La dama de Brook Street Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Ahora, Stanmore, tendremos que actuar con rapidez.

—Se acercó a la mesa. Apoyó las dos manos en el borde—.

Cobham sabe que su plan ha fracasado. Sabe que la señorita Fenwick está aquí, que usted escapó, que el baúl está en mi poder.

Y es un hombre desesperado. Tiene a su disposición a Bow Street, a parte de la Guardia, y a un buen puñado de agentes a sueldo.

Si quiere recuperar esto, vendrá a por ello. Esta noche o mañana al amanecer.

—Entonces defenderemos la casa —dijo Lucian.

—Defenderemos la casa. Y mañana a mediodía, en presencia del fiscal general, de dos lores de la Cámara y del Gobernador del Banco de Inglaterra, que he convocado discretamente, abriremos este baúl y expondremos ante testigos honorables lo que contiene.

Una vez que esos hombres lo hayan visto, Cobham y Calloway estarán perdidos, porque será imposible negarlo.

—Hasta entonces, tenemos que resistir.

—Hasta entonces. —Sidmouth me miró—. Señorita Fenwick. Su coraje ha salvado, probablemente, a este reino de un escándalo de dimensiones inimaginables. Quiero que sepa que la nación, aunque nunca lo sabrá, le debe una gratitud inmensa.

—Preferiría que me debiera una cama, milord —respondí, con un hilo de voz—. Llevo despierta treinta horas.

Hubo un silencio estupefacto. Después Sidmouth, para sorpresa general, emitió un sonido breve y seco que, con un poco de buena voluntad, podía considerarse una carcajada.

—Tendrá la mejor cama de la casa, señorita. Y usted, Stanmore, la de al lado. Dormirán ambos como los justos. Mi gente vigilará. Pike, el señor Penrose y lord Alderley compartirán el cuarto de invitados. Nadie les molestará hasta el alba.

—Gracias, milord —dijo Lucian, con una mirada hacia mí que me hizo enrojecer.

—No me dé las gracias. —Sidmouth ya se había vuelto hacia sus papeles, con los anteojos puestos y el ceño fruncido—. Y, Stanmore.

—¿Milord?

—Las camas están en habitaciones separadas. Quiero que quede constancia de mi estricta moralidad. —Alzó la vista un instante, con un brillo inconfundible en la mirada—. Las paredes son delgadas, pero las puertas, me temo, no tienen cerradura.

Entonces intervino Penrose, que se había tomado dos tazas de té y empezaba a recuperar su locuacidad.

—Si me permite, milord. Sugiero que dispongamos las defensas esta misma noche. Una ventana en cada habitación, una vela en cada ventana, un hombre en cada pasillo. Y que el señor Pike, que es más hábil con un mosquete que con una pluma, tome posición en el desván.

—¿Y yo qué hago? —preguntó Hugo.

—Usted, lord Alderley, hará lo que mejor sabe hacer.

—¿Qué es?

—Dormir. Con esa cabeza, no sirve para otra cosa.

—¡Me ha salvado la vida una docena de veces!

—Por eso mismo quiero que siga con ella.

Hugo abrió la boca, la cerró, y sonrió a regañadientes. Pike se levantó con una reverencia exagerada y declaró que él, por su parte, no pensaba pegar ojo hasta que Cobham estuviera colgado de un árbol.

—Eso lo decidirá un tribunal, Pike —dijo Sidmouth, con severidad.

—Sí, milord. Pero estaré de guardia mientras tanto.

Salimos del despacho con las orejas encendidas. Hugo se tapó la boca para no reírse. Penrose, con total serenidad, se examinó las uñas.

Antes de subir, Hugo me interceptó en la escalera. Se había puesto una camisa prestada que le quedaba grande y se había afeitado la barba, y con la cabeza vendada y las mejillas hundidas parecía un chiquillo disfrazado de adulto. Me cogió del codo.

—Cordie. Tengo que decirte una cosa.

—Dime.

—He hablado con Stanmore. En el carro. Me ha dicho que piensa pedirte matrimonio. Con anillo y de rodillas y todo.

—Lo sé.

—Le he dado mi bendición. —Se rascó la nuca—. Creo que no hacía falta, pero me ha parecido que quedaba bien.

—Hugo…

—Es un buen hombre. Cabezota, pero bueno. —Me miró con ojos húmedos—. Y tú eres feliz. Se te nota. Se te nota tanto que da vergüenza ajena.

—Cállate.

—Solo quería que lo supieras. —Me besó la frente—. Voy a ver a papá mañana, en cuanto pueda. Y a mamá. Y voy a decirles lo que debí decirles hace años.

—¿Qué?

—Que no soy un inútil. —Sonrió con una tristeza luminosa—. Que soy un desastre, pero no un inútil. Hay una diferencia.

—Siempre la hubo.

—Tardé veintiséis años en darme cuenta.

Le apreté la mano. Subí las escaleras con el corazón tan lleno que apenas me cabía en el pecho.

La habitación que me asignaron era la del segundo piso, la del camisón de lana prestado.

Lucian tenía la contigua. Me quedé de pie junto a la ventana abierta, con la manta sobre los hombros, mirando el parque a la luz de una luna llena y blanca que bañaba los prados de escarcha.

Había una calma sobrenatural en el aire.

Un ciervo cruzaba un claro entre dos bosquetes.

Más lejos, en la oscuridad, se adivinaba el brillo mate del río.

Oí abrirse una puerta a mi espalda.

No me volví. No necesitaba hacerlo. Noté sus pasos sobre las tablas del suelo, su respiración irregular, el calor de su cuerpo a dos palmos del mío. Y noté, cuando sus manos se posaron sobre mis hombros, que me temblaban las rodillas.

—Sidmouth dijo que las puertas no tienen cerradura —murmuró.

—Eso dijo.

—Era una advertencia.

—Era una invitación.

—Puede que fuera ambas cosas.

Giré entre sus brazos. Lo miré a la luz de la luna, con el pelo todavía húmedo de la bañera, la camisa abierta, los moratones oscuros sobre la piel pálida. Alcé las manos, deshice el nudo del cuello, y la camisa resbaló de sus hombros.

—Cordelia —dijo, con voz ronca—. Estoy herido. Tengo una costilla rota. No creo que…

—Entonces no te muevas.

—¿Perdón?

—No te muevas. Déjame a mí.

Lo conduje hasta la cama. Lo senté en el borde.

Me quedé de pie delante de él, y con dedos lentos deshice los lazos del camisón de lana, uno a uno, hasta que la prenda cayó a mis pies.

Estaba desnuda. A la luz de la luna, de la chimenea, bajo su mirada, no sentí vergüenza.

Sentí poder. Vi cómo se le dilataban las pupilas, cómo se le agitaba el pecho, cómo se le cerraban los puños sobre las rodillas, y supe que ningún hombre me había mirado nunca con aquella hambre devota.

—Eres lo más hermoso que he visto en mi vida —dijo.

—Lo sé.

—No lo sabes.