La dama de Brook Street Capítulo 16
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Capítulo 16

Me estrelló contra su pecho con tanta fuerza que me sacó el aire de los pulmones, y yo me aferré a su camisa rota con los puños y hundí la cara en su cuello y lloré, lloré como no había llorado en la barca, ni en el despacho de Sidmouth, ni en toda aquella noche interminable.

—Estás vivo —conseguí decir, entre sollozos—. Estás vivo, estás vivo, estás vivo.

—Estoy aquí.

—Te vi caer. Te vi en el barro, con las botas encima, y no podía… no podía hacer nada…

—Cordelia.

—Pensé que te habían matado. Pensé que…

—Cordelia, mírame. —Me tomó la cara entre las manos. Tenía las palmas ásperas, manchadas de sangre seca, y las yemas de los dedos temblaban sobre mis mejillas mojadas—. Estoy aquí. Estoy entero. Estoy contigo.

Lo miré. Tenía la cara hecha un mapa de golpes: el pómulo izquierdo hinchado y morado, el labio partido, una costra negra sobre la ceja, el cuello surcado de arañazos.

Los ojos, de un azul tan oscuro que parecían negros a la luz del fuego, brillaban con una humedad que no esperaba ver en ellos.

Me bajó la mirada hasta las manos, hasta los vendajes de las palmas. Se le endureció la mandíbula.

—Te has hecho daño.

—He remado dos millas.

—¿Remado?

—Es una historia larga.

—Tengo toda la noche.

Se me escapó una risa temblorosa. Me puse de puntillas y lo besé.

No fue un beso tierno. Fue un beso con sabor a sangre y a sal, desesperado, hambriento, con los dientes chocando y las lenguas enredadas y los dedos clavados en la carne, como si pudiéramos devorar el miedo de aquellas horas a mordiscos.

Él me levantó del suelo. Me estrechó con una fuerza que me hizo gemir, con los brazos cruzados en mi espalda, y yo le rodeé el cuello y le hundí los dedos en el pelo sucio de polvo y sudor.

Sentí su corazón latir contra el mío, enloquecido, y su respiración entrecortada, y el temblor que le recorría todo el cuerpo.

—Creí que no te volvería a ver —murmuró contra mi boca.

—Yo también.

—Prométeme que no volverás a dejar que te lleven.

—No dependió de mí.

—Prométemelo.

—Prométeme tú que no te dejarás pegar por ocho soldados.

—Eran más de ocho.

—Lucian.

Se rio. Una risa ronca, desesperada, que le sacudió el pecho y se transformó en un gemido cuando la costilla le atravesó el costado. Me depositó en el suelo con cuidado. Se apoyó contra la pared, con la mano en el costado y la cabeza echada hacia atrás, respirando con dificultad.

—¿Qué te pasa? —pregunté, alarmada.

—Una costilla. Rota. No es nada.

—Dices eso de todo.

—Casi siempre es verdad.

—Siéntate. Ahora mismo.

—Cordelia…

—Siéntate.

Obedeció. Se dejó caer en el borde de la cama.

Yo cogí la jarra de agua de la mesilla, un paño limpio, y me arrodillé delante de él.

Le limpié la sangre de la cara con una delicadeza que me sorprendió.

Sus ojos no se apartaron de los míos. Cada vez que el paño rozaba una herida, él cerraba un instante los párpados, pero no se quejaba.

Le desabroché la camisa, que se le había pegado al cuerpo, y la fui despegando con cuidado.

Bajo ella, el costado derecho era una masa de moratones negros, violáceos, amarillos, del tamaño de mi mano abierta.

—Dios mío —susurré.

—Parece peor de lo que es.

—Parece que te ha pisado un caballo.

—Fueron varios.

—No bromees.

—Es lo único que sé hacer cuando me duele. Bromear.

Le acaricié el costado con la punta de los dedos, sin apretar. Él contuvo el aliento. Me incliné y le besé la piel amoratada, justo encima de la costilla rota, con una ternura que me quemó los labios.

—Cordelia —dijo, con la voz quebrada.

—Calla.

Le besé las costillas, el vientre, la cicatriz blanca que le cruzaba el pecho, la hendidura entre los pectorales donde el vello oscuro se espesaba.

Le temblaban los músculos bajo mis labios.

Sus manos se hundieron en mi pelo. Cuando levanté la cabeza lo vi mirándome con una expresión de devoción desamparada que me estrujó el corazón.

—Tengo que contarte lo de mi padre —dije, de pronto.

—Después.

—Tengo que contártelo ahora.

—Cordelia.

—Me ayudó a escapar. —Se me quebró la voz—. Drogó al guardia con láudano. Me dio dinero. Se enfrentó a ellos para que yo pudiera huir. Y le dispararon, Lucian. Le dispararon en el costado, y se quedó allí, de pie, en el muelle, con los brazos abiertos. Y yo remé. Y no sé si está vivo.

Me miró con una compasión infinita. Me acarició las mejillas con los pulgares.

—Lo está —dijo.

—No puedes saberlo.

—Lord Sidmouth ha mandado a tres hombres de confianza a Twickenham esta mañana.

Pike me lo ha dicho en la escalera. Han vuelto hace una hora.

—Me sostuvo la mirada—. Tu padre está vivo, Cordelia.

Herido, pero vivo. Lo han encontrado tendido en el embarcadero, rodeado de guardias que no se atrevían a tocarlo porque seguía gritando órdenes.

El cirujano de Richmond lo está atendiendo.

Dice que la bala atravesó limpiamente. Que se salvará.

Me cubrí la boca con las dos manos. Un sollozo me desgarró la garganta. Lucian me atrajo contra su pecho, y lloré allí, entre sus brazos, con un alivio tan violento que me temblaban hasta los dedos de los pies.

—¿Y Calloway?

—Huyó. Esta madrugada. Con Pritchard y media docena de hombres, en dos carruajes, rumbo a Londres. Se lleva consigo… —Hizo una pausa—. Lo que pudo. Pero no se lleva el baúl.

—¿Lo has traído?

—Está abajo. Hugo y Pike lo están descargando en el despacho de Sidmouth.

—¿Hugo está aquí?

—Está aquí. Y Penrose. Y un hortelano de Chelsea que se ha empeñado en acompañarnos. Es una historia larga.

—Tengo toda la noche.

Rió contra mi pelo.

La cocinera de White Lodge, una mujer enorme que respondía al nombre de señora Dagget, me había preparado un baño caliente en una bañera de cinc junto al fogón, y mientras yo me remojaba con los ojos cerrados, ella, sin ningún pudor, entraba y salía de la cocina con jarras de agua, toallas y comentarios.

—Esas manos tienen mala pinta, señorita. Le pondré unto de ganso con cera. Cura en una noche.

—Gracias, señora Dagget.

—No me las dé. Es que no soporto ver una piel joven mal tratada. —Dejó una toalla sobre una silla—. Y no le diré nada de lo que he visto en el pasillo esta mañana, cuando ese muchacho de la cara hinchada subió corriendo por la escalera como si lo persiguiera el diablo. Soy una tumba.

—No ha visto nada.

—No he visto nada. Pero si le sirve de consuelo, señorita, tuve un marido que subía las escaleras de esa manera. Una vez. Cuando me caí del tejado. —Sonrió con la cara llena de hoyuelos—. Estuvimos casados treinta y dos años.

Me hundí en el agua hasta la barbilla para ocultar el color de mi cara.

—Sé que es una impertinencia, señorita —continuó—, pero me parece usted de las que merecen un hombre que corra escaleras.

—Eso creo yo también —dije, y esta vez no tuve la menor vergüenza.

Bajamos al despacho media hora después. Yo me había puesto un vestido gris, de lana, que me había prestado la cocinera de White Lodge, y él una camisa limpia y una chaqueta de un criado del lord, que le quedaba estrecha de hombros.

Lord Sidmouth nos esperaba de pie junto a la chimenea, con las manos a la espalda, el rostro alargado y pálido iluminado por las llamas.

Sobre la mesa de caoba descansaba el baúl de roble, con la tapa abierta.

A su alrededor, sentados en butacas de cuero, con tazas de té humeante entre las manos, estaban mi hermano Hugo, el señor Penrose y Pike, los tres bañados, afeitados y con ropa seca, y con aspecto de haber sufrido un naufragio.

—Cordie —dijo Hugo, y se levantó. Me abrazó con todas sus fuerzas, con el brazo bueno, y me murmuró al oído—: Estás viva, pequeña idiota. Estás viva.

—Tú también.

—Papá…

—Vive. Lucian me lo ha dicho.

—Gracias a Dios.

Nos quedamos un instante abrazados. Después Hugo me soltó, se secó los ojos con el dorso de la mano y volvió a su butaca, sorbiéndose la nariz con una dignidad forzada. Lord Sidmouth, que había observado la escena con las cejas arqueadas, se aclaró la garganta.

—Si los jóvenes han terminado con sus efusiones —dijo con sequedad—, quizá podamos pasar a los asuntos de Estado.

—Milord —dijo Lucian, con una leve inclinación.

—Siéntese, Stanmore. Está usted en un estado lamentable.

—El ministro cogió el libro de cuentas de tapas verdes de entre los papeles del baúl—.

He pasado las últimas cuatro horas leyendo esto.

Las iniciales de sir Ambrose están en cada página.

Y en la de marzo hay una anotación en otra tinta que me ha interesado particularmente.

—C. W. —dijo Lucian.

—Charles Wyndham Cobham. —Sidmouth dejó el libro con un cuidado casi reverente—.

Hace veintidós años que le conozco. Fue mi secretario particular cuando yo era primer ministro.

Compartimos mesa, whist y penas. Le confié asuntos que no he confiado a mi esposa.

—Calló un instante—. Debo decirles, señores, que no recuerdo haber sentido jamás una cólera semejante.

Hubo un silencio. En la chimenea, un tronco se partió con un chasquido.

—Su secretario, el señor Hallett —dijo Penrose, con cautela.

—Detenido esta mañana. Lo encontraron en mi propia biblioteca, copiando la correspondencia que llegaba al pabellón.

Está encerrado en el cuarto de la plata, bajo vigilancia de la Guardia.

—Sidmouth apretó los labios—. Confesó a las ocho.

Llevaba dos años pasando información a Cobham.

Muy educado, muy discreto. Un joven con futuro.

—¿Y Carlton House? —preguntó Lucian.

—Hoy recibí una invitación para comparecer ante Su Alteza Real a las cuatro de la tarde.

Urgente. Con carácter confidencial. —Una sonrisa fría le estiró los labios—.

Mandé una nota excusándome por una indisposición gástrica.

Una de las pocas ventajas de la edad es que nadie discute la fragilidad de mi estómago.

—¿Y ahora qué?