La dama de Brook Street Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

He cargado contra una brecha enemiga con cuarenta hombres.

He cruzado una frontera nevada con un cañón a la espalda.

He peleado esta misma mañana con veintidós hombres armados.

Y estaba allí, en la puerta de una casa de Richmond, con las rodillas flojas y la boca seca, por la perspectiva de entrar en un dormitorio y hablar con un marqués herido.

Abrí.

Subí la escalera. En el primer piso, de una puerta entreabierta salían voces. Llamé con los nudillos.

—Adelante —dijo una voz de hombre, débil pero clara.

Empujé.

Era una habitación amplia, con una cama de roble, un tocador de nogal y una ventana por la que entraba el último sol.

En la cama, recostado sobre una montaña de almohadas, con un vendaje alrededor del torso y una taza de caldo en la mano, estaba el marqués de Linthwaite.

A su lado, sentada en una silla, con su mano entre las suyas, una mujer de unos cincuenta años, de pelo gris recogido, ojos hinchados y una belleza marchita que reconocí al instante en la barbilla afilada y en el arco de las cejas, vestida con un traje de viaje de seda color ciruela.

Junto a la ventana, con los brazos cruzados y una expresión de burla contenida, Hugo.

Y en un sillón, junto al fuego, con las manos vendadas sobre la falda y las mejillas encendidas, ella.

Todos se volvieron a mirarme.

—Lord Stanmore —dijo el marqués—. Pase, pase. Estábamos hablando de usted.

—Eso temía.

—Mi hija nos ha contado cosas fascinantes. —Hizo un gesto hacia la silla vacía junto a la cama—. Siéntese. No se quede ahí como un lacayo.

Me senté. Sentí cuatro pares de ojos clavados en mí. Me sudaban las palmas.

—Milord —empecé—. Lady Linthwaite. Quiero decir… —Me aclaré la garganta—. He venido a decirles… He venido a pedirles…

—Habla usted con la elocuencia de un orador de la Cámara —observó Hugo.

—Hugo —dijo Cordelia.

—Solo digo.

—Quiero pedir la mano de su hija —solté de golpe, a toda velocidad.

Silencio. Los dos marqueses se miraron. Hugo sonrió con malicia. Cordelia se tapó la cara con las manos vendadas.

—Vaya —dijo lord Linthwaite—. Qué rapidez.

—He estado ensayándolo desde Greenwich.

—Se nota. —El marqués dejó la taza en la mesilla con un gesto lento—. Conde, tengo que hacerle algunas preguntas.

—Las que quiera.

—¿Es usted un hombre honrado?

—Lo he intentado toda la vida.

—¿Ha comprometido a mi hija?

Se me cortó la respiración. Cordelia, con una tos fingida, se hundió más en el sillón. Hugo carraspeó para disimular una carcajada.

—Sí, milord —dije, sin parpadear—. Más de una vez. Y no me arrepiento de ninguna.

Hubo un silencio estupefacto. Y entonces, para mi sorpresa, la marquesa emitió una risa seca, breve, que sonó como una campanilla de cristal.

—Edmund —dijo, con los ojos húmedos—. Es sincero.

—Es insolente —corrigió el marqués.

—Es sincero. Hace treinta años me hiciste la misma pregunta a mi padre, y le contestaste lo mismo.

—Augusta, por favor.

—Y mi padre casi te mata. —La marquesa me miró con una intensidad nueva, aguda, que no tenía nada de la bruma de la que me había hablado Cordelia—. Lord Stanmore. Mi hija me ha dicho que usted le salvó la vida varias veces.

—Ella me la salvó a mí más veces que yo a ella.

—Mi hija me ha dicho que usted la ha tratado con respeto.

—Con todo el respeto que me ha permitido.

—Mi hija me ha dicho que usted la quiere.

—Con todo lo que tengo.

—Y que ella le quiere a usted.

—Eso, señora, tendría que decírselo ella.

La marquesa se volvió hacia Cordelia. Esta, con la cara colorada y los ojos brillantes, se había quitado las manos del rostro y miraba a su madre con una expresión que me partió el pecho.

—Sí, mamá —dijo—. Lo quiero con toda mi alma.

—Entonces no hay más que hablar. —La marquesa apretó la mano de su marido—. Edmund.

—Un momento. —El marqués levantó un dedo—. Tengo una última pregunta.

—Diga.

—¿Juega usted al ajedrez?

—Mal. Pero mi hermana me da lecciones por correo.

—Excelente. —Asintió con satisfacción—. Entonces tiene mi bendición. Mi hijo es un inútil con el tablero y mi mujer no tiene paciencia. Necesito un contrincante.

—Edmund —dijo Augusta.

—¿Qué? Es un requisito razonable.

Me eché a reír. No pude evitarlo. Reí con la cabeza hacia atrás, con el hombro doliéndome, hasta que se me saltaron las lágrimas, y noté que los demás me seguían, primero Hugo, luego la marquesa con aquella risa de campanilla, luego el marqués con un ataque de tos que le obligó a agarrarse el costado, y, por último, Cordelia, que se levantó del sillón con una carcajada ahogada y se lanzó a mis brazos sin importarle que estuvieran presentes sus padres, su hermano y media casa del cirujano.

La abracé. La besé en el pelo.

—¿Y el anillo? —preguntó Hugo, desde la ventana.

—Está en Stanmore Lodge.

—¿Y qué esperas?

—A que me dejen salir de aquí.

—Vete —dijo el marqués, con un gesto imperial—. Llévate a mi hija. Pero devuélvela antes del lunes. Tiene que vestirse como es debido para la boda.

—Edmund, la boda tardará por lo menos tres meses. Hay que pensar el vestido, la lista de invitados, la iglesia…

—Mamá —dijo Cordelia.

—¿Sí, hija?

—Una semana.

—¡Una semana! ¡Es imposible!

—Una semana, mamá. He esperado veintidós años. No pienso esperar tres meses.

La marquesa abrió la boca. La cerró. Miró a su marido, que se encogía de hombros con un gesto de impotencia, y a su hijo, que se mordía el labio para no reírse. Y después, con un gesto de rendición, sacó un pañuelo del bolso y se lo llevó a los ojos.

—Una semana. Dios mío. Necesitaré a toda la modista de Bond Street.

Salimos de la casa del cirujano cogidos del brazo. Pike nos esperaba con el carruaje en la puerta, con la gorra en la mano y una sonrisa tan ancha que parecía que se le iba a partir la cara. Abrió la portezuela con una reverencia.

—Señor. Señorita.

—A Stanmore Lodge, Pike —dije.

—Con mucho gusto, señor.

—Y no hace falta correr.

—No, señor. Hoy no.