La dama de Brook Street Capítulo 12
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Capítulo 12

Le mordí la mano a sir Ambrose Calloway en cuanto me soltaron los soldados dentro del carruaje, y fue la única satisfacción que me llevé de aquella noche.

Gritó. Fue un grito agudo, indignado, impropio de un hombre de su edad y su posición, y retiró la mano como si le hubiera arrancado un dedo.

Yo escupí. Tenía la boca llena de un sabor a sangre que no sabía si era suya o mía.

Me lancé contra la portezuela, forcejeé con la manija, y descubrí que estaba cerrada por fuera con un pestillo de hierro.

Golpeé el cristal con los puños. Detrás, fuera, a lo lejos, el patio de los Tuck desaparecía en la oscuridad entre antorchas, relinchos y voces.

—¡Lucian! —grité—. ¡Lucian!

—Está vivo —dijo Calloway.

Me volví. Estaba sentado en el asiento de enfrente, con el abrigo de piel abierto sobre un chaleco gris perla y la mano mordida envuelta en un pañuelo de seda.

Respiraba con dificultad. Pero su rostro no había perdido esa serenidad plácida, casi eclesiástica, que yo había visto durante veintidós años en las cenas de Navidad.

—Está vivo, querida. Lo he visto. Le han dado un buen golpe en la cabeza, pero respira. —Se limpió la comisura de los labios con un gesto fastidiado—. Y te aseguro que no tengo ningún deseo de que muera. Al menos, por ahora.

—Es usted un monstruo.

—Qué palabra tan fea. Te la ha enseñado el conde, supongo.

—Me la ha enseñado usted.

—Tienes la lengua afilada, Cordelia. Siempre la tuviste. —Exhaló con aire cansado—. Tu madre decía que acabaría dándote disgustos.

—No pronuncie el nombre de mi madre.

—Como quieras.

El carruaje avanzaba a buen paso por un camino de tierra.

A través de la ventanilla se veía una luna escuálida entre nubarrones, árboles desnudos, la línea gris de un río que se alejaba y volvía a aparecer.

Yo me había encogido en el rincón más alejado del asiento, con los brazos alrededor de las rodillas, tratando de dominar el temblor de las manos.

Tenía el vestido roto. El pelo, suelto sobre los hombros, olía a barro y a humo de pólvora.

Me dolían las muñecas, que los soldados habían apretado como cepos.

Y por dentro no sentía nada. Una frialdad total, una especie de entumecimiento, como si me hubieran vaciado de golpe.

Lucian.

Lo había visto caer. Lo había visto con la cara en el barro, con una bota en la nuca, con la sangre en la sien y los ojos abiertos fijos en mí.

Había oído mi nombre salir de su boca, ronco, desesperado, y luego el golpe que lo acalló.

No podía pensarlo. No podía. Si lo pensaba, me rompía. Y yo necesitaba no romperme.

—Adónde me lleva —dije al fin, con una voz que me sorprendió por su firmeza.

—A un lugar seguro.

—No hay lugar seguro con usted.

—Te equivocas. Voy a llevarte a Rosedene, mi casa de Twickenham, a orillas del río. Un sitio hermoso. Tu padre te espera allí.

—¿Mi padre?

—Edmund ha estado conmigo toda la noche. Muy afectado. —Calloway cruzó las piernas—. Es un hombre sensible, tu padre. Siempre lo ha sido. Tiene el corazón blando. Desde que desapareció Hugo apenas ha comido ni dormido. Le prometí que te traería sana y salva. No pensaba faltar a mi palabra.

—Qué honorable.

—No seas sarcástica. No te favorece.

Callé. Miré por la ventanilla. Estaba pensando en el viejo Tuck, que se había abalanzado contra ocho fusiles con un arpón, y que probablemente yacía en el barro del patio con una bala en el pecho.

Pensaba en Martha y en Nell escondidas en el sótano, junto a Hugo.

Si los soldados las encontraban… Si registraban la casa…

—No los encontrarán —dijo Calloway, como si me hubiera leído el pensamiento.

Lo miré, helada.

—¿Qué?

—A tu hermano. Al sótano. A esa pobre mujer y a su niña. —Sonrió con una amabilidad que me revolvió el estómago—. Cobham tiene órdenes estrictas de no registrar la casa. Prefiero que se queden donde están. Tienen más valor allí, por el momento, para el conde.

—No lo entiendo.

—Claro que lo entiendes. Eres lista. —Se inclinó hacia delante, con las manos sobre las rodillas—.

Tu amigo, el conde, guarda un baúl. Ese baúl contiene dos objetos que me pertenecen, y un libro que me perjudicaría si cayera en manos de ciertas personas.

Quiero ese baúl. Y quiero que me lo entregue sin que yo tenga que quemar una casa llena de inocentes.

Ahora bien. El conde es un hombre testarudo, y tiene una fe ciega en su Corona. Pero tiene un punto débil.

—No diga…

—Tú.

El carruaje dio un bandazo. Me agarré al asiento.

—Es muy sencillo —prosiguió—. Voy a tenerte en mi casa unos días.

Cómoda, bien atendida, sin que nadie te toque un pelo.

Escribirás a tu amigo una carta. Una carta muy emotiva, que yo dictaré.

Le dirás que estás sana y salva, que el baúl no vale tu vida y que, si lo ama, lo entregará.

—Se encogió de hombros—. Los hombres enamorados son muy previsibles.

—No escribiré nada.

—Sí lo harás.

—Antes me corto los dedos.

—Qué dramática. —Una sonrisa fina—. No será necesario llegar a eso.

Basta con que sepas que, si te niegas, el sargento Pritchard, que viaja en el pescante, tiene órdenes de volver a Rotherhithe y encender una antorcha.

Y si el fuego se extiende, los de abajo tendrán que salir.

—Hizo una pausa—. Y en ese caso lord Alderley dejará de ser un problema, y la señora Tuck y su hija dejarán de ser testigos.

La sangre se me heló en las venas. Sentí una náusea violenta. Apreté los puños contra las rodillas. No me atreví a abrir la boca porque sabía que, si lo hacía, vomitaría.

—Lo sé —dijo Calloway, con una voz casi tierna—. Es desagradable. No me agrada. Soy un hombre de paz, Cordelia. Siempre lo he sido. Pero cuando uno ha construido durante veinte años una obra tan delicada, no puede permitir que unos jóvenes impulsivos la destruyan por un ataque de conciencia.

—¿Una obra? ¿Falsificar dinero es una obra?

—Una obra maestra. —Los ojos le brillaron—.

¿Sabes cuántos años pasé mendigando un puesto en la junta del Banco de Inglaterra?

Dieciséis. Dieciséis años de antesalas, de cenas, de reverencias a aristócratas estúpidos.

Mi padre fue un tendero. Compró su fortuna, la hizo crecer, la cuidó.

Y todos esos señores de Threadneedle Street me miraban como se mira a un lacayo con zapatos nuevos.

Me nombraron miembro honorario cuando ya era demasiado tarde.

—Hizo un gesto con la mano—. Así que decidí que, ya que no iban a darme lo que merecía, me lo tomaría yo.

—Eso es una locura.

—Es justicia. El Banco imprime papel con una promesa. Yo imprimo papel con la misma promesa. La única diferencia es que mi papel está mejor grabado. —Sonrió—. Dime, Cordelia, ¿qué diferencia hay entre un billete mío y uno del Banco, si nadie es capaz de distinguirlos?

—Que unos son legales.

—Y los otros están mejor hechos. —Se reclinó—. No te pido que lo entiendas. Solo que obedezcas.

No contesté. Me quedé mirando mis manos, con las uñas rotas y los nudillos despellejados.

Me dije que no iba a llorar. Me dije que Lucian estaba vivo.

Me dije que Hugo, Martha y Nell estaban vivos.

Me dije que mientras estuvieran vivos, existía una posibilidad.

Y fui repitiendo esas frases como un rosario, una detrás de otra, hasta que el carruaje redujo la marcha y las ruedas crujieron sobre gravilla.

Cerré los ojos. Me concentré en recordar.

Era lo único que me quedaba, y quise pasar revista a todo lo que tenía, una cosa tras otra, como se cuentan las monedas: su voz, ronca, diciéndome «silencio, ni un ruido», con la mano sobre mi boca.

Su risa, la primera vez, en el despacho de mi padre, cuando me dijo que me había olvidado de cebar la pistola.

La cara que puso cuando le cosí el brazo, con la mandíbula tensa, contando perros en un grabado.

El peso de su cuerpo en el suelo del coche, protegiéndome de las balas.

La forma en que dijo mi nombre en el almacén, antes de que llegaran los hombres: «Te quiero, Cordelia».

Lo repetí varias veces en silencio, como una oración. No quería olvidar ni una sílaba.

—No te dormirás, ¿verdad? —dijo Calloway.

—No.

—Mejor. Falta poco.

No le contesté. Apreté los párpados hasta ver puntitos blancos. «Estás vivo —pensaba—. Estás vivo, Lucian. Vas a despertarte con un dolor de cabeza horrible, vas a maldecir, vas a levantarte, y vas a venir a buscarme.»

Y a continuación, con una claridad que me sorprendió, otro pensamiento: «Y si no puedes venir, iré yo».

Rosedene era una villa georgiana de ladrillo claro, con una fachada simétrica de siete ventanas y un pórtico de columnas jónicas, edificada en una ladera suave que bajaba hasta el Támesis.

Un jardín de rosales, ahora desnudos, rodeaba la casa.

Había lámparas encendidas en todas las ventanas de la planta baja, y un lacayo con peluca empolvada esperaba junto a la puerta con una antorcha.

Todo respiraba una prosperidad pacífica, de buen gusto.

Era la casa de un hombre que cenaba con obispos.

Calloway me ayudó a bajar con una cortesía exquisita. Retiré el brazo con tanta violencia que casi tropecé.

—Por aquí, querida.

Entramos en un vestíbulo de mármol blanco y negro, con una escalera curva y una lámpara de araña de cristal.

Subimos. Cruzamos un pasillo alfombrado de rojo, lleno de retratos de caballeros de peluca y de damas de seda, que yo miraba sin ver.

Un lacayo abrió una puerta de doble hoja, y Calloway me hizo entrar en un salón amplio, caldeado, con una chimenea de mármol donde crepitaba un fuego generoso.

Había un hombre de pie junto al fuego, de espaldas a la puerta. Alto, ancho, con el cabello blanco revuelto, vestido con un frac negro mal abotonado. Sostenía una copa de coñac, de la que no bebía. Se volvió.

—Cordelia —dijo mi padre.

Lo miré.