Capítulo 13 #2
—Lo soy. Ha sido siempre mi debilidad. —Sonrió—. Todo lo que tiene que hacer es decirnos dónde está el baúl. Y firmar un papel en el que se declare que lord Alderley actuó solo y que usted, en su celo, se dejó engañar. Un error comprensible. Nadie le culpará.
—¿Y Hugo?
—Hugo, desgraciadamente, ya está perdido. Ha cometido asesinato y alta traición. Es una pena, un muchacho tan encantador. —Se encogió de hombros—. Pero hay sacrificios inevitables.
Me quedé mirándole. Era un hombre de sesenta años, con el rostro más bondadoso que había visto en mi vida, con unos ojos azules que parecían los de un párroco de aldea.
Y detrás de aquellos ojos, como en el fondo de un pozo, no había nada.
Absolutamente nada. Ni odio, ni rencor, ni siquiera avaricia.
Una mera ausencia, un vacío frío y pulcro.
—¿Por qué lo hace? —pregunté.
—¿Perdón?
—Dinero no necesita. Tiene una casa en Kensington, una finca en Kent, un puesto de subsecretario con una renta decente. ¿Por qué traicionar a la Corona?
Cobham ladeó la cabeza. Por un instante pareció sinceramente sorprendido, como si nadie le hubiera hecho jamás una pregunta semejante.
—Treinta años —dijo despacio—. Treinta años de servicio.
Treinta años escribiendo memorandos para ministros que los firmaban sin leerlos, redactando discursos que otros pronunciaban, negociando tratados cuyos laureles recogían los demás.
Treinta años sirviendo con lealtad a aristócratas estúpidos, que ni siquiera recuerdan mi nombre.
—Esbozó una sonrisa—. Yo sé más del Imperio que cualquier duque de este país, Lucian.
He hecho más por esta nación que cien lores juntos.
¿Y qué he recibido? Un título de cortesía y una pensión mezquina.
Cuando Ambrose vino a verme y me explicó su proyecto, me pareció… justo. Una compensación.
—Justicia.
—Eso es.
—Es lo mismo que dijo Calloway.
—Naturalmente. Somos hombres de la misma clase. —Hizo un gesto elegante—. Y ahora, ¿qué me responde?
—Que me las pagará.
La sonrisa de Cobham no se alteró.
—Qué lástima. Yo esperaba que usted fuese más sensato.
—Chasqueó los dedos. El guardia dio un paso adelante—.
Entonces tendré que informarle de algunos detalles.
Su cochero, ese viejo llamado Pike, fue capturado ayer en la verja del parque de Richmond con una carta dirigida a lord Sidmouth.
La carta, como podrá imaginar, ha sido quemada.
Sentí un golpe frío en el estómago.
—Pike…
—Está vivo. En la bodega contigua, para su comodidad.
—Señaló con la barbilla la celda del fondo—.
Y le diré algo más. Mañana por la tarde, lord Sidmouth recibirá una invitación urgente de Su Alteza el Príncipe Regente para acudir a Carlton House.
Una convocatoria improvisada. No podrá negarse.
White Lodge quedará desierto durante unas horas, y tendremos tiempo de hacer lo necesario.
—¿Qué es lo necesario?
—Ya lo verá.
—Y Cordelia —dije, con una voz que no reconocí—. ¿Qué piensan hacer con ella?
Cobham pareció reflexionar un momento.
—Ah, la joven dama. Una criatura encantadora. Sir Ambrose tiene un primo en Jamaica, ya sabe. Un hombre de bien, viudo, dueño de una plantación de azúcar. Necesita una esposa. Será un matrimonio muy conveniente.
No recuerdo haberme movido. Solo sé que de pronto estaba de pie, tirando de la cadena con un rugido, con las muñecas sangrando y la vista roja, lanzándome hacia aquel rostro amable.
La cadena se tensó con un chasquido. Las esposas me mordieron la carne hasta el hueso.
Cobham retrocedió un paso, sin perder la sonrisa.
Un puño me hundió el estómago, otro me golpeó el pómulo, un tercero me tumbó de nuevo contra la pared.
Oí el chasquido de una costilla. Oí a Penrose gritar mi nombre.
—Basta —dijo Cobham, con suavidad—. No lo dañen más. Lo necesitamos entero.
Me quedé tendido sobre las losas, con la cara contra el suelo helado, jadeando. Vi desfilar ante mis ojos los zapatos de Cobham, que se alejaban hacia la escalera. Se detuvo.
—Buenas noches, Lucian. Que descanse. Mañana tendremos mucho que hacer.
La puerta se cerró. Un cerrojo chirrió. Y la oscuridad, otra vez, lo cubrió todo.
Pasó mucho rato antes de que nadie hablara. Yo seguía tumbado, con los ojos cerrados, concentrado en respirar sin que la costilla me desgarrase por dentro. Oí cómo Penrose se movía en la penumbra, el tintineo de su cadena. Después, muy bajo, su voz.
—Milord.
—Déjeme.
—Milord, tengo que enseñarle una cosa.
—Ahora no.
—Es importante.
Abrí un ojo. Penrose se había arrastrado hasta el borde de su cadena, con el brazo estirado al máximo, y en la palma de la mano sostenía la pequeña caja de latón en la que guardaba el regaliz.
La abrió con el pulgar. Dentro, junto a las pastillas negras, había algo más: un trozo de alambre fino, enroscado, y una lámina de acero no más larga que un dedo, con los bordes dentados.
—Una sierra de relojero —susurró, con una sonrisa que le arrugó el ojo morado—. Y una ganzúa de resorte. Las llevo en la caja desde hace veinte años. Los guardias creyeron que eran pastillas. Con las pastillas he hecho lo que uno hace con las pastillas, pero esto lo he reservado.
Me quedé mirándolo. Después, sin poder evitarlo, solté una carcajada ronca, dolorida, que me arrancó un gemido de la costilla rota.
—Penrose.
—Dígame.
—Es usted un genio.
—Lo sé. Pero me gusta que alguien me lo diga de vez en cuando.
Nos pusimos manos a la obra con la paciencia de dos hombres que no tienen otra cosa que hacer.
Penrose me lanzó la caja rodando por el suelo.
La atrapé con la punta del pie y la subí a mis manos con una torsión que casi me desencaja el hombro.
Trabajé la cerradura de las esposas con el alambre, a ciegas, de espaldas a la pared, con los dedos entumecidos y temblorosos.
Cuando por fin cedió, con un chasquido apenas audible, estuve a punto de llorar de alivio.
Me quité las esposas. Me froté las muñecas ensangrentadas.
Después arrastré la caja hasta Penrose, que la cogió con un gruñido de satisfacción.
—Ahora usted —murmuré.
—No tengo prisa.