La dama de Brook Street Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Subimos. Cordelia se acurrucó a mi lado, con la cabeza en mi hombro sano. El coche arrancó con un balanceo suave. Por las ventanillas pasaban los árboles, los tejados, las luces que empezaban a encenderse en las casas.

Llegamos al caer la noche. La señora Oakley nos esperaba en la puerta, con las manos juntas bajo el delantal, los ojos rojos y una expresión que oscilaba entre el alivio y la furia.

—Milord —dijo.

—Señora Oakley.

—Se han ido ustedes cinco días sin avisar.

—Lo sé.

—Cinco días. Sin una nota. Sin un recado. He estado a punto de ir a Londres a buscarlos con el atizador de la cocina.

—Lo lamento mucho.

—Y la señorita, que ya es como de la casa. Sin un abrigo. En camisón. —Se le quebró la voz. Dio un paso hacia delante, abrió los brazos y estrechó a Cordelia con tal fuerza que le sacó un gemido—. ¡Ay, mi niña! ¡Mi niña! ¡Creí que no volvería a verla!

—Señora Oakley… —murmuró Cordelia, riendo y llorando.

—Y Tilly se ha pasado tres noches rezando. Y yo he hecho un pastel. Y no pienso consentir que nadie vuelva a irse de esta casa sin comer algo caliente.

—Sí, señora Oakley —dijimos los dos.

Cenamos como reyes. Tilly nos sirvió con las mejillas coloradas y lágrimas en los ojos.

Cordelia comió tres raciones de pastel de carne y yo dos, y aquella noche, por primera vez en cinco días, dormimos bajo techo seguro, sin armas bajo la almohada.

Pero antes de acostarnos, cuando la casa quedó en silencio y las velas empezaron a consumirse, la llevé a la biblioteca.

Estaba como la había dejado. La chimenea apagada, el globo terráqueo con su abolladura, los libros apilados en todas partes.

En la mesa, bajo la lámpara, el tablero de ajedrez con la partida interrumpida.

Me acerqué. Levanté con cuidado el alfil blanco que Cordelia había movido sin permiso la primera mañana.

Debajo de él, envuelto en un pañuelo de seda azul, había dejado un anillo.

No sé por qué lo hice. Lo había sacado del joyero de mi madre la mañana en que partimos hacia Greenwich, mientras Cordelia se probaba el vestido de viaje, en un impulso absurdo que no supe explicar entonces ni ahora.

Lo guardé bajo la pieza, como se esconde un secreto, y no volví a pensar en él hasta aquella tarde, en la casa del cirujano.

—¿Qué haces? —preguntó Cordelia, que me había seguido y se había quedado en el umbral.

—Un momento.

Cogí el pañuelo. Lo desdoblé. Dentro, sobre la seda azul, brillaba un aro de oro viejo, de factura sencilla, con un pequeño zafiro oscuro engarzado en el centro, rodeado de seis perlitas.

No era el más caro del mundo. Pero había pertenecido a mi madre, y antes que a ella a su madre, y yo lo había mirado muchas veces de niño, preguntándome para quién sería.

Me volví. Me arrodillé.

Cordelia se llevó las manos a la boca. Los ojos se le llenaron de lágrimas en un instante.

—Lucian…

—Espera. Déjame hablar. Llevo una semana ensayando y no quiero equivocarme.

—Está bien.

—Cordelia Fenwick. —Me aclaré la garganta—.

Hace seis días me mordiste la mano en el despacho de tu padre.

Es lo más inteligente que me ha pasado en la vida.

Desde entonces me has salvado tres veces, me has cosido un brazo, me has enseñado que no sé mirar, me has hecho reír cuando no tenía ganas de nada, y me has demostrado que hay mujeres que no necesitan que las protejan, sino que las acompañen.

—Se me quebró la voz—. No sé hacer esto.

No tengo talento para las palabras. Pero sé que no puedo imaginar mi casa sin ti.

Que no quiero imaginarla. Que no hay un solo rincón de mi vida en el que no te quiera ver.

—Lucian.

—Te quiero. No por honor. No por obligación. Te quiero porque eres imposible, porque eres valiente, porque no sabes mentir y porque te arrugas la nariz cuando lo intentas. —Levanté el anillo—. ¿Quieres casarte conmigo?

Cordelia dejó caer las manos. Lloraba y reía a la vez, con la boca temblorosa y los ojos brillantes.

—Sí —dijo.

—¿Sí?

—Sí. Sí, sí, sí.

Le puse el anillo en el dedo anular, con cuidado de no rozar el vendaje. Le quedaba un poco grande. Ella lo miró, lo giró, volvió a mirarlo, y en su cara apareció una expresión de asombro tan pura, tan sin reservas, que supe que la recordaría hasta el último día de mi vida.

—Es precioso —susurró.

—Es de mi madre.

—Lo sé. Me lo has dicho con los ojos. —Se agachó. Me tomó la cara entre las manos vendadas—. Me caso contigo, Lucian Harcourt. Con tu costilla rota y tu hombro agujereado y tu mala memoria para el té.

—No tengo mala memoria para el té.

—Deja la taza sobre los papeles.

—Es un hábito antiguo.

—Lo curaré.

Me besó. Largo, lento, sin prisa, con sabor a sal y a pastel de manzana.

La rodeé con el brazo sano y la atraje hacia mí, de rodillas los dos sobre la alfombra de la biblioteca, entre libros y mapas, con la lámpara dibujando un círculo dorado en el suelo.

Sentí sus manos en mi pelo. Su corazón contra el mío.

Y de pronto, entre el beso, la oí murmurar contra mi boca:

—Y mueve el alfil, que tengo que ganarte la partida.