Capítulo 17 #2
Seguimos peleando. No sé cuánto tiempo pasó.
Se me nubló la memoria; solo conservo fragmentos.
La cara desencajada de un joven soldado al que tuve que golpear con la culata.
El rugido de Ogilvie, que peleaba con la bayoneta en una mano y un sable en la otra, como en sus mejores tiempos.
Un agente de Bow Street que me apuntó con un trabuco a quemarropa, y que cayó fulminado cuando Hugo, desde lo alto de la escalera, soltó un escopetazo por encima de mi cabeza.
Un pitido en los oídos. El suelo cubierto de vidrios, sangre y cartuchos.
Y, de pronto, en medio de aquel caos, el silencio brutal, atronador, de una pausa en la que nadie se movía.
Quedaban en pie unos diez hombres. Los demás yacían heridos, muertos o huyendo hacia el jardín. Los de Cobham retrocedían, desmoralizados, con las armas bajas.
—¡Atrás! —gritó una voz—. ¡Atrás, cobardes! ¡Hay otra entrada!
Era Calloway. Se había apeado del carruaje y avanzaba por el patio con un bastón en una mano y una pistola en la otra, el abrigo de piel sacudido por el viento. Estaba pálido, desencajado. Los ojos le brillaban con una luz febril.
—¡Rodead la casa! ¡La cocina! ¡Hay una puerta trasera!
Ogilvie y yo nos miramos.
—La cocina —dije.
—Hay dos guardias.
—No bastarán. —Me limpié la sangre de la boca—. Ogilvie, quédate aquí. Si Cobham entra por la puerta principal, no lo dejes pasar. Yo voy a la cocina.
—Sí, capitán.
Corrí. Atravesé el pasillo, esquivé a un guardia herido que se arrastraba, empujé la puerta de la cocina de un puntapié.
Dentro, entre los restos de cacharros y cristales, vi a dos hombres de Cobham forcejeando con un soldado de la Guardia.
Detrás de ellos, en el vano de la puerta trasera, la señora Dagget, la cocinera, con un rodillo de amasar en una mano y un cazo de cobre en la otra, golpeaba con ferocidad los hombros de un agente que intentaba cruzar el umbral.
—¡Fuera de mi cocina, granujas! —chillaba—. ¡Fuera! ¡Fuera!
Disparé. Uno de los hombres cayó. El otro se volvió hacia mí, con un cuchillo, y yo le golpeé en la sien con la culata de la pistola. Se derrumbó sin un ruido. La señora Dagget, jadeando, con los rizos grises pegados a la frente, me miró con ojos de loca.
—Milord —resolló—. Ahí fuera hay más.
—Lo sé. Gracias, señora Dagget.
—Gracias a usted. —Levantó el cazo—. No me han dejado terminar el pan.
Salté por encima del cuerpo y me asomé a la puerta trasera. Fuera, en el patio de las cocinas, junto a una pila de leña, tres hombres corrían hacia el parque. Y entre ellos, ligero, elegante, con la capa ondeando tras él y un bulto de cuero bajo el brazo, huía un hombre de pelo plateado.
Cobham.
Me quedé inmóvil un segundo. No había entrado por la puerta principal. Había dado un rodeo, silencioso, lejos de la pelea, y se había colado por una ventana lateral, y había llegado hasta el despacho, y de allí se había llevado algo. Algo que ahora llevaba bajo el brazo, envuelto en cuero verde.
El libro de cuentas.
—¡Cobham! —grité.
Se volvió. Me miró por encima del hombro, con una sonrisa fría, y echó a correr hacia los árboles con una agilidad impropia de un hombre de sesenta años.
No pensé. Salí tras él.
Corrí por el patio, por el césped helado, con las botas resbalando sobre la escarcha, con el aire frío cortándome los pulmones.
Detrás de mí oía gritos, disparos, la voz de Hugo llamándome.
No me volví. Cobham tenía ventaja, veinte varas, pero iba cargado y yo no.
Atravesamos un prado, un seto, un sendero de grava.
Se metió entre unos robles, y yo detrás, saltando raíces, esquivando ramas bajas.
A lo lejos, entre la bruma, se movían grandes bultos oscuros, los ciervos del parque, que levantaron las cabezas al vernos pasar y huyeron en estampida.
—¡Alto, Cobham!
—¡No me alcanzará! —respondió, riendo, sin volverse—. ¡Soy más listo que usted!
—¡Eso es lo que usted cree!
—¡Se lo demostraré!
Se detuvo de pronto. Giró sobre sus talones. En su mano derecha había aparecido una pistolita de dos cañones, plateada, de las que se llevan en el bolsillo del chaleco. Me apuntó al pecho.
—Lo siento, Lucian —dijo—. De verdad que lo siento.
Disparó.
Algo me golpeó en el hombro izquierdo con la fuerza de una coz.
Me tambaleé. Caí de rodillas sobre la hierba escarchada.
El dolor llegó un instante después, un fuego blanco que me recorrió el brazo hasta los dedos.
Vi la sangre brotar entre mis dedos. Levanté la cabeza.
Cobham, a diez pasos, volvía a apuntar, esta vez al corazón.
—Tenía usted un futuro prometedor —murmuró, con un tono casi nostálgico—. Era mi mejor discípulo.
El disparo sonó.
No me dio. Una voz seca, firme, de mujer, había gritado «¡Lucian!» desde algún punto a mi espalda, y la mano de Cobham, sobresaltada, se había desviado. La bala me rozó la oreja y se perdió entre los robles. Giré la cabeza.
Cordelia corría hacia nosotros por el prado, con el camisón de lana revoloteando alrededor de sus piernas, el pelo suelto al viento y la pistolita de nogal en la mano, el brazo estirado. Se detuvo a quince pasos. Apuntó. Y en su cara, blanca como la cal, no había ni rastro de miedo.
—Suelte esa pistola, lord Cobham —dijo.
—Lady Cordelia —sonrió él—. Qué sorpresa.
—Suéltela.
—No creo que dispare. Es usted una dama.
—Es lo que dijo Dunstan, y le acerté en una pierna.
Cobham la miró un segundo. Vi cómo se le tensaban los hombros. Vi cómo calculaba, con la rapidez de un jugador de ajedrez, las distancias, los ángulos, las posibilidades. Vi cómo decidía.
Se arrojó al suelo y rodó hacia un lado.
El disparo de Cordelia le pasó por encima de la cabeza.
Cobham, tumbado, apuntó con su segundo cañón.
Yo me lancé hacia delante con todas mis fuerzas, con el hombro herido ardiendo, y le agarré la muñeca en el instante preciso en que disparaba.
La bala se perdió en el cielo. Rodamos sobre la hierba.
Cobham, flaco y nervudo, tenía una fuerza insospechada.
Me clavó una rodilla en las costillas rotas y yo aullé.
Me arañó la cara. Intentó morderme. Le di un cabezazo en la nariz, que crujió, y un puñetazo en la boca.
Cayó hacia atrás, aturdido, con los labios sangrando y el pelo plateado revuelto.
Me incorporé a medias. Le puse la rodilla sobre el pecho.
—Se acabó —jadeé.
—Lucian…
—Se acabó, Charles.
Me miró. Los ojos azules, tan límpidos, tan benévolos, tenían ahora un fulgor extraño, una grieta por donde se asomaba algo viejo, cansado. Una expresión que no había visto en toda mi vida y que me costó nombrar. Lo comprendí cuando lo vi dejar caer la cabeza sobre la hierba y cerrar los ojos.
Era alivio.
—Treinta años —murmuró—. Treinta años fingiendo.
—Lo sé.
—Qué agotador.
No contesté. A mi espalda oí los pasos de Cordelia, que se acercaba con la pistola en la mano, jadeando. Se arrodilló a mi lado. Me puso la mano en el hombro herido, sin apretar, y yo noté que le temblaban los dedos.
—Estás sangrando —dijo.
—Es un rasguño.
—Es un agujero.
—Casi siempre es verdad —dije, y ella soltó una carcajada ahogada, entre sollozos.
El libro de cuentas había quedado a un paso, sobre la hierba, entre los dos, con sus tapas de cuero verde manchadas de escarcha y de sangre. Cordelia lo recogió. Lo apretó contra el pecho.
—Gracias —susurré.
—No me des las gracias. Te dije que no iba a dejarte.
—Lo sé.
—Eres imposible.
—Lo sé.
Me besó la frente. Detrás de ella, entre los árboles, aparecieron corriendo Hugo, Ogilvie y media docena de guardias, con las armas en alto. Detrás, más lento, con el camisón arremangado y la pistola de duelo colgando de una mano, venía Penrose, resoplando, con una expresión de profundo contento.
—Milord —dijo, al llegar—. Lamento el retraso. Mi puntería es lamentable, pero mis piernas, por lo visto, también.
—Penrose.
—Dígame.
—Llegó a tiempo.
—Es lo que importa. —Miró a Cobham, tendido en la hierba, con los ojos cerrados y una sonrisa agotada en los labios. Su rostro se ablandó—. Hola, Charles.
Cobham abrió los ojos.
—Hola, Aldous.
—Veo que te has dejado atrapar.
—Estaba cansado.
—Lo sé. —El viejo se arrodilló con un gruñido junto a su antiguo maestro. Sacó del bolsillo del camisón una pastilla de regaliz, la partió por la mitad y le ofreció un trozo—. Toma. Ayuda a pensar.
Cobham miró la pastilla. Después, muy despacio, la cogió.