Capítulo 14 #2
—Sí puedes. Y vas a hacerlo. —Me miró con una ternura que me desgarró—. Eres la persona más valiente que conozco, hija mía. Siempre lo fuiste. Y yo nunca te lo dije. Nunca.
—Papá…
—Dile a Hugo que le quiero. Que fui un mal padre, pero que le quiero. Y dile a tu madre… —Se le quebró la voz—. Dile que siempre la he amado. A pesar del láudano. A pesar de todo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Le besé la mejilla, áspera de barba mal afeitada, con una violencia que casi lo hizo caer. Él me devolvió el beso en la frente.
—Vete.
Salté a la barca. Me temblaban tanto las manos que tuve que intentarlo tres veces para soltar la amarra.
Remé. Los remos se hundieron en el agua negra con un chapoteo, y el muelle comenzó a alejarse.
Vi a mi padre de pie, apoyado contra una viga, con una mano apretada contra el costado, y detrás de él, saliendo del jardín, media docena de figuras con antorchas.
Alguien gritó una orden. Mi padre se enderezó.
Se interpuso, con los brazos extendidos, en el camino de los hombres.
—¡Alto! —oí que gritaba, con una voz poderosa, sonora, de marqués, de miembro de la Cámara de los Lores, la voz que había llenado cenas y salones durante treinta años—. ¡En nombre del rey, alto! ¡Soy Edmund Fenwick, marqués de Linthwaite, y no permitiré que se dispare contra una mujer!
Los hombres se detuvieron un instante. Un instante bastó.
Seguí remando. Con toda mi fuerza, con los hombros ardiendo, con los ojos llenos de lágrimas que me impedían ver.
El río fluía lento y oscuro bajo mis remos.
Una niebla baja se levantaba de la superficie.
Detrás de mí, a lo lejos, oí gritos, un disparo, otro, y después la voz de Calloway, serena y lejana, ordenando algo que no distinguí. No me volví. No me atreví a volverme.
Remé durante lo que me parecieron horas.
Tenía las manos en carne viva. Las palmas me ardían como si las hubiera metido en una hoguera, y a cada golpe de remo sentía que se me abrían las ampollas.
Pero no paré. Aguanté la respiración, apreté los dientes, me concentré en contar los golpes.
Uno, dos, tres. Una. Dos. Tres. Cada golpe era un paso.
Cada paso, un metro más entre mi padre y yo, un metro más hacia Lucian.
Las orillas del río pasaban a ambos lados como sombras: sauces desnudos, casas de campo con las ventanas a oscuras, un embarcadero con una barca volcada, una garza dormida sobre una pata.
La luna se escondió tras una nube. La niebla se espesó.
Perdí la noción del tiempo. Solo existían los remos, el río, la respiración.
Y una voz dentro de mí, que repetía una y otra vez la misma frase: «No te rindas. No te rindas. No te rindas».
Pensé en mi madre durante aquellas millas.
En su cuarto cerrado, con las cortinas echadas y la botella de láudano sobre la mesilla.
En la forma en que me miraba cuando entraba a darle las buenas noches: con un cariño confuso y lejano, como se mira a una criatura vista a través de un cristal esmerilado.
Había pasado años odiándola por ello, por su debilidad, por su costumbre de esconderse.
Y de pronto, con los remos ardiéndome en las manos, comprendí que no se había escondido de mí.
Se había escondido de lo mismo de lo que se escondía mi padre.
De la casa. Del silencio de la casa. De aquella manera de vivir con la boca cerrada.
Remé más fuerte.
No iba a ser como ellos. Eso lo juré allí mismo, en medio del Támesis, con la niebla pegada a la cara y los ojos llenos de lágrimas.
No iba a esconderme. No iba a callar. Iba a decir las cosas aunque temblase, aunque me costara la reputación, aunque me costara la vida.
Y si Lucian estaba vivo, se lo diría a él lo primero.
Cuando vi el puente de Richmond, con sus cinco arcos de piedra recortados contra un cielo que empezaba a aclararse por oriente, creí que estaba soñando.
Remé hasta la orilla. La proa de la barca chocó contra una escalinata de piedra cubierta de verdín.
Salté. Me resbalé. Caí de rodillas en el agua helada hasta la cintura, jadeando, y trepé gateando por los escalones hasta la calle.
Corrí.
Corrí por una callejuela empedrada, descalza, con el vestido empapado pegado a las piernas y el pelo suelto sobre la cara.
Corrí junto a casas de ladrillo dormidas, cuyas ventanas me miraban con ojos negros, junto a una iglesia, junto a una taberna cerrada, y comencé a subir una cuesta empinada, la colina de Richmond, con el aire quemándome los pulmones.
Un carretero que llevaba leche en un carro me gritó algo.
Un perro ladró. Seguí. El cielo se iba tiñendo de gris, de rosa, de un naranja pálido, y a mi izquierda se extendía el parque, inmenso, con sus árboles negros y sus prados cubiertos de escarcha.
Llegué a la verja del parque cuando el sol empezaba a asomar.
Era una puerta alta de hierro forjado, con un pabellón de piedra a cada lado. Delante, con un mosquete al hombro y una pipa apagada entre los dientes, un viejo centinela con uniforme de la Guardia me vio llegar y dio un paso atrás con los ojos como platos.
—¡Alto! ¿Quién va?
—Lady Cordelia Fenwick —jadeé, con las manos en las rodillas—. Hija del marqués de Linthwaite. Necesito ver a lord Sidmouth. Ahora.
—Señorita, no son horas. Lord Sidmouth está durmiendo. Vuelva a las nueve y pida audiencia al señor secretario…
—No. —Levanté la cabeza. Me temblaban los labios—. Al secretario no. A nadie más que a lord Sidmouth. Dígale que le trae un mensaje el conde de Stanmore. Dígale: «Recuerde Burgos».
El viejo centinela se quedó inmóvil. Con un gesto lento, se sacó la pipa de la boca.
—¿Qué ha dicho?
—«Recuerde Burgos».
Hubo un largo silencio. El centinela me miró con ojos entornados. Me estudió el vestido roto, los pies ensangrentados, las manos despellejadas, la cara llena de barro y lágrimas. Y después, sin una palabra, se volvió, abrió la verja, la empujó con el hombro y me hizo una seña con la cabeza.
—Sígame, señorita. Y no hable con nadie.
—¿Cómo se llama? —pregunté, mientras entrábamos.
—Sargento Ogilvie, señorita. Del Regimiento 52. Estuve con el conde en Burgos.
—¿Con Lucian?
—Con el capitán Harcourt, entonces. Un joven que no sabía lo que era el miedo.
—Me miró de reojo—. O que lo sabía mejor que nadie y decidió no hacerle caso.
Cuando los franceses nos acorralaron en el monasterio, él salió solo por la brecha con una antorcha y cuarenta hombres detrás, y volvió con treinta y nueve.
Perdió a uno en el camino y no se lo perdonó nunca.
—No me lo había contado.
—No lo cuenta. —Hizo una pausa—. Pero no hay un solo hombre de aquella compañía que no esté vivo gracias a él. Por eso, señorita, si el conde le dijo que repitiera esa frase en mi presencia, es porque de verdad se fía de usted. Y yo, a partir de hoy, me fío también.
Se me hizo un nudo en la garganta.
Cruzamos el parque por un camino de grava, bajo un arco de robles centenarios.
El centinela caminaba rápido, con una cojera marcada, mirando a un lado y a otro como un perro que huele peligro.
Yo lo seguía casi corriendo. A lo lejos, entre los árboles, apareció una casa blanca, de dos plantas, con un pórtico de columnas y una veleta de bronce sobre el tejado. White Lodge.
—Sirvo en esta casa desde que lord Sidmouth era primer ministro —murmuró el viejo, sin volverse—. Sé lo que significa esa frase. Sé quién la usa. Y sé que hay hombres en esa casa que no son de fiar. Por eso entramos por la cocina.
—Gracias.
—No me dé las gracias, señorita. Dígame solo una cosa. ¿El conde está vivo?
—No lo sé.
—Ah. —Asintió—. Rezaré por él.
Nos metimos por una puerta lateral, junto a un cobertizo de leña. Una cocina grande, caldeada, donde una cocinera gruesa, de brazos como jamones, removía un puchero de gachas. Alzó la vista al vernos. El centinela le hizo una seña. Ella dejó la cuchara sin una pregunta.
—Por la escalera trasera. Segundo piso. La puerta del fondo. —Se limpió las manos en el delantal—. Él ya está levantado. Siempre se levanta a las cinco.
Subí. Los peldaños de madera crujían bajo mis pies descalzos. Recorrí un pasillo estrecho, de papel pintado a rayas, con un reloj de pared que marcaba las cinco y diez. Al fondo había una puerta de roble entreabierta, por la que se filtraba una luz de vela. Llamé con los nudillos.
—Adelante.
Empujé la puerta.
Era un despacho pequeño, forrado de libros, con una mesa cubierta de papeles y una chimenea encendida.
Frente al fuego, en un sillón de cuero gastado, sentado con un batín gris sobre los hombros y una carta en la mano, había un hombre de unos sesenta años, flaco, de rostro alargado y pálido, con las cejas espesas, el mentón prominente y la mirada fría y penetrante de un hombre habituado a desconfiar de todo.
Levantó la vista. Me miró de arriba abajo: el vestido empapado, el pelo pegado a las mejillas, las manos ensangrentadas. No parpadeó.
—Señorita —dijo con voz seca—. Imagino que tiene una buena explicación.
—Soy lady Cordelia Fenwick, milord. Hija del marqués de Linthwaite. —Me temblaba la voz—. Vengo de parte del conde de Stanmore. Me dijo que usted recordaría Burgos.
Hubo un silencio. Sidmouth dejó la carta sobre la mesilla. Se quitó los anteojos con un gesto lento, los dobló, los guardó en el bolsillo del batín. Después, con una voz que había perdido toda sequedad, dijo:
—Siéntese, señorita Fenwick. Y cuénteme todo desde el principio. Sin omitir nada.