Capítulo 10
Martha Tuck tenía las manos más grandes que yo había visto en una mujer, y las movía con la delicadeza de una bordadora.
Era la nuera del viejo pescador, viuda desde que el Támesis se llevó a su marido hacía tres inviernos, una mujer de unos treinta años, ancha de hombros, de cara redonda y colorada, con un pañuelo anudado sobre el pelo castaño y un delantal de arpillera que le llegaba hasta las botas.
No había hecho una sola pregunta. Cuando entramos en la casucha, a las tantas de la noche, con un moribundo en brazos y un baúl de roble que dos hombres apenas podían levantar, se había limitado a mirarnos, a asentir una vez con la barbilla y a decir: «Al fuego. Todos. Y agua hirviendo».
Ahora estaba arrodillada junto al jergón de paja donde habíamos tumbado a Hugo, con una aguja curva entre los dedos y una palangana de agua humeante a su lado, y le cosía el corte de la cabeza con puntadas minúsculas, rápidas, seguras.
Mi hermano apretaba los dientes. Tenía el rostro gris, empapado de sudor, y la mano buena crispada sobre la manta.
—Ya casi está, señor —murmuraba ella, con un acento cerrado del este de Londres—. Aguante un poco más. Es un corte feo, pero limpio. Lo que le va a matar no es la cabeza. Es la fiebre.
—¿Va a morir? —pregunté. La voz me salió muy pequeña.
—No, señorita. No mientras yo esté aquí. —Cortó el hilo con los dientes y me miró—. Pero tendrá que dormir tres días. Comer caldo. Y no moverse. Si se mueve, se le abre la herida y entonces sí.
—Entendido.
—Y usted también tiene que descansar. Está más blanca que la cal.
—Se limpió las manos en el delantal—. El señor conde se ha ido al cobertizo con mi suegro a esconder el baúl.
Dice que luego vendrá a que le mire el hombro.
Les he preparado el altillo. Hay una cama, mantas limpias y una jarra de agua.
No es el palacio al que usted está acostumbrada.
—Es perfecto, Martha. Gracias.
—No me dé las gracias. —Una sonrisa breve, torcida—. Mi marido murió porque un hombre rico no quiso pagar un salario. Si estos señores a los que ayudo son los que buscan a esa clase de hombres, estoy dispuesta a que me quemen el techo.
Se levantó con un gruñido y salió hacia la cocina, dejándome a solas con mi hermano.
Me senté en el borde del jergón. Hugo abrió los ojos. Los tenía enrojecidos, vidriosos, pero su mirada me encontró sin dificultad, y en ella había un brillo de lucidez que me tranquilizó.
—Cordie.
—Estoy aquí.
—Perdóname.
—Hugo, no.
—Déjame decirlo. —Tragó saliva—. Te metí en esto. Te mandé una llave y una carta y te puse en peligro. Si te hubiera pasado algo…
—No me ha pasado nada.
—Te han disparado. Lo vi. Te han perseguido por todo Londres, has entrado por la ventana de una casa, has golpeado a un hombre con un candelabro…
—¿Cómo sabes lo del candelabro?
—Me lo ha contado el conde mientras te esperaba junto a la barca. Dice que eres peligrosísima. Lo dice con un gesto de bobo que no veas.
Me ardieron las orejas.
—No tiene ningún gesto de bobo.
—Cordie, por favor. Soy tu hermano. Lo veo desde hace una hora. Mira a todas partes menos a ti, y cuando te mira a ti, se le olvida lo que iba a decir. —Sonrió, muy débil.
—Hugo.
—Está bien. —Le temblaban los labios. Cerró los ojos un momento y los abrió despacio—. ¿Lo quieres?
No contesté. Cogí un paño húmedo del borde de la palangana y le limpié la frente, con cuidado de no tocar los puntos. Notaba su piel ardiendo bajo mis dedos.
—Sí —dije al fin—. Mucho. Más de lo que sé decir.
—¿Y él?
—Me lo ha dicho hoy.
—Qué rápido. —Hizo una mueca—. Pensé que tendría que sacárselo con tenazas.
—No hizo falta.
Se quedó mirándome. Me pareció, por un momento, que volvía a ser el mismo de siempre, el que me subía a los árboles y se reía de todo, el que me traía tarta robada de la despensa. Alargó la mano buena y me tomó los dedos.
—Me alegro —dijo—. Me alegro de que seas feliz, Cordie. Aunque sea en medio de esta pesadilla. Aunque sea con un hombre al que le han disparado tres veces y que persigue a banqueros.
—Se llama Lucian.
—Lo sé. Se llama Lucian. —Cerró los ojos—. Dile que si te hace llorar, lo mato.
—Ya me lo has dicho antes.
—Hay cosas que conviene repetir.
—Hugo —dije—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Ya sabes que sí.
—¿Por qué no me escribiste antes? Cuando Calloway empezó a hacerte cargar los paquetes. Cuando perdiste las tres mil libras. Yo habría…
—¿Qué? ¿Venderte los pendientes? —Sonrió con ternura—.
No. No quise que te mezclaras. Tú eres la que tiene cabeza.
Si te lo hubiera contado, habrías sabido enseguida qué hacer, y yo habría tenido que hacerte caso, y habría sido humillante.
—Se pasó la lengua por los labios secos—.
Era mejor ser un tonto por mi cuenta. Pero me equivoqué.
Siempre me equivoco en lo mismo, Cordie: creo que protegerte consiste en ocultarte las cosas.
—Y consiste en dejarme ayudar.
—Y consiste en eso. —Cerró los ojos—. Lo aprendí tarde.
Se durmió casi de inmediato, con la mano todavía sobre la mía.
Me quedé a su lado un buen rato, escuchando su respiración, que se iba haciendo más lenta y más profunda, y el crepitar del fuego en la chimenea, y en algún lugar de la casucha el ronquido de un hombre agotado.
Luego le deshice los dedos con delicadeza, le coloqué la manta bajo la barbilla, le besé la frente y me levanté.
Martha me esperaba en la cocina con un montón de ropa seca doblada sobre el brazo. Me la tendió sin decir palabra. Era un vestido de percal azul, remendado en los codos, con un delantal blanco y un par de medias de lana gruesa. Lo recibí como si me entregaran una joya.
—Es de mi hermana —explicó—. Se murió de las fiebres. Le sentará grande, pero abriga.
—Es usted muy generosa.
—Generosa no. Práctica. —Me miró de arriba abajo con ojos sagaces—. Está usted enamorada de ese hombre.
Me quedé sin aliento.
—¿Cómo…?
—Se nota. Ha mirado por encima del hombro cada tres pasos desde que llegamos. Y él hace lo mismo con usted. —Sonrió sin dulzura, con un fondo de tristeza—. Mi Jack me miraba así. Antes de que el río se lo llevara. Es una mirada que no se confunde.
—Lo siento mucho.
—No lo sienta. Tuve diez años buenos. Es más de lo que tiene la mayoría.
—Se alisó el delantal—. Escuche, señorita.
No sé quién es usted ni qué hay en ese baúl, y no quiero saberlo.
Pero si ese señor es de los buenos, no lo suelte.
Los buenos escasean. Y los que lo son de verdad suelen morir jóvenes.
—No va a morir —dije, con más convicción de la que sentía.
—Eso mismo dije yo.
Me abrazó. Fue un abrazo breve, rudo, de mujer acostumbrada a cargar peso, que me dejó los ojos húmedos. Después se separó, se frotó la nariz con el dorso de la mano y me empujó hacia la escalera.
—Suba. Y duerma. No hace falta que se lo diga dos veces.
La escalera del altillo era un tronco con muescas.
Subí con las manos entumecidas, arrastrando la falda mojada, y al llegar arriba me encontré en un desván de techo inclinado, con vigas a la vista y una ventana diminuta por la que entraba un rayo de luz plateada.
Había una cama estrecha con un colchón de lana, cubierta por una colcha de retales.
Una palangana. Una vela de sebo, ya encendida.
Y sentado en el borde de la cama, con la camisa abierta y una venda nueva en el hombro, Lucian.
—Martha me ha cosido —dijo—. Ha dicho que la bala no entró. Solo me rozó. Tengo veintitrés puntos y una opinión excelente de las mujeres de Rotherhithe.
—Me alegro.
—¿Hugo?
—Duerme. Martha dice que necesita tres días.
—Los tendrá.
Cerré la trampilla tras de mí. Me apoyé contra la pared, de espaldas a él, con los brazos cruzados sobre el pecho.
No sabía qué hacer con las manos. Había estado huyendo toda la noche, disparando, trepando por cabos, y ahora, en aquel cuarto pequeño, con un hombre semidesnudo a tres pasos, sentía que se me aflojaban las piernas.
—Cordelia.
—Dime.
—Antes, en el almacén. —Se aclaró la garganta—. Te dije algo. Y tú me dijiste algo. Pero no estoy seguro de que… Quiero decir que, si lo dijiste porque…
—Lucian.
—…porque estábamos en peligro y te dejaste llevar, lo entendería perfectamente…
—Lucian, cállate.
Me volví. Estaba sentado con las manos entre las rodillas, mirándome con una expresión tan insegura, tan poco propia del hombre que había saltado de un muelle a una barca con dos pistolas en la mano, que sentí que el corazón se me deshacía.
Crucé el desván en tres zancadas. Me arrodillé delante de él, entre sus piernas, sobre el suelo de tablas. Le tomé la cara entre las manos.
—Te quiero —dije—. No lo dije porque había peligro.
Lo dije porque lo siento desde que me sujetaste contra el escritorio de mi padre y me dijiste que tenía el cebo de la cazoleta vacío.
Desde que me enseñaste a disparar y me dijiste que era peligrosísima.
Desde que me abrazaste en el coche, esa noche, mientras yo lloraba como una niña.
—Respiré hondo—. Te quiero con todo lo que tengo, Lucian Harcourt.
Con mi cobardía y mi terquedad y mi poca sensatez.
No quiero que me protejas. Quiero que estés.
Quiero que estés a mi lado, siempre, hasta que seamos viejos y yo te tire la tetera a la cabeza.
Se le humedecieron los ojos. No lo habría creído si no lo hubiera visto: aquel hombre de cicatrices, de manos duras, de mirada afilada, con los ojos azules llenos de lágrimas que no se atrevía a dejar caer.
—Cordelia —dijo, con la voz rota.
—Dímelo otra vez.
—Te quiero. —Me acarició las mejillas con los pulgares—. Te quiero tanto que no sé qué hacer con ello.
—Yo sí.
Me incliné y lo besé.