Capítulo 16 #3
—Eso lo has dicho tú. —Me acerqué. Me senté a horcajadas sobre sus muslos, con las rodillas hundidas en el colchón—. Quiero que me lo repitas mañana, y pasado mañana, y dentro de cuarenta años.
—Te lo repetiré.
—Ahora, cállate.
Lo besé. Con calma esta vez, saboreándolo, con la boca húmeda y abierta, y él respondió con un gemido que me recorrió la espalda.
Sus manos subieron por mis costados, con cuidado, sin apretar, y se detuvieron en mi cintura.
Le mordí el labio. Le besé la mandíbula, el cuello, el hueco de la clavícula, y fui descendiendo, con la lengua y los labios, por la línea de su pecho, hasta que él echó la cabeza hacia atrás y soltó un gruñido ronco.
Me detuve en su vientre. Le desabroché los pantalones.
—Cordelia…
—Quieto.
—Cordelia, no tienes que…
—Quiero.
Lo liberé. Estaba duro, caliente, tenso como una cuerda.
Lo rodeé con la mano, con suavidad, y él dio una sacudida y se agarró a las sábanas con los dos puños.
Acerqué la boca. Lo besé en la punta, despacio.
Probé su sabor salado, su piel sedosa. Le recorrí con la lengua, de la base a la cima, y le oí soltar una maldición entre dientes, entrecortada, rota, mi nombre mezclado con una plegaria.
—Dios… Cordelia… Dios mío…
Lo tomé en la boca. Despacio. Aprendiendo.
Sintiendo cómo reaccionaba cada músculo, cada temblor, cada gemido, y descubriendo, con una felicidad vertiginosa, que yo, la hija tímida del marqués de Linthwaite, la que rechazaba pretendientes con sonetos, era capaz de deshacer a aquel hombre con una boca y unas manos.
Su mano se hundió en mi pelo. No me empujó.
Solo me acarició, con una ternura temblorosa, mientras su respiración se volvía cada vez más desordenada.
—Para —jadeó—. Para, amor, o no voy a…
Me aparté. Me incorporé con los labios húmedos, hinchados. Me miró con los ojos negros, brillantes, desquiciados.
—Quiero estar contigo —dije.
—Sí.
—Dentro.
—Sí. Dios, sí.
Me alcé sobre las rodillas. Lo guie con la mano.
Y me dejé caer sobre él, despacio, con los ojos cerrados, sintiendo cómo me llenaba por completo, centímetro a centímetro, y los dos soltamos un gemido largo, entrecortado, de alivio y de ansia.
Me quedé quieta un momento, empalada, con la frente apoyada en la suya. Sentí cómo palpitaba dentro de mí.
—Te quiero —susurré.
—Y yo a ti. —Me acarició el rostro con las dos manos—. Más de lo que puedo decir.
Me moví. Despacio al principio, ondulando las caderas, con las manos apoyadas en sus hombros, buscando el ángulo que me arrancaba un gemido.
Sus manos descendieron hasta mis nalgas y las sujetaron, guiándome sin imponerse, y su boca encontró mis pechos, y fue lamiendo, besando, mordisqueando con suavidad, mientras yo subía y bajaba sobre él con una cadencia cada vez más rápida.
La luz de la luna, desde la ventana, dibujaba franjas plateadas sobre nuestros cuerpos.
Había sudor, aliento, un sonido húmedo y rítmico que me abrasaba las mejillas y me llenaba de un placer feroz.
—Más rápido —jadeé.
—Cordelia, mi costilla…
—Me da igual.
—Dios.
Aceleré. Eché la cabeza hacia atrás, con el pelo cayéndome por la espalda, y noté cómo la tensión se enroscaba en mi vientre, tirante, ardiente.
Una de sus manos bajó entre nuestros cuerpos, y el pulgar encontró el punto exacto, y me acarició en círculos al ritmo de mis caderas.
Grité. Se me cortó la respiración. Me aferré a sus hombros con las uñas.
—Ahora —murmuró—. Ven, mi vida. Ven conmigo.
Me estremecí de la cabeza a los pies en una oleada tan intensa que vi estrellas.
Mi cuerpo se contrajo alrededor del suyo, una vez, dos, tres, y oí su gemido ronco, desgarrado, sentí cómo se tensaba debajo de mí y se hundía hasta lo más hondo con un temblor que lo recorrió de arriba abajo.
Su rostro se contrajo en una mueca de placer casi dolorosa.
Sentí el estallido caliente de su simiente dentro de mí, y me abracé a su cuello, y los dos nos quedamos así, enlazados, temblando, con la respiración desbocada, mientras el mundo, afuera, seguía su curso silencioso bajo la luna.
Pasó un rato largo antes de que ninguno hablara.
—Creo que me he hecho daño en la costilla —dijo él por fin, con la voz enronquecida y una risa en el fondo.
—Te lo dije.
—Ha valido la pena.
—Eso opino yo también.
Me deslicé a su lado. Me tumbé de costado, con la cabeza sobre su hombro sano, y él me cubrió con una manta. Le acaricié el pecho con la yema de los dedos, sintiendo cómo el latido de su corazón se iba aquietando.
—Lucian.
—Dime.
—Mañana, cuando todo esto acabe… —Hice una pausa—. ¿Me lo preguntarás?
—¿El qué?
—Lo que dijiste que me preguntarías.
Me besó en la sien.
—Mañana —dijo—. Te lo preguntaré mañana. Con un anillo de verdad, y de rodillas, y con tu padre al corriente.
—Es una buena idea.
—Lo sé.
Me acurruqué contra él. Cerré los ojos. Por la ventana abierta entraba una brisa fría que olía a hierba y a tierra mojada, y en algún lugar del parque ululó un búho, largo y lento. Fuera, a lo lejos, un reloj dio la medianoche.