La dama de Brook Street Capítulo 18
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Capítulo 18

Había prometido a Lucian que no saldría del despacho de lord Sidmouth, y rompí esa promesa nueve minutos después de hacerla.

No fue culpa mía. O no del todo. Estaba sentada en un sillón de cuero junto a la chimenea, con la pistola sobre las rodillas y las manos entumecidas, escuchando los disparos de la planta baja, mientras lord Sidmouth, de pie ante su escritorio, con un batín gris y aire de contable ante un libro de cuentas, me explicaba con voz monótona el estado del Tesoro.

Supongo que era su forma de calmarme. Había dos guardias en la puerta.

Había un cerrojo de hierro. Y había una ventana lateral, alta, con un postigo que daba al jardín, que a nadie se le había ocurrido vigilar.

El cristal se rompió sin ruido. Una mano enguantada, un destello plateado, el chasquido de un pestillo, y de pronto un hombre alto, esbelto, de pelo plateado y capa de terciopelo, había saltado al interior del despacho con una agilidad que no correspondía a su edad.

Detrás de él entraron otros dos, con pistolas.

—Buenos días, Henry —dijo lord Cobham.

Lord Sidmouth no se movió. Había palidecido, pero su expresión no cambió. Se quitó los anteojos con una lentitud deliberada, los dobló y los guardó en el bolsillo del batín.

—Charles —respondió, con voz seca—. Qué sorpresa tan desagradable.

—Lo imagino.

—Mis guardias están en la puerta.

—Dos viejos con mosquetes. Mis hombres han entrado por la cocina y los entretendrán lo suficiente.

—Cobham sonrió con amabilidad infinita. Sus ojos recorrieron el despacho, se detuvieron en el baúl de roble, en el libro de tapas verdes que descansaba sobre el escritorio, en mí—.

Lady Cordelia. Qué placer. No se mueva, se lo ruego.

No quisiera que le pasara nada a un rostro tan encantador.

Apreté la pistola con las dos manos. Los dos hombres de Cobham me apuntaron.

—Suéltela, señorita —dijo uno.

—Cordelia —dijo Sidmouth, con una voz tan tranquila que me heló—. Haga lo que le dicen.

Dejé la pistola en el suelo. Cobham cruzó el despacho con pasos pausados, sin prisa.

Se detuvo ante el escritorio. Cogió el libro de cuentas.

Lo abrió por una página, lo hojeó con aire distraído, y luego lo cerró y se lo metió bajo el brazo.

Con la otra mano levantó la tapa del baúl, miró el interior, exhaló con decepción.

—Las planchas no están —dijo.

—No —respondió Sidmouth—. Las he puesto en lugar seguro.

—Qué precavido.

—Soy un viejo político, Charles. La precaución es mi único mérito.

—Eso y la paciencia. —Cobham sonrió—. Ha sido un placer, Henry. De verdad. Pero me temo que debo retirarme. Con el libro me basta. Sin él, Ambrose y yo no tenemos nada que temer, y vosotros no tenéis nada con lo que acusarnos.

—Las planchas bastan.

—Las planchas pueden perderse. —Alzó una ceja—. Un incendio en la biblioteca, por ejemplo. Un lamentable accidente.

Fue entonces cuando comprendí lo que iba a pasar.

Cobham iba a marcharse con el libro y a prender fuego a la casa, con nosotros dentro, y a dar la vuelta a la historia con una carta falsa y una orden de arresto.

Y comprendí también que Lucian, en algún punto de aquella casa, estaba peleando por su vida sin saber que el libro, el único libro, estaba a punto de desaparecer.

Hay una clase de decisión que no se toma. Se obedece.

Me tiré al suelo. Agarré la pistola. Rodé por la alfombra y, antes de que los hombres de Cobham reaccionaran, disparé al que estaba más cerca.

Un fogonazo. Un grito. El hombre cayó con la mano en el muslo.

El otro apuntó, y entonces los dos guardias de la puerta, que por lo visto no estaban tan entretenidos como creía Cobham, irrumpieron en el despacho con los mosquetes por delante.

Hubo un disparo, otro, un estruendo, una nube de humo.

Alguien me agarró y me tiró contra el suelo, y era Sidmouth, el Secretario de Estado, que me cubrió con su batín y su cuerpo flaco con una agilidad asombrosa.

—¡Quédese ahí, señorita!

—¡Cobham! ¡Se escapa!

—Que se escape. Lo cogerán.

Pero yo vi la figura de capa oscura saltar por la ventana lateral, el destello del libro verde, y supe que no. Me liberé de Sidmouth con un tirón. Me levanté. Recogí la pistola del suelo.

—¡Señorita Fenwick! —gritó el ministro—. ¡Le ordeno que no…!

—Perdóneme, milord —dije, ya con un pie en el alféizar—. Le prometí a otra persona que no saldría. Pero tampoco voy a dejar que se lleve ese libro.

Salté. Aterricé de rodillas sobre la hierba helada, con el camisón enganchado en una rama y las manos escocidas. Eché a correr. Vi a Cobham, a lo lejos, entre los árboles. Vi a Lucian, que salía de la casa tras él, y me lancé detrás de los dos.

No recuerdo la carrera. Recuerdo el frío en los pulmones, el sabor a hierro en la boca, el latido en las orejas.

Recuerdo el disparo, el grito de Lucian, la figura de Cobham apuntando al corazón del hombre al que amaba.

Y recuerdo mi propia voz, estridente, desconocida, llamándolo por su nombre en el instante preciso para que la bala se desviase.

Después, lo demás.

Cuando atrapamos a Cobham y Penrose le ofreció aquella pastilla de regaliz, yo me quedé de rodillas junto a Lucian, con el libro apretado contra el pecho y el camisón empapado de sangre.

No era mía. Tenía sangre suya en las manos, en los brazos, en la cara.

Me castañeteaban los dientes. Sentía que se me iba a romper algo por dentro.

—Voy a desmayarme —dije, con voz ligera.

—No te desmayes —dijo Lucian.

—No quiero.

—Pues no lo hagas.

—Es que no sé cómo se evita.

—Respira.

Respiré. Hugo y Ogilvie levantaron a Cobham del suelo, le ataron las muñecas con un pañuelo y lo condujeron hacia la casa, y el viejo, con la nariz rota, los labios hinchados y el pelo de punta, caminaba entre ellos con una especie de serenidad ausente, como si nada de aquello le concerniera.

Penrose los seguía con la pastilla de regaliz a medio comer en la mano.

Entre los árboles, a lo lejos, sonó un grito de mujer. Después un estrépito de cristales.

—La casa —dijo Lucian.

Nos pusimos en pie, él apoyado en mi hombro, con el brazo izquierdo colgando, y regresamos hacia White Lodge tan rápido como nos lo permitió su costado.

El patio estaba sembrado de heridos. Los guardias de Sidmouth, con las casacas manchadas de sangre y los rostros ennegrecidos de pólvora, apuntaban con sus mosquetes a un grupo de unos diez hombres de Cobham que, arrodillados sobre la hierba, con las manos en la nuca, parecían haber perdido de golpe todas las ganas de pelea.

La puerta principal colgaba de una bisagra.

Dentro, en el vestíbulo, un reguero de sangre llevaba hasta la escalera.

—¿Dónde está Calloway? —preguntó Lucian.

—No lo hemos visto, capitán —respondió Ogilvie, con el brazo en cabestrillo—. Se escabulló en cuanto cayó el primer hombre.

—Tiene que estar aquí. Su carruaje sigue en la verja.

Un chillido agudo, procedente del despacho, nos hizo girar a todos. Era la voz de la señora Dagget. Corrimos por el pasillo. Empujé la puerta.

Dentro, entre los restos de cristales y papeles, estaba sir Ambrose Calloway.

Se había quitado el abrigo de piel. Llevaba la camisa desgarrada, el chaleco manchado, el pelo gris revuelto sobre la frente.

Tenía en una mano una pistola. En la otra, un paquete envuelto en tela encerada, del tamaño de una bandeja.

Las planchas. Las había encontrado. Estaban detrás de un panel falso de la biblioteca, donde Sidmouth las había escondido, y Calloway, con los ojos desorbitados, las apretaba contra su pecho como un niño aprieta a su muñeco.

A sus pies, sobre la alfombra, yacía la señora Dagget, de espaldas, con el rodillo de amasar en la mano y una mancha roja en la sien.

—¡No se acerquen! —gritó—. ¡No se acerquen o disparo!

—Calloway —dijo Lucian, muy despacio.

—¡No!

—Está acabado. Cobham ha sido detenido. Sus hombres se han rendido. Todo ha terminado.

—¡No ha terminado! —Calloway nos apuntaba con la pistola, con la mano temblando—. ¡Veinte años! ¡Veinte años de trabajo! ¡Os lo vais a llevar todo! ¡No lo permitiré!

—Sir Ambrose —dije yo.

Me miró. Fue la primera vez que lo vi sin máscara.

Tenía la cara descompuesta, el labio inferior temblando, los ojos pequeños y claros muy abiertos, con una desesperación infantil, lamentable.

El banquero respetable, el padrino de Hugo, el hombre que me había regalado un telescopio.

Había desaparecido. Quedaba un viejo asustado con una pistola en la mano.

—Cordelia —susurró—. Cordelia, querida. Tú me conoces. Sabes que yo nunca quise hacerte daño. Siempre te quise como a una hija.

—Lo sé.

—Entonces ayúdame. Déjame ir. Con las planchas. No volveré. Me iré al extranjero. A Jamaica. Desapareceré. Nadie sabrá nunca…

—Tiene a Halloran en la conciencia.

—Fue un accidente.

—Tiene a Wren.

—Eran necesarios.

—Tiene a mi padre con una bala en el costado.

—Ese fue Pritchard, yo no…

—Tiene a la señora Dagget en el suelo.

Calloway bajó la vista. La miró, sorprendido, como si hasta entonces no hubiera reparado en ella. En ese instante de vacilación, con una rapidez que me asombró incluso a mí, di un paso hacia la chimenea. Mis dedos se cerraron en torno al mango de bronce del atizador. Lo levanté con las dos manos.

—No lo hará —dijo él.

—Es la tercera vez —respondí.

—¿Qué?

—Esta semana. Es la tercera vez que le doy un golpe en la cabeza a un hombre. Ya le voy cogiendo el gusto.

Lo descargué.

El impacto me subió por los brazos hasta los hombros.

Hubo un chasquido sordo. Calloway abrió la boca, soltó la pistola, soltó las planchas, que cayeron sobre la alfombra con un estruendo metálico, y se derrumbó hacia delante, de bruces, con un gemido apagado.

Se quedó inmóvil, con una mejilla contra el suelo y un hilo de sangre naciéndole en la sien.

Silencio.

—¿Lo has matado? —preguntó Hugo, desde la puerta.

—No creo.

—Qué lástima.

—¡Hugo!

—Es un chiste.