La dama de Brook Street Capítulo 13 #3
68%

Capítulo 13 #3

—Yo sí.

—Primero Pike. Está en la celda del fondo. No oye bien, pero es hombre de recursos.

Me acerqué a la reja. Allí, tumbado de espaldas sobre un montón de paja, con la gorra sobre la cara y el pecho subiendo y bajando con un ronquido regular, dormía mi viejo cochero. Tenía la ropa desgarrada y la cara llena de moratones.

—Pike —susurré.

Un ronquido.

—¡Pike!

—¿Eh? ¿Qué? —Se incorporó con un respingo, buscó la gorra, se la caló—. ¿Es la hora del almuerzo, señor?

—Pike, estamos en una celda.

—Ya lo sé, señor. Llevo aquí desde ayer. —Se sentó, se frotó los ojos—. Los muy canallas me quitaron la carta. Se la di a un caballero muy educado que me dijo que era el secretario del ministro, y resulta que era uno de ellos. Me siento un idiota, señor.

—No es culpa tuya.

—Lo es, señor. Veinte años de servicio y me engaña un hombre con buenos modales.

—Eso nos pasa a todos. —Me agaché junto a la reja—. Voy a abrirte. Pero necesito que estés callado y atento. En cuanto el guardia baje a la próxima ronda, vamos a salir.

—Estoy callado, señor.

—Y atento.

—Estoy atento.

—Y no digas «señor» tan alto.

—Sí, señor —susurró.

Me puse a trabajar. La ganzúa de resorte, ese pequeño prodigio de la relojería, abrió la cerradura de Pike en menos de un minuto.

Después liberé a Penrose, que se levantó con un gruñido, estirando las piernas entumecidas.

Nos reunimos los tres junto a la escalera, pegados a la pared, a oscuras.

Yo tenía la costilla ardiendo y la cabeza como un yunque, pero hacía horas que no me sentía tan vivo.

—El guardia baja a las tres —murmuró Penrose—. Lo he cronometrado. Está sentado en una silla en lo alto de la escalera. Es hombre de costumbres. Se queda dormido a las dos y media.

—¿Cómo lo sabe?

—Por los ronquidos. Se oyen por la rendija.

Esperamos. Un reloj dio las dos y media en algún lugar de la casa. Después, muy lejos, una cañería goteó. Luego silencio. Y entonces, desde lo alto de la escalera, el sonido inconfundible de un hombre grande que se ha dormido con la barbilla en el pecho.

—Ahora —susurró Penrose.

Subimos. Yo delante, descalzo, pegado a la pared.

Los peldaños eran de piedra, fríos y desiguales.

Al final de la escalera había una puerta de roble con un ventanuco enrejado, y a través de él, a la luz de una vela, vi la silueta del guardia, hundido en una silla de cuero con el mosquete entre las rodillas. Roncaba con la boca abierta.

Con una lentitud agónica, introduje la ganzúa en la cerradura.

Cedió con un clic. Empujé la puerta, un dedo, dos, sin respirar.

El guardia no se movió. Me deslicé por el hueco, cogí el mosquete de entre sus rodillas, lo dejé en el suelo con cuidado.

Penrose y Pike pasaron detrás, de puntillas.

Dejamos al hombre durmiendo, y yo, por una especie de cortesía profesional, le puse una manta sobre las piernas.

—No hay que ser descortés —murmuré.

—Es usted un caballero, milord —susurró Penrose.

Estábamos en una cocina enorme, de azulejos blancos, con una chimenea apagada y una hilera de cacerolas colgadas de la pared.

La luna entraba por una ventana alta. Al fondo, una puerta daba al patio trasero.

La atravesamos como sombras, pisando solo las baldosas que no crujían, y salimos al aire frío de la noche.

Era un jardín de ciudad, cuadrado, rodeado por un muro de ladrillo de cuatro varas. Había un manzano desnudo, un montón de leña, un cobertizo. Detrás del muro, a lo lejos, se oía el rumor de un coche rodando sobre adoquines.

—El muro —dije.

—Hay una escalera en el cobertizo —respondió Penrose—. La vi esta mañana, cuando me sacaron a pasear al patio.

—¿Le sacaron a pasear?

—Es un hombre humano, Cobham. Siempre lo ha sido. —Penrose sonrió con amargura—. Eso era lo peor de él.

Corrimos hacia el cobertizo. Pike cargó con la escalera, yo con Penrose, que cojeaba, y en un minuto la teníamos apoyada contra el muro.

Subí primero. Eché un vistazo al otro lado: un callejón desierto, de adoquines mojados, con una farola apagada y un gato negro sentado en una verja.

Hice una señal. Pike subió después, resoplando.

Ayudamos a Penrose a trepar entre los dos, empujándolo por los pies como a un saco de grano.

Saltamos al callejón uno tras otro. Caí sobre las rodillas. La costilla me atravesó el costado y estuve a punto de gritar. Me mordí el puño. Me levanté con un esfuerzo.

—¿Adónde, milord? —jadeó Pike.

—A Rotherhithe. A casa de los Tuck. Hay que sacar el baúl antes de que Cobham se dé cuenta de que hemos desaparecido.

—¿Y la señorita?

—Después.

—Pero, señor…

—Después, Pike. Primero el baúl. Sin él no tenemos nada con lo que negociar. —Respiré hondo—. Y luego, iremos a buscarla aunque tenga que arrancar Twickenham ladrillo a ladrillo.

Echamos a correr por el callejón, los tres, con la luna sobre nuestras cabezas y el sonido de nuestros pasos descalzos rebotando contra las paredes. A lo lejos, en alguna iglesia de Kensington, un reloj dio las tres.