Capítulo 12 #2
Hacía una semana que no lo veía. Parecía haber envejecido diez años.
Tenía los ojos hundidos, las mejillas hinchadas, la piel de un tono ceniciento, y las manos le temblaban tanto que el coñac se derramó por el borde de la copa.
Se había afeitado mal. Tenía un corte en la barbilla.
La corbata estaba arrugada, desanudada, y por primera vez en mi vida le vi la camisa manchada de vino.
—Cordelia —repitió, con la voz quebrada—. Hija mía.
Quise correr hacia él. Quise abrazarlo y gritarle y golpearle el pecho.
Quise preguntarle por qué no había hecho nada, por qué se había quedado sentado con aquel hombre, por qué había dicho que Hugo estaba en Francia.
Quise tantas cosas que me quedé de pie, inmóvil, con las manos apretadas contra el vestido roto.
—Papá.
—Gracias a Dios. Gracias a Dios que estás bien. —Dejó la copa sobre la repisa y avanzó hacia mí con los brazos abiertos—. Estaba tan asustado. Ambrose me juró que no te harían daño. Me lo juró.
—¿Me lo juró? —repetí. Retrocedí un paso—. ¿Sabes lo que hay en el patio de los pescadores donde me han encontrado, papá? Hay un viejo con una bala en el pecho. Hay una niña de cinco años escondida en un sótano. Hay un hombre al que han partido la cabeza a culatazos. ¿Eso es no hacernos daño?
Mi padre se detuvo. Había palidecido todavía más.
—No sabía… Ambrose me dijo que solo iba a detener a Hugo. Que habría un arresto discreto. Que el asunto se resolvería con papeles.
—Ambrose te ha mentido.
—Cordelia, por favor…
—¡Ha mentido! —Mi voz se quebró—. Lleva meses mintiéndote. Falsifica billetes. Mata a quien se interpone. Mandó a un lacayo a espiar en tu propia casa, y tú, tú, que me dijiste que Hugo estaba en Francia, tú sigues sirviéndole coñac.
—¡Hablaré con él!
—¿Para qué? ¿Para que te sonría y te dé una palmada en la espalda?
Calloway, que se había quedado junto a la puerta con las manos cruzadas a la espalda, tosió con delicadeza.
—Edmund —dijo con suavidad—, creo que lo mejor será dejar que tu hija descanse. Ha tenido un día difícil. Mañana, con calma, lo hablaremos todo.
—Sí, sí. —Mi padre asintió con la cabeza, aliviado, como si le hubieran ofrecido una excusa—. Sí, tienes razón. Descansa, hija. Mañana, con la cabeza despejada…
Me quedé mirándolo. Fue un momento largo, curioso, en el que sentí que algo se rompía definitivamente dentro de mí.
Algo que había estado agrietándose durante años, desde la noche en que mi madre se encerró en su cuarto con una botella de láudano y mi padre dijo que era mejor no molestarla.
Lo vi con una claridad total. A aquel hombre grande, de cabello blanco, elegante incluso en la ruina, que lloraba por su hija y se escondía de ella.
Y lo vi con la misma nitidez con que había visto a Dunstan sonriéndome sobre la alfombra, a Calloway ofreciéndome su pañuelo.
Un cobarde. Solo eso. Un cobarde que no sabía ser otra cosa.
—Hasta mañana, papá —dije, con una voz neutra, que no era la mía.
—Hasta mañana, hija mía.
El sargento Pritchard, un hombre de nariz de patata y bigote cuadrado, me escoltó hasta un dormitorio de la segunda planta.
Era una habitación hermosa, con una cama de baldaquino, cortinas de brocado verde, un tocador con espejo y un ventanal que daba al jardín y, más allá, al Támesis, que se extendía como una cinta de plata bajo la luna.
Había un fuego encendido en la chimenea y un camisón de lino limpio sobre la cama.
Una bandeja con té, pan con mantequilla y fiambre.
—Si necesita algo, señorita, llame a la campanilla —dijo Pritchard—. Habrá un hombre en la puerta toda la noche.
—Qué atento.
—Son órdenes de sir Ambrose.
—Imagino.
Cerró la puerta. Escuché el chasquido de la llave en la cerradura, y luego sus pasos, y el chirrido de una silla en el pasillo. Me quedé sola.
Me dejé caer sobre la cama. Hundí la cara en la colcha de seda. Y entonces, por fin, dejé que ocurriera.
Lloré. Lloré con sollozos secos, violentos, que me sacudían los hombros y me desgarraban el pecho, ahogados contra la tela para que no me oyera el hombre del pasillo.
Lloré por Lucian, por su sangre en el barro.
Lloré por Hugo, por Tuck, por Martha, por la niña del muñeco sin un ojo.
Lloré por mi padre, por mi madre, por la muchacha que había sido hacía diez días y que ya no volvería.
Lloré durante mucho tiempo, hasta que no me quedaron lágrimas y se me secó la garganta y la cabeza me zumbaba como una colmena.
Después me incorporé. Me limpié la cara con la manga. Me quedé sentada en el borde de la cama, con los pies colgando, mirando el fuego.
No iba a escribir esa carta.
Lo vi con una claridad fría, absoluta. Si escribía la carta, Lucian entregaría el baúl.
Lo entregaría sin pensarlo, porque me quería, porque no podía soportar la idea de perderme, y entonces Calloway y Cobham lo tendrían todo: las planchas, el libro, las pruebas.
Matarían a Hugo. Matarían a Lucian. Matarían a Martha y a Nell, porque eran testigos.
Y yo seguiría viva, atrapada en esa casa de ladrillo claro, con un hombre que me sonreía.
Así que no. No escribiría.
Pero tampoco podía quedarme.
Me levanté. Recorrí la habitación. Examiné el ventanal: daba a un balcón de piedra con una balaustrada, a siete u ocho metros del suelo.
Un emparrado de glicinas trepaba hasta la barandilla.
Estaba desnudo, retorcido, de ramas gruesas como brazos, y podría sostener el peso de una persona.
Abrí la hoja. El aire frío me golpeó la cara.
Abajo, en el jardín, un guardia con un fusil paseaba junto a un seto, con la linterna colgada al cinto.