La dama de Brook Street Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Hugo —dije, y era la primera vez que lo llamaba por su nombre—. Cobham no va a dejarle vivir. Ni a usted, ni a su hermana, ni a mí. No negocia, no perdona y no deja cabos sueltos. Si usted se entrega, la única diferencia es que Cordelia tendrá que verlo morir.

—Entonces ¿qué hacemos?

—Llegar a Sidmouth. Con las pruebas. Y vivir lo bastante para contarlo.

—¿Y si Sidmouth también está en la trama?

—No lo está.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque a mí me salvó la vida una vez. —Sostuve su mirada—. Porque sé a quién protege cuando nadie le mira. Y porque, si me equivoco, prefiero equivocarme con un hombre decente que acertar con un traidor.

Hugo asintió despacio. Volvió la vista al río.

—Su hermana dice que usted no se rinde nunca —murmuró.

—Su hermana es una exagerada.

—Es la persona más lúcida que conozco. —Sonrió—. Después de mí, naturalmente.

Cuando entré en la casa, Cordelia me esperaba junto a la lumbre, con Nell dormida en su regazo y una mirada interrogante.

—¿Malas noticias?

—Penrose ha desaparecido.

—Dios mío.

—Han puesto precio a Hugo y a mí. Tú no apareces. Tu padre dice que estás en Bath.

—Entonces mi padre está protegiéndome.

—O protegiéndose a sí mismo. —Me senté a su lado. Le cogí la mano—. Cordelia, quiero que me prometas una cosa. Si me pasara algo, si me capturaran, si nos separaran…

—No digas eso.

—Prométeme que no intentarás rescatarme. Que irás directamente a Richmond, con Hugo, con la carta, con Pike. Que no volverás por mí.

—No te prometo nada de eso.

—Cordelia.

—Lucian. —Me miró con ojos firmes, grises, inmensos—. Lo único que te prometo es que no te voy a dejar. Ni ahora ni cuando estés en peligro. Ni cuando nos peleemos por la taza de té. No me pidas lo contrario.

—No podría ganar esta discusión nunca.

—No. Nunca.

Me incliné y la besé en la frente, con cuidado de no despertar a la niña.

Cenamos temprano, los seis alrededor de la mesa de pino, con el caldo humeante y una hogaza tierna que Martha había cocido en el horno de ladrillo.

Hugo, ya con mejor color, había recuperado parte de su descaro habitual y pidió un segundo tazón con una cortesía exagerada.

Tuck, entre cucharada y cucharada, empezó a contar una historia.

—Fue el invierno del año seis. Hacía un frío que se helaban las barbas.

Mi hijo Jack y yo íbamos río arriba con un cargamento de barriles de brandy escondidos bajo un montón de anguilas.

Nos paró un guardacostas en Limehouse. Un joven teniente, muy tieso, con unos guantes blancos.

«¿Qué lleva ahí?», pregunta. «Anguilas, señor», digo yo. «Quiero verlas». Levanta la lona.

—¿Y qué vio? —preguntó Cordelia, con los ojos muy abiertos.

—Anguilas. Dos palmos de anguilas vivas, moviéndose como serpientes.

El teniente dio un salto atrás, resbaló en la cubierta y cayó al río con sus guantes blancos.

—El viejo soltó una carcajada ronca—. Lo sacamos con un bichero.

Mi hijo le ofreció un trago de lo que había debajo de las anguilas para que entrara en calor, y el pobre muchacho, tiritando, aceptó.

A la tercera copa nos dio las buenas noches y nos dejó pasar con una venia.

Hugo se reía con tanta fuerza que se le saltaron las lágrimas y tuvo que agarrarse la cabeza vendada.

Cordelia, con las mejillas rojas, se secaba los ojos con el delantal.

Martha negaba con la cabeza, con una sonrisa en los labios.

Nell, que había oído la historia mil veces, recitaba a la vez que su abuelo las últimas palabras, con gestos de anguila. Yo mismo me sorprendí sonriendo.

Hasta Martha se sirvió un segundo cucharón y se lo tomó de pie, junto al fuego, mirándonos con los ojos brillantes.

Fue Tuck quien dio la alarma.

Estábamos terminando de cenar, a la luz de una única lámpara de aceite, cuando el viejo se levantó de golpe con la pipa a medio camino de la boca y ladeó la cabeza hacia la ventana.

—Caballos —dijo.

Nadie se movió. Fuera, al otro lado del cristal empañado, no se veía más que oscuridad y una niebla densa que se pegaba a los vidrios.

Pero yo lo oí también. Un golpeteo sordo, sincronizado, de herraduras sobre barro.

Seis, siete, quizá más. Venían por el camino de la orilla, al paso. No tenían prisa.

—Martha —dije, con la voz ya baja y dura—. Llévese a la niña y a Hugo al sótano. Ahora.

—Señor conde…

—Ahora.

Ella obedeció sin una pregunta. Tomó a Nell en brazos, ayudó a Hugo a incorporarse y lo condujo hacia una trampilla junto a la chimenea, que levantó con una sola mano. Hugo me miró desde el borde.

—Lucian…

—Baja.

—Si es Cobham…

—Si es Cobham, vais a necesitar silencio. Baja.

La trampilla se cerró sobre sus cabezas. Cordelia se había puesto de pie. Había cogido la pistolita de culata de nogal del estante donde la dejó, y su cara era una máscara de piedra. Saqué mis dos pistolas del cinturón, las comprobé, y le puse una mano en el hombro.

—Tú también.

—No.

—Cordelia.

—No. —Me miró—. Dijiste que no me separarías de ti. Te tomo la palabra.

No tuve tiempo de discutir. Llamaron a la puerta con tres golpes educados, secos, pausados, que resonaron como un martillo en un ataúd.

—¿Lord Stanmore? —dijo una voz desde fuera.

Una voz suave, culta, paciente, de barítono.

Una voz que yo había oído durante tres años en una oficina de Whitehall, mientras me explicaba con cariño que mi servicio no había sido en vano—.

Soy yo, querido amigo. Cobham. Sé que está usted ahí.

Le ruego que abra. No quisiera tener que derribar la puerta de estos pobres pescadores.

Miré a Tuck. El viejo me devolvió la mirada con los labios apretados, y asintió. Se acercó a la pared. Cogió un arpón de pesca de casi dos metros, de punta de hierro afilada, y se colocó junto a la puerta.

—Un momento —dije, alzando la voz—. Voy a abrir.

Hice una seña a Cordelia. Ella se pegó a la pared opuesta, con la pistola en alto. Abrí la puerta con la mano izquierda, la derecha oculta tras la espalda, con una pistola montada.

Cobham estaba en el umbral.

Era un hombre de unos sesenta años, alto, esbelto, de pelo plateado peinado con raya perfecta y un rostro distinguido, aristocrático, con una expresión de infinita benevolencia.

Vestía una capa de viaje de paño oscuro con cuello de terciopelo y llevaba un bastón de ébano con empuñadura de oro.

Detrás de él, en el patio, a la luz de dos antorchas que sostenían sendos jinetes, se alineaban ocho hombres armados: seis soldados con casaca roja, un sargento de Bow Street con el brazalete reglamentario y, a un lado, medio oculto en la sombra de un carruaje cerrado, otro caballero, envuelto en un abrigo de piel, de pelo gris y barbilla afilada.

Sir Ambrose Calloway.

—Querido Lucian —dijo Cobham, con una sonrisa que me heló la sangre—. Qué alegría verlo sano. Estábamos tan preocupados.

—Lord Cobham.

—Veo que ha encontrado refugio entre buena gente.

Muy loable. —Su mirada recorrió la habitación.

Se detuvo un instante en Tuck, en el arpón, en la figura de Cordelia pegada a la pared, con la pistola en las manos—.

Y compañía distinguida. Lady Cordelia. Qué encantadora sorpresa.

Su padre la cree en Bath, y sin embargo aquí está. Es usted una joven llena de recursos.

—¿Qué quiere? —pregunté.