Capítulo 14
Mi padre llevaba en la mano una vela, una pistola de duelo y una expresión que no le había visto jamás.
Tenía una expresión que no le había visto jamás: había dejado de tener miedo porque el miedo ya no le servía para nada.
Los labios, apretados, le temblaban un poco en las comisuras.
Tenía la frente perlada de sudor y los ojos, enrojecidos, fijos en mí con una intensidad casi febril.
Se había abotonado bien el frac, se había peinado el cabello blanco hacia atrás con las manos, y aunque la corbata seguía deshecha y el corte de la barbilla sangraba un poco, tenía algo en la espalda, en la manera de sostener la cabeza, que me hizo recordar al hombre que había sido cuando yo era pequeña y lo creía invencible.
—Papá —dije, con un hilo de voz—. ¿Qué haces?
—Calla. Habla bajo. —Entró en la habitación y cerró la puerta tras él.
Dejó la vela sobre el tocador, y su mano, con la pistola, tembló un instante—.
Pritchard duerme en el pasillo. Le he echado seis gotas de láudano en el brandy que le he llevado.
Seis. Tu madre toma ocho para dormir toda la noche. Creo que será suficiente.
Lo miré boquiabierta.
—¿Has drogado al sargento?
—Con una de las botellas de tu madre. —Se pasó la mano por la frente—. Siempre he pensado que su láudano acabaría haciendo algún daño. No sabía que pudiera hacer algo bueno.
—Papá, no entiendo…
—Lo sé. —Se acercó. Me tomó las manos entre las suyas, que estaban frías y húmedas, y las apretó—.
Hija, escúchame. No tengo mucho tiempo, y no sé si encontraré las palabras.
He sido un cobarde. Un cobarde miserable.
Lo sé desde hace dos años, desde la noche en que Ambrose me enseñó los papeles de la hipoteca y me dijo que no me preocupara por nada.
Sabía que había algo turbio. Lo sabía como se sabe que va a llover. Y decidí no preguntar.
—Papá…
—Déjame terminar. —Respiró hondo—. Cuando Hugo desapareció, Ambrose me dijo que estaba en Francia.
Quise creerlo. Me lo repetí cien veces para convencerme.
Tú me miraste a los ojos y me preguntaste por él, y yo te mentí.
Y después te fuiste, y no supe nada de ti durante cuatro días, y Ambrose me decía «no te preocupes, Edmund, está en Bath», y yo asentía como un idiota.
—¿Cómo te enteraste de lo que ocurría?
—Esta noche. —Se le quebró la voz—. Después de que te trajeran. Bajé a la biblioteca a buscar una botella de coñac. Estaban allí, Ambrose y ese otro, Cobham. No me vieron. Y hablaron.
Se me heló la sangre.
—¿Qué oíste?
—Lo de Hugo. Lo del conde. —Una arruga profunda le cruzó la frente—.
Y lo tuyo. Lo de tu matrimonio con ese primo de Jamaica.
Dijeron que yo firmaría lo que me pusieran delante.
Que era un hombre al que se podía manejar con una copa y una palmada en la espalda.
—Rio, un sonido seco, doloroso—. Tenían razón. Durante dos años tuvieron razón.
—Papá.
—Pero hay cosas que ni siquiera un cobarde puede soportar, Cordelia. Que vendan a mi hija como una res. Que maten a mi hijo con una confesión falsa. Eso no. —Sus ojos brillaron—. Puede que yo sea un hombre débil. Pero no soy tan débil como para quedarme sentado mientras ocurre eso.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. No pude contenerlas.
Se deslizaron por mis mejillas sin que hiciera nada por detenerlas.
Mi padre, que jamás me había abrazado, que apenas me había tocado desde que yo tenía diez años, soltó la pistola sobre la cama y me atrajo contra su pecho con una torpeza infinita.
Olía a coñac y a tabaco. Noté su corazón latiendo, desbocado, bajo la tela del frac.
—Lo siento —murmuró en mi pelo—. Lo siento tanto, hija mía.
—Papá…
—Lo siento. Lo siento. Lo siento.
Lloramos un momento. Sólo un momento. Después se apartó, se limpió los ojos con el dorso de la mano y recogió la pistola. Había recuperado la compostura, o algo parecido.
—No tenemos tiempo. Escúchame con atención.
Hay un guardia en el jardín. Otro en la verja de entrada.
Calloway duerme en el ala este, y Cobham se ha marchado hace una hora a Londres.
Bajaremos por la escalera de servicio, cruzaremos la cocina y saldremos por la puerta de la despensa.
Hay un embarcadero al fondo del jardín, junto al cenador.
Una barca de remos, para pasear. Está amarrada.
—Me puso una bolsita de cuero en la mano—.
Cincuenta guineas. Y mi anillo. Si alguien te detiene, enséñalo.
Es el sello de los Linthwaite. Tiene peso.
—¿Adónde voy?
—A Richmond. Siguiendo el río, a unas dos millas.
Allí está lord Sidmouth, en White Lodge, el pabellón del parque.
Lo conozco desde hace treinta años. Es un hombre seco, desconfiado, pero decente.
Dile que Edmund Fenwick está dispuesto a declarar ante los Lores todo lo que sabe, y que lo que sabe es mucho.
—Tú vienes conmigo.
—No.
—Papá…
—No, hija. —Me tomó la barbilla con dos dedos, como cuando era niña—. Si desaparecemos los dos, Ambrose lo sabrá antes del amanecer y mandará a los guardias detrás de ti. Alguien tiene que quedarse. Alguien tiene que hacerle creer que aún estás aquí, durmiendo. Alguien tiene que ganar tiempo.
—Te matará.
—No lo creo. Soy un marqués, y él me necesita. —Sonrió con una tristeza infinita—. Además, es lo único que se me da bien: quedarme quieto y parecer inofensivo.
—No puedes…
—Cordelia. —Su voz se endureció—. Por una vez en mi vida, déjame ser el padre que debí ser. Por favor.
Me mordí el labio hasta que me supo a sangre. Asentí.
Salimos de la habitación sin hacer ruido.
En el pasillo, con la espalda apoyada contra la pared y la cabeza caída sobre el pecho, roncaba el sargento Pritchard, con el mosquete tumbado en el suelo y una taza vacía junto a la bota.
Mi padre pasó por encima de sus piernas con la delicadeza de un bailarín.
Yo lo seguí, descalza, con los zapatos en la mano, sin atreverme casi a respirar.
Bajamos por una escalera estrecha de servicio.
Pisábamos los bordes de los peldaños. Mi padre abría la marcha, con la vela apagada, la pistola en la mano.
En la cocina, enorme, oscura, con los cacharros de cobre brillando bajo la luz de la luna, nos detuvimos junto a la puerta de la despensa.
Él giró la llave. Abrió la puerta. Una ráfaga de aire frío nos golpeó la cara.
—Ve —susurró.
En la cocina, antes de salir, mi padre se detuvo junto a la mesa de roble. Cogió un trozo de pan de una bandeja y me lo puso en la mano.
—Come algo. Lo vas a necesitar.
—No tengo hambre.
—Come. —Me miró con una dureza que me recordó, de pronto, a la de Lucian—. Tu hermano nunca comía cuando estaba nervioso. Y luego se desmayaba en los momentos más inoportunos. No quiero que te pase.
Mordí el pan. Estaba duro. Lo mastiqué con esfuerzo, con los ojos en su cara, grabándome cada arruga, cada pliegue, cada mancha de barba. Me di cuenta de que lo estaba mirando como se mira por última vez, y aparté enseguida el pensamiento.
—Ya está —dije, con la boca llena.
—Muy bien. Vamos.
Salimos al jardín.
La luna había salido de entre las nubes.
Iluminaba el césped, los rosales desnudos, el seto de boj y, al fondo, un trecho brillante de agua negra.
Mi padre me tomó del brazo. Caminamos pegados a la pared de la casa, en la sombra, hacia el extremo del jardín.
A cada paso me parecía oír el latido de mi propio corazón retumbando entre los arbustos.
Había un cenador de madera pintada de blanco, con una cúpula de zinc, y detrás, un pequeño muelle de tablas.
Se mecía en el agua una barca de remos con la proa pintada de azul.
Habíamos recorrido tres cuartas partes del camino cuando una voz, a nuestra espalda, dijo:
—¿Quién va?
Mi padre se quedó inmóvil.
Un hombre salió de detrás de un seto. Un guardia, con un abrigo oscuro, un mosquete al hombro y una linterna colgada del cinto. Nos miró con ojos de sueño. Después de un segundo de confusión, se le abrieron de golpe.
—¡Señor marqués! ¿Qué…? ¡La señorita! ¡Alto ahí!
Levantó el mosquete.
—Corre —dijo mi padre.
—Papá…
—¡Corre!
Me empujó. Salí disparada hacia el muelle con los zapatos en la mano.
Oí detrás de mí un estampido seco, el chasquido de una pistola, un grito, un golpe.
Me volví. Mi padre había disparado. El guardia, con la mano en el hombro, había soltado el mosquete y rodaba por la hierba aullando de dolor.
Pero ya otra figura corría hacia nosotros desde la verja, y otra desde el ala este de la casa, y se encendió una ventana, y otra, y la noche se llenó de gritos.
—¡Cordelia! ¡Vete!
—¡No sin ti!
—¡Maldita sea, vete!
Me aferré al brazo de mi padre. Tiré de él. Echamos a correr juntos por el césped hacia el muelle, tropezando, jadeando, con las luces de la casa tras nosotros. Faltaban veinte pasos. Quince. Diez.
El segundo disparo sonó cuando llegábamos a las tablas.
Mi padre dio un respingo. Se tambaleó. Llevó una mano a su costado y la retiró, y a la luz de la luna vi que tenía los dedos negros y brillantes. Me miró con una expresión de infinita sorpresa, como un niño al que alguien acaba de decir algo inesperadamente cierto.
—Ay —dijo.
—¡Papá!
—No es nada. —Se apoyó contra una de las vigas del embarcadero—. Un rasguño.
—¡Estás sangrando!
—Un rasguño que sangra mucho. —Esbozó una media sonrisa—. Qué cosas. Ahora entiendo por qué se dice siempre.
—Voy a ayudarte. Vamos. Sube a la barca.
—No.
—Papá, por favor…
—Cordelia. —Me puso las dos manos en los hombros.
Sus dedos dejaron marcas húmedas sobre mi vestido—.
Escúchame. Hay seis hombres en esa casa y todos vienen hacia aquí.
Si subo a la barca, nos alcanzarán antes de llegar al medio del río.
Si me quedo, tendrán que parar a ver qué me pasa.
Tendrás diez minutos de ventaja. Es todo lo que necesitas.
—No puedo dejarte aquí.