Capítulo 12 #3
Cerré. Probé la cerradura de la puerta con una horquilla, la única que me quedaba en el pelo. No cedió. Era una cerradura buena. Muy buena.
Me senté en el borde de la cama otra vez. Cogí una taza de té frío y la apreté entre las manos. Pensé en lo que haría Lucian. En lo que me habría dicho. «Observa. Cuenta. No improvises.» Eso había dicho en el despacho de mi padre. «Cada puerta tiene una llave. Cada guardia tiene un horario.»
Observé. Conté. Había un hombre en el pasillo, un guardia en el jardín. Había un fuego, un balcón, un emparrado. Había una campanilla de servicio sobre la cabecera de la cama. Había una bandeja con un cuchillo de untar, una cuchara, un tenedor. Una jarra de cerámica.
Me obligué a comer. No tenía hambre, pero Lucian me lo habría ordenado, y yo había aprendido en cuatro días que el cuerpo es un caballo que hay que alimentar si se le pide galopar.
Me bebí el té frío de un trago. Comí pan con mantequilla, dos lonchas de fiambre y una manzana que mordí hasta el corazón.
Me lavé la cara y las manos en la palangana con un agua que se tiñó de rosa por los arañazos.
Me desenredé el pelo con los dedos y lo recogí en una trenza apretada, como la que me hacía Hugo cuando éramos niños y jugábamos a piratas en el jardín de Hertfordshire.
Después hice inventario de la habitación, como había visto hacer a Lucian en el despacho de mi padre.
Cuatro paredes. Un balcón. Una chimenea.
Un armario con tres vestidos de mujer, ninguno de mi talla, que alguien había colocado allí con la esperanza de que me los pusiera.
Un tocador con cepillos de plata. Un escritorio pequeño con tintero, papel y plumas, listo para la carta que no pensaba escribir.
Lo miré largo rato. El papel era de color crema, grueso, con una pequeña rosa en relieve en la esquina superior.
Cogí una hoja. Cogí una pluma. Mojé la punta en el tintero.
Escribí tres palabras. Después las taché, con tanta fuerza que rasgué el papel, y arrugué la hoja y la arrojé al fuego.
Fue entonces cuando oí las voces. Venían de abajo, amortiguadas, a través del tiro de la chimenea, que debía de comunicar con el salón o con la biblioteca de la planta baja. Me arrodillé junto al hogar. Pegué la oreja a la piedra caliente.
—…no me fío de él —decía una voz suave, de barítono—. Stanmore es testarudo. Y listo. Si despierta antes de lo previsto, si los guardias son descuidados…
—Estará encadenado en el cuartel de Bow Street antes del alba, Charles. No te preocupes. —La voz de Calloway, sosegada—. Lo único que debe preocuparnos es el baúl.
—Que sigue en poder de los pescadores.
—Que sigue escondido. Pero la muchacha escribirá la carta mañana, y el conde entregará lo que sea con tal de verla libre. Los jóvenes enamorados son manejables.
—Si no escribe…
—Escribirá. Tiene un hermano y unos pobres pescadores en el otro platillo de la balanza.
Es una chica sensata. —Hubo un tintineo de copas—.
Y en cuanto tengamos las planchas y el libro, haremos lo que hay que hacer.
El conde y el chico Fenwick aparecerán ahorcados en una celda, con una confesión firmada.
Una lástima. Pero tragedias como esa ocurren.
—¿Y la muchacha?
—Se casará con un primo mío de Jamaica. Un hombre excelente. Se la llevará lejos, donde no pueda dar disgustos. Edmund firmará lo que le pida, porque tiene demasiado miedo para negarse.
—¿Y Penrose?
—¿Tu viejo amigo del regaliz? —Calloway rio entre dientes—. Está en tu sótano de Kensington, si no recuerdo mal. Sigue sin querer hablar. Pero lo hará. Todos hablan al final.
—Dame un día más. Mañana por la tarde habré sacado a Sidmouth de Richmond con alguna excusa y tendremos el campo libre.
—Excelente.
Las voces se fueron apagando, y se cerró una puerta.
Me quedé de rodillas en la alfombra, con la mano apretada contra la boca para no hacer ruido.
Sentía la piedra tibia bajo la frente. Me temblaba todo el cuerpo.
Lo sabía ya. Sabía lo que tenían planeado, sabía dónde estaba Penrose, sabía que Sidmouth iba a ser alejado de su refugio y que Lucian moriría en una celda con una confesión falsa.
Sabía que iban a casarme, como se vende una yegua, con un desconocido de otro hemisferio.
Se me secaron las lágrimas de golpe. Hay una clase de furia que no necesita gritos.
Eran las once, según el reloj de la repisa. Calloway había dicho que mañana lo hablaríamos todo. Disponía de ocho, diez horas.
Me quité los zapatos. Empecé a deshacer, muy despacio, los lazos del camisón de lino, para convertirlo en una tira larga y fuerte. Me temblaban las manos, pero ya no por miedo.
Fue entonces cuando oí la llave en la cerradura.
Me quedé paralizada, con el camisón a medio deshacer entre los dedos. La puerta se abrió sin ruido, solo una rendija, y por ella asomó una vela, y la mano que la sostenía, y un rostro ceniciento, de ojos hundidos y barbilla cortada.
—Cordelia —susurró mi padre—. Vístete. No hagas ruido. Voy a sacarte de aquí.