La dama de Brook Street Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Lucian se echó a reír. Yo me eché a reír.

Nos cogimos de la mano y bajamos por el pasillo bajo una lluvia de pétalos de rosa que Nell, con precisión militar, nos lanzaba desde la primera fila.

Salimos al aire frío y luminoso de la mañana, a la escalinata de piedra, y allí nos esperaba el coche de Pike, engalanado con cintas blancas, y una multitud de vecinos de Richmond que se habían agolpado para ver a los novios.

—¡Besaos otra vez! —gritó alguien.

Lo hicimos.

El banquete se celebró en el jardín de Stanmore Lodge, bajo un toldo de lona blanca que la señora Oakley había hecho levantar entre los álamos y los manzanos desnudos.

Había mesas largas cubiertas de manteles de lino, guirnaldas de acebo y hiedra, faroles de papel colgados de las ramas, y un olor a pan recién hecho y a carne asada que había atraído a media vecindad.

Se comió, se bebió, se brindó. Se cantó.

Tuck, con el brazo bueno, entonó una canción de marineros tan subida de tono que mi madre tuvo que taparse las orejas con las dos manos.

Penrose hizo un discurso larguísimo sobre la importancia de la discreción en los asuntos de Estado que terminó, sin que nadie supiera cómo, en una disertación sobre el regaliz.

Hugo pronunció un brindis tan emotivo que se echó a llorar a mitad, y Pike, que estaba a su lado, le palmeó la espalda con la solemnidad de un hermano mayor.

Lord Sidmouth se me acercó a media tarde, con una copa de vino en la mano y su expresión seca de siempre.

—Señora Stanmore.

—Milord.

—Le deseo toda la felicidad que merece. Que es mucha.

—Gracias.

—Quiero que sepa que su marido ha rechazado el puesto que le ofrecí en el Departamento. Y que, por lo visto, ha sido idea suya.

—Yo no he dicho nada.

—No hace falta. —Hizo un gesto vago—. Es un joven con dotes extraordinarias que ha decidido plantar manzanos. Una pérdida para el Estado. —Los ojos le brillaron—. Pero no hay duda de que tiene razones de más peso.

—Eso espero.

—Si algún día desea que le encargue algo más… discreto, usted tendrá la palabra.

—¿Yo?

—Es la única persona de este reino a la que mi agente más obstinado hace caso. —Inclinó la cabeza—. Buenas tardes, señora.

Se alejó, con la copa en la mano, con aire de monarca satisfecho, y yo me quedé mirando su espalda y pensando que Lucian y yo íbamos a tener, probablemente, muchísimas conversaciones sobre la palabra «discreto».

El sol bajaba cuando Lucian me cogió de la mano.

—Ven.

—¿Adónde?

—A algún sitio donde nos dejen en paz.

—Tenemos invitados.

—Tenemos invitados que llevan seis horas comiendo, bebiendo y cantando, y que no se acordarán de nosotros hasta mañana. —Tiró de mí con suavidad—. Cordelia. Quiero estar a solas con mi esposa.

Me ardieron las mejillas. Pero me dejé llevar.

Atravesamos el jardín por detrás de los manzanos, entre las sombras alargadas del crepúsculo, mientras a nuestra espalda la música y las risas se iban apagando. Subimos por la escalera de servicio. Cruzamos el pasillo. Lucian abrió la puerta de su dormitorio y me hizo pasar.

La habitación estaba distinta. Alguien, la señora Oakley, sin duda, la había transformado.

Había flores por todas partes: ramos de rosas blancas sobre la cómoda, en las mesillas, en el alféizar de la ventana.

La cama, de columnas talladas, tenía un cobertor nuevo de seda marfil, con las sábanas abiertas y una pila de almohadas.

En la chimenea, un fuego crepitaba con suavidad.

Sobre una mesita, entre dos velas, una botella de champán enfriándose en un cubo de plata, y un plato de fresas, que en pleno invierno solo podían haber salido del invernadero de algún duque.

—La señora Oakley —dije.

—La señora Oakley.

—Es una mujer extraordinaria.

—Lo sé. —Lucian cerró la puerta con el talón—. Y probablemente nos esté escuchando detrás de la puerta, de modo que hablemos bajo.

—Lucian.

—¿Sí?

—Cállate y bésame.

Me atrajo contra su pecho. Me besó con una lentitud ardiente, con el hambre de todo un día de espera, y con las manos subiendo por mi espalda hasta el cuello del vestido, donde empezaban noventa y seis botones. Se detuvo. Apartó la cara. Me miró con una expresión de angustia.

—¿Cuántos son?

—Noventa y seis.

—Dios mío.

—Mi madre me los abrochó uno a uno.

—Pues los desabrocharé uno a uno. —Esbozó una sonrisa—. Si me da tiempo antes de que amanezca.

—Hay una solución más rápida.

—No.

—¿No?

—Quiero hacerlo bien. —Me dio la vuelta con suavidad—. Quiero acordarme de cada botón.

Me quedé de espaldas, con los brazos colgando y los ojos fijos en la ventana, mientras sus dedos, grandes, torpes, pacientes, empezaban a trabajar en el primero.

Sentí cada tirón. Cada pequeño roce contra mi piel.

Cada vez que desabrochaba uno, su boca se posaba en el trozo de espalda que quedaba al descubierto, con un beso lento, húmedo, que me hacía estremecer.

Cuatro. Diez. Veinte. Al llegar a los cuarenta yo ya jadeaba, con las manos apoyadas en el borde de la cómoda y la cabeza echada hacia delante.

A los sesenta, su aliento me quemaba la nuca.

A los ochenta, tenía las rodillas tan flojas que hubiera caído si él no me hubiera sujetado por la cintura.

—Lucian —gemí—. Por favor.

—Faltan dieciséis.

—Me estás matando.

—Es una venganza por el atizador.

—¡Fue en defensa propia!

—Aun así.

Cuando desabrochó el último, la seda se deslizó por mis hombros y cayó al suelo con un susurro. Quedé con la camisola, las medias, los zapatos de satén. Me volví. Lucian me miró, con las pupilas dilatadas, la camisa abierta, el pecho agitado.

—Mi esposa —dijo.

—Mi marido.

—Suena bien.

—Muy bien.

Terminé de desnudarlo yo. Le quité el frac, el chaleco, la corbata, con una prisa que no tenía nada de recato.

Su camisa quedó en el suelo. Le acaricié el torso, las cicatrices, la venda nueva sobre el hombro, y él cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

Besé su cuello, su garganta, la hendidura del esternón.

Le desabroché los pantalones. Cayeron. Estaba tan excitado, tan tenso, que me quedé un instante contemplándolo, sin aliento, con una admiración que me costaba disimular.

—Me miras así —murmuró— y no respondo de mí.

—No te pido que respondas.

Me levantó en brazos. Me llevó a la cama.

Me depositó sobre el cobertor de seda con tanta suavidad que apenas lo noté, y se quedó de pie ante mí, desnudo, glorioso, mirándome tumbada con la camisola subida hasta los muslos.

Despacio, con la yema de los dedos, me desató las cintas de las medias.

Las fue bajando una a una, besándome las rodillas, las pantorrillas, los tobillos, mientras yo, con los puños apretados sobre las sábanas, notaba cómo la tensión se acumulaba en mi vientre como una tormenta.

Me quitó los zapatos. Me quitó la camisola.

Y se quedó contemplándome, desnuda por completo sobre la seda marfil, con el pelo suelto sobre la almohada y la luz del fuego dorándome la piel.

—Eres lo más hermoso que he visto —dijo.

—Eso ya me lo has dicho.

—Y lo repetiré cuarenta años.

—Más te vale.