Capítulo 11
Había una niña de cinco años sentada sobre mi pecho cuando abrí los ojos, mirándome con una seriedad que no admitía bromas.
Tenía el pelo rubio y revuelto, las mejillas manchadas de algo que probablemente fuera mermelada, y un camisón de lana que le llegaba hasta los pies. En una mano sostenía un muñeco de trapo sin un ojo. Con la otra me señalaba la cicatriz de la ceja.
—Eso es un corte —dijo.
—Lo es.
—¿Te dolió?
—Muchísimo.
—¿Lloraste?
—Un poco.
—Mi padre no lloraba nunca. —Reflexionó—. Pero se lo comió el río.
No supe qué contestar. Sentí a mi lado el cuerpo tibio de Cordelia, que seguía dormida con la cara hundida en la almohada y un brazo echado sobre mi cintura, y por encima del hombro de la niña vi una rendija de luz gris que se colaba por la ventana del altillo.
Había amanecido. Se oía, abajo, el chisporroteo de una sartén, el murmullo de la voz de Martha, el golpeteo de una cuchara contra una cacerola.
—Me llamo Nell —anunció la niña—. Mi madre dice que tienes que bajar a comer. Y que la señorita también. Y que si no os dais prisa, se enfría el caldo.
—Dile que bajamos ahora mismo.
—No se lo digas tú. Díselo tú.
—Se lo diré yo, entonces.
—Bien. —Asintió con gravedad. Se bajó de mi pecho con una agilidad de mono, se plantó en el suelo con las manos en las caderas y nos examinó a los dos con aire de inspectora—. Estáis desnudos.
Cordelia soltó un gemido ahogado y se tapó la cabeza con la colcha.
—Nell —dije, con la mayor dignidad que pude reunir—, ¿te importaría esperar abajo?
—No me importa.
—Entonces haz el favor.
—Pero luego quiero ver tu herida.
—Te la enseñaré.
La niña se fue por la trampilla con el muñeco bajo el brazo, canturreando. Cordelia asomó los ojos por encima de la colcha. Estaba roja hasta las raíces del pelo.
—Ha visto todo.
—Ha visto lo que cualquier niña de campo ha visto alguna vez en un establo.
—Mi madre me desheredaría.
—Tu madre está en Bath, supuestamente. Puede esperar.
Se echó a reír. Reí yo también, con el brazo bueno alrededor de ella, y el mundo, por un instante, fue un lugar sencillo.
Bajamos a la cocina media hora después, vestidos con las prendas secas que Martha nos había dejado al pie de la escalera: yo, unos pantalones de lana basta y una camisa de hombre que olía a jabón de ceniza; ella, un vestido de percal azul demasiado ancho de cintura, con un delantal blanco encima y el pelo recogido en una trenza gruesa.
Nos recibió un fuego bien encendido y una mesa de pino cubierta de platos de hojalata: pan negro, queso, una olla de caldo de pescado, huevos duros.
Hugo estaba incorporado en el jergón, con la cara menos gris y un tazón entre las manos.
Tuck fumaba su pipa junto a la ventana. Martha servía el caldo con un cucharón enorme, sin una palabra.
—Está vivo —informó Hugo, alzando el tazón—. Gracias a la señora Tuck, a la que me casaría si no fuera porque ya estoy prometido con una cacerola.
—Cállese y beba, señor —ordenó Martha.
Desayunamos casi sin hablar. Nell, sentada en las rodillas de Cordelia, se empeñó en darle trozos de pan en la boca como a un pajarillo, y Cordelia se dejó hacer con una paciencia que me conmovió.
Cuando terminé el caldo me levanté y salí al cobertizo detrás de la casa, donde Tuck y yo habíamos escondido el baúl.
Era un tinglado de tablas con el techo de brea, pegado al río, sin otra puerta que una cortina de redes.
Dentro había un embarcadero pequeño, medio sumergido, con una barca vieja volcada sobre unos pilotes.
El baúl descansaba bajo ella, envuelto en tela encerada y asegurado con piedras, justo donde el agua le llegaba a los tablones del fondo.
Lo comprobé. Seguía allí. A la marea alta, quedaría cubierto hasta la mitad.
Nadie lo encontraría sin saber qué buscaba.
—Buen escondite —dije.
—Mi hijo lo usaba para el contrabando de brandy —respondió Tuck, que me había seguido—. Cuarenta años sin que un solo guardia de aduanas lo descubriera.
—Señor Tuck, quiero pedirle un favor.
—Pida.
—Necesito que su nieto lleve un recado a Greenwich. A un cochero llamado Pike, que me espera en la posada de La Sirena, con un carruaje. Quiero que venga aquí lo antes posible.
—Billy va y vuelve en tres horas.
—Gracias. —Le tendí una guinea de oro—. Esto es para él.
El viejo la sopesó con ojos entornados. Luego la devolvió.
—No, milord. Eso es para usted. Mi nieto lo hará por lo mismo que lo hago yo.
—Se sacó la pipa de la boca—. Aquí la gente recuerda a los que bajaron a las dársenas a jugarse la vida por gente como nosotros.
Mi hijo murió pidiendo un salario justo, y esos hombres de la banca y del Gobierno lo llamaron alborotador. Usted está contra ellos. Eso me basta.
No insistí. Metí la guinea de nuevo en el bolsillo.
Nell me encontró al volver del cobertizo, sentada en el escalón de la entrada con el muñeco de trapo sobre las rodillas. Me miró con gravedad.
—Me has dicho que me enseñarías la herida.
—Es verdad.
Me senté a su lado. Me remangué la camisa y le mostré el vendaje del hombro, el hilo negro que asomaba bajo la gasa, los bordes amoratados del corte. Nell lo examinó con ojos de cirujano. Alargó un dedo.
—No toques —dije.
—No toco. Solo miro. —Me miró a la cara—. ¿Te duele mucho?
—Menos que ayer.
—Mi madre dice que las heridas se curan mejor cuando alguien las quiere.
—Tu madre es una mujer muy sabia.
—Y la señorita te quiere. Se le nota en cómo te mira el pelo.
Me quedé sin palabras. La niña, satisfecha, se puso de pie, se sacudió el camisón y volvió hacia la casa. Desde la puerta se volvió.
—Cuando te cures, ¿me llevarás a ver una oveja?
—Te llevaré a ver cien.
—Con una basta —dijo, y desapareció en la cocina.
Pike llegó a media tarde, con el carruaje cubierto de barro hasta las ventanillas y una expresión de desolación que me hizo comprender, antes de que abriera la boca, que traía malas noticias.
—Señor —dijo, bajando del pescante con la gorra en la mano—, no sé cómo decirlo.
—Dilo sin más.
—La librería de Holywell Street. —Tragó saliva—. Se quemó anoche. Hasta los cimientos. Dicen que fue un accidente de lámpara. Los vecinos oyeron gritos. Y el señor Penrose no ha aparecido.
Sentí que la tierra se abría bajo mis pies.
—¿Muerto?
—No han encontrado cuerpo, señor. Ni en los escombros, ni en el sótano. Pero hay quien dice que lo vio salir por una puerta trasera con un hombre a cada lado. Un caballero muy bien vestido, de pelo plateado, subió con ellos a un coche.
—Cobham.
—No sé el nombre, señor. Pero el pelo plateado lo recuerdan todos.
Cerré los ojos. Cobham. Penrose en sus manos.
Sentí un vacío frío en el estómago, y una furia que tardé unos segundos en aprender a controlar.
Penrose, que mascaba regaliz, que hablaba en aforismos, que me había enseñado el oficio.
Penrose, a quien yo había llevado a Cordelia sin pensar que eso podía ponerle precio.
—¿Algo más?
—Sí, señor. —Pike bajó la voz—. Han puesto precio a la cabeza de lord Alderley en todos los periódicos. Doscientas guineas. Por «asesinato y alta traición». Y a usted, señor, por «complicidad». Han mandado edictos a todas las posadas del Támesis.
—Naturalmente —dije, con una calma que no sentía—. Cobham no tiene prisa por mantener las apariencias. Está cubriendo sus huellas con un manto oficial.
—¿Y la señorita, señor? —Pike miró de reojo la casa—. Su nombre no sale. Parece que el marqués ha dicho que la hija está en Bath, con una tía. Nadie la busca.
—Quizá es lo único que han hecho bien —murmuré—. Es lo que le conviene a ella.
Lo dije y supe en el acto que me equivocaba. Que Calloway no iba a dejar pasar la oportunidad de usar a Cordelia, y que su silencio no era un olvido sino una trampa a medio tender. Pero no tenía datos. No tenía nada más que una sospecha atravesada en la garganta.
Esa tarde me dediqué a preparar la partida.
Escribí una carta larga, cuidadosa, dirigida a lord Sidmouth, en el despacho improvisado de la cocina, a la luz de una vela de sebo, sin firma salvo mis iniciales y una frase que el ministro reconocería: «Recuerde Burgos».
Expliqué en tres páginas lo que habíamos descubierto.
Señalé a Cobham. Describí el baúl. Pedí una audiencia a espaldas del Ministerio, en White Lodge, el pabellón de caza del Home Secretary en el parque de Richmond.
Doblé la carta, la sellé con cera sin escudo y se la entregué a Pike.
—Llévala tú mismo. Esta misma noche. No se la des a nadie más que a su secretario particular, un tal Hallett. Si te preguntan, eres un cochero que busca trabajo.
—¿Y la señorita?
—Con nosotros.
—Señor —dijo Pike, con un titubeo—, ¿está usted seguro de que debe arrastrarla…?
—Pike.
—No digo nada, señor. —Se caló la gorra—. Pero la señorita no parece de las que se dejan arrastrar.
—No lo es. Por eso me da tanto miedo.
Pike me miró con sus ojillos arrugados. Después asintió, una sola vez, lentamente, y subió al pescante. Lo vi alejarse por el camino de barro, entre los álamos secos, hasta que el carruaje se perdió en la niebla.
Antes de entrar fui a ver a Hugo, que se había sentado en un taburete junto a la ventana, con una manta sobre los hombros y la cabeza vendada. Miraba el río. Tenía el semblante grave de los hombres que han tomado una decisión.
—Quiero entregarme —dijo, antes de que yo hablara.
—No.
—Escúcheme, conde. Si me entrego, si me presento ante Cobham y confieso que yo robé las planchas, que actué solo, que su hermana y usted no tuvieron nada que ver, quizá lo dejen todo ahí. Quizá Cordelia pueda volver a casa.
—Lord Alderley…
—Soy un inútil, Stanmore. Lo he sido toda mi vida. Perdí tres mil libras en una noche y arrastré a mi familia a este desastre. Por una vez, me gustaría hacer una cosa que valiera la pena.
Me senté frente a él. Lo miré con atención. Aquel muchacho de veintiséis años, flaco, con la barba de quince días y los ojos enrojecidos, hablaba con una dignidad que me conmovió.