La dama de Brook Street Capítulo 20
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Capítulo 20

Mi madre me abrochó los noventa y seis botones de la espalda del vestido de novia uno a uno, sin una sola palabra, con una concentración que habría envidiado un relojero.

Estábamos en mi antiguo dormitorio de Brook Street, el que yo no había vuelto a pisar desde la noche del escritorio.

Alguien, una criada, un ejército de criadas, lo había dejado impecable.

Habían pulido los espejos, repuesto los vidrios, cosido el colchón, ordenado los cajones.

En el rincón, sobre el baúl de las mantas, el costurero de nácar relucía bajo el sol de la mañana, con la tapa cerrada y un forro de seda nuevo en el que nadie había escondido ninguna llave.

El vestido era de seda color marfil, con el escote cuadrado, las mangas ceñidas hasta la muñeca y una falda ancha que caía en pliegues suaves hasta los zapatos, sin más adorno que un pequeño bordado de flores de lis en el borde.

Lo había confeccionado la mejor modista de Bond Street con tres costureras ayudantes, que habían trabajado día y noche durante seis días.

No había encaje. No había perlas. Lo había pedido yo.

Una de las pocas cosas que mi madre, entre llantos y reproches, aceptó sin discutir.

—Ya está —dijo, al fin, abrochando el último botón.

—Gracias, mamá.

—Date la vuelta.

Me volví. Mi madre estaba delante de mí, con las manos juntas bajo la barbilla, y me miraba con los ojos llenos de lágrimas.

Llevaba un vestido de seda azul acero, con un collar de perlas de tres vueltas y el pelo gris recogido en un peinado alto, elegante.

Tenía las mejillas coloreadas por primera vez en años.

Había dejado el láudano desde la noche de Richmond; no lo había dicho nadie, pero se notaba en los ojos, claros y atentos, y en la manera de moverse, firme, sin la vaguedad de antes.

—Estás preciosa —murmuró.

—No digas eso, que voy a llorar.

—Ya estás llorando.

—Es que tú también.

Rió. Una risa corta, temblorosa, que le sacudió los hombros. Se enjugó los ojos con un pañuelo de encaje.

—Cordelia. Quiero decirte algo.

—Dime.

—Fui una mala madre.

—Mamá…

—Déjame. —Respiró hondo—. No quiero que me contradigas ni que me consueles.

Es la verdad. Fui una mala madre para ti y para Hugo, y una mala esposa para tu padre, y durante quince años me escondí en un cuarto con las cortinas cerradas porque tenía miedo.

Miedo de todo. De la casa, de la sociedad, de mí misma.

No fue culpa vuestra. Pero lo pagasteis vosotros.

—Mamá…

—Y esta semana, cuando vi a tu padre en esa cama con una bala en el costado, comprendí que si lo hubiera perdido, no me habría perdonado nunca. Y que lo había estado perdiendo durante años, sin saberlo. —Me cogió las manos—. Voy a intentarlo. No sé si lo conseguiré. Pero voy a intentarlo.

—Ya lo estás haciendo.

—Es un comienzo.

—Es un buen comienzo.

Me abrazó. Fue un abrazo torpe y rígido; parecía haber olvidado cómo se hacía, y poco a poco, con la respiración entrecortada, se fue ablandando en el mío. Le besé la mejilla. Olía a agua de rosas, no a láudano.

—Ahora sécate los ojos —dijo, con la voz espesa—. Que se te corre el afeite y la modista me mata.

—No llevo afeite.

—Entonces que se te corra la nariz.

Reímos las dos. Y así, con las narices rojas y los ojos hinchados, bajamos las escaleras de la casa de Brook Street, donde nos esperaban el coche, el sol de la mañana, y la vida.

Philippa entró en el cuarto cuando mi madre se hubo retirado a recomponerse la cara.

Mi hermana mayor, la bella, la decorativa, la que había sido presentada con diecisiete años y casada con diecinueve, se detuvo en el umbral con las manos sobre el vientre y me miró con una expresión que no le había visto nunca.

—Estás espléndida —dijo.

—Gracias.

—Siempre fuiste la que tenía cabeza. Yo fui la que tenía el pelo.

—Philippa…

—Déjame terminar. —Cruzó el cuarto y me cogió la barbilla con dos dedos, como mi padre—.

Cuando papá me dijo que debía casarme con lord Ashby, no protesté.

Ni una vez. Pensé que era mi obligación.

Y soy feliz, a mi manera. Ashby es un hombre bueno y duerme mucho.

Pero tú… —Se le quebró la voz—. Tú vas a casarte con alguien a quien quieres. Y yo no sabía que eso era posible.

—Es posible.

—Lo estoy viendo. —Sonrió con ojos húmedos—. Dime que serás tan feliz que me dará envidia.

—Te lo prometo.

—Y que me invitarás a Stanmore Lodge cada verano. Y que me dejarás escaparme del vizconde una semana al mes.

—Dos.

—Dos. —Me abrazó con fuerza—. Qué hermana más lista tengo.

La iglesia de Richmond estaba llena hasta los bancos del fondo.

Lo vi desde la puerta, con la mano apoyada en el brazo de mi padre, que se había empeñado en acompañarme al altar a pesar de las protestas del cirujano y de las órdenes de mi madre.

Iba con un frac azul oscuro, la mano libre apoyada en un bastón de ébano, el costado vendado bajo el chaleco, y la barbilla alta, como no se la había visto nunca.

Cada paso le costaba. Pero no se detuvo.

—¿Estás bien, papá? —susurré.

—Estoy de maravilla.

—Estás blanco.

—Es el mármol de la iglesia, que me refleja.

—Papá.

—Te llevaré hasta el final de este pasillo, Cordelia, aunque tenga que hacerlo a gatas.

Y lo hizo. Con la mano en mi brazo, con la respiración un poco agitada, con una sonrisa terca que no le abandonó en ningún momento, recorrió conmigo los cuarenta y cuatro metros de alfombra roja de la iglesia parroquial, entre filas de rostros conocidos.

A la derecha, en primera fila, la señora Oakley, con un vestido de seda gris perla y un sombrero con pájaros que hacía las delicias de todos, sollozaba sin pudor sobre el hombro de Tilly, que llevaba un lazo azul en el pelo y también lloraba, aunque con más discreción.

A su lado, la señora Dagget, la cocinera de White Lodge, enorme y orgullosa, con un chal de cachemira y un cardenal violeta en la sien que lucía como una condecoración.

Más allá, el señor Pym, el hortelano de Chelsea, con una levita prestada y una cesta de nabos en el regazo que nadie había conseguido que dejara en el suelo.

La señora Pruitt, la posadera de La Sirena, que había venido de Greenwich en un coche de alquiler expresamente y no cesaba de repetir «¡lo sabía, lo sabía! » a quien quisiera oírla.

A la izquierda, mi hermana Philippa, vestida de verde, con su vizconde de setenta años dormitando a su lado y una expresión de asombro en el rostro, como si aún no se creyera que su hermana pequeña, la que rechazaba pretendientes, se casaba por amor.

Sidmouth, sentado muy tieso, con una levita negra y los anteojos sobre la nariz, con un aire de monarca en exilio.

El señor Penrose, con un chaleco de color mostaza nuevo, un ojo todavía morado y una pastilla de regaliz en la boca.

El sargento Ogilvie, con el uniforme de gala y el brazo en cabestrillo, rodeado de otros veteranos de casaca roja que habían acudido porque «el capitán Harcourt se casaba y no se iba a perder uno semejante».

Pike, en primera fila, con un traje negro y los ojos húmedos.

Los Tuck, en una esquina, recién llegados de Rotherhithe: el viejo, con el brazo en cabestrillo y una sonrisa desdentada; Martha, con un vestido azul de domingo y los ojos rojos; y Nell, que sostenía una cesta de pétalos de rosa con una gravedad extraordinaria y observaba a todos los presentes con aire de inspectora.

Y delante del altar, de pie, con un frac negro, un chaleco gris plata y una corbata blanca impecable, con el hombro vendado bajo la tela y el cabello oscuro peinado hacia atrás, con los ojos azules fijos en mí desde el momento en que crucé el umbral, esperaba Lucian.

No recuerdo los últimos metros. Sé que me temblaban las rodillas, que mi padre me apretó el brazo, que en algún lugar sonaba un órgano.

Sé que Hugo, a la derecha del novio, con un frac prestado y la cabeza ya sin vendas, me guiñó un ojo con descaro.

Sé que cuando llegamos al altar mi padre me soltó con un beso en la frente y se sentó con un gruñido en el primer banco, junto a mi madre, que le cogió la mano. Y sé que Lucian me tendió la suya.

La tomé. Estaba cálida. Un poco húmeda.

—Estás preciosa —murmuró, sin mover los labios.

—Estás pálido.

—Es el mármol.

—¡Eso mismo ha dicho mi padre!

—Ha sido una buena frase. La he oído al entrar.

—Silencio —susurró el párroco, un anciano de rostro bondadoso—. Si no les importa.

Los dos nos callamos. El párroco abrió el libro.

No oí la mitad de la ceremonia. Estaba demasiado ocupada mirando las manos de Lucian, grandes, morenas, con el nudillo de la derecha todavía enrojecido de la pelea, y el brillo del anillo de oro en el dedo anular de mi mano izquierda.

Oí que me preguntaban si aceptaba a aquel hombre por esposo.

Oí mi propia voz decir «Sí, quiero» con tanta firmeza que el párroco levantó la vista, sorprendido.

Oí la de Lucian, ronca, un poco rota, responder lo mismo.

Sentí cómo me colocaba en el dedo un aro de oro liso, sencillo, junto al zafiro de su madre.

Y cuando el párroco, por fin, pronunció las palabras que nos unían, Lucian me tomó la cara con las dos manos, me miró a los ojos, con los suyos húmedos, y me besó.

Fue un beso breve, correcto, apropiado para un lugar sagrado. Pero en el momento en que sus labios tocaron los míos, sentí en el vientre un temblor tan antiguo y tan familiar que supe que la iglesia entera lo había percibido.

El estallido de aplausos retumbó bajo la bóveda.

—¡Vivan los novios! —gritó la señora Pruitt.

—¡Que vivan! —respondió una voz profunda, desde el fondo.

—¡Por el capitán! —bramó Ogilvie.

—¡Por la peligrosísima! —añadió Hugo, con las manos en bocina.