Capítulo 15
El carro de la verdura en el que viajamos de Kensington a Rotherhithe pertenecía a un hortelano de Chelsea que, a las cuatro de la madrugada, tuvo el infortunio de cruzarse con tres hombres descalzos, sangrantes y desesperados.
No le hicimos daño. Pike, que tenía una elocuencia peculiar cuando se trataba de caballos y carretas, se plantó delante del animal con la mano abierta y le habló en voz baja al oído, y el hortelano, un hombre de cara cuadrada y bigote caído, observó la escena con perplejidad creciente.
Yo me adelanté, con las manos a la vista, y le ofrecí cinco guineas de oro por el carro, el caballo y sus servicios como conductor hasta el otro lado del río.
Pidió diez. Se las di. Penrose, desde atrás, murmuró que había hecho el negocio de su vida y que debería dedicarse a la banca.
Viajamos tumbados entre cestos de coles, nabos y zanahorias, tapados con arpillera, con el hortelano en el pescante tarareando una canción de taberna.
Cruzamos Londres de oeste a este, por calles oscuras, y llegamos a la orilla sur al amanecer.
Yo iba boca arriba, con los ojos fijos en el cielo gris, sin sentir apenas la costilla rota ni los moratones.
Solo pensaba en una cosa. En un nombre. En una cara, y en la forma en que me había mirado desde la ventanilla de aquel carruaje.
Tardamos dos horas en llegar a Rotherhithe. Cuando el carro se detuvo frente a la casa de los Tuck, con la niebla aún pegada al suelo, salté a tierra con una agilidad que me sorprendió a mí mismo. Corrí hacia la puerta. Estaba cerrada. Golpeé con los puños.
—¡Martha! ¡Soy Stanmore! ¡Abra!
Silencio. Después un ruido de cerrojos. La puerta se abrió una rendija, y por ella asomó un ojo castaño, enrojecido, y la boca de un fusil de caza.
—¿Es usted?
—Soy yo.
—Dios santo. —El fusil bajó. La puerta se abrió del todo—. Pasen, pasen. Pensé que eran ellos otra vez.
Entré. La casa estaba revuelta, con las sillas volcadas y las cacerolas por el suelo, pero entera.
Sobre la mesa de pino, tumbado de espaldas con una manta y un vendaje enorme en el hombro, yacía el viejo Tuck.
Tenía el rostro color de ceniza, los labios blancos, pero los ojos abiertos de par en par, y al verme soltó un resoplido y una frase que no me atreveré a reproducir.
—Señor Tuck.
—Milord. —Se incorporó un poco, con una mueca—. Me han puesto un agujero nuevo. Tendré que darle las gracias a ese soldado cuando lo vea. Un tío que sabe apuntar tan mal merece una medalla.
—Padre, no se mueva —ordenó Martha, con la voz rota—. La bala no tocó el pulmón, pero tiene un corte hasta el hueso.
—Estoy bien, mujer.
—Está en carne viva.
—He estado peor. En el setenta y nueve, un cañonazo en Gibraltar…
—No empiece con eso.
Me acerqué a la mesa. Le puse una mano en la frente. Estaba tibia, no caliente. Respiré aliviado.
—¿Cuándo se marcharon?
—Hace mucho. Dos horas después de llevárselos a usted y a la señorita —dijo Martha. Se llevó el dorso de la mano a la boca—. Entraron en la casa. Revolvieron todo. Rompieron los platos. Y dijeron que volverían. Pero no encontraron la trampilla. Ni el sótano. Ni el baúl.
—¿Y Hugo?
—Aquí, señor conde.
Desde un rincón, entre la sombra de la chimenea, salió mi futuro cuñado, con la cabeza vendada y una escopeta de caza en las manos, una expresión de feroz determinación que no combinaba con su aspecto de muchacho enclenque.
Detrás de él, aferrada a su pierna, con el muñeco de trapo bajo el brazo, apareció Nell.
—Has vuelto —dijo la niña, sin ninguna emoción—. Me debes cien ovejas.
—Te las debo.
—Pues vale.
—¿Dónde está Cordelia? —preguntó Hugo.
Sentí que se me paraba el corazón. Era la pregunta que había estado evitando durante toda la noche, durante todo el trayecto en el carro de las verduras, durante cada segundo desde que desperté en aquella bodega. Me pasé una mano por la cara.
—Se la llevó Calloway. Está en una casa de Twickenham, llamada Rosedene. Quieren casarla con un primo de Jamaica.
—¡Qué!
—No lo permitiré.
—¡No lo permitirá! —Hugo se puso pálido. Dejó caer la escopeta, se agarró la cabeza vendada—. ¡Es mi hermana! ¡Voy a matarlos! ¡Voy a…!
—Hugo. —Lo sujeté por los hombros—. Mírame. Mírame. Escúchame.
—¡Suélteme!
—Voy a sacarla de allí. Pero necesito que me ayudes. Necesito que estés entero, que pienses con claridad. Hace tres días me dijiste que querías hacer algo que valiera la pena. Esta es tu oportunidad.
Respiró hondo. Los ojos se le llenaron de lágrimas de rabia. Asintió.
—¿Qué hacemos?
—Primero, el baúl.
El baúl seguía bajo la barca, en el cobertizo, justo donde lo dejamos, con el agua de la marea alta lamiendo las tablas.
Lo sacamos entre Pike, Hugo y yo, con un esfuerzo que me arrancó un gemido de la costilla, y lo cargamos en el carro del hortelano, bajo montañas de coles.
Martha preparó un bolsón con pan, queso, un frasco de cerveza y un trapo para vendajes.
Nos lo entregó sin una palabra. Después me tomó de las manos.
—Tráigala de vuelta, señor conde. A la señorita. Es una buena muchacha.
—Lo haré.
—Y no se deje matar. A mi suegro le gusta el brandy que usted trae, y si usted muere se quedará sin proveedor.
Sonreí. Pese a todo, sonreí.
—Se lo prometo.
Antes de partir me acerqué a la mesa donde yacía Tuck. El viejo me observó con los ojos entornados.
—Señor Tuck. Le debo la vida, y la de ella, y la de su hermano.
—No me debe nada, milord.
—Le debo una casa nueva, al menos. Cuando esto acabe, haré que le reconstruyan el techo, los platos y todo lo que han roto esos soldados.
—Mi nuera estará encantada. Yo prefiero el brandy.
—Tendrá las dos cosas.
—Entonces trato hecho. —Me tendió la mano buena. Estaba callosa, áspera, cubierta de cicatrices de redes y anzuelos. La estreché—. Tráigala de vuelta, milord. A la muchacha. Es la primera señorita que he visto en mi vida que sabe disparar y reírse en el mismo minuto.
—Se la traeré.
—Y cásese con ella. Que no se le escape.
—Es mi intención.
—Pues entonces no pierda el tiempo con un viejo herido —gruñó—. ¡Fuera de mi casa!
Me fui con una sonrisa que me dolió en el labio partido.
Salimos hacia las seis, con el sol apareciendo entre las nubes.
Hugo se sentó junto al hortelano, que, tras una breve negociación, había accedido a seguir conduciendo por otras diez guineas.
Pike y yo viajábamos atrás, junto al baúl.
Penrose, con los pies descalzos envueltos en trapos y una de las mantas de Martha sobre los hombros, ocupaba un cesto de nabos con la dignidad de un diplomático de visita.
—¿Adónde, milord? —preguntó, mordisqueando una pastilla de regaliz.
—A Richmond. A White Lodge.
—Ah. —Se pasó la lengua por los dientes—. Es muy sensato. Aunque tendremos que cruzar el Támesis por Putney, porque Westminster estará vigilado.
—Lo sé.
—Y tendremos que hacerlo sin que nos reconozcan. Con un baúl que parece, perdone mi franqueza, el cofre del tesoro de un pirata.
—Tiene razón.
—Disfrazados de hortelanos, quizá. Aunque yo, con este ojo, más bien parezco un boxeador retirado.
—Es usted un boxeador retirado, Penrose. Por lo menos desde esta noche.
El viejo se echó a reír, con una risa breve y seca que me hizo sentir, por un momento, que todo iba a salir bien.
El hortelano de Chelsea, que se llamaba Josiah Pym y llevaba treinta años vendiendo coles en el mercado de Covent Garden, resultó ser una compañía sorprendentemente leal.
Tras un par de millas empezó a hacernos preguntas, y a las tres respuestas evasivas que le dimos comprendió, con la lucidez de los hombres sencillos, que era mejor no seguir.
—Yo no he visto nada —declaró, volviéndose en el pescante—. No he visto tres hombres descalzos, ni un baúl, ni un tiroteo. Voy a Richmond a vender nabos.
—Es usted un caballero, señor Pym —dijo Penrose.
—Es que me pagan bien. —Pym escupió a un lado—. Pero también es que mi mujer me ha dicho mil veces que soy demasiado curioso y que un día me van a matar por querer saber.
—Su mujer es muy sensata.
—Lo es. Por eso no le voy a contar nada de esto. Ni a ella.
—Hará bien.
—Aunque si le cuento lo de las coles volando por el aire —añadió, pensativo—, igual no me cree.
Hugo, a su lado, soltó una carcajada que le hizo llevarse las manos a la cabeza vendada. Yo, recostado entre los cestos, con los ojos cerrados, pensé que si alguna vez salía de aquello con vida, pensaba escribir una carta de agradecimiento a todos los hortelanos de Inglaterra.
Cruzar Londres por el sur fue una odisea de tres horas.
Pasamos junto a los muelles de Bermondsey, junto a las fábricas de curtidos de Southwark, cruzamos Lambeth entre una multitud de carros, obreros, vendedores ambulantes.
Cada vez que veía una casaca roja en una esquina me agachaba.
Cada vez que oía cascos de caballo tras nosotros se me agarrotaba el estómago.
Pike, a mi lado, observaba el camino con ojos de halcón, la gorra calada y una mano sobre la culata de una pistola que le habíamos quitado al guardia dormido.
—Señor.
—Dime.
—Hay un hombre.
—¿Dónde?
—A la derecha. En la esquina de la taberna del Gallo. Un tipo con capa gris, que nos mira desde hace dos calles.
Giré la cabeza con disimulo. Efectivamente, en el umbral de una taberna, apoyado contra la pared, había un hombre alto, delgado, de rostro cetrino y mirada vigilante. Cuando nuestras miradas se cruzaron, él giró la cabeza y se llevó un silbato a la boca.
—Hugo —dije, sin alzar la voz—. Azota al caballo.
—¿Qué?
—¡Azótalo!
Hugo obedeció. El hortelano soltó una maldición. El carro se lanzó hacia delante con una sacudida que casi me hizo caer, y detrás de nosotros resonó el chillido agudo de un silbato, y luego otro, y otro.
—¡Corre! —gritó Penrose—. ¡Corre, hombre! ¡Corre!