La dama de Brook Street Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Atravesamos Lambeth a galope. Los transeúntes se apartaban gritando.

Un vendedor de manzanas volcó su carretilla.

Un perro nos ladró durante veinte yardas.

A mi espalda, a lo lejos, aparecieron tres jinetes que bajaban a todo galope por una bocacalle, con las capas flotando tras ellos, y uno de ellos levantó un brazo con una pistola.

—¡Agáchense!

El disparo se perdió en el aire. Pike respondió con otro, que alcanzó el sombrero del primer jinete y lo hizo girar por el aire.

Los coles volaban por todas partes. El carro se bamboleaba peligrosamente sobre el empedrado.

Yo me aferré al borde con una mano y saqué mi pistola con la otra.

Apunté con cuidado. Contuve el aliento. Disparé.

El caballo del segundo jinete se encabritó con un relincho. El hombre salió despedido por encima de sus orejas y cayó sobre los adoquines rodando. El tercer jinete frenó en seco, esquivando el cuerpo caído.

—¡Uno menos! —gritó Pike.

—¡Quedan dos!

—¡Quedan dos y un puente!

Teníamos delante el puente de Putney, una estructura larga de madera sobre el río, con una barrera de peaje a mitad de camino.

Un guardián de gorra roja, medio dormido en su garita, se despertó al oír el estruendo del carro y salió corriendo a bajar la pluma de la barrera.

Hugo no frenó. Gritó algo ininteligible.

Levantó la escopeta con una sola mano, apuntó al cielo y disparó.

El guardián, convencido de que le estaban atracando, se arrojó al suelo.

El carro derribó la barrera con un chasquido de madera astillada y cruzó el puente a toda velocidad, con el estruendo de las tablas retumbando bajo las ruedas.

Detrás de nosotros, los dos jinetes llegaron a la barrera. Uno de ellos intentó saltarla, el caballo tropezó con la madera caída, y ambos rodaron sobre los tablones. El último, con una maldición, se detuvo y disparó dos veces, sin acertar.

Estábamos al otro lado.

—¡No paren! —ordené.

Seguimos galopando por la orilla sur, por el camino de Roehampton, entre campos escarchados y setos desnudos.

No hubo más perseguidores. El silbato se perdió a lo lejos.

Cuando por fin Hugo redujo el paso, con las manos temblando y los caballos cubiertos de espuma, todos jadeábamos.

Penrose, con el sombrero perdido y el pelo erizado, se levantó del cesto y miró a su alrededor con un brillo de triunfo en el ojo sano.

—Milord —dijo con solemnidad—, hace treinta años que no me divertía tanto.

—Yo no diría divertido.

—Es usted demasiado joven para apreciarlo.

Reímos. Reímos todos, entre jadeos, en el carro destrozado, rodeados de coles aplastadas y hojas de nabo, mientras el sol se elevaba sobre los campos blancos de escarcha.

Y yo, con la mano apretada contra el costado, pensé que no había nada en el mundo que me hubiera costado tanto como sonreír en aquel momento, y que no recordaba haber estado más seguro de nada.

Penrose se había quedado rezagado, mirando el cielo con la cabeza ladeada. Me acerqué a él.

—¿En qué piensa?

—En Cobham.

—Yo también.

—Sé que debería sentir odio. Es lo que se espera de un hombre traicionado.

—Se llevó una pastilla de regaliz a los labios—.

Pero lo que siento es una especie de lástima.

Era un hombre inteligente, milord. Mucho más que usted y que yo.

Si hubiera nacido en otra cuna, habría sido primer ministro.

Pero esperó treinta años a que lo reconocieran, y los hombres que esperan tanto acaban volviéndose crueles.

—Eso no lo excusa.

—No. Pero lo explica. —Me miró con el ojo sano—. Prométame una cosa. Cuando lo detengan, cuando lo juzguen, no lo mire con rencor. Mírelo como se mira a un hombre que ha olvidado que tenía otra opción.

—No sé si podré.

—Inténtelo. Por la dama.

—¿Por la dama?

—Una mujer como la señorita Cordelia no merece un marido que lleve rencor. —Sonrió—. Merece uno que sepa perdonar. Y que, de vez en cuando, le deje ganar al ajedrez.

—Penrose.

—Es un consejo de viejo.

—Gracias.

—No hay de qué. Es parte del servicio.

Subimos hacia Richmond por caminos secundarios, evitando las carreteras principales. A mediodía nos detuvimos en un huerto abandonado, junto a un arroyo, a comer el pan y el queso de Martha. Hugo, sentado en el suelo, con la espalda contra un manzano, masticaba despacio, con la mirada perdida.

—Si le ha pasado algo… —dijo, sin mirarme.

—No le ha pasado nada.

—No puede saberlo.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque la conozco. —Me senté a su lado—.

Hugo, tu hermana ha huido de una casa de ladrillo con una pistola de bolsillo, ha golpeado a dos hombres con un atizador y un candelabro, ha escapado de un tiroteo en una taberna y ha disparado a un criminal a veinte pasos.

No es una mujer a la que se pueda retener.

Si Calloway cree que la tiene a salvo bajo llave, es porque no ha hablado con ella más de cinco minutos.

Hugo sonrió. Una sonrisa floja, pero sincera.

—Tiene razón.

—Siempre la tengo.

—Eso no lo discuto.

Acabamos de comer. Subimos al carro. Cruzamos Kingston, Ham, entramos en el parque de Richmond por una puerta lateral que Pike conocía, entre bosquetes de robles y prados de ciervos.

Al atardecer, cuando el sol era una bola roja que se hundía entre las ramas, llegamos a la verja del pabellón de White Lodge.

Un centinela, un viejo de la Guardia, de rostro curtido y cojera marcada, nos salió al paso con el mosquete en ristre.

—¡Alto! ¿Quién va?

—El conde de Stanmore —dije, bajando del carro—. Y tres compañeros. Traemos un baúl para lord Sidmouth.

El viejo me miró. Sus ojos recorrieron mi rostro amoratado, la camisa desgarrada, los pies ensangrentados, la barba de dos días. Y de pronto, con un gesto que no esperaba, se cuadró y saludó con la mano al ala del sombrero.

—Milord. Les esperábamos.

—¿Me esperaban?

—Desde las cinco de la mañana. La señorita llegó antes. —Sonrió con tristeza—. Descalza. Embarrada hasta las rodillas. Y me dijo que «recordara Burgos».

Me flaquearon las piernas. Tuve que apoyarme en la rueda del carro.

—¿Está aquí? ¿Cordelia está aquí?

—Dentro. En el segundo piso. A salvo, milord.

—Dios santo.

No sé cómo crucé el jardín. Sé que Pike me gritó algo, que Hugo bajó del carro de un salto, que Penrose murmuró una frase sobre el amor, la juventud y los hombres que corren sin zapatos.

Sé que atravesé una puerta lateral, una cocina de azulejos donde una cocinera gruesa me señaló la escalera con un cucharón, y que subí los peldaños de dos en dos, con la costilla gritándome en el costado.

Pasé un pasillo de papel pintado a rayas.

Un reloj marcaba las seis y veinte. Al fondo, una puerta entreabierta dejaba escapar una franja de luz dorada.

Me detuve. Respiré hondo. Me temblaban las manos.

Empujé la puerta.

Era un dormitorio pequeño, con una cama de madera clara, una ventana abierta sobre el parque y una chimenea encendida.

En el centro, de pie, con un camisón de lana prestado y una manta sobre los hombros, el pelo suelto cayéndole sobre la espalda y las manos vendadas, estaba Cordelia. Se volvió al oír la puerta.

Nos miramos.

No dije nada. Ella tampoco. Durante un segundo, dos, tres, el mundo se detuvo.

Vi cómo se le abrían los ojos grises, cómo se le llenaban de lágrimas, cómo se le entreabrían los labios en un gesto que no llegó a ser palabra.

Vi cómo me recorría con la mirada de arriba abajo: la cara hinchada, el cuello manchado de sangre, los pies descalzos.

Y vi, con una claridad que me atravesó el pecho, que ella estaba viva. Entera. Allí.

—Lucian —susurró.

Crucé el cuarto en tres zancadas.