La dama de Brook Street Capítulo 10 #2
51%

Capítulo 10 #2

Fue un beso distinto de todos los anteriores.

No tuvo la urgencia del primero, ni la torpeza del segundo, ni la furia del de la tina.

Fue un beso lento, profundo, hecho de lágrimas y de alivio, de dos personas que han estado a punto de perderse y que se encuentran de nuevo.

Sus brazos me rodearon. Me levantó del suelo y me sentó a horcajadas sobre sus rodillas, con la falda empapada arremolinada sobre sus muslos, y me abrazó tan fuerte que me dolieron las costillas.

Hundí los dedos en su pelo. Le besé la frente, los párpados, la cicatriz de la ceja, las mejillas ásperas de barba, y cada beso le arrancaba un suspiro.

—Vas a mojar la cama —murmuró contra mi boca.

—Entonces quítame esta ropa.

—Con mucho gusto.

Me desabrochó el vestido con dedos temblorosos, botón a botón, besándome el cuello, los hombros, la curva de la clavícula.

La lana mojada resbaló y cayó al suelo con un ruido blando.

Después las enaguas. Después las medias, una a una, que fue bajando por mis piernas con una lentitud que me hizo gemir.

Quedé en camisola, tiritando, no de frío.

Él me contempló un instante, con la luz de la vela dibujándole sombras en la cara, y me tomó en brazos y me tumbó sobre la cama.

—Espera —dije, incorporándome—. Tú también.

—Estoy herido.

—Eso no te impide desnudarte.

—Señora, es usted muy exigente.

—Soy una mujer enamorada y muy poco paciente.

Sonrió. Se quitó la camisa con cuidado, evitando el hombro vendado.

Se desabrochó los pantalones y los dejó caer.

Estaba desnudo, de pie ante mí, a la luz de la vela, con su cuerpo magnífico marcado de cicatrices: la de las costillas, la del hombro, la nueva venda blanca.

Ya no sentí vergüenza. Sentí hambre. Me puse de rodillas sobre la colcha y le tendí los brazos, y él vino a mí.

Cayó sobre la cama a mi lado, con cuidado de no apoyar el hombro herido.

Me besó. Su mano grande y áspera me recorrió el costado, bajó por la cadera, me subió la camisola hasta la cintura.

Los dedos se deslizaron sobre mi vientre, entre mis muslos, y me encontró húmeda, ardiente, lista. Gemí contra su boca.

—Cordelia —murmuró—. Quiero hacerlo despacio. Quiero que sea distinto.

—Distinto, ¿cómo?

—Quiero que sepas lo que significa.

Me quitó la camisola por la cabeza. Me tumbó de lado, de cara a él, con una pierna sobre su cadera, y se colocó frente a mí de modo que nuestras bocas casi se tocaban.

Sentí su erección, dura y caliente, apretada contra mi vientre, y la nube de su aliento sobre mis labios.

Me acarició la mejilla. Me recorrió el contorno de los labios con la yema del pulgar.

—Mírame —dijo.

Lo miré. Con los ojos abiertos de par en par, sin esconder nada, sin defensas. Con una mano me guio la pierna un poco más arriba. La otra se cerró en mi cadera. Y entró en mí, muy despacio, sin dejar de mirarme.

Un jadeo me salió de la garganta. Una sensación de plenitud tan profunda, tan íntima, que se me llenaron los ojos de lágrimas.

No era dolor. Era otra cosa. Era sentirme unida a él por todos los puntos de mi cuerpo, como si nos hubieran cosido con un hilo invisible, y supe, con una certeza que me atravesó el pecho, que jamás volvería a ser una sola persona.

—Estoy aquí —susurró—. Estoy aquí, amor.

Empezó a moverse. Despacio. Con un vaivén lento, profundo, constante, que nos mecía a los dos, sin prisa, sin rudeza.

Cada embestida me rozaba por dentro con una dulzura que me arrancaba un gemido bajo.

Le rodeé el cuello con los brazos. Hundí la cara en su cuello.

Besé la piel salada de su garganta, la línea de la mandíbula, el lóbulo de la oreja, y lo oí gemir, grave, ronco, y apretarme más fuerte contra él.

Su mano bajó entre nuestros cuerpos y encontró el punto secreto, y lo acarició con una suavidad perezosa, en círculos lentos, al ritmo del movimiento de sus caderas.

—Lucian… —musité—. Lucian, no pares. No pares nunca.

—No voy a parar.

—Más…

—Todo lo que quieras.

Aceleró un poco. Mi cuerpo se arqueó hacia el suyo.

La tensión crecía en mi vientre como una marea, lenta, inexorable, y yo me aferré a sus hombros con los ojos cerrados, perdida en la sensación de su piel contra la mía, de su aliento en mi oído, de su voz, que me susurraba mi nombre una y otra vez, como una plegaria.

—Cordelia… Cordelia… mi amor…

La marea rompió. Me estremecí en una oleada que me dejó sin aire, con la boca abierta contra su hombro y un grito mudo atravesándome la garganta, mientras las contracciones me sacudían y lo apretaban con una fuerza que él ya no pudo resistir.

Lo sentí tensarse. Lo oí soltar un gemido profundo, entrecortado, y hundirse en mí hasta lo más hondo, temblando entero, con su frente apoyada en la mía y su aliento mezclado con el mío.

Nos quedamos así, enlazados, sudorosos, sin movernos. Le acaricié la nuca húmeda. Él me besó la frente, los párpados, la nariz. Afuera, en alguna parte, un barco hizo sonar la sirena con un mugido largo y lejano.

—Me has deshecho —murmuró.

—Tú a mí.

—Creo que ya no recuerdo cómo se anda.

—No hace falta. Quédate aquí.

—No pensaba moverme.

Salió de mí con cuidado. Se tumbó de espaldas y me atrajo contra su costado sano, con mi cabeza en el hueco de su hombro.

Me cubrió con la colcha de retales. Yo apoyé la mano abierta sobre su pecho, notando el latido de su corazón, que fue serenándose poco a poco, y me quedé mirando las vigas del techo, ennegrecidas de humo, por las que corrían las sombras de la vela.

—Cordelia.

—Mmm.

—Hay una cosa que no te he dicho.

—Dime.

—Hablé con tu hermano, en la barca. Cuando tú te adelantaste a ayudar a Tuck a amarrar. Me dijo que si te hacía daño, me mataba.

—Me lo ha repetido hace un rato.

—Le prometí que no te haría daño. Le dije… —Se aclaró la garganta—. Le dije que pensaba pedirte que te casaras conmigo. No por honor. No porque tenga que hacerlo. Sino porque no puedo imaginar la vida de otra manera.

Me incorporé sobre un codo. Lo miré. A la luz de la vela, con la cicatriz de la ceja y el pelo revuelto sobre la almohada, tenía una expresión de seriedad absoluta, casi dolorosa.

—¿Me lo estás pidiendo?

—Esta noche no. Quiero hacerlo bien. Con un anillo de verdad. Con tu padre al corriente, o con tu padre al margen, que ya veremos. En algún momento en que no estemos huyendo de nadie.

—Es una buena idea.

—¿Dirás que sí?

—Pregúntamelo cuando llegue ese momento.

—Eres imposible.

—Eso ya lo sabías.

Se rio. Me atrajo contra él y me besó con una ternura que me estrujó el pecho. Me acurruqué otra vez en su costado. Cerré los ojos.

—¿Qué harás cuando todo esto termine? —pregunté, al cabo de un rato, con la voz espesa de sueño.

—¿Cuando termine?

—Cuando Hugo esté a salvo y Calloway esté en la cárcel y los billetes falsos sean un recuerdo. ¿Volverás a tu oficina de Whitehall?

—No. —Lo dijo sin dudar—. No creo que pueda. Con lo de Cobham… He pasado tres años creyendo que servía a algo limpio. No sé si querré servir a nada.

—¿Y entonces?

—No lo sé. Quizá arreglar el tejado de Stanmore Lodge. Plantar manzanos. Aprender a criar ovejas, como el marido de Marian. —Sonrió en la oscuridad—. Escuchar a una mujer discutir conmigo por el último alfil de una partida de ajedrez.

—Tu hermana tiene razón en eso. El alfil estaba mal puesto.

—Cordelia, no estás ayudando.

—¿Tendrías niños?

Se quedó callado un momento. Noté cómo se le aceleraba el corazón bajo mi mano.

—Eso depende de la mujer —dijo, al fin.

—Quizá pregunte yo.

—Quizá yo responda.

Reímos los dos en voz baja, abrazados. Y yo, con la mejilla pegada a su pecho y los ojos cerrados, me imaginé por un instante una casa de ladrillo rojo con la hiedra trepando por la fachada, un prado lleno de ovejas, un niño de pelo negro y ojos azules persiguiendo a una niña con trenzas, y una cocina con una tarta de manzana enfriándose en la ventana.

Me dije que era una tontería. Me dije que había cosas que no convenía desear en voz alta.

Lo deseé de todos modos.

Me dormí escuchando el latido de su corazón y, abajo, a través de las tablas del suelo, la respiración de mi hermano, regular y tranquila, acompasada con el chasquido de las brasas.