Capítulo 19
El gobernador del Banco de Inglaterra tenía las manos pequeñas, blancas y un poco húmedas, y las apretó contra la tapa del baúl con la devoción con que un sacerdote toca un relicario.
Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, bajo, redondo, de mejillas sonrosadas y anteojos de montura dorada, vestido con una levita azul oscuro de corte impecable y un chaleco bordado en el que brillaba una cadena de reloj del grosor de un dedo.
Se había presentado en White Lodge a mediodía, en un carruaje con el escudo de la institución y acompañado de dos secretarios que no se atrevían a levantar la vista del suelo.
Ahora, de pie ante la mesa de caoba del despacho de lord Sidmouth, miraba la plancha de acero que yo acababa de desenvolver con una expresión tan extraña, tan mezclada de horror y de admiración, que no supe si iba a desmayarse o a felicitarme.
—Es perfecta —murmuró.
—Lo sé —dije.
—Es absolutamente perfecta. Las filigranas del borde, la efigie, la tipografía de la promesa.
Hay detalles aquí que nuestros propios grabadores tardaron tres años en conseguir.
—Se pasó un pañuelo por la frente—. Caballeros, tengo que confesarles algo que mi cargo me obliga a callar.
Durante cuatro meses, mis cajeros han aceptado billetes falsificados con esta plancha.
Los hemos examinado a contraluz. Con lupa.
Con ácidos. Y no hemos conseguido distinguirlos de los auténticos.
—Calloway era un artista —dijo Penrose, desde su butaca.
—Un artista criminal, señor. Pero artista.
—El gobernador cerró los ojos—. Si esto se hubiera descubierto un año más tarde, la confianza pública en el papel moneda se habría derrumbado.
Habríamos tenido pánico en las calles. Bancarrotas.
Tumultos. —Abrió los ojos—. Tengo una deuda con ustedes que no sabré pagar.
—Con la dama —dijo lord Sidmouth, y señaló a Cordelia.
Ella estaba sentada en un rincón, en una silla de respaldo recto, con un vestido gris prestado, las manos envueltas en gasas sobre el regazo y el cabello recogido en una trenza severa.
Había dormido tres horas. Tenía ojeras violáceas y la cara ligeramente hinchada de haber llorado.
Y estaba, a mis ojos, más hermosa de lo que nadie podía soportar.
Cuando todas las miradas se volvieron hacia ella, enrojeció hasta las orejas y se hundió un poco en la silla.
—No es necesario —murmuró.
—Lo es, señorita Fenwick —dijo el gobernador, y para sorpresa de todos, se inclinó ante ella con una reverencia profunda, de cortesano—. Si algún día necesita algo del Banco de Inglaterra, solo tiene que pedirlo.
—Una cuenta corriente —respondió Cordelia, con voz ahogada.
—La tendrá.
—Con intereses.
—Los más altos.
Hugo, que estaba apoyado en la chimenea con una taza de té, soltó un resoplido. El fiscal general, un caballero de pelo blanco y rostro severo que había llegado media hora antes en un coche de alquiler y que desde entonces no había pronunciado una sola palabra, se aclaró la garganta.
—Si me permiten, señores, creo que debemos proceder.
—Por favor —dijo Sidmouth.
—Tengo ante mí el libro de cuentas, que lleva las iniciales de sir Ambrose Calloway en cada página y la de lord Cobham en una de ellas.
Tengo dos planchas matriz de falsificación.
Tengo las declaraciones de lord Alderley, del señor Penrose, del conde de Stanmore y de la señorita Fenwick.
Tengo la confesión firmada, esta mañana, del señor Hallett, secretario particular de lord Sidmouth.
Y tengo la de lord Cobham, que ha pedido, con carácter muy peculiar, comparecer ante mí sin esposas y sin abogado.
—¿Ha confesado? —preguntó Hugo.
—Lo ha confesado todo. Con una minuciosidad que, debo decir, resulta casi ofensiva.
Ha dictado cuarenta y tres páginas en menos de dos horas, incluidas fechas, cantidades y los nombres de nueve funcionarios menores de cuatro ministerios que recibieron dinero.
Pide que se le reconozca que actuó por voluntad propia.
Pide que no se salpique a su familia. Y pide, textualmente, que le dejen escribir sus memorias en la cárcel.
—Qué hombre —murmuró Penrose.
—¿Y Calloway? —pregunté yo.
—Sir Ambrose se niega a hablar. Tiene un chichón del tamaño de una manzana y una crisis nerviosa.
Pero no importa. —El fiscal general se quitó los anteojos—.
Con lo que tenemos, ambos serán juzgados por falsificación de moneda, asesinato, conspiración y alta traición.
Cobham, probablemente, será ahorcado. Calloway, también.
Un silencio incómodo cayó sobre la sala. Miré a Penrose, que había dejado de masticar el regaliz. Tenía los ojos fijos en la ventana.
—Quizá —dijo, muy bajo— podría solicitarse conmutación para el señor Cobham. Cadena perpetua. Deportación. Se la merece menos que Calloway. Es un hombre roto, no un asesino.
—Aldous —dijo Sidmouth, con una suavidad inesperada.
—Es solo una petición. Un viejo sentimental.
—La estudiaremos. —El ministro se volvió hacia el fiscal—. Anótelo, sir Samuel. Quizá sea lo que corresponda. Quizá no. Ya lo veremos.
La reunión duró dos horas más. Se firmaron papeles.
Se lacraron legajos. Los dos lores de la Cámara, dos caballeros ancianos de rostros idénticos, que habían permanecido sentados y sordos en un rincón, se levantaron para declarar con voz solemne que el Parlamento sabría reconocer los servicios prestados.
El gobernador del Banco, con una caligrafía temblorosa, redactó una carta de agradecimiento oficial, que me entregó doblada con una reverencia.
Hugo recibió el perdón completo, con efecto retroactivo, y una nota personal de lord Sidmouth que decía, en una sola línea: «Con mis disculpas por los inconvenientes».
—Qué formal —murmuró mi futuro cuñado, leyéndola.
—Es la manera que tiene de pedir perdón —dije yo.
—Ya.
Cuando terminó todo, el sol declinaba tras los árboles del parque y el despacho se había llenado de una luz rojiza y suave. Sidmouth, con aire de infinita fatiga, se acercó a la ventana. Me llamó con una seña.
—Stanmore.
—Milord.
—Tengo un asunto privado que tratar con usted.
Salimos al pasillo. Cerró la puerta. Me miró con aquellos ojos fríos y claros que parecían ver mucho más de lo que mostraban.
—Hace tres años, a petición de Charles Cobham, le contraté para el Departamento. Usted no sabía en qué se metía y yo tampoco. Lo hizo bien. Mejor de lo que se esperaba. —Hizo una pausa—. Sin embargo, no creo que quiera seguir.
—No, milord.
—Me lo imaginaba. —Una sombra de sonrisa—.
Le pido que se lo piense. Es un buen agente.
Tiene dotes que escasean. Pero también es un hombre que acaba de descubrir que hay otras cosas en la vida.
—Miró hacia la puerta cerrada, tras la cual se oía el murmullo de las voces—.
Y que tiene a una mujer que lo mira como si hubiera inventado el sol.
—Eso creo.
—Entonces no haga nada que ella no apruebe. —Me tendió la mano—. Le doy las gracias, lord Stanmore. En nombre de la Corona. Y en el mío.
Se la estreché.
—Fue un honor servirle, milord.
—Lo sé. —Me soltó—. Ahora vaya a hacer lo que sea que tiene que hacer. Lleva todo el día con pinta de estar esperando.
Tenía razón.
Antes de salir de White Lodge pedí un último favor. Quería ver a Cobham.
Lo habían encerrado en el cuarto de la plata, donde el señor Hallett, apenas confesado, había sido sustituido por un hombre mucho más digno y mucho más peligroso. Dos guardias custodiaban la puerta. Los despaché con un gesto. Abrí.
Estaba sentado en una silla, ante una mesa pequeña, con la pluma en la mano y un montón de pliegos escritos a su lado, con la letra clara y elegante de siempre. Se había lavado la sangre de la cara. Alguien le había prestado un chaleco limpio. Cuando me vio, dejó la pluma.
—Lucian.
—Charles.
—Qué amable de venir. Siéntese. —Señaló una silla—. Estoy redactando el capítulo cuarto. Trata de los años en que Wellington me pidió consejo sobre la logística del Peñón. Es un episodio muy poco conocido.
—No he venido a hablar de sus memorias.
—Lástima. Prometen ser un éxito.
—Quería preguntarle una cosa.
—Pregunte.
—¿Hubo algún momento en que dudó?
Cobham reflexionó. Se frotó la barbilla con un dedo.
—Dos veces. La primera, cuando entró Halloran en la imprenta y vi sus manos temblando.
La segunda, cuando le recomendé a usted a Sidmouth.
—Me miró con ojos claros, sin rastro de burla—.
Pensé: «Este muchacho es demasiado bueno para esto».
Pensé que debía advertírselo. Pero no lo hice. No supe cómo.
—Pues lo hizo muy bien de todas maneras.
—Lo sé. Es lo que más me enorgullece de mi carrera. —Sonrió con tristeza—. Cuídese, Lucian. Y cuide a esa muchacha. Es la mejor cosa que le va a pasar en la vida.
—Lo sé.
—No lo sabe. Pero lo sabrá.
Salí del cuarto sin una palabra más. En el pasillo, apoyado contra la pared, con una pastilla de regaliz en la boca, esperaba Penrose.
—¿Y bien?
—Dice que escribe unas memorias.
—Cobham siempre fue un hombre de proyectos. —Me miró con el ojo sano—. ¿Está usted bien, milord?
—No lo sé. Creo que sí.
—Pues vaya a casarse. Es el mejor remedio que conozco.
Me dirigí a Richmond a pie, solo, con el hombro vendado y el costado sujeto por una faja, por una senda que bajaba entre castaños desnudos hacia el río.
Cordelia, que había dicho que quería ver a sus padres antes de nada, había salido media hora antes en el carruaje de Pike.
Yo había pedido unos minutos. Necesitaba ordenar las ideas.
Casi no logré hacerlo. Iba con la cabeza vacía y el corazón latiéndome tan fuerte que a cada paso me parecía oírlo, y cuando llegué a la casa del cirujano, un edificio de ladrillo amarillo junto a la iglesia, me detuve en la puerta con la mano en el pomo sin atreverme a girarlo.
—Es ridículo —murmuré.