La dama de Brook Street Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—Ah, qué directo. Siempre me gustó su franqueza.

—Levantó un papel que llevaba en la mano—.

Tengo aquí una orden firmada por un magistrado del condado de Surrey para la detención de lord Alderley, acusado de asesinato y alta traición, y de lord Stanmore, acusado de encubrimiento y de obstrucción a la justicia.

Quisiera cumplirla sin escándalo. Le ruego que me entregue a lord Alderley.

Y que me entregue lo que se llevaron de los almacenes de Deptford.

—No sé de qué habla.

—Por favor, Lucian. —Chasqueó la lengua—.

No insulte nuestra inteligencia. Sé que tienen un baúl.

Sé que contiene ciertos documentos que mi amigo sir Ambrose considera de su propiedad.

Y sé que si usted no los entrega de manera voluntaria, tendré que registrar la casa, y eso asustaría muchísimo a la señora Tuck y a su hija.

Vi cómo a mi espalda el viejo Tuck apretaba el arpón. Le hice un gesto casi imperceptible con la cabeza. Quieto.

—Lord Cobham —dije, despacio—, usted sabe tan bien como yo que el libro de cuentas lleva sus iniciales.

Hubo un instante de silencio. La sonrisa de Cobham no se alteró. Pero algo cambió en sus ojos, una frialdad de pedernal que nunca había visto en tres años, un destello mineral que me recordó, de golpe, los ojos de una serpiente.

—Ah —dijo—. Qué lástima. Esperaba que no lo hubiera leído.

—Lo he leído.

—Qué lástima. —Se volvió hacia el carruaje—. Ambrose, querido, parece que nuestro joven amigo ha sido más listo de lo previsto.

Calloway salió de la sombra. Avanzó hasta la luz de las antorchas con pasos lentos.

Era un hombre de unos sesenta y cinco años, de rostro afilado, de ojos pequeños y claros, vestido con una elegancia sobria, impecable.

Parecía un banquero, un abuelo, un caballero de iglesia.

Su mirada se posó en Cordelia, y en su rostro se dibujó una expresión de ternura paternal que me revolvió el estómago.

—Mi querida Cordelia —dijo—. Qué susto nos has dado. Tu padre está desesperado. No ha dormido en cuatro noches.

—Sir Ambrose —respondió ella, con una voz tan fría que casi no la reconocí—. Retírese de esta puerta.

—No seas dramática, niña.

—Usted mandó matar a Halloran. Usted mandó a esos hombres a mi casa. Usted ha estado sentado a la mesa de mi padre dos años, robándole, mintiéndole, y se atreve a llamarme niña.

—Me temo que has estado leyendo novelas, querida. —Calloway sonrió con tristeza—. Pero no importa. Lo importante es que estás a salvo. Y que vas a volver a casa.

—No voy a ninguna parte.

—Sí vas. —Dio un paso—. Porque tu padre me ha pedido que te lleve. Y porque, si no lo haces, ocurrirá algo muy desagradable a tu amigo el conde.

Un soldado avanzó. Luego otro. Los mosquetes se alzaron, ocho cañones apuntando al hueco de la puerta.

Me quedé inmóvil, con la pistola oculta tras la espalda, calculando.

Ocho hombres. Dos oficiales. Una orden legal.

Una mujer a mi lado, un viejo con un arpón, una mujer y una niña en el sótano. No había salida. No la había.

—Lucian —susurró Cordelia.

—Lo sé.

—No me entregues.

—No voy a hacerlo.

—Muy conmovedor —murmuró Cobham—. Sargento.

El sargento de Bow Street dio un paso adelante con unas esposas de hierro.

Fue entonces cuando Tuck, con un aullido de rabia, se lanzó contra los soldados con el arpón en ristre.

Todo ocurrió a la vez. El viejo hundió el hierro en el brazo del primer soldado, que soltó un grito.

Un mosquete disparó, un fogonazo naranja, y Tuck cayó de rodillas con una mancha roja en el pecho.

Yo saqué la pistola y disparé al sargento.

Cayó. Giré, apunté a Cobham, y un culatazo me golpeó la sien por detrás y el mundo estalló en luces blancas.

Caí de rodillas. Alguien me agarró del pelo.

Un puño me hundió el estómago. Otro me alcanzó en el mentón.

Sentí sangre en la boca. Oí gritos, un chillido de mujer, la voz de Cordelia que me llamaba por mi nombre una y otra vez, desgarrada, aguda.

Intenté levantarme. Una bota me golpeó las costillas.

Caí de bruces sobre el barro del patio. Algo pesado me aplastó la espalda.

Giré la cabeza.

Entre las piernas de los soldados vi cómo arrastraban a Cordelia hacia el carruaje de Calloway.

Pataleaba, mordía, arañaba. Había perdido la pistola.

Tenía la trenza deshecha y el vestido azul rasgado en un hombro.

Dos soldados la sujetaban de los brazos, y Calloway la esperaba junto a la portezuela con una expresión de profunda tristeza, la de un médico forzado a amputar una pierna.

—¡Lucian! —gritó—. ¡Lucian!

—¡Cordelia!

—¡Lucian, no…!

La portezuela se cerró. El carruaje arrancó.

Vi la rueda pasar a un palmo de mi cara, salpicándome de barro.

Las antorchas se alejaron. Y mientras una bota me hundía otra vez la cabeza en el suelo, y la oscuridad se cerraba sobre mí como un telón, oí aún, muy lejos, apagándose entre el rumor de los cascos, mi propio nombre.