La dama de Brook Street Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Lucian se agachó, con un gruñido, junto al cuerpo. Le tomó el pulso en el cuello. Levantó la mirada.

—Vive. Tiene un chichón del tamaño de un huevo de ganso. —Me miró, con una sonrisa temblorosa—. Cordelia.

—¿Qué?

—Voy a tener que pedirte que dejes de salvarme la vida.

—Es la tercera vez que me lo dices.

—Es la tercera vez que lo haces.

Solté el atizador. Se me escapó una risa histérica, hecha de sollozos y de nervios, y me dejé caer de rodillas en la alfombra.

Lucian me rodeó con el brazo sano. Me atrajo contra su pecho.

Y así nos quedamos, en medio de aquel despacho destrozado, entre cristales y papeles, un hombre herido y una mujer temblorosa, abrazados, con el cuerpo inconsciente de un banquero tendido a nuestros pies y la señora Dagget, que ya se estaba incorporando con una mano en la cabeza y un gruñido de indignación, murmurando algo sobre rodillos, canallas y la injusticia de los amasados interrumpidos.

—Me ha dado en la cabeza —protestó—. ¡En mi propia cocina!

—Esto es el despacho, señora Dagget —dijo Hugo.

—¡Me da igual! ¡Es mi casa!

Penrose, que acababa de aparecer en el umbral, con la pastilla de regaliz todavía en la mano, observó la escena con ojos divertidos.

—Creo —declaró con solemnidad— que podemos dar por concluida la operación.

Tardamos tres horas en poner orden. Los guardias de Sidmouth ataron a los prisioneros, vendaron a los heridos, recogieron a los muertos, que no eran muchos, cinco en total, tres de ellos de la banda de Cobham.

Ogilvie se negó a que le curaran el brazo hasta que no hubiera terminado el recuento.

Pike bajó del desván con el pelo chamuscado y una sonrisa de oreja a oreja, y declaró que había tumbado catorce, aunque Hugo, que los había contado, aseguraba que eran seis.

Lord Sidmouth, vestido ya con una levita negra y los anteojos otra vez sobre la nariz, recorría la casa dictando órdenes en voz baja, con un aplomo que no dejaba ver en absoluto que acababa de sobrevivir a un asedio.

A las diez de la mañana, con el sol ya alto y la escarcha derretida, un cirujano de Richmond vendó el hombro de Lucian, le inmovilizó el costado con una faja de lino y declaró que tenía suerte de seguir en pie. Después me miró las manos, chasqueó la lengua y me las envolvió en gasas limpias.

—Señorita, ¿es usted consciente de que tiene las palmas como un par de filetes?

—Algo me lo había parecido.

—Reposo absoluto durante una semana.

—Lo intentaré.

—No lo hará —dijo el cirujano, con tristeza.

Tenía razón.

Fui a ver a mi padre a media mañana.

Lo habían trasladado a casa del cirujano, un edificio de ladrillo amarillo junto a la iglesia de Richmond, y lo habían acostado en una cama de la primera planta, con la cabeza sobre tres almohadas y una venda alrededor del costado.

Estaba pálido. Muy pálido. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta.

Por un instante, desde la puerta, tuve la certeza de que habían mentido, de que me habían dicho que vivía para no destrozarme, y se me paró el corazón.

Pero entonces abrió los ojos. Me vio. Y sonrió.

—Hija.

—Papá.

Corrí a su lado. Me arrodillé junto a la cama. Le tomé la mano, la grande, blanda y fría mano de marqués que nunca había hecho otra cosa que firmar papeles y sostener una copa, y me la llevé a la mejilla.

—Estás viva —murmuró él.

—Y tú.

—Es una sorpresa. Me parecía que no iba a salir con vida de ese embarcadero. —Rió con un hilo de voz—. Y mira. Hay que ver. Dos balazos y una noche entera tendido en un muelle de Twickenham. Y aquí estamos.

—Papá…

—Cuéntame. ¿Hugo?

—Aquí. Está bien. Vendrá enseguida.

—¿Calloway?

—Detenido. Y Cobham.

—Bien. —Cerró los ojos un momento, con un alivio profundo—. Bien. Entonces ya no tengo que ser valiente.

—Fuiste muy valiente, papá.

—Fui un idiota con suerte.

—No.

—Cordelia. —Abrió los ojos. Me miró con una seriedad extraña—. Tengo que pedirte perdón.

—No.

—Déjame. Es lo único que puedo hacer ahora.

—Me apretó los dedos—. Te fallé. Toda la vida.

A ti, a tu hermano, a tu madre. Me escondí detrás de los libros, detrás del club, detrás de los lores.

Me dije que era un hombre de principios, y era un hombre con miedo.

Y casi te cuesta la vida. —Se le quebró la voz—.

Si algún día encuentras la manera de perdonarme, te lo agradeceré. Y si no la encuentras, lo entenderé.

—Ya te he perdonado.

—No tan deprisa.

—Papá. —Me incliné y le besé la mano—. Me dejaste remar. Me dijiste que era valiente. Hubo cuarenta segundos en ese embarcadero que valieron más que veintidós años de silencio. Los demás ya no cuentan.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Soltó una risa rota y se llevó la mano libre a la cara.

—Nunca me han dicho nada tan bonito.

—Lo he aprendido de un hombre.

—¿De quién?

—Del que me va a pedir matrimonio.

Mi padre alzó las cejas.

—¿Ah, sí?

—Hoy. O mañana. Con un anillo y de rodillas.

—Interesante. —Se pasó la lengua por los labios secos—. ¿Y es de buena familia?

—Es conde.

—Mejor aún. ¿Y tiene fortuna?

—No tengo ni idea.

—¿Y te trata bien?

—Me llama peligrosísima.

—Eso me gusta. —Sonrió—. ¿Y tú le quieres?

—Con toda mi alma.

—Entonces dile que sí. —Me soltó la mano y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos—. Y dile de mi parte que, si te hace llorar, lo mato. Con un balazo en el costado, si puede ser, por simetría.

Me eché a reír. Con el rostro bañado en lágrimas, me incliné y le abracé con cuidado de no tocar la venda, y él me estrechó con la fuerza que le quedaba, y noté que le temblaba el pecho.

La puerta se abrió a nuestras espaldas.

Giré la cabeza. En el umbral, con un sombrero de viaje torcido sobre los rizos grises, un abrigo de piel y los ojos hinchados de haber llorado durante todo el trayecto, estaba mi madre.

—Edmund —dijo, con una voz que yo no le había oído jamás, una voz sin rastro de láudano, sin velo ni distancia—. Edmund, mi vida.

Se le doblaron las rodillas. Cruzó la habitación en dos zancadas, se arrojó sobre la cama y le abrazó.

Mi padre, con un gemido, cerró los ojos y hundió la cara en su cuello.

Se quedaron así un instante largo, como dos viejos náufragos reencontrados en una isla.

Me levanté en silencio. Salí de la habitación, cerré la puerta tras de mí y me apoyé contra la pared del pasillo, con los ojos cerrados, escuchando a través de la madera cómo mi madre, mi madre, sollozaba y reía a la vez y repetía una y otra vez el nombre de su marido.

Un paso conocido, firme, un poco cojo, se acercó por el corredor. Una mano grande, tibia, se cerró sobre mi codo.

—¿Todo bien? —preguntó Lucian.

—Mejor que nunca.

Apoyé la cabeza en su hombro. Él me rodeó con el brazo sano, y nos quedamos así, sin hablar, en un pasillo de ladrillo amarillo junto a una iglesia de Richmond, mientras al otro lado de la puerta una familia entera empezaba, por fin, a curarse.