo anotaba en su programa y sabía qué había o no.

También se encargaba de solicitar las subvenciones y pagos.

Los hermanos y el padre se repartían el resto del conglomerado.

Martina tenía ya veintiocho años. Era la más pequeña de la familia, pero ya conocía bien su trabajo, pues no en vano llevaba ya cinco años trabajando en ello.

Toda la familia se llevaba bien. Eran una piña.

Martina con el dinero de sus padres, quiso comprarse una casita en las afueras, ni a un kilómetro de la capital, en un recinto cerrado que encantó a sus padres. Era precioso. Tres dormitorios arriba con baños y vestidores.

Dos con ducha y el principal doble, uno con una bañera de patas que le encantaba, abajo sala, despacho, un salón abierto a la cocina, un porche delantero y un patio con piscina y varios cuartitos para poner limpieza, lavado y enseres para la piscina.

De su madre heredó el amor por las plantas y tenía colgadas macetas de geranios de colores, como si fuese un patio cordobés.

Un toldo eléctrico y una casa de diseño.

Una mujer cuatro horas al día para mantenerla y comprarle y hacerle la comida.

Aunque a veces comían todos el menú en un restaurante del polígono.

De sus hermanos heredó el amor por las motos, lo que traía a su madre siempre con preocupaciones.

Tenía además un Audi S5S5 sin marchas en color plata en su garaje. Y había pasado ya por cinco motos. La que tenía ahora era una Kawasaki en negro y verde que era lo que más quería. Parecía haber nacido para las motos. Sin embargo parecía una niña pija sin ella.

Tenia el pelo largo y negro como todos los Moreno, nariz pequeña, era guapa, 1, 70 y llevaba una cola alta que le llegaba casi por la cintura. Los ojos grandes y marrones tan claros que precian amarillos.

A Martina, le gustaba además de las motos, la ropa, los maquillajes, los tacones los complementos, los bolsos, las zapatillas deportivas.

Tenia los dos vestidores de su habitación llenos y clasificados, todo ordenado por colores, se lo tenia María.

Cuando ya no quería algo se lo daba a ella para sus hijas.

En el vestidor de una de las habitaciones de invitados tenía la ropa que no era de temporada, María la cambiaba, y en el del otro dormitorio tenia cinco trajes completos con cinco cascos de moto, mochilas, botas, complementos para las motos.

Y era feliz. Vivía una vida feliz.

Iba a todas las concentraciones de motos que podía, la de Jerez nunca se la perdía y se quedaba esa noche si bebía dos o tres cervezas, nada de alcohol de alta graduación, odiaba los cubatas, se quedaba en un hotel esa noche porque podía permitírselo.

Tenía dinero. Pero cada vez que salía con la moto a recorrer paisajes, era libre, la carretera era libertad para ella en la moto.

Tenía que llamar a la madre, cuando llegaba, cuando se iba… Comprendía su preocupación.

Eso eran los Morenos de Jaén. Buena gente, trabajadores incansables y ricos.

Cuando Martina se acostaba con un chico lo hacía a veces en esas concentraciones, luego podía coincidir en otras, pero no repetía.

No quería atarse a nadie aún. Conocía a mucha gente de las concentraciones, y nunca tuvo un novio formal.

Ni lo necesitaba, ni estaba por la labor ahora en su vida.

Era un ser libre. Y los moteros que la conocían empezaron a llamarla : La Dama de la carretera .

Porque tenía estilo, modales, en definitiva, era fina y pija.

Cuando se enteró, se estuvo riendo un buen rato. Pero empezaron a llamarla DAMA.

En Madrid…

Había otra familia que con el tiempo conocería Martina, y aunque ella era reservada con lo que su familia tenía, pocos sabían sobre ella, solo que era de Jaén.

Esa familia madrileña eran Los Soler.

Los Soler eran una familia adinerada también. Tenían una gran estudio de Arquitectura, e Ingeniería de Canales y Puertos. Una empresa de renombre en plena Gran Vía. Un local que ocupaba un bajo y un primero y que tenía más de mil metros cuadrados. Moderno. Y con nombre:

Soler, Estudio de arquitectura e Ingeniería.

Y en la misma placa abajo especificaban los trabajo que hacían.

En ese estudio, trabajaban el padre, Gaby de sesenta años, un ingeniero de Canales y Puertos, la madre, Almudena, también de sesenta años, arquitecta que fundaron la empresa desde abajo.

Alberto el hijo mayor de treinta y siete años casado con una enfermera, ingeniero también de Canales y Puertos, María de los Ángeles, era su mujer, sin hijos aún.

Y el pequeño, no tan pequeño ya, Fernando, arquitecto como su madre de treinta y cuatro años.

190, fuerte, guapo a rabiar y unos ojos grises como los tres hombres Soler.

En el estudio trabajaban casi doce personas, contando el abogado y la recepcionista. Las obras civiles estaban en el bajo, la arquitectura en la primera planta.

Fernando, vivía solo como su hermano que estaba casado y sus padres en un piso en la Gran Vía. No todos en el mismo edificio, pero todos en la misma calle.

Fernando, tenía un piso masculino y de tres dormitorios y un despacho. Era relativamente grande y como Martina, reformado.

Y sobre todo compartía con Martina el amor por las motos. Le gustaban las chicas, altas, guapas y nada ordinarias.

Y a pesar de su BMW, los fines de semana, cogía su moto y se iba sin rumbo…