La dama de Brook Street Capítulo 17
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Capítulo 17

El primer disparo entró por la ventana de la cocina y se llevó por delante una fila de cacerolas de cobre con un estruendo que despertó a toda la casa.

Yo ya estaba de pie. Llevaba una hora despierto, sentado en el borde de la cama, con la espalda contra la pared y una pistola sobre las rodillas, escuchando cómo respiraba Cordelia a mi lado, con la cabeza hundida en la almohada y una mano abierta sobre mi muslo.

No había dormido. Había pasado aquellas horas mirando la ventana, contando las sombras de los árboles y repasando mentalmente cada puerta, cada escalera, cada posible entrada de aquella casa que no era mía y que debía defender como si lo fuera.

Por eso, cuando el cristal estalló abajo, no di un salto.

Me puse en pie, me calcé las botas, cogí la segunda pistola del tocador y puse una mano sobre el hombro de Cordelia.

—Despierta.

—¿Mmm?

—Cordelia. Ya vienen.

Abrió los ojos de golpe. No hizo una sola pregunta. Se incorporó, se echó el camisón por la cabeza, se calzó los zapatos a ciegas y cogió la pistolita de culata de nogal de la mesilla con una destreza que me hizo sentir un orgullo absurdo, injustificado, en mitad de una emergencia.

—¿Cuántos?

—No lo sé. Muchos.

—¿Dónde quieres que esté?

—En ningún sitio donde te disparen.

—Lucian.

—En el despacho de Sidmouth. Con él. Hay un cerrojo de hierro en la puerta y dos hombres de la Guardia. —La besé en la frente—. Y no salgas aunque oigas mi voz. Si alguien te dice que te llamo, es mentira.

—Lo sé.

—Prométemelo.

—Te lo prometo. —Me miró con ojos duros y brillantes—. Pero tú prométeme que vas a volver.

—Cordelia…

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

Abrí la puerta. En el pasillo, entre la penumbra gris que entraba por los ventanales, se agolpaban ya los de la casa: Pike, descalzo y en mangas de camisa, con un mosquete largo en cada mano y el pelo erizado; Hugo, con la cabeza vendada y la escopeta que le había dado Martha; Penrose, de camisón, con una pistola de duelo de Sidmouth que sostenía como si fuera un abanico; el sargento Ogilvie, con la casaca desabrochada y los ojos centelleantes, hambriento de una pelea que llevaba años esperando.

—¿Cuántos, sargento? —pregunté.

—Los he contado desde la verja, milord. Veintidós.

A pie y a caballo. Con antorchas. Dos carruajes cerrados, uno de ellos con el escudo de Bow Street.

Han derribado el portón. —Escupió a un lado—.

Y vienen mandados por un caballero de pelo plateado que va a caballo, a retaguardia, y no se moja los zapatos.

—Cobham.

—Eso supongo.

—Bien. Escúchenme todos. —Bajé la voz—. Somos nueve contra veintidós.

Tenemos tres paredes de ladrillo, cuatro ventanas por piso y una escalera estrecha.

La Guardia de lord Sidmouth defiende el vestíbulo y la puerta principal.

Pike, al desván, con los mosquetes. Desde ahí se ve todo el camino.

Hugo, a la ventana de la biblioteca. No dispares hasta que yo lo diga. Penrose…

—Yo me quedaré con lord Sidmouth, milord. Soy viejo y miope y mi puntería es lamentable. Seré más útil como testigo.

—Me parece perfecto. Ogilvie, tú conmigo.

—Sí, capitán.

Hacía cuatro años que nadie me llamaba así. Me estremecí.

Bajamos las escaleras a toda prisa. Abajo, en el vestíbulo, seis hombres de la Guardia, viejos soldados de casaca roja y rostros curtidos, ya habían atrancado la puerta principal con una cómoda y dos butacas, y se agazapaban junto a las ventanas con los mosquetes preparados.

Desde fuera llegaban voces, relinchos, el crepitar de las antorchas y, de pronto, una voz de barítono, suave y culta, que reconocí con un escalofrío:

—¡Lord Sidmouth! ¡Lord Stanmore! Soy lord Cobham, subsecretario de Estado del Interior. Vengo con una orden de detención firmada por un magistrado, para arrestar a lord Alderley y a lord Stanmore por asesinato y alta traición. Les ruego que abran las puertas y se rindan sin derramamiento de sangre.

Me asomé con cuidado a una de las ventanas del vestíbulo.

En el patio, entre los árboles, bajo un cielo que empezaba a clarear, se desplegaban los hombres como una media luna: soldados de casaca roja, agentes de Bow Street con brazaletes, rufianes de cara patibularia con casacas de todos los colores.

A la derecha, en un caballo gris, con la capa de terciopelo sobre los hombros y el bastón de ébano sobre el arzón, vi a Cobham, impecable, sereno.

A su lado, en un carruaje negro con la portezuela abierta, asomaba la figura inconfundible de Calloway, envuelto en un abrigo de piel.

—Es una pena —murmuró Ogilvie, a mi lado—. Tenía la esperanza de que los soldados fueran de mi regimiento.

—No lo son.

—Lo he notado. Marchan mal.

Sonreí. Levanté la pistola, la apoyé en el alféizar y grité:

—¡Lord Cobham! ¡Soy Stanmore! Tengo una contraorden de lord Sidmouth, Secretario de Estado del Interior, que le ordena retirarse con todos sus hombres en el acto, so pena de ser considerado reo de alta traición!

Hubo un breve silencio. Una risa suave, casi cariñosa, atravesó la bruma.

—Querido Lucian. Siempre tan teatral. —La voz de Cobham sonaba divertida—.

Me temo que lord Sidmouth se encuentra indispuesto.

Muy indispuesto. Y en su ausencia soy yo quien ejerce la autoridad del Departamento.

Entreguen lo que se llevaron del almacén de Deptford.

Entreguen a lord Alderley. Y nadie sufrirá daño.

—¡No lo creo!

—Entonces lo lamento profundamente. —Levantó una mano—. Sargento. Fuego.

Los mosquetes rugieron a la vez.

El vestíbulo se llenó de astillas, de humo, de cristales.

Me tiré al suelo. Una lluvia de plomo acribilló la puerta, la cómoda, las paredes, y un grito agudo, doloroso, salió de la garganta de uno de los guardias, que cayó de espaldas con una mano en el hombro.

Ogilvie, junto a mí, se incorporó con un rugido y disparó por la ventana.

Un hombre cayó del caballo. Después, un caos de detonaciones, de gritos, de humo.

—¡Fuego a discreción! —aullé—. ¡Apunten a los que llevan antorchas!

Cargué, apunté, disparé. Cargué, apunté, disparé.

Era un movimiento que mi cuerpo había aprendido en Salamanca y que no había olvidado: el pulgar sobre el martillo, el cañón sobre el alféizar, el peso en los pies.

Sentía el humo en los ojos, la pólvora en la lengua, el rugido de la sangre en las orejas.

Veía caer figuras en el patio, oscuras, borrosas.

Oía los mosquetes de Pike desde el desván, secos y precisos, uno cada diez segundos, cada uno con su correspondiente grito.

Y pensé, con una claridad extraña: «Esto no tiene nada que ver con el honor. Esto es solo sobrevivir».

El asalto duró un cuarto de hora. Después se hizo una pausa, y en ella oí cómo los hombres de Cobham se reagrupaban en la hierba, y el golpeteo de algo pesado contra la fachada, un tronco, una viga, un ariete improvisado. Ogilvie me miró.

—Van a derribar la puerta.

—Lo sé.

—No aguantará.

—No tiene que aguantar mucho. —Sacé una daga del cinto—. Cuando entren, el vestíbulo será una trampa. Dejadlos pasar. Dejad que se agrupen. Y entonces, fuego de costado desde la escalera.

—Hecho.

Ogilvie se acercó mientras comprobaba el cebo de su mosquete.

—Capitán, ¿puedo decirle una cosa antes de que se arme?

—Dila.

—En Burgos usted me dijo que el miedo no se quita, que se aprende a llevar como una mochila. —Me miró de reojo—. Llevo cuatro años con esa frase en la cabeza. Es la mejor que me han dicho.

—Yo la dije para convencerme a mí mismo.

—Pues funcionó. —Sonrió con media boca—. Hoy la mochila pesa menos, capitán. Es raro. Pero pesa menos.

—Gracias, Ogilvie.

—No hay de qué, señor. Y si me matan, cuide de que le toquen una gaita a mi entierro. Una de verdad, no esas cosas de salón.

—Nadie va a matarte.

—Eso decía el teniente Mallory. —Cerró el cebo con un chasquido—. Que Dios le tenga en su gloria.

Ocupamos posiciones. Los guardias, a ambos lados del vestíbulo, junto a las columnas.

Yo, en la escalera, tres peldaños arriba, con una pistola cargada en cada mano.

Contuve el aliento. A mi espalda, en el piso de arriba, resonaban pasos apresurados, la voz de Hugo, un grito de Penrose.

Y entonces, con un estruendo de madera astillada, la puerta principal saltó de sus bisagras y un tropel de hombres irrumpió en el vestíbulo con un rugido.

—¡Fuego!

El vestíbulo se convirtió en un infierno.

Caían hombres a derecha y a izquierda. Disparé las dos pistolas, tiré una, saqué la daga.

Un rufián enorme, de barba roja, se me echó encima con un garrote.

Esquivé el golpe. Le hundí la hoja en el muslo.

Gritó. Un puñetazo me alcanzó en la mandíbula y vi estrellas, pero la costilla rota no me dolió, porque la rabia era mayor.

Agarré al hombre por el cuello, lo estrellé contra la barandilla y, mientras rodaba escaleras abajo, otro se abalanzó sobre mí con una bayoneta.

Un disparo de Pike desde el desván lo derribó antes de que llegara.

—¡Gracias, Pike! —grité.

—¡De nada, señor!

Arriba, en el rellano, Hugo había dejado de ser el muchacho enclenque que habíamos sacado de una cabaña de pescadores.

Se había plantado en lo alto de la escalera con la escopeta apoyada en la barandilla, con la cabeza descubierta y la camisa abierta, y disparaba con una calma que me sorprendió.

Cada vez que un hombre intentaba subir, un estampido, un grito, un cuerpo rodando peldaños abajo.

Le vi cargar el arma con las manos firmes, sin una sola mirada hacia atrás.

Y recordé lo que me había dicho en el huerto: «Me gustaría hacer una cosa que valiera la pena».

Valía la pena. Valía muchísimo.