Capítulo 13
Lo primero que supe fue que tenía la cabeza llena de cristales rotos.
Lo segundo, que estaba tumbado de lado sobre una superficie fría y áspera, con una mejilla pegada a lo que parecía una losa de piedra y las muñecas sujetas por encima de la cabeza.
Abrí los ojos. Una luz grisácea, muy tenue, se filtraba desde un hueco alto de la pared, cubierto de barrotes, y dibujaba en el suelo un cuadrado pálido.
Intenté moverme. Un dolor agudo, ardiente, me recorrió el costado derecho, donde las botas de los soldados habían trabajado a conciencia.
Gemí. Tenía un sabor metálico en la boca, y el labio inferior hinchado como una ciruela.
—Buenos días, milord.
La voz venía de mi izquierda, desde la penumbra. Era una voz seca, serena, con un deje de ironía, que había oído a diario durante tres años.
—¿Penrose?
—El mismo. Aunque, si he de ser sincero, hay mañanas en que he tenido mejor aspecto.
Giré la cabeza con un esfuerzo. Estaba en una bodega de techo abovedado, con las paredes de ladrillo cubiertas de salitre y un suelo de losas desiguales.
Había dos celdas más, a mi derecha y al fondo, cerradas con rejas de hierro oxidado.
Yo estaba sujeto a la pared del medio por unas esposas unidas a una cadena.
Frente a mí, sentado en el suelo con la espalda apoyada en los ladrillos y las piernas estiradas, estaba el señor Penrose.
Tenía un ojo cerrado, de un violeta tan hinchado que parecía una berenjena.
Le faltaba un anteojo. Llevaba el chaleco de color mostaza roto por un costado y el pelo, escaso, de punta.
Pero sonreía, y de entre los dedos de su mano derecha, encadenada a un aro de hierro en la pared, asomaba una pastilla de regaliz que mordisqueaba con aire distraído.
—Le han dejado el regaliz —murmuré.
—Han considerado que un hombre de mi edad no era peligroso. Mi estimación de la inteligencia humana ha descendido considerablemente.
Me incorporé como pude, con la espalda contra la pared.
Me dolía todo. Tenía sangre seca en la sien, en la barbilla, en el cuello de la camisa.
Pero no me habían roto nada. Moví los dedos, los brazos, las piernas.
Comprobé que respiraba con dificultad, pero sin el silbido que indica una costilla clavada en el pulmón.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
—En el sótano de la casa de lord Cobham, en Kensington.
Lo reconozco por los ruidos de la cocina.
Su señoría tiene un cocinero deplorable, se le oye maltratar las coles.
—Penrose mordió otro trocito—. Me trajeron anoche.
Llevo aquí… calculo, unas treinta horas.
Usted llegó hace dos, en un carro, atado como un fardo.
No quise despertarle. Tenía el aspecto de un hombre que necesita dormir.
—La librería…
—Ardió, sí. Lo sé. Fue una pena. Tenía una primera edición de Burton que no volveré a encontrar.
—Sonrió con tristeza—. Me sorprendieron en el sótano, revisando unos legajos.
No oí entrar a los hombres. Cobham llegó después, con el gesto de un tío que viene a dar el pésame, y me explicó con lágrimas en los ojos que la lealtad al Estado exigía ciertos sacrificios.
—¿Le han hecho daño?
—Lo normal. Un poco de persuasión. Mucha conversación. —Se encogió de hombros con dificultad—. No he dicho nada, milord. Ni una palabra. Para lo que sirve.
—Gracias.
—No me dé las gracias. Es mi oficio. —Me miró con el ojo sano—. Dígame, ¿y la dama?
Se me contrajo el pecho. Cerré los ojos un instante.
—Se la llevó Calloway. A una casa de Twickenham, creo. Para usarla como moneda de cambio.
—Ah.
—Y el baúl está escondido. Con las planchas y el libro de cuentas. Incluida la prueba contra Cobham.
—¿Contra Cobham? —Por primera vez, Penrose dejó de masticar—. ¿Hay una prueba contra Cobham?
Le conté lo que habíamos descubierto: la anotación en tinta oscura, las iniciales C. W., las doscientas libras mensuales. Lo escuchó sin interrumpirme, con una expresión extraña, y cuando terminé se quedó mirando el techo durante un buen rato.
—Lo sospechaba —dijo al fin—. Hace dos años.
Un expediente que desapareció de mi mesa.
Una carta que llegó a Cobham antes que a mí.
Lo sospechaba y no tuve valor para creérmelo.
—Exhaló—. Es el hombre que me contrató, milord.
Hace veintiséis años. Me tendió la mano cuando era un mozo sin oficio y me enseñó a escribir informes. Fui su mejor discípulo.
—Lo sé.
—Es lo que más me duele. No los palos. Eso.
Guardamos silencio. En algún lugar encima de nosotros se oyó el rumor de pasos, el golpe de una puerta, una voz de mujer que gritaba algo sobre la cena. Me froté las muñecas contra el hierro y noté que la piel se me abría.
—Tenemos que salir de aquí —dije.
—Eso pienso yo desde hace treinta horas. Pero necesitaba un compañero con quien aburrirme.
—¿Qué ideas tiene?
—Una.
—¿Cuál?
—Esperar —dijo Penrose, y sacó la lengua para chupar una pastilla.
Esperamos.
—¿Sabe por qué guardo el regaliz? —preguntó Penrose, tras un rato.
—Imagino que le gusta.
—Lo detesto. —Sonrió con el ojo sano—. Lo empecé a masticar hace veinte años para dejar de fumar.
Descubrí que me ayudaba a pensar. Después descubrí que a los hombres les parezco menos peligroso cuando mastico.
Un hombre con una pastilla en la boca es un abuelo.
Un hombre sin ella es un funcionario del Ministerio.
—Es una buena técnica.
—Es la única que domino. —Mordió—. La otra es no hablar. Y esa, milord, me la enseñó mi madre, que era una mujer admirable y que nunca dijo una palabra de más en sesenta años de matrimonio.
—¿Era feliz?
—Estoy casi seguro de que sí. Mi padre nunca se enteró de lo contrario.
Reí a pesar del dolor. Y sentí que, en aquella bodega helada, atado a una pared por una cadena, con la costilla ardiendo y el futuro en manos de un hombre sin escrúpulos, había algo parecido a la esperanza en la voz seca de aquel viejo que mascaba regaliz.
Pasaron las horas. No sabría decir cuántas.
El cuadrado de luz del tragaluz fue alargándose sobre las losas, se volvió amarillo, después anaranjado, y finalmente se extinguió.
Un guardia bajó a traernos un cuenco de gachas frías y una jarra de agua.
Era un hombretón de cuello grueso, con un mosquete al hombro y una expresión de tedio infinito, que dejó los cuencos en el suelo sin dirigirnos una mirada.
Comí con una mano, tironeando de la cadena.
Penrose comió sin dejar de masticar regaliz.
Reflexioné sobre el rostro de Cordelia al verme caer en el barro, sobre su voz gritando mi nombre, y la rabia me subió por la garganta como una marea.
Apreté los puños contra el hierro hasta que me dolieron los nudillos.
—Milord —dijo Penrose—, no se haga daño. Ahorre fuerzas.
—No puedo.
—Sí puede.
—Está en manos de ese hombre.
—Lo sé. Pero también sé que si usted se rompe las muñecas contra la pared no la salvará. —Habló con una suavidad que me sorprendió—. Le conozco, milord. Es usted el mejor agente que he tenido. No porque sea el más fuerte ni el más rápido. Sino porque piensa. Piense.
Respiré hondo. Una, dos veces. Me obligué a abrir los puños.
Pensé.
Un buen rato después, Pike, desde la celda del fondo, rompió el silencio con un carraspeo.
—Señor.
—Dime.
—¿Puedo preguntarle una cosa?
—Pregunta.
—Esa señorita. —Se oyó el crujido de la paja—. ¿Es la buena?
—¿La buena?
—La definitiva, señor. La que le va a quitar de la cabeza lo que se trae desde que volvió de España.
Cerré los ojos. Tardé en responder.
—Sí, Pike. Es la buena.
—Me lo parecía. —Hubo una pausa—. Su padre habría dicho que era una muchacha con agallas. A su padre le gustaban las muchachas con agallas. Su madre, en cambio, prefería las que cosían bien.
—Mi madre también cosía mal.
—Sí, señor. Mucho. Pero tenía una sonrisa que le arreglaba el día a cualquiera.
—Como Cordelia.
—Como la señorita —convino Pike. Y nadie dijo nada más durante un buen rato, pero la oscuridad de aquella bodega se hizo un poco menos fría.
Fue a medianoche, cuando la casa estaba en silencio y solo se oía el goteo de una cañería, cuando oímos pasos en la escalera.
Pasos ligeros, elegantes, de zapatos de suela fina.
Una lámpara de aceite se balanceó en la oscuridad.
Detrás de ella, acompañado por el hombre del mosquete, apareció lord Cobham.
—Buenas noches, caballeros —dijo con suavidad.
Llevaba un batín de seda granate sobre un camisón de lino, y el pelo plateado, peinado con raya impecable, resplandecía a la luz de la lámpara.
Tenía el aspecto de un abuelo que baja a la cocina a robar un trozo de queso.
Se acercó con paso tranquilo. Se detuvo a dos varas de mí, con las manos a la espalda, y me examinó con una compasión tan sincera que sentí náuseas.
—Mi querido Lucian. Qué espanto. Le han tratado muy mal.
—No más que usted a Penrose.
—Oh, eso. —Agitó una mano—. Fue un malentendido. Un exceso de celo de algunos subordinados. Ya los he reprendido. —Se volvió hacia el otro prisionero—. Mi querido Aldous. Si hubiera sido más razonable no habríamos llegado a esto.
—Si usted hubiera sido menos canalla, tampoco —respondió Penrose.
—Ay. La edad no le ha enseñado cortesía. —Cobham exhaló con delicadeza—. En fin. Voy a ser breve, porque es tarde y ambos necesitan descansar. He venido a ofrecerle un trato, Lucian.
—No me interesa.
—Escuche antes de rechazarlo.
—No me interesa.
—Escuche. —Su voz se endureció una pizca—.
Hay un futuro para usted en todo esto. Un futuro generoso.
Sir Ambrose y yo hemos hablado de ello. Usted es un hombre de talento, de coraje.
Podría ser muy valioso. Una participación en nuestros negocios.
Una renta. Una posición. Y su joven amiga, naturalmente, regresaría a casa sana y salva, sin una mancha en su reputación.
—Es muy generoso.